Trabajos Científicos

  • Fisonomía de la postguerra

Resumen

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Abstract

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I. La máscara de la paz

A mediados de 1945, se extinguía, con la derrota de un bando, la Segunda Guerra Mundial, conflicto aún mucho más vasto, sanguinario y atroz que la primera. Los vencedores, que habían sido atacados o provocados y habían librado una guerra forzada, hicieron la paz por acuerdo mutuo sin intervención de los vencidos. En las conferencias que celebraron con este fin aun durante las hostilidades, tales Teherán, Yalta, después, Potsdam, los aliados tuvieron amplia oportunidad de confrontar sus respectivos puntos de vista sobre las bases de la paz que debía iniciarse. En términos muy generales, el acuerdo entre ellos fue completo y no origino mayores dificultades porque los aliados occidentales, por un lado, y los rusos, por otro, accedieron, solo con reservas muy secundarias que fueron salvadas fácilmente, a las condiciones que unos y otros consideraban necesarias y convenientes al restablecimiento y preservación de la paz. Tales condiciones incluían dos rasgos un tanto difíciles de armonizar en un solo sistema de instituciones: la extrema severidad de trato a las naciones vencidas y el mesianismo a idealismo de la paz. Atribuida aquella severidad a las responsabilidades y crímenes de guerra, que al separarse las naciones de los gobiernos quedaban impunes, el aniquilamiento político de las naciones agresoras fue considerado al contrario como una garantía de paz y el mesianismo de la paz pudo darse libre curso sin la menor reserva. Había correspondido a Franklin Roosevelt, sucesor en el cargo y discípulo en las ideas de Woodrow Wilson, rehabilitar la fe en la institución de la Sociedad de las Naciones, que sufriera tan rudo golpe ya en sus inicios con la política aislacionista adoptada por el Senado Americano a raíz de la primera guerra. Roosevelt estaba bien resuelto a orientar eficazmente hacia la paz el prestigio y poderío de su nación, que surgía de la guerra como un nuevo coloso, junto con Rusia, en medio del desastre general. Para ello modificó en forma más realista la estructura del organismo de paz. La nueva Organización de las Naciones Unidas se diferenciaba de la otra anterior en que el Consejo de Seguridad, que incluía por derecho propio a los principales aliados de la guerra, o Grandes, tenia atribuciones amplias y expeditas de intervención para detener los conflictos eventuales. Puesto que tal atribución podía a su vez originar roces o dificultades entre los propios Grandes con motivo de su aplicación, cada uno de estos quedó provisto de un derecho de veto que resulta de su no concurrencia a cualquier acuerdo de ese organismo. Todos los pueblos del mundo, excepto los agresores no purgados por los futuros tratados de paz, estaban llamados a formar parte de la Asamblea de las Naciones Unidas, especie de Parlamento o Dieta donde tiene su expresión la opinión de las naciones del mundo y su origen ciertas funciones de carácter permanente de las cuales el Consejo de Seguridad sirve de brazo ejecutivo. Todavía mas, en la Conferencia de San Francisco, a donde fueron convocados todos los llamados a formar parte de las Naciones Unidas, se examinó y aprobó una Carta de Derechos Humanos que había de servir de pauta para las instituciones internas y trato externo de las naciones. Esta Carta no es una novedad con relación a las instituciones y costumbres reinantes en las democracias occidentales de antigua cepa. Pero toma acta de las experiencias adquiridas durante la primera postguerra y segunda guerra mundial y precisa y detalla los diversos aspectos de las garantías humanas que debían afirmarse según un criterio de experiencia. Al mismo tiempo, esta Carta es una norma elevada que presta un gran servicio a la unidad del mundo y por tanto a la paz, al concretar un criterio de convivencia objetivo a igual para todos, incluidos los pueblos noveles llamados a la independencia. Como un símbolo de la voluntad de Roosevelt de reparar el error cometido por el Senado de su país al desahuciar a la Liga de las Naciones, la Organización de las Naciones Unidas, después la NU, instaló su sede en Nueva York, al amparo de la bandera estrellada.

Desde que inició sus reuniones aquella institución, concitó el interés, la confianza y sobre todo la esperanza del mundo. Con mas fuerza que al término de la primera guerra se elevó la expectativa de una era de paz permanente que permitiera a la humanidad destinar todas sus energías a las tareas de su propio perfeccionamiento, progreso, bienestar y felicidad. Siguiendo el cauce ampliamente abierto por varios años de frenética propaganda de guerra, la humanidad descubría que, estando vencidos y políticamente destruidos los enemigos de la paz, nada hacia posible una nueva guerra general, excepto el resurgimiento del espíritu belicista, que la organización de paz existía para destruir en su germen. Toda la publicidad, nacional a internacional, habituada en sus círculos dirigentes a ser seguida apasionadamente por un público ávido durante los años de guerra, volcó su orientación a influencia hacia las actividades de las Naciones Unidas en demanda de la preservación de la paz. Los numerosos conflictos pequeños, no tan pequeños y a veces serios que se produjeron en forma sucesiva, fueron invariablemente enfocados desde el ángulo de las Naciones Unidas, es decir, del aislamiento y pacificación de ellos por la iniciativa a intervención de ese organismo dentro del normal desempeño de sus funciones. Así, cualquier conflicto apareció ante todo como una perturbación, peligro y desafió de la paz, y las Naciones Unidas, como la institución tutelar sobre cuyas actuaciones descansaba el bien mas preciado de los hombres. Para la mentalidad del hombre común se formó visiblemente una especie de nexo entre las dos imágenes de las Naciones Unidas y de la paz. Esta imagen se incrustó profundamente en la conciencia de la humanidad durante el periodo de mas de quince años a partir del termino de las hostilidades en que ella prevaleció sin reservas. El reconocimiento tal vez más elocuente, entre innumerables otros, de este nuevo estado de conciencia de la humanidad en general fue el viaje a la O.N.U. y discurso ante ella del jefe de la Iglesia Católica, S.S. Pablo VI, realizado sin embargo cuando aquella creencia y confianza habían sobrepasado su cenit. Pues, durante la década del 60, aquella imagen que unía en una simbiosis a las Naciones Unidas y la paz comenzó a disgregarse o quizás a ceder su lugar en el primer plano de la conciencia a otros factores de la paz y de la guerra que los hechos, paso a paso, iban destacando cada vez más.

Entretanto las Naciones Unidas, paralelamente a su tarea política de pacificación, había desarrollado una labor original de promoción de la paz a través de los elementos internos constitutivos de ella, tales como el desarrollo económico, particularmente en el sector agrícola, o la cultura en un plano común a la humanidad toda, es decir, sin prejuicios de tendencias, lengua, nación. Esta labor, debida en su mayor parte al ingente aporte en financiamiento y elementos técnicos de la nación creadora, los Estados Unidos de América, no solamente ha prestado grandes servicios en lo técnico y cultural, sino que ha difundido por todo el mundo el criterio de origen que la inspira. Ese criterio es la expresión del pensamiento pragmático Americano aplicado a los actuales problemas espirituales que aquejan al mundo, como es la tendencia filocomunista muy vigorosa que pugna por imponerse en el ámbito subdesarrollado. Aun antes de que tal tendencia se presentara, o mejor dicho, antes de que ella pudiera interesar políticamente a los Estados Unidos, ya existía en ese país una explicación simple, si se quiere, de los movimientos revolucionarios profundos en el mundo, atribuidos a los efectos opresivos, desmoralizantes a irritantes de la pobreza en, las poblaciones. En honor a la verdad, esta idea pertenece mas bien a la civilización inglesa antes que solamente a Norteamérica. Esta ya en Dickens, por ejemplo, y es la simple extensión al mundo de ese malestar social bien conocido en los países de alto desarrollo, en los sectores asalariados de población tratados sin consideración durante el periodo de expansión de la revolución industrial. En Estados Unidos este mismo criterio toma un cierto carácter de uniformidad, simplificación y oficialismo que es común en las orientaciones generales de aquella democracia, como muy bien lo descubre ya Tocqueville hace un siglo y medio. Así por ejemplo Roosevelt y sus asesores, al igual que una gran proporción de la opinión Americana, nunca vieron en el comunismo otra cosa que una reacción natural frente a la opresión política y económica del zarismo. De donde resultaba, lógicamente, un optimismo tanto mayor sobre una evolución razonable o favorable del comunismo cuanto mayor fuera el éxito en Rusia de los planes quinquenales de desarrollo. De toda suerte, aquel criterio establece implícitamente una doble relación hasta cierto punto necesaria y exclusiva entre bienestar y paz social, por un lado, paz social y paz general, por otro. Este modo de ver las cosas se hace prácticamente universal y oficial en el mundo. Es el lenguaje en que todos se entienden, el único que todos hablan. Nuevamente, para mostrar el prestigio de este modo de pensar es lo mas probante acudir a un testimonio eclesiástico, desprovisto de intención política. Un obispo católico latinoamericano acuna una expresión acogida con honor no solo en su país sino en Roma: el desarrollo, nuevo nombre de la paz. En estas pocas palabras se encuentra sintetizado con gran precisión lo que el mundo piensa acerca de las condiciones, por decirlo así, internas de la paz. A mayor desarrollo, prosperidad y bienestar, mayores garantías de este supremo bien. Las Naciones Unidas no son el único pero sí el principal agente a instrumento de la aplicación de esta idea. El bienestar del mundo, la solución, o al menos la preocupación y el progreso en los problemas, por lo demás singularmente agudos, que determina el ritmo abrumador de aumento de la población, es el objeto de las tareas a iniciativas que desempeñan muy grandes organismos derivados de aquella organización madre. No es preciso mencionar estos organismos, tan conocidos son. Lo único que interesa destacar es que el objetivo inicial y final de estas formidables instituciones y el móvil de los vastos recursos puestos a su disposición por los gobiernos socios de las Naciones Unidas, entre los cuales el de los Estados Unidos sobresale a grande altura por su contribución, es realizar las condiciones internas de la paz del mundo, concebidas según el patrón que predomina sin contrapeso en Norteamérica, y desde allí, envuelto en el prestigio de esa nación, se extiende y es aceptado y secundado por todos los pueblos y gobiernos.

No se puede establecer una diferencia entre lo que piensan los pueblos y lo que proclama diariamente la maquinaria informativa que pretende expresar esa opinión. Del mismo modo, tampoco existen gobiernos que disientan notoriamente del pensamiento dominante. En ambos casos la idea o criterio dominante es una especie de credencial de audición fuera de la cual sólo hay incomprensión y aun suspicacia, en todo caso aislamiento a impotencia. Incluso las ideas dominantes tienen una vigencia mucho más general y convencida en las palabras que en la realidad a intimidad de las opiniones, por la razón sencilla de que la opinión general es como el viento, en el cual el velero tiene que apoyarse aun para avanzar contra él. Y precisamente por ser la Organización de las Naciones Unidas una especie de parlamento mundial, en el cual las opiniones se manifiestan con la mira de allegar votos para una determinada posición, las opiniones dominantes en el mundo adquieren tanto mas fuerza en el seno de la organización a la vez que esta asume tanto mayor representatividad de la opinión mundial. Dado que las Naciones Unidas constituyen la única institución que se ocupa de los problemas mundiales, políticos y sociales, la idea que la inspira, a saber, que existe para promover la paz entre los pueblos, se encuentra tanto más prestigiada. Cuanto hace es considerado, pues, como una contribución directa o indirecta a la causa de la paz y toda la política mundial propiamente dicha, que le es exclusiva, ha girado en estos años alrededor de este concepto. En otras palabras, el objetivo de la política mundial ha sido la paz, y el instrumento de esa política, las Naciones Unidas. Tal fue la idea que prevaleció sin la menor reserva o contrapeso en la opinión mundial hasta una época que podemos fijar aproximadamente en la mitad de la década del 60. Esta opinión implica desde luego una gran confianza y seguridad en el mantenimiento de la paz, basadas en la novedad de una política y organismo de carácter mundial destinados específicamente a lograr aquel fin. Además, aquella opinión implica también el juicio de que período de postguerra ha sido una época de paz no ya casual, como en el pasado, sino concertada y asegurada por el consenso organizado de todo el mundo a través de sus representantes en las Naciones Unidas. Los conflictos de la más diversa importancia surgidos durante este periodo han sido considerados como desordenes semejantes a las incidencias de carácter policial que suelen producirse a despecho de los servicios de orden.

Solo algunas crisis parecieron revestir otro carácter, tales Berlín, Corea, Suez, Cuba y últimamente Vietnam. Sin duda, estos conflictos salían del esquema. Como sin embargo se vio desde el principio que los Grandes -vale decir Estados Unidos y Rusia- no estaban dispuestos a librar un duelo nuclear como quedó demostrado en Suez y Cuba, se admitió generalmente que las armas absolutas habían hecho imposible la guerra total, y esta seguridad se agregó a los motivos de confianza en la paz. Lo que no se vio claramente, en general, fue que la paz no existía. Y por eso decimos que esta mentalidad se asemeja a una máscara que el mundo hubiera adoptado como para evocar un bien anhelado a falta de haberlo conseguido. Y lo dramático en esta evocación es que ha sido simultánea en Oriente y Occidente, pero con un matiz de diferencia. En las manifestaciones soviéticas de propaganda política, la paz constituye una consigna forzada a insistente, repetida a propósito de los hechos más diversos sin mucha preocupación por la oportunidad y procedencia. Todo congreso de juventud, feria industrial, exposición artística se lleva a cabo en honra y beneficio de la paz. Los propagandistas del comunismo secundan este propósito con disciplinado entusiasmo. El más célebre es Picasso, que contribuyó a la sinfonía pacífica con la efigie inocente de una paloma. Sólo que la otra cara de la medalla es un armamentismo desorbitado y cruda política de fuerza llevada por el Gobierno soviético. En cambio en Occidente la tendencia hacia la paz es totalmente espontánea, al punto de que no existe la menor utilidad en fomentarla. Al contrario, la única forma de hacerlo es la promoción del apaciguamiento o debilitamiento de las defensas, que son tendencias muy discutibles, como lo veremos mas adelante. En suma, aunque la paz no ha existido, no por eso ha dejado de ser una consigna de propaganda para el comunismo y un anhelo espontáneo para el Occidente que se llevó frecuentemente hasta el apaciguamiento.

II. El anhelo sinárquico

El anhelo de paz, en cuanto espontáneo, no requiere evidentemente la menor explicación y no suscita otro comentario que el de ser una actitud por demás natural en una sociedad avanzada y todavía espantosamente golpeada por una guerra de caracteres atroces. Pero otra cosa muy distinta es la ilusión tenaz, o lo que viene a ser igual, la voluntad de ilusión a propósito de la paz. La ilusión de paz, en efecto, no se explica por sí sola. Una ilusión es un engaño. ¿Cómo puede haber engaño a propósito de una materia sobre la cual los medios informativos y con mayor razón los gobiernos tienen toda la información deseable? aquí, tras el engaño hay otro factor, este subjetivo. Hay una cierta voluntad de engaño, de autoengaño. Es esta voluntad de autoengaño a propósito de la paz la que requiere una explicación. ¿A que se debe?

Ante todo recordemos que es lo que entendemos por engaño a propósito de la paz. Es que se ha llamado paz lo que no es tal. La guerra no desembocó en un estado de paz, sino de hostilidad entre los vencedores de Oriente y de Occidente. Esta hostilidad no fue nada parecido a lo que tantas veces se había visto en el pasado entre aliados en alguna gran guerra, donde con frecuencia las alianzas demostraron una increíble fragilidad después de conseguida la victoria. La diferencia, como lo veremos mas adelante, esta en que en otras muchas ocasiones se manifestaron entre aliados divergencias políticas de carácter concreto, pero ahora no fueron divergencias las que aparecieron sino una suerte de incompatibilidad radical en los objetivos políticos. Fue esta realidad, sobre la cual no nos explayaremos por ahora, la que fue tratada por los medios informativos con una especie de deseo y voluntad de disimulo, ocultamiento, silencio y aun tendencia a la distorsión es esta actitud la que merece una explicación. En otras palabras, aunque la situación que tan justamente se llamó la guerra fría fue percibida de inmediato por todos quienes interpretaban o conducían la opinión, la reacción ante ella no fue simple, directa y vigorosa -que desde luego no quiere decir belicosa- sino compuesta, llena de atenuaciones, optimismo gratuito, ignorancia voluntaria de realidades graves, porque desfavorables, concesiones impropias al adversario, que llamamos apaciguamiento, etc. Es esta actitud la que dio origen a esa sensación de vivir una época normal de paz, y todavía perpetua, con solo un lejano riesgo de repentina aniquilación nuclear. Ahora bien, ¿a qué se debía esa actitud frente a la realidad de la situación mundial? al anhelo no tan solo de paz, sino de gobierno unitario del mundo.

Esta idea de un gobierno unitario del mundo, muy antigua como utopía según es sabido, tuvo su primera realización, aunque frustrada en diversos sentidos, en la Liga de las Naciones de Wilson. Las Naciones Unidas de Roosevelt la perfeccionaron, no sin que este organismo encontrara en su camino los tropiezos más imprevisibles en la época de su creación. Pero esto aparte, debe reconocerse que estas iniciativas que atribuimos a sus promotores visibles son mucho más que eso, son una de esas aspiraciones mesiánicas de las cuales participa la cultura americana. Y todavía debe agregarse que hay otro pueblo donde el mesianismo es también característico; es el ruso. Alejandro I fue el Wilson de la crisis napoleónica. Y el marxismo-leninismo es también una utopía mesiánica a su manera. La victoria de estos dos grandes pueblos unidos era visiblemente una ocasión admirable para realizar esta antigua utopía Americana. Al menos, tal era la apariencia, imposible de distinguir de la realidad precisamente para las mentalidades mesiánicas. En Norteamérica, donde la cultura nacional esta impregnada de mesianismo, este no se manifiesta solamente en individualidades propensas a él, sino que se difunde en todo el pueblo desde la escuela primaria. Es, pues, general y hasta cierto punto solicita la lealtad patriótica de los ciudadanos, puesto que esta ligado en varios aspectos a las propias realizaciones nacionales. Así, por ejemplo, el democratismo americano no es cosa que un ciudadano de esa nación pueda discutir libremente, porque ello equivale a poner en duda no tan solo los fundamentos, sino las realizaciones de la vida e historia nacional. En menor escala, algo parecido sucede con el mesianismo sinárquico, el cual se encuentra en la base de las organizaciones internacionales de creación Americana surgidas como consecuencia directa de las victorias nacionales. Aclaramos que por sinárquico entendemos el gobierno unitario del mundo, no en la forma de una Bola nación, pero como una especie de federación de naciones autónomas, siguiendo así aproximadamente el significado propio del término. Se ve que el régimen de Sociedad de Naciones o Naciones Unidas es una primera versión concreta de esta idea. Pero, eso sí, es una versión que de ninguna manera realiza, sino que sólo anuncia un gobierno unitario del mundo. Por eso hablamos de anhelos sinárquicos, no de sinarquía real. Lo que falta a estas instituciones para llegar a ser un gobierno del mundo es autoridad supranacional. Evidentemente, tal carencia es básica. Pero no es absoluta, pues en ciertos aspectos las Naciones Unidas, como la anterior Sociedad de Naciones, están revestidas de autoridad dentro de los limites de la Carta de San Francisco. Debe recordarse que los Grandes no están sujetos en realidad a esa autoridad, puesto que tienen derecho de veto frente a cualquier acuerdo. Así Rusia ha opuesto su veto a mas de un centenar de acuerdos de las Naciones Unidas. La autoridad supranacional de las Naciones Unidas, para comenzar, no se aplica a los Grandes y en seguida se limita a ciertos fines relacionados únicamente con situaciones de fuerza, que están contempladas en la Carta porque son susceptibles de perturbar la paz. En otras palabras, la competencia especifica de las Naciones Unidas es la intervención con fines de impedir el recurso a la fuerza para dirimir conflictos o también de restablecer una situación de derecho cuando esta ha sido alterada por la fuerza. Esto viene a significar que el gobierno de las Naciones Unidas se reduce a preservar el status surgido de la segunda guerra mundial por medio de acuerdos precedidos de deliberaciones en su seno, limitados a su vez por el derecho de veto de los Grandes en el Consejo de Seguridad. Entonces, ¿en qué consiste el anhelo sinárquico que hemos señalado- Consiste en el deseo a incluso en el propósito de consolidar y ampliar gradualmente las atribuciones y funciones del organismo mundial. Es fácil darse cuenta del origen de este deseo, anhelo y propósito. El se origina, en primer lugar, en el mesianismo democrático integral o democratismo de la cultura o civilización americana; no haremos la diferencia por tratarse de materias políticas. Llamamos democratismo a la democracia tomada, no ya en su sentido propio de forma convencional de gobierno, sino como materia de fe, de un género de sentimiento que excluye la critica y dicta la adhesión. El democratismo prescribe que la democracia no solamente debe ser el único sistema de gobierno en todos los países del mundo sin excepción, cualesquiera que sean sus tradiciones y grado de cultura, sino que también la forma a que debe tender la vida internacional, en que las naciones, asimilables a los individuos, tienen iguales derechos y deben en consecuencia expresarse en lo resolutivo por un voto. Los pequeños acomodos prescritos en la Carta de San Francisco al rigor de la igualdad no deben considerarse mas que provisorios, es decir, validos hasta que la vida internacional demuestre poder prescindir de ellos. Que éste es el pensamiento americano es cosa de que no cabe duda alguna, independientemente de la política partidista. Y si queremos de ello la prueba inmediata, la encontramos en la descolonización del mundo en el breve plazo de veinte años, debida a la presión americana, que se agrega inmediatamente a la implantación de los principios democráticos a la vida internacional ahora estructurada en las Naciones Unidas. Basta seguir la lógica y el curso de este pensamiento en la opinión americana para pensar que ella es favorable en principio a la consolidación y ampliación de las Naciones Unidas, no ya como un estricto organismo de paz, sino de orientación y desenvolvimiento de los intereses propiamente mundiales. El deseo de este proceso lo podemos llamar sinárquico, puesto que conduce progresivamente al gobierno del mundo como tal sin destrucción de las nacionalidades.

Otro factor causal del deseo sinárquico es la ventaja que representa la existencia y consolidación de las Naciones Unidas para las pequeñas naciones del mundo, y más aún si son noveles y de integración próxima a la vida civilizada. Este organismo es para ellas, en muchos casos, una garantía básica de independencia y existencia duradera, puesto que en muchos de esos pueblos los contornos nacionales son todavía discutibles y frágiles. La experiencia demuestra que de no existir una organización mundial, las potencias dominantes harían sus veces. Pero hay diferencia entre la garantía de las potencias, que pueden proceder interesadamente, y la garantía de la libre opinión mundial. Además, la forma democrática del organismo mundial es un elemento evidentemente favorable al desarrollo pacífico y fecundo de la vida internacional, y esta circunstancia es particularmente ventajosa para las naciones pequeñas y noveles. Por estos dos motivos se puede colegir el interés que despierta en las pequeñas y noveles naciones la consolidación y ampliación de atribuciones de las Naciones Unidas, dentro solamente del respeto de la independencia y personalidad de los pueblos, enteramente asegurada por el interés de los Grandes en el mismo sentido.

Hay todavía otra razón que influye en igual dirección. Las Naciones Unidas no son solamente una asamblea de política internacional sino además un servicio internacional de gran importancia, utilidad y categoría. Ahora bien, este servicio se traduce en una burocracia distinguida, muy bien rentada y poderosa, que tiende naturalmente a desarrollar sus atribuciones, junto con su propia situación a influencia. Este factor, que podemos representarnos como una fuerza de expansión interna de los servicios de las Naciones Unidas, supone, por supuesto, un financiamiento adecuado. Pero en esto último el organismo internacional cuenta con el apoyo entusiasta y poderoso de los Estados Unidos, para cuya opinión y Gobierno la promoción técnica del desarrollo económico del mundo es un objetivo político de primera magnitud. Por otro lado, también lo es en muchos círculos influyentes el apaciguamiento que resulta de la confrontación cultural, a través de los servicios internacionales de esta índole, entre los bloques de Oriente y Occidente. Ya dijimos anteriormente por que el desarrollo económico, la promoción de él, eran un objetivo tan principal de la política americana: es por la convicción popular y generalizada que existe en ese país según la cual la pobreza y con mayor razón la miseria son el caldo de cultivo del comunismo. Si por otra parte importantes sectores norteamericanos propician el acercamiento cultural con el bloque comunista con fines de apaciguamiento, es porque en ese país existe una especie de prevención contra las ideas doctrinarias, menospreciadas por la mentalidad pragmática que allí predomina de manera aplastante y en virtud de la cual se comprueba que las divergencias planteadas en términos doctrinarios se agrian fácilmente pero no se resuelven jamás. Por estos motivos las Naciones Unidas, consideradas en sus diferentes servicios especializados, aparte la natural tendencia interna a la expansión que mueve a toda burocracia, se encuentran vigorosamente respaldadas por los Estados Unidos, no tan solo por interés del progreso humano, sino con fines políticos estimados, muy importantes.

A través de los motivos que impulsan los anhelos sinárquicos es posible precisar un tanto en que consisten. Para comenzar, estos anhelos son propios del Occidente, no del Oriente. El comunismo no participa de ellos por la buena razón de que esta ideología tiene los propios, enteramente diferentes, como tendremos ocasión de mostrarlo mas adelante. En dos palabras, los deseos sinárquicos consisten en la ambición de extender firme a irrevocablemente a todo el mundo, y para bien del genero humano, los beneficios del democratismo, pluralismo y pragmatismo que configuran la civilización americana, a la cual fue debida la victoria en la segunda guerra mundial y que emergió de ella revestida de un prestigio irresistible cuanto sutil, porque se extiende incluso a quienes en uno a otro aspecto la critican. Estos tres rasgos de la civilización americana no son, por cierto, ajenos a la civilización europea, Pero en Europa se encuentran mezclados con muchos otros elementos de origen histórico que hacen que los países europeos difieran notablemente unos de otros, y cada uno tomado en particular es un mostrario comparativamente muy amplio de opiniones que tanto incluyen las que imperan en Norteamérica como otras que divergen de ellas o las contradicen abiertamente. Con mayor razón puede decirse otro tanto de Latinoamérica, por ejemplo, que es otro sector democrático del mundo. No queremos decir con esto que en Norteamérica no existan opiniones divergentes a opuestas a las que prevalecen. Decimos solo que allí tienen una audiencia comparativamente muy limitada y una acogida mas bien hostil. Queda dicho al mismo tiempo que el anhelo sinárquico no es exclusivamente Americano, sino que participan de él todos quienes ponen su fe en los mismos valores.

Las Naciones Unidas son un organismo admirable para la difusión y afianzamiento de estos valores sociales, empezando porque se basa el mismo en ellos y además porque es la única asamblea y tribuna de ámbito mundial que existe, de manera que sus debates, y más aún sus actuaciones, le dan una proyección única. Es cierto que las Naciones Unidas, en cuanto organismo político, no extiende su competencia más allá del interés de la paz, a propósito de los conflictos susceptibles de ponerla en peligro. Pero no es menos cierto que la forma de actuar a propósito de estos conflictos es una ocasión muy relevante de destacar y aplicar criterios y principios de orden político. Desde luego aquella intervención constituye en sí misma una apelación a la solidaridad de las naciones por encima de sus intereses de tipo nacionalista. Es visible que existe una relación estrecha entre internacionalismo, por un lado, y democratismo, por otro, puesto que el primero puede considerarse como la extensión a las relaciones entre pueblos del principio básico democrático de igualdad de derechos entre personas. La trasposición internacional del democratismo es el internacionalismo, o conciencia de la solidaridad de las naciones en la igualdad de derechos entre ellas. Así se explica que el mesianismo democrático Americano se traduzca en iniciativas internacionalistas de tanto alcance como el lanzamiento sucesivo de la Sociedad de las Naciones y de las Naciones Unidas.

Es interesante observar que en los Estados Unidos el nacionalismo en general es mal visto. Es esta una de las más visibles discrepancias de tradición política entre los Estados Unidos y Europa, con mayor razón con otras partes del mundo, tal Latinoamérica, donde en la actualidad todavía se promueven conflictos entre vecinos, basados exclusivamente en el interés del mas fuerte. Los Americanos ven el nacionalismo y sus manifestaciones militaristas y chauvinistas con una especie de desprecio basado en su propio gigantismo y pacifismo. También los regímenes militaristas, que se relacionan con el nacionalismo en que ponen la fuerza al servicio del interés colectivo, les parecen una simplificación un poco grotesca de las relaciones políticas. La manifestación más grandiosa en su magnitud del internacionalismo americano ha sido la descolonización universal en un breve tiempo. Este proceso ha hecho subir enormemente el número de miembros del organismo mundial y lo ha hecho al mismo tiempo directamente representativo de la mayor parte de la población del mundo. Los vacíos que subsisten, o subsistieron largo tiempo, entre ellos el de China, la mayor nación del mundo, todos sabemos que tienen carácter de sanciones por conducta agresiva y son por tanto de naturaleza transitoria. Los Estados Unidos han tenido una influencia preponderante en todas y cada una de las actuaciones de intervención de las Naciones Unidas en resguardo de la paz. Todas ellas se han opuesto o se han adelantado a formas diversas de agresión, generalmente externas, pero a veces también internas, originadas en el exterior. En estos años de actuación política de las Naciones Unidas, la casuística de la agresión ha quedado agotada y el afianzamiento del criterio general de solidaridad democrática en el derecho ha dado un paso de gigante al convertirse en el único criterio valido ante la opinión mundial, si bien no por eso acatado por todas las naciones, sea por razones de doctrina o por inmadurez política. Este es el primer paso de la sinarquía.

El otro, quizás más importante, es un cierto criterio general de convivencia humana difundido a través de los servicios de las Naciones Unidas. Estos miran principalmente al desarrollo económico y también a la promoción cultural en campos de tanta trascendencia como la educación. La labor de las Naciones Unidas en materia de desarrollo no es tanto práctica y técnica como teórica. Si tomamos, por ejemplo, los trabajos de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), organismo derivado de las Naciones Unidas, vemos que se dedica a analizar la realidad económica de los países de este continente. Tal análisis tiene, lógicamente, un objeto, que es formular algunos juicios, basados en hechos debidamente destacados, susceptibles de orientar la acción de los gobiernos en su esfuerzo por salir del subdesarrollo. Una labor de esta especie tiene un alcance político demasiado próximo para no verse influida por el modo espontáneo de pensar de sus personeros. De donde viene, indirectamente, la influencia política de este organismo, como de todos los demás de las Naciones Unidas. Así, por ejemplo, la CEPAL puso de actualidad la conveniencia y necesidad de efectuar en América Latina ciertas reformas básicas de estructura relacionadas con la tenencia de la tierra y la tributación, que fueron acogidas por la administración Kennedy y sirvieron de base condicionante de la Alianza para el Progreso, especie de convenio con estos países para lograr en ellos el desarrollo. De este modo, la labor de uno de estos servicios de las Naciones Unidas ha servido de base para estructurar toda la política de desarrollo en los países latinoamericanos y también la intervención en ella del Gobierno de los Estados Unidos. Del mismo modo la reforma educacional, en Chile al menos, ha estado muy influida por los trabajos de la UNESCO. La influencia del pragmatismo, personalismo y liberalismo -por citar algunos rasgos salientes del espíritu y mentalidad americanos-, a través de la educación de tipo uniforme que predomina en Latinoamérica, es grande hasta donde la mentalidad latinoamericana es susceptible de responder a sus incentivos. Es claro que lo que puede observarse en Latinoamérica con mayor razón se verifica en África y Asia, donde las culturas autóctonas tienen un ámbito mas reducido, aunque también, por lo mismo, son más tenaces en su particularísimo. No queremos decir que la labor de los servicios de las Naciones Unidas sean ni siquiera el principal vehículo de la influencia mundial de la cultura y mentalidad Americanas. Existen otras vías, como la prensa y propaganda y los estudios de muchos becados, aun en Europa, donde también caen bajo la influencia Americana, por donde aquella cultura ejerce su penetración, llevada ante todo por el prestigio. Pero los servicios de las Naciones Unidas constituyen un elemento muy importante de esta influencia por su categoría y la permanencia de sus labores. El apoyo generoso que les presta la nación americana es espontáneo en el sentido de que ellos responden a su mesianismo, pero es calculado también porque ellos contribuyen a la configuración gradual del gobierno sinárquico del mundo, que concreta aquel mesianismo.

Sin embargo, los anhelos sinárquicos, mirados de cerca, se descomponen en elementos equívocos cuyas versiones divergentes y aun encontradas laboran por su propio predominio en el seno del organismo mundial. El principal de los ingredientes de la civilización Americana es el democratismo. Pero este contiene a su vez dos elementos básicos, que son el igualitarismo y el liberalismo. Dejaremos de mano elementos menos simples, como el personalismo, cuya vigencia es derivada de los más simples, porque son estos los que siempre afloran a la conciencia. Ahora bien, si consideramos en primer lugar el igualitarismo democrático, vemos que puede concebirse en dos sentidos muy diferentes. Uno es el igualitarismo de oportunidades, otro el igualitarismo de situaciones. Llamamos igualitarismo de oportunidades el criterio que postula la igualdad de derechos, o sea, de oportunidades entre los hombres, o más en concreto, entre los ciudadanos a quienes se aplica una misma legislación. En cambio, el igualitarismo de situaciones no aprecia la igualdad en el derecho y las oportunidades, sino la igualdad en los resultados, en la situación de las personas en una colectividad, en lo relativo a poder de consumo a independencia económica. Como es un hecho de experiencia que la igualdad de derechos trae una cierta distribución muy desigual de la propiedad y la renta, esta distribución es condenada y denunciada como injusta entre los partidarios de la igualdad de situaciones, o socialistas mas o menos doctrinarios. Pero es claro que no puede lograrse una cierta igualdad de situaciones sino por medio de una legislación que redistribuya la renta y la propiedad. En los Estados Unidos existe un compromiso bastante efectivo y eficaz entre ambas tendencias. Pero no por eso ellas se confunden ni siquiera allá mismo, porque se inspiran en muy distintos motivos y se desarrollan por muy distintos derroteros, como es obvio. Puede decirse que para los partidarios de la igualdad de derechos, esta expresa la justicia; en tanto que para los partidarios de la igualdad de situación entre las personas, en esa igualdad se reconoce la justicia. La noción de justicia no es pues la misma en ambas tendencias y por eso es que en el fondo son inconciliables, puesto que ninguna puede acercarse a la otra sin desmentirse a sí misma, a la vez que ninguna puede buscar su perfección sin distanciarse de la otra. Que el compromiso actual en los Estados Unidos no es de una estabilidad absoluta lo demuestra la agitación juvenil, que anuncia tal vez un giro más o menos profundo de la opinión americana hacia una forma de vida igualitaria, no en sentido de la igualdad liberal de derechos, sino de la regulada igualdad de situaciones.

Entretanto, cualquiera que sea el giro de esta doble opinión en Norteamérica, en el resto del mundo la diferencia entre ambas versiones de la igualdad democrática es tanto mayor cuanto menos adelantado es el medio social de que se trate. Así, por ejemplo, en los países poco desarrollados o subdesarrollados la igualdad es concebida y apetecida por la enorme mayoría de la población, no como igualdad de derechos, que para ella poco se traduce en oportunidades, sino como igualdad de situaciones, es decir, como un régimen que a todos asegure un cierto pasar y cuide de reducir al nivel común a los ricos. Estas son tendencias, deseos, no programas; pero sus partidarios entienden por democracia un régimen que elige por representantes a gente que propicia esto mismo. Y estos representantes se llaman a sí mismos democráticos justamente porque sustentan este mismo criterio de igualdad. La igualdad, el primero de los elementos de la democracia, es, pues, igualdad de situaciones.

Del mismo modo, el segundo elemento de la democracia, que es la libertad -aunque sea el primero en fecha-, también es concebido de muy distinta manera según que se propicie la igualdad de derechos o de situaciones. En el primer caso, la libertad social es concebida como un limite opuesto a la acción de la autoridad por el estatuto de la persona, concebida como poseedora de derechos innatos. En el segundo, la libertad que el ciudadano busca es una defensa contra la necesidad, asegurada, lógicamente, por la autoridad. Este concepto de la libertad es mas reciente que la intuición de él, ya antigua en el socialismo. Ha sido formulada últimamente por el marxismo y acogida con favor por la opinión de izquierda, en particular en los países de escaso desarrollo.

Tenemos entonces, en resumen, que la democracia,, o mejor, el democratismo, es una concepción en alto grado equívoca, pues sus elementos básicos, igualdad y libertad, son concebidos, y sobre todo deseados, de muy distinta manera en unos a otros sectores de la opinión occidental. Además, estos sectores no están en modo alguno estrictamente separados por fronteras geográficas. En los países avanzados de Occidente se ven incluso mezclas tan curiosas de estos criterios como los que predominan en Suecia. En cualquier país de alto desarrollo tecnológico y social coexisten las dos concepciones, chocando a veces en la política partidista o en distintos ambientes de unos mismos partidos. Pero lo que no ofrece duda es que la concepción tradicional y antigua de la democracia conserva un prestigio mucho mayor en los países de alto desarrollo y cultura general uniforme que en los países subdesarrollados y atrasados culturalmente. La razón esta en que esa concepción es una creación propia de aquellas naciones, en tanto que es una imitación en las demás. Inversamente, el deseo de un estado social donde la igualdad y libertad sean aplicados primordialmente a la seguridad en los medios de vida de las personas, aun cuando ello implique renunciar a la libertad de acción en la igualdad de derechos, es mucho mas intenso en los países de escasa vocación al desarrollo espontáneo. Por esta razón, las fuerzas que bregan por manifestarse como anhelos sinárquicos, no sólo en las Naciones Unidas sino en todos los centros de influencia y poder, son uniformemente democráticos cuando no son comunistas, pero son a la vez equívocos, es decir, divergentes en sus objetivos a incluso contradictorios entre ellos.

La importancia que presenta este hecho es demasiado grande para no describirla someramente. La versión del democratismo que desea la igualdad en los ingresos, disponibilidades y situación económica de las personas generalmente presenta otros rasgos complementarios que le son característicos y que desde hace algunos años tienden a decantarse en un sedimento de formulas sencillas y populares. El primero en fecha de estos rasgos es la hostilidad al sistema de libertad económica o libre empresa, llamado uniformemente capitalismo. Todos sabemos el origen de este sentimiento. Es el abuso de la codicia de lucro con los trabajadores industriales con que se inició la revolución industrial, el cual se atenuó gradualmente durante todo el siglo XIX y desapareció en los países desarrollados a partir de la primera guerra mundial. Hoy día el capitalismo desarrollado ostenta el obrerismo mejor remunerado del mundo, sin comparación con los países socialistas. Tal es el hecho. El socialismo democrático europeo de antigua data toma debidamente en cuenta este hecho, y por esa razón, en lugar de condenar el sistema de libre empresa y economía de mercado, que ha logrado mayor prosperidad y bienestar que cualquier otro, se limita a estimular y precipitar su evolución en cuanto favorece al sector asalariado, directa o indirectamente. En esta dirección Suecia, por ejemplo, ha ido todo lo lejos que se puede ir dentro de la experiencia humana lograda hasta hoy. Pero otros sectores socialistas sustentan ideas que no se fundan en la observación de los hechos sino en sentimientos y teorías invulnerables a la experiencia, puesto que les son anteriores. Estos sectores, aunque mantienen en reserva aquel argumento de los antiguos abusos con los asalariados, se limitan a manifestar su repudio y malevolencia hacia los ricos y, sobre todo, a achacar al sistema económico toda la pobreza que existe en un país y sus consecuencias de todo tipo, pretendiendo al mismo tiempo remediarla mediante el desarrollo indefinido del dirigismo y socialización. Inversamente, los malos resultados del sistema que propician no hacen mas que confirmarlos en sus gratuitas convicciones. Sin alargarnos acerca del origen de esta mentalidad, observamos que invoca la democracia para instaurar una colectivización franca de la sociedad, perseguida paso a paso y en forma acelerada. Este es el criterio generalizado de la izquierda en los países poco o subdesarrollados en general. En las regiones mas pobres toma la forma de dictaduras al estilo Nasser; en las menos pobres, como Latinoamérica, se concilia con una democracia en demanda de su propia negación.

La colectivización es, según queda dicho, el segundo de los rasgos del democratismo igualitario en lo económico. Pero debe advertirse que este rasgo es también sumamente antiguo porque tiene su origen en una tendencia al estatismo cultural surgido con la Revolución Francesa, quo es de donde proviene el concepto del Estado como poder liberador, primitivamente en lo espiritual, ahora en lo económico. Y que ese criterio lleva a la colectivización progresiva y total de la sociedad lo demuestran, de consuno, la experiencia y la lógica. Y que la colectivización, a medida que se desarrolla, se hace incompatible con la democracia, es evidente, puesto que tiende a suprimir la libertad en un amplio y básico sector de la vida social.

Entretanto, lo interesante es que este criterio esta abundantemente representado entre los funcionarios de los grandes servicios de las Naciones Unidas y tiene por tanto una gravitación decisiva en la orientación ultima de los anhelos sinárquicos en aquella institución. Sin embargo, estos funcionarios, en cuanto provenientes de países de escaso desarrollo, no son los únicos representantes de esta tendencia, ni tampoco se limitan en sus anhelos a propiciarla. Ellos encuentran también la simpatía y comprensión de muchos otros funcionarios provenientes de los países avanzados y cuya mentalidad les sirve de gran apoyo en sus deseos de liberación respecto del capitalismo local. Esta mentalidad mesiánica con relación a las sociedades atrasadas es bastante curiosa de observar. Esta particularmente difundida en Estados Unidos, pero es común también en los países mas avanzados de Europa, como Bélgica y Holanda, por ejemplo. Se basa en una noción enteramente simple de la estructura social de los países atrasados. En ellos es visible el contraste entre una gran pobreza y miseria popular y la existencia de una especie de casta reducida de ricos propietarios a industriales, cuando estos países han entrado a la etapa industrial. El motivo de la persistencia de esta estructura, que solo puede alterarse lentamente hasta alcanzar un cierto nivel en que el progreso se acelera, fuera de las condiciones naturales adversas, a despecho de apariencias, son los hábitos ancestrales de vida de la población, que oponen un obstáculo muy serio al desarrollo, hasta que logran superarse. Pero el criterio de los críticos de estos países ignora este problema porque le antepone una idea mucho más simple, dictada por una cierta actitud sentimental, en virtud de la cual la pobreza general proviene del acaparamiento de la riqueza por unos pocos. La opinión popular y en gran parte política en Norteamérica con relación con Latinoamérica, ajena desde luego a cualquier conocimiento del asunto, porque es resultante de un igualitarismo democrático hostil a la estructura aristocrática tradicional en estos, como en todos los países poco desarrollados, ve el progreso de estas naciones en la destrucción de esa estructura, aun por medios violentos. Sólo ciertos medios políticos, instruidos por una observación y experiencia próximas, se dan cuenta del peligro de caída en el extremismo que representa este criterio, pero ni aun así perciben el grueso error de apreciación que implica. No ven que al dejarse llevar por prejuicios debilitan en esos países las fuerzas sociales a ideológicas que sostienen un criterio democrático genuino y tradicional y permiten un progreso rectilíneo y civilizado, que ya no es tan fácil en ellos; y que a la inversa, al apoyar los propósitos igualitaristas en lo económico, que a la vez son radicalmente colectivistas, contribuyen a alejar a esos países de la senda democrática genuina y exponerlos al ataque totalitario. Tan cierto es esto ultimo que los colectivistas igualitarios prohíjan regímenes de corte tan notoriamente totalitario como los de Nasser o Fidel Castro. Y en consonancia con este hecho, debe recordarse que el igualitarismo colectivista es a la vez filocomunista, no tan solo en los países atrasados, sino también en importantes sectores de los países altamente desarrollados, sea en Norteamérica o Europa. En Francia, por ejemplo, la prensa que se presenta como favorable al catolicismo, tal el diario Le Monde y varias publicaciones periódicas del mayor tiraje, son simpatizantes del comunismo, jamás lo critican y constantemente lo comentan y atraen una benevolente atención sobre él. En Estados Unidos y Europa nórdica se observa en muchos funcionarios relacionados con Latinoamérica, tales muchos clérigos que vienen a este continente a prestar sus servicios apostólicos, un criterio igualitarista y colectivista que no tiene curso en sus propios países, pero que se desborda como un resentimiento contenido en el extranjero, y en forma tan extremosa que incluye esa simpatía por el comunismo que en sus países de origen es mal vista. Es esta una ilustración del criterio democratista desviado en los países avanzados. Desviado porque secunda y refuerza al mismo criterio reinante en los países de escaso desarrollo y que, al sumarse a el en el ámbito de las Naciones Unidas, hace de este organismo un agente de un concepto sinarquista particular que ofrece no poco interés. Los elementos de este concepto son tres. El primero es el democratismo izquierdista de los países poco desarrollados que propicia la igualación económica por medio de la colectivización y socialización progresiva y sin limite definido. El segundo es el democratismo de exportación común en los países avanzados, que atribuye el atraso económico a la existencia en los países atrasados de una casta de ricos propietarios y empresarios, la cual despierta en ellos una hostilidad reprimida en casa, pero que se da libre y mesiánico curso en el extranjero. El tercero de estos elementos es el filocomunismo, que no coincide exactamente, pero sí aproximadamente, con las dos primeras categorías, y que a su vez merece un pequeño comentario. El filocomunismo es una secuela lógica y natural del democratismo igualitario, puesto que el comunismo realiza de partida los fines igualitarios de tipo económico. Pero, como el colectivismo por medio del cual se expresa el democratismo igualitario no se presenta como total durante su evolución, preserva una cierta ilusión de la libertad social. Por esta razón el democratismo igualitario es compatible con diversos matices del liberalismo social, que van desde la afirmación intransigente de la libertad hasta su negación. Resulta de aquí que el filocomunismo democratista puede limitarse a la simpatía por la reforma económica o extenderse mas o menos a la simpatía por la tiranía revolucionaria. Este tercer elemento del democratismo igualitario, el filocomunismo, ha sido un ingrediente importante del sinarquismo durante esta postguerra, puesto que aparecía como la mejor garantía de paz. En verdad, su manifestación típica no era la paz, que no podía servir en realidad, puesto que las amenazas reales a la paz no podían estar bajo su control, sino el apaciguamiento.

Si, pues, resumimos los rasgos de los anhelos sinárquicos que han predominado sin contrapeso en las Naciones Unidas, sin perjuicio de muchos otros centros de poder en el mundo durante esta postguerra, podemos decir que están formados de democratismo, igualitarismo económico, hostilidad a las clases ricas en los países pobres, tendencia al colectivismo y socialización, filocomunismo. Personajes representativos de esta mentalidad son, por ejemplo, U Thant, el Secretario General de las Naciones Unidas, y el ilustre Nehru, entre los hombres de Estado. Esta mentalidad es el factor que más ha contribuido a mantener tenazmente en su sitio la mascara de la paz durante este periodo, como una ilusión voluntaria de vigencia de las condiciones necesarias y optimas para la formación y consolidación del gobierno sinárquico del mundo. Pero su verdadera importancia no ha estado en ello, sino en haber propiciado el apaciguamiento con relación al comunismo en lo internacional y en haber presionado formas y reformas políticas y sociales más avanzadas de lo que el llamado Tercer Mundo podía resistir pacíficamente, originando así debilidades estructurales y problemas crónicos difíciles que han debilitado la causa occidental y favorecido la empresa comunista. Por otra parte, el espíritu genuino de la civilización Americana, sus buenos métodos de pensamiento, su fe y respeto por el hombre, menosprecio de las ideologías y mesianismo de las causas nobles, llevado por el prestigio, como el espíritu francés después de la Guerra de Treinta Años, se ha difundido por todo el mundo a influido los ambientes más diversos, contribuyendo positivamente a la unidad de los hombres en la mutua inteligencia.

III. Dramática realidad: la guerra fría

La segunda guerra mundial no desembocó en un estado de paz, sino de hostilidad, llevada gradualmente hasta los últimos extremos, entre las dos superpotencias que surgieron de la victoria, Estados Unidos y la Unión Soviética. El espíritu que condujo a este resultado se manifestó ya durante la guerra misma. Todos sabemos que la ayuda en implementos militares proporcionada a Rusia por los aliados de habla inglesa, y particularmente por los Estados Unidos, fue muy considerable, tanto por el Ártico como por el Pacífico y la ruta de Persia. Tal auxilio fue decisivo para sostener la resistencia y producir la victoria en el frente oriental. Sin embargo el Gobierno soviético jamás manifestó públicamente alguna constancia de esta ayuda ni menos alguna señal de gratitud por ella. En cambio, con frecuencia demostró impaciencia por el retraso en la apertura del segundo frente, manifestando así conjuntamente una especie de desconfianza en la política de guerra de los Aliados y una acentuación del hecho de soportar Rusia el principal peso de la guerra. Un espíritu solidario no se manifiesta de este modo. Esta es una mera indicación. Bien sabemos que hubo un antecedente próximo mucho más significativo, que fue el pacto Ribbentrop-Molotov, del cual, sin exagerar nada, sólo diremos que manifestó de parte del Gobierno soviético un supino desprecio por los principios y fines que habían inducido a los Aliados europeos a declarar la guerra a Hitler. Esta actitud fue confirmada en Yalta hasta donde las circunstancias lo permitan. Las demandas soviéticas con relación a Alemania y sus satélites asumieron un carácter estrictamente empírico y utilitario, ajeno a cualquier principio de los que se entienden regular las relaciones entre pueblos, por lo demás relegados al olvido. Así, por ejemplo, los rusos pidieron un estatuto especial para antifascistas en los países ocupados. O bien una especie de traslado de Polonia de este a oeste, hacia tierras alemanas previamente desocupadas de sus habitantes: O bien indemnización de guerra en mano de obra de prisioneros, etc, Casi todo lo obtuvieron sin mayor dificultad, es cierto, ya que desde luego la negativa era inútil. Pero la posición aliada quedó debilitada de partida en beneficio exclusivo del interés soviético, aun relativamente encubierto. Parece indudable que Roosevelt -y ni aun Churchill, que era por formación realista y no mesiánico- no penetró con exactitud la posición soviética, atribuyéndola a los alegados motivos de seguridad, habituales en parecidas circunstancias. Aunque los Aliados no tenían entonces el menor interés en la preservación de Alemania, peligro eventual hasta entonces para las democracias europeas de Occidente, pensaron que la ocupación del este de Europa por los rusos era una cierta y fuerte presión ideológica sobre los pueblos de esa región, pero no alguna otra cosa de la cual no existían precedentes. Fue esta presión lo que Churchill quiso prevenir al imaginar desembarcos en los Balcanes. Pero los rusos tenían propósitos más concretos, y no limitados a la Europa Oriental.

Cuando la suerte de la guerra estaba echada y se iban realizando o se anunciaba la liberación de Italia y Francia, los partidos comunistas de esos países hicieron esfuerzos titánicos por transformar el movimiento de resistencia contra el invasor en un movimiento político interno revolucionario. La táctica consistió en asumir con fanático interés y disciplina la causa de la resistencia a fin de identificarse con ella. A medida que la suerte de la guerra se decidía, el partidismo comunista se manifestaba dando rienda suelta a la pasión antinazi o antifascista, principalmente en la forma de la denuncia y persecución interesada de colaboracionistas. Como esta condición podía extenderse a voluntad a todos quienes no tomaban parte activa en las organizaciones de resistencia, las cuales eran forzosamente restringidas por su naturaleza mientras fueron útiles, esta consigna de última hora de delación, caza y liquidación de colaboradores por los comunistas tomó los caracteres de una empresa de terror revolucionario. En Italia, donde el fascismo había sido partido único durante muchos años, los comunistas hicieron una grande cantidad de víctimas hasta que pudieron ser contenidos no sin ardua dificultad. En Francia sucedió otro tanto, aunque en menor escala. Pero el número de víctimas, por grande que fuera, no es lo que califica esta acción ni tampoco la satisfacción pasional, sino el avance político. Este fue grande porque el comunismo hizo de la victoria de 1945 su propia victoria. Al identificarse con el resultado de la guerra, como si ésta hubiera sido una guerra civil, los comunistas se adjudicaron la ortodoxia en la interpretación de los hechos históricos y la visión exclusiva del futuro con la intransigencia propia de los vencedores. La victoria justificaba todos sus actos y condenaba a sus enemigos. Fue esta explotación política interna de acontecimientos mundiales lo que le dio al comunismo considerable autoridad sobre muchas voluntades hasta entonces indiferentes o vacilantes. Nótese que esto sucedió parcialmente con otros partidos. En Norteamérica a Inglaterra ningún partido se benefició con la guerra y la victoria. Pero en Francia el comunismo encontró mucha audiencia y simpatía y hasta confianza entre la gente que por sus convicciones democráticas tradicionales había sufrido particularmente con el auge a inicial victoria nazi. En Italia, donde el fascismo había llevado la nación a la guerra, los antifascistas de siempre recogieron gran autoridad política y audiencia electoral agrupados principalmente en la democracia cristiana, resurrección del antiguo Partido Popular de Don Sturzo, el mismo todavía vivo y actuante al asumir de Gasperi. Pero ningún partido como el comunista pretendió apoyar su autoridad en la victoria, puesto que esta era ajena a incongruente con la política interna.

Los comunistas lo hicieron con la mayor espontaneidad y convicción porque la victoria rusa era ideológica aun más que nacional. La misma realidad había sido proclamada durante toda la guerra por la propaganda de los nazis al formular urgidas advertencias al Occidente sobre el peligro comunista que significaba la derrota de Alemania, como si ellos mismos no hubieran representado la alternativa aun peor de una tiranía nacional, y racista, excluyente y sanguinaria. El hecho es que el carácter ideológico de la victoria rusa fue perfectamente captado y explotado por los comunistas. La sinceridad de los comunistas resultó impresionante para mucha gente bien dispuesta por motivos negativos, sea el antifascismo, odio a los nazis o dosis normal de resentimiento en las sociedades democráticas quo aflora en las épocas de humillación y crisis a impulsa a muchos a desear cambios. Pero también el formidable auge comunista en Francia, y sobre todo en Italia, estuvo muy lejos de ser puramente espontáneo. El jefe comunista francés Thorez llego de Rusia, donde había pasado la guerra, a asumir el mando de las huestes comunistas, investido en Moscú del carisma doctrinario y autoritario, al igual que todos los demás dirigentes en el exterior. Siguiendo los hilos de la organización comunista, se llega directamente a un departamento oficial dependiente del Gobierno soviético, expresión a su vez del Partido Comunista de la U.R.S.S. con diversos nombres, Comintern, Cominform, este organismo es el centro nervioso de la estrategia y táctica política de los partidos o agrupaciones políticas comunistas en todo el mundo.

Es esta circunstancia la que le da su verdadero relieve a la acción comunista universal a raíz de la victoria. El caso de la participación de los comunistas franceses a italianos en la resistencia es un episodio de la vasta acción dirigida desde MOSCÚ, destinada a luchar por la implantación del comunismo en todo el mundo. Un propósito tan amplio esta Reno de complicaciones técnicas y políticas. En unas naciones el comunismo esta proscrito, en otras participa de la vida democrática, en otras tiene que enfrentar dictaduras diversas o versátiles. Y puesto que la acción comunista esta dirigida desde Moscú, el Gobierno soviético debe tomar responsabilidades muy delicadas, quo de todas maneras lo comprometen. Digamos que un primer aspecto de esta política de implantación del comunismo es que acude solamente a medios pacíficos cuando las circunstancias lo exigen. Así, en cualquiera democracia antigua el comunismo no tiene mas remedio que someterse a las formas democráticas para ser tolerado. Pero su actuación no es de cooperación y colaboración dentro del respeto que da a la vida democrática su carácter pacifico. Es de critica sistemática a inconformismo radical, puesto que su función es preparar su propio y exclusivo advenimiento irreversible al poder, fuera del cual no puede realizar los objetivos estrictamente prescritos por su doctrina y propaganda. De este modo, al propiciar por los medios que estima en cada caso más apropiados la llamada dictadura del proletariado, que es precisamente la suya propia, el comunismo está entregado necesariamente a una genuina conspiración contra cualquier otro régimen, y en particular la democracia, que lo acoja con la tolerancia propia de la vida pacífica. Es esta conspiración, dirigida desde Moscú, destinada estrictamente a la destrucción de los regímenes políticos distintos del comunismo con miras a su reemplazo por este, el factor que le da a la política exterior soviética un carácter original, impulsada a toda vela por el viento de la victoria durante la actual postguerra.

Para apreciar la originalidad de esta política conviene evocarla en sus diversos aspectos, perseguidos simultáneamente por el Kremlin. Las circunstancias en el exterior son muy diversas. No puede ser parecida en sus manifestaciones y medios la conspiración comunista en Inglaterra, Francia, España, Norteamérica, Argelia, Zambia o Indonesia. Hay estrategias y tácticas en cada situación. Estas pueden clasificarse someramente en conspiraciones propiamente dichas, que proceden donde el sistema de gobierno es simple y frágil, como en los países noveles; participación de oposición irreductible en los países democráticos; participación a infiltración armada donde existe ambiente de guerra civil; y conquista franca donde ello es posible. Aunque las variantes son numerosas según las situaciones, puesto que estas actitudes-tipo se combinan de muchas maneras y se transforman con los hechos, el propósito y la dirección superior son únicos, así como también el impulso. Desde la simple infiltración cultural, único medio de combate en ambientes refractarios, dirigida a los centros nerviosos de la formación de la opinión, hasta la conquista armada, pasando incluso por un sistema de gobierno mayoritario en democracia donde solo este es posible, cual en el Estado de Kerala en India, el comunismo, bajo una Bola dirección y por todos los medios eficaces, así como antes de la segunda guerra se ocupaba ante todo de su propia defensa en un mundo generalmente hostil, ahora, a raíz de la victoria soviética, emprende la conquista país por país del mundo, para la doctrina marxista-leninista dirigida exclusivamente desde Moscú pasta la secesión de Pekin. Es esta actuación, considerada en las fricciones más visibles y resaltantes para el público, tales los incidentes de Berlín, entre ellos el muro, lo que se llamó con mucha exactitud la guerra fría. Pero no es menos cierto que la guerra fría es la forma puramente exterior de un fenómeno más amplio y múltiple, que es la conspiración y conquista comunista.

Si ahora recordamos la actuación soviética con relación a los países ocupados de la Europa oriental, vemos de inmediato que forma parte integrante de la misma política que dictó la actuación comunista durante la liberación en Francia, Italia y demás países ocupados de Occidente. Así en Yugoslavia, la heroica resistencia de Mikhailovitch no pudo evitarle el trato de un traidor de parte de su emulo, creatura soviética, Tito. Respecto de los países de Europa Oriental que debían ocupar los rusos, quedó convenido en Yalta que el gobierno que se dieran, en ningún caso formado por ex colaboradores de los nazis, fuera precisamente elegido en elecciones libres de toda coacción. Es indudable que los soviéticos coincidieron con sus aliados en la apreciación de que su presencia en fuerza en esos pequeños países vencidos y vecinos suyos, varios eslavos, había de ser un factor de influencia decisiva sobre la opinión de los electores. Se arriesgaron pues, ya en 1945, a convocar a elecciones libres en Hungría. El resultado de esas elecciones fue un verdadero desastre para el comunismo, puesto que de cien votantes solamente alrededor de quince votaron por candidatos comunistas. La reacción soviética fue absolutamente primitiva: los acuerdos de Yalta en este punto fueron olvidados y desconocidos en adelante y el gobierno libremente elegido fue sometido a una presión suficiente de parte de las autoridades de ocupación para convertirlo, mediante el apoyo a ciertos comunistas impuestos como ministros, en una dictadura marxista-leninista. Por métodos diversamente adaptados a las circunstancias, en los países o zonas ocupados fueron establecidos gobiernos comunistas títeres encargados de la implantación del totalitarismo marxista-leninista. Austria fue una excepción, considerado tal vez el pequeño pass como de asimilación demasiado difícil en relación a su poca importancia, sobra todo después de neutralizado. Alemania oriental en cambio recibió tratamiento de nación, no siéndolo, a cambio de su incorporación al comunismo. Tito de Yugoslavia, que fue dispensado rápidamente de la ocupación por razón de méritos y cuyo pass no tiene fronteras con la Unión Soviética, manifestó posteriormente arrestos de independencia en la estructuración de su comunismo y en sus relaciones con Stalin, logrando al mismo tiempo, gracias al acceso al mar de su pass, recibir enorme ayuda de los Aliados para la reconstrucción de las ruinas de la guerra. De este modo, Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Albania, Rumania y Bulgaria fueron ocupados el tiempo indefinido, como fue convenido en Yalta, necesario al criterio soviético para reducirlos al comunismo. Hungría, que había de tener un sobresalto revolucionario tan glorioso en 1956, se encuentra ocupada aún, veintisiete años después del termino de la guerra. Aquella revolución y su represión a sangre y fuego no fueron el único incidente ominoso de esa conversión forzada al marxismo-leninismo. También fue trágico el complot de palacio que terminó con la vida de Benes y la captura del Gobierno checoslovaco por los comunistas apoyados por la fuerza de ocupación. Revueltas espontáneas hubo también en Berlín oriental, Praga y otros sitios. Pero tales incidentes son nada a la medida del drama de esas pequeñas, antiguas, ilustres naciones reducidas a una especie de colonización, pero a una colonización ideológica y totalitaria, a más de económica, en medio de la impotencia del mundo disfrazada de pacifismo y apaciguamiento. Ya desde la iniciación del drama hizo fortuna la figura de Churchill de haber caído sobre Europa oriental un telón de hierro. Pero ¿quién podrá evocar el dolor y la tristeza de esos pueblos destruidos en su alma, espíritu y cultura, privados de su pasado, presente y futuro?

Dejando la Europa oriental, recordemos Berlín. El caso de la ex capital alemana fue una especie de extravagancia resultante del forcejeo entre los Aliados cuando rusos y angloamericanos se encontraban al derrumbarse la resistencia germana. En virtud de ciertos acuerdos precipitados la ciudad fue ocupada y administrada conjuntamente, por turnos, entre rusos, ingleses, Americanos y franceses. Lo curioso del caso es que esa tal administración, que no ofrecía en si misma ninguna dificultad, resulto impracticable en razón de la actitud de los soviéticos, que polemizaban, discutían y negaban su cooperación y acuerdo en los asuntos mas triviales. Finalmente la administración conjunta fue abandonada, conservando los rusos su sector y los occidentales el suyo. Pero entretanto, como expresión de aquellas desavenencias, se vieron las cosas mas extraordinarias. Para comenzar los rusos instalaron en su respectiva zona de ocupación alemana el correspondiente gobierno títere. Tal medida violaba los acuerdos de Yalta, olvidados tan pronto los soviéticos se dieron cuenta de que les era más ventajoso dejarlos sin efecto, al menos en aquello que difería de su conveniencia. En cambio, dejaba a Berlín enclavado en la jurisdicción de un gobierno hostil a los Aliados occidentales. La situación de estos era de lo más vulnerable materialmente. De esta circunstancia se valió el Gobierno soviético para ejercitar contra las obvias prerrogativas de los occidentales sus propias atribuciones de ocupación, nominalmente transferidas al Gobierno títere. Así se vio que los alemanes de Ulbricht, con fútiles pretextos, tomaron varias veces la medida de controlar o interceptar temporalmente los accesos a la ciudad. En una ocasión la obstrucción tomó carácter indefinido, dejando a tres millones de personas sin abastecimientos. Los Aliados ocupantes de Berlín occidental -porque la zona rusa no era objeto de bloqueo- se encontraron colocados en la situación mas violenta: o se abrían paso a cañonazos o abandonaban a los comunistas una ciudad de que eran ocupantes y responsables por acuerdo mutuo, o discurrían otra cosa. Los americanos, tan expertos en resolver problemas mecánicos, aprovecharon la circunstancia de estar el aeródromo de Tempelhof situado en su zona para organizar el abastecimiento total de la ciudad por medio de un puente aéreo. El ajetreo volante, no desprovisto de interferencias aéreas comunistas, fue sumamente activo y prolongado, un esfuerzo a la medida de la capacidad técnica y material norteamericana, destacado por la prensa mundial como una hazaña sin precedentes, nimbada de humanitarismo y voluntad de resistencia, templada por la resolución de persistir en el esfuerzo sin limite de tiempo. Hasta que un buen día los comunistas levantaron las barreras tan impensadamente como las habían bajado. Sensación de alivio muy comentada en todo el mundo, aunque mezclada de una cierta desazón al descubrir que mientras todos miraban hacia Berlín, los comunistas lograban inclinar la balanza a su favor en China, con la promesa cierta de una nueva extensión del Imperio comunista equivalente al doble en población de sus efectivos hasta ese momento. Berlín, entretanto, siguió llamando la atención con frecuencia, sea a propósito de incidentes de las autoridades occidentales con los rusos o sus satélites, sea por la corriente de tránsfugas no autorizados que huían hacia la libertad por todos los medios, desafiando la prohibición y represión comunista. Hasta que un día el mundo quedó informado de que se levantaba un muro para separar la parte oriental o rusa de la ciudad, de la otra parte occidental o aliada, a fin de imposibilitar el tránsito no autorizado y hacer efectivo el control arbitrario del ejercicio de derechos elementales que se arroga el comunismo. Todavía antes de separarnos de Berlín, digamos que el nombre de la ciudad quedó asociado por razones de simples circunstancias a una serie de crudas cuanto estentóreas amenazas formuladas por Kruschev contra el Occidente. Era la época en que la U.R.S.S. había iniciado la fabricación de bombas de hidrógeno y perfeccionado la cohetería. La novedad para los dirigentes del Kremlin era que tenían en la mano la destrucción de cualquier pueblo; motivo de jactancia quo se presentaba para ellos como una represalia contra la conciencia de inferioridad conllevada hasta hacia poco y originada en el gran adelanto americano en materia nuclear. En cierta ocasión, Kruschev procedió a explicar cómo se distribuirían aquellas bombas si la conducta de los gobiernos occidentales en sus afanes de alianza con los Estados Unidos aconsejaba su empleo.

La conquista es un capítulo interesante de la guerra fría. Vimos de que manera se extendió a la Europa oriental. Recordemos sin embargo que este método de difusión de la doctrina no se inició en 1945, sino antes. Empezó por la desértica y deshabitada Mongolia, quo los chinos no estaban en situación de proteger mientras ellos mismos se encontraban divididos en partidos- enemigos, comprometidos en una complicada guerra civil y luego extranjera. En 1939, poco antes de iniciarse la guerra, Hitler se adelantó a los Aliados y celebró un pacto con la U.R.S.S. en virtud del cual los rusos ocuparon Lituania, Estonia, Latvia, más de la mitad de Polonia y Bukovina. Los países bálticos, aunque habían formado parte del Imperio zarista, no eran rusos y por eso habían sido separados de Rusia, primero por el Tratado de Brest-Litovsk, después por los Aliados en 1919 lo mismo que Checoslovaquia y Hungría con relación a Austria. Menos rusa aun era Polonia, rival histórico de Rusia. Pero la recuperación de territorios ex zaristas, aunque fuera por un régimen que abandonaba hasta el nombre de la antigua nación, reemplazándolo por una consigna ideológica, era juego de niños en comparación del use que hacen los comunistas de la conquista.

En efecto, antiguamente la conquista era la sustitución de un Gobierno por otro; es decir, para el país conquistado, la supresión del propio Gobierno y su reemplazo por un Gobierno ajeno. Hasta ahí llegaba la conquista. El derecho no se alteraba, y, en consecuencia, bajo la unidad política se mantenían no solamente las costumbres y tradiciones nacionales y locales, aunque fuera en forma privada, sino esa libertad básica de la cultura que esta amparada por el derecho común. Incluso había regímenes como el austro-húngaro y aun el alemán donde las nacionalidades disfrutaban de una autonomía limitada solamente por el pacto monárquico. El comunismo no entiende nada de esto. Las mismas nacionalidades rusas son una ficción. El Gobierno de la U.R.S.S. es centralizado aun más que el zarista. Aquellos países bálticos desaparecieron como tales no solamente porque las poblaciones dejaron de tener Gobierno propio, sino porque la implantación del comunismo implica totalitarismo, es decir, un determinado régimen civil y económico, así como educacional, publicitario y cultural, sin hablar de traslados de habitantes y otras arbitrariedades. Una cierta excepción -debe reconocerse- hicieron los rusos con Polonia, movidos sin duda por el temor de que una tiranía excesiva orientara a esa población hacia Occidente. Al menos en Polonia es relativamente respetada la religión católica, refugio espiritual de esa población tan probada en la desgracia. Los países baltas desaparecieron como tragados por el abismo y los comunistas hicieron en ellos todo lo necesario para la implantación, irreversible, y sin tropiezos, del marxismo-leninismo.

Otro tanto sucedió en países de todo punto extranjeros, tales como los de Europa oriental a partir de 1945. Fuera de las rectificaciones de fronteras con Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Rumania, los ocupantes soviéticos no conquistaron la Europa oriental en un sentido político directo. Lo que hicieron fue implantar en ellos, por medio de gobiernos títeres que operan, naturalmente, por la fuerza en lo necesario, el totalitarismo marxista-leninista. Y lo especial de esta explotación es el carácter irreversible que envuelve. Es cierto que alguno, tal Yugoslavia, que no tiene frontera con la U.R.S.S., ha podido reivindicar alguna originalidad en la interpretación del comunismo a independencia respecto a la autoridad ideológica de Moscú, así como Albania, que esta en igual situación, ha podido acogerse al alero de la China de Mao. Pero aquellos cuya ortodoxia es señalada secretamente en Moscú como necesaria a la estabilidad del comunismo, no disponen de la menor latitud de interpretación. La demostración palmaría de este principio y de su plena vigencia la dio la ominosa intervención rusa en Checoslovaquia con ocupación militar de los países del Pacto de Varsovia y viajes forzados a Moscú de dirigentes máximos, así como destitución de ellos, como en los mejores tiempos del Anschluss de Austria y Checoslovaquia, aunque ahora con posterioridad a una guerra precisamente de liberación. Rumania se encuentra en la actualidad en el fiel de la balanza, incapaz en realidad de tocar la letra de las leyes comunistas, pero también de manifestar satisfacción por ellas. En resumen, la Europa oriental no fue conquistada para Rusia, como los países baltas y las zonas fronterizas, sino solo, pero plena a irreversiblemente, para el comunismo o totalitarismo marxista-leninista, que no puede separarse sino por la fuerza de la ortodoxia dictada por el Kremlin.

En el oriente y sur del Asia ha sucedido otro tanto, pero en escala muchas veces mayor. Todos sabemos que al termino de la Segunda Guerra Mundial, los comunistas chinos, rechazados hacia el norte, libraban una especie de doble guerra formal con el Japón y político-militar con el Kuo-Min-Tang. Durante las hostilidades, los americanos, que sostenían el esfuerzo bélico de Chiang-Kai-Shek, y también de los comunistas contra el Japón a través de la carretera de Birmania, intentaron reiteradamente la integración de los comunistas en el Gobierno del Kuo-Ming-Tang, como había sido el caso en el pasado, dando lugar a la ruptura. Tal integración era imposible ahora, pues detrás de los comunistas se encontraba la U.R.S.S., no ya como una potencia de varias en tiempo de paz, sino como beligerante victorioso en Europa contra Alemania, y solicitado urgentemente por los americanos en Oriente para cooperar en la guerra contra el Japón. Cuando, al final de la guerra japonesa, la U.R.S.S. se volvió contra el Japón, los comunistas chinos de Mao quedaron muy bien colocados. Desde luego los soviéticos recibieron las armas de los japoneses en Manchuria y las traspasaron a los comunistas para comenzar. Los ejércitos de Mao engrosaron sus efectivos a proporción. Los americanos, encabezados por Marshall, partiendo de la base de que la unidad política de la nación era la base previa, de cualquiera ayuda, luego de instar infructuosamente a Chiang-Kai-Shek para formar gobierno de coalición, cosa por lo demás impracticable, y temerosos por otro lado de embarcarse en hostilidades interminables en lo mas profundo del continente asiático, optaron por abandonar a su suerte a Chiang. Después de tomar Pekin y luego Shangai, los comunistas conquistaron toda la China y Chiang se refugió en Formosa. La campana de conquista de los comunistas había durado cinco años. Los americanos, después de la rendición del Japón, habían puesto el pie en Corea y se habían entendido con los rusos para una especie de doble zona de ocupación en ese país. Pero no bien estuvo toda la China en poder de los comunistas, la zona norte de Corea, o Corea del Norte, abastecida por la U.R.S.S., emprendió la conquista de la parte sur. Se siguió la guerra de Corea con la correspondiente intervención de la N.U., pero llevada por los Estados Unidos casi exclusivamente. Entretanto los franceses debían hacer frente en Indochina al ataque de los vietnamitas comunistas, armados por los japoneses y dirigidos por Ho-Chi-Minh, apoyados en la China y que actuaban en la onda anticolonialista, popular tanto en toda el Asia como en Norteamérica. Dicho sea de paso, también los franceses encaraban los comienzos de una rebelión en Argelia, esta basada en un propósito de independencia, segunda guerra colonial francesa que América miraba con ojeriza. En Corea, entretanto, los chinos, sin provocación, alguna, atacaron a los norteamericanos con grandes efectivos, obligándolos a un repliegue que llegó al borde de la evacuación. Se planteó entonces a los norteamericanos el empleo de la bomba atómica, que fue desechado. Con mayor razón, la idea de una guerra de victoria quedó eliminada, puesto que no podía obtenerse sin recurrir a las tácticas de aniquilamiento en masa. Restablecida la situación militar en forma brillante por Mac Arthur, de cuya gloria de un día hablaremos, el Gobierno del Presidente Truman sólo buscó el statu quo ante bellum y pudo lograrse un armisticio que mantenía la partija del país coreano, cuya parte sur pasó a ser una ínsula ajena en el Imperio comunista que iba del Artico a los mares de China. Pero todo fue firmar el armisticio en Corea y salir hacia el sur los refuerzos comunistas dirigidos a Vietnam. La artillería china aplastada los franceses en Dien-Bien-Phu y el Ministro Mendes-France obtuve una partija del Vietnam igual a la de Corea, pero abonada por un millón de refugiados que huían del totalitarismo marxista-leninista y pudieron asilarse en Vietnam del Sur recién creado. Lógicamente la historia había de repetirse. Vietnam del Norte, apoyado en la China, emprendió la conquista del sur sin olvido de los pequeños países vecinos, por medio de una táctica combinada de ataques frontales a infiltraciones en que el general Ghiap se ha manifestado una especie de genio. En virtud de la resolución anunciada por el Ministro Dulles de contener las iniciativas comunistas de fuerza y basada en una doctrina inventada al efecto con ocasión de un golpe de mano en el Líbano, los americanos prestaron ahora auxilio a Vietnam del Sur. Y he aquí enhebrada la nueva guerra del Vietnam, igual a la de Corea en su origen y desarrollo, pues ahora como antes los americanos rehúsan una guerra ofensiva de decisión y aceptan una guerra defensiva de disuasión que solo puede ganarse por usura. Solo que el comunismo es implacable en los sacrificios que exige. Es Rusia ahoya quien apoya a Vietnam del Norte con técnicos y abastecimientos de todo orden transportados al puerto de Haiphong en una vasta flota y también a través de China occidental. El pueblo vietnamita es ofrendado sin compasión al fin de la expansión del comunismo por la fuerza, mientras la opinión en los Estados Unidos exigió, decepcionada o interesada, el término de una guerra por nada para los norteamericanos.

Tal es en resumen el hilo principal de la guerra de conquista comunista en el Lejano Oriente, que no sólo ha conocido éxitos sino también fracasos. El primero de éstos fue el ataque a la India, secuela aparente de la ocupación del Tibet.

Los chinos ocuparon el Tibet con grandes fuerzas, depusieron al Dalai-Lama y colocaron en su lugar a otro buda viviente muy joven que habían secuestrado y educado previamente. Fue muy emocionante la caída del gran Lama, su exilio, la recepción que le tributó Nehru, los comentarios innumerables en todo el mundo. Pero el golpe comunista era otra cosa de lo que aparentaba. El Tibet no era el objetivo, sino la India. El cambio del Lama no era mas que una operación de limpieza a retaguardia. Algún tiempo después los chinos lanzaron unos ataques en la frontera contra las tropas indias de guarnición que no hicieron la menor resistencia útil. Estos ataques se repitieron varias veces, causando enorme alarma. Nehru, neutralista inveterado, hubo de despedir a su Ministro de Defensa, Krishna-Menon, filocomunista convencido. Al mismo tiempo pidió ayuda a Rusia y a Estados Unidos. Pero los ataques no eran seguidos de avances proporcionados. Lo que esperaban los chinos era una revuelta comunista en India, la formación de un frente de guerra civil para abastecerlo y sostenerlo. Pero tal evento no se realizo por las medidas policiales de amplitud sin precedentes tomadas por Nehru. Además, ya se habían iniciado las fricciones ruso-chinas y la situación estratégica de los chinos allende el Tibet era tan débil, dada la enorme distancia a sus bases, que después de algunos empellones más, no seguidos de efectos políticos en India, optaron por reducir la disputa a una cuestión fronteriza de ínfima cuantía, que había sido su pretexto.

Fuera de la India, en Indonesia, Malasia, Camboya, Laos, Tailandia, Birmania, el comunismo ha provocado una agitación permanente, muchas veces apoyada con infiltraciones armadas donde ellas eran posibles, pero sin obtener en parte alguna resultados definitivos de conquista, aunque sí una amenaza a veces muy seria de éxito, tal en Indonesia. Otro tanto podemos decir en general del Medio Oriente, Africa y América Latina. En Medio Oriente el comunismo se ha visto enfrentado a los partidos militares, cuyo epígono es Nasser. Estos partidos, que dominan en Egipto, Siria a Irak, son uniformemente socialistas, colectivistas, proclives a la acción directa y autoridad unipersonal, y a la vez anticomunistas. Por esta ultima razón estos países, a pesar de su socialismo, permanecieron alejados de la U.R.S.S., así como aun más de Estados Unidos, o sea, en una posición neutralista o tercerista, hasta el incidente de Suez. Cuando Nasser nacionalizó el Canal, Inglaterra y Francia, impulsadas por el Ministro Mollet, quisieron defender por la fuerza el estatuto internacional de aquella vía de agua. Pero Rusia amenazó, los Estados Unidos apoyaron y Francia e Inglaterra tuvieron que echar pie atrás. Desde entonces los países árabes de esta tendencia se apoyan en Rusia para manifestar su hostilidad al Occidente en general. La guerra argelina, que enemistó a Nasser con Bourguiba de Túnez, les sirvió para consolidar amistad con Argelia libre y Marruecos y también para alentar y apoyar la liberación colonialista del Africa negra, en que la U.R.S.S. estuvo, por cierto, muy interesada. Como las potencias coloniales procedieron motu proprio a ofrecer la independencia a todos los africanos, en cuyo favor presionaban Estados Unidos y Rusia, el problema mundial se trasladó a los partidos y dirigentes locales que habían de encabezarla. Aunque algunos de los que han conseguido retener el poder son muy inclinados al comunismo, ninguno es un comunista de fila que pueda considerarse agente de Moscú o Pekin. En esas naciones la independencia desata problemas autóctonos que no caben en esquemas doctrinarios. No obstante, basta evocar el caso del Congo, cuya importancia relativa y posición central lo hacían codiciable, para recordar las arduas luchas que debieron librarse aquí y allá entre los mismos nativos y en el seno de las Naciones Unidas interventoras a fin de evitar la implantación de regímenes de fuerza comunistas. En suma, el comunismo no consiguió, con motivo de la independencia, echar una base sólida en ningún país de importancia en Africa, aunque en varios los gobernantes son hostiles a Occidente. Poco a poco también el apoyo americano a Israel a inversamente el distanciamiento soviético a ese país contribuyen a alinear a los árabes con Rusia, pero no precisamente con el comunismo.

Por ultimo, en Latinoamérica el único éxito a escala nacional del comunismo ha sido la traición de Fidel Castro, quien, habiendo sido nacional y mundialmente exaltado como paladín de la democracia contra el usurpador Batista, y estando formalmente comprometido a realizar esa restauración, una vez en el poder cambió de idea, se transformó en tirano clásico y, buscando apoyo, se mudó, ahora, en dirigente comunista. En su furiosa hostilidad contra Estados Unidos, y ante el temor de una intervención Americana, prestó el territorio cubano para la instalación de cohetes rusos dirigidos contra ciudades americanas. Descubiertos, dieron lugar al enfrentamiento directo entre Estados Unidos y Rusia, en que, de llegar a las manos, Cuba habría sido arrasada. Pero fuera de Cuba, el comunismo no ha logrado apoderarse de otro país en América Latina, en parte porque sus más extremosos dirigentes se resisten a la obediencia comunista. En cambio, toda Latinoamérica esta muy penetrada de influencia comunista no solo ideológica sino afectiva, hasta en el clero católico, de modo que el tono político en varios países latinoamericanos importantes es revolucionario, y esta actitud suscita escasa y pobre defensa, destruida ella misma por influencias foráneas, particularmente de origen norteamericano y francés, que les son desfavorables, siendo nuestra situación chilena la peor de todas.

En suma, vemos cómo las distintas formas de la acción comunista en el mundo se combinan según las circunstancias, dirigidas desde Moscú, en vista de un objeto único y perseguido tenazmente por todos los medios útiles: la implantación, país por país, del comunismo en el mundo. También vemos que, de estos métodos, el más eficaz ha sido la conquista armada, sin comparación. Ella ha extendido el comunismo en tres etapas, 1939 y 1945 en Europa, y 1945 adelante en el Asia oriental y sur. En la primera etapa, a raíz del pacto Ribbentrop-Molotov, Rusia absorbió a Estonia, Latvia, Lituania, Polonia oriental, Sub-Carpatia y Bukovina. En la segunda, después de la guerra, se anexó una franja de Finlandia, Prusia y parte del territorio alemán oriental tornado bajo administración, después de expulsada la población; y además, estableció irrevocablemente y bajo su dirección inmediata, el comunismo en Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria, después de haberlo impuesto, pero en forma autónoma, en Yugoslavia y Albania. En el Oriente asiático, contribuyó decisivamente al establecimiento del comunismo por medio de la guerra civil en China, Corea del Norte y Vietnam del Norte, en las zonas de Laos y Camboya, así como en Tíbet por medio de la invasión de los chinos. La conquista armada le ha significado al comunismo ruso una extensión de su ideología a una población extranjera cerca de cinco veces superior a la población rusa de origen. Ningún país ha caído en el comunismo por decisión democrática. El caso se ha producido solamente en un Estado de la India, Kerala, aunque amenazaba repetirse en nuestro Chile, en otra forma. El Partido Comunista ha llegado a ser una alternativa terrible en Indonesia a Italia, tal vez Francia. En todas partes alienta la rebelión infiltrando los puntos neurálgicos, publicaciones, agencias informativas, servicios de primera necesidad. Su esfuerzo es mucho mayor que su éxito inmediato y se explica porque el clima de ese esfuerzo es fanático. Pero poco a poco este clima satura el ambiente nacional y el tono de los planteos políticos se acerca gradualmente al marxismo. Su obra ha consistido en mantener agitada la opinión del mundo, excepto donde la fuerza le ha conferido la autoridad; pero aquella agitación es también un debilitamiento de esa opinión. ¿Y que decir de los medios físicos de defensa del comunismo a nivel mundial?

El comunismo, al modo de su anticuerpo nazi-fascista, es militarista. Veamos este proceso desde fuera. Habrá oportunidad de considerarlo por dentro. Después de la Primera Guerra Mundial, los vencedores de ella apenas se limitaron a conservar los armamentos que habían utilizado y recibido del bando vencido. Por lo demás abreviaron o suprimieron el servicio militar hasta que el rearme de Hitler, a partir de 1933, los obligó a cambiar de política. Pero el de Hitler no había sido el primer rearme entre las grandes potencias europeas después de la primera guerra, sino el de la U.R.S.S., que se había iniciado cinco años antes, en 1928. Cuando Hitler, embriagado por la facilidad de las victorias alemanas, decidió atacar a Rusia, uno de sus generales, Guderian, se atrevió a hacerle presente que, en su opinión, tal acción era impracticable por la superioridad enorme del armamento ruso: una sola fabrica de tanques, cerca de Moscú, visitada por el un mes antes, producía mas carros que todas las del Reich en ese momento. Los rusos, aproximadamente, mas que sextuplicaban en numero a los tanques alemanes a mediados de 1941. Sólo la gran superioridad de aviación y maniobra táctica de los alemanes les permitió empujar y equilibrar a los rusos durante unos tres años. Después de la victoria de 1945, todos sabemos el ardor de desarme y pacificación que se apoderó de los aliados de Occidente, hasta tomar la forma de verdaderos motines entre los americanos en ultramar, seguidos de un éxodo de soldados desmovilizados de un millón al mes. Pero nada de esto sucedió en la U.R.S.S. Grandes contingentes fueron mantenidos bajo las armas, desde luego por razones de ocupación. La caza de sabios y expertos alemanes realizada en su zona de ocupación les proporcionó unos dos mil quinientos cerebros entendidos en la teoría y técnica nuclear y de balística de autopropulsión. Al cabo de un cierto tiempo, pudieron ellos también detonar sus bombas atómicas con la consiguiente alarma en Occidente. Pero el esfuerzo en esta materia, absolutamente secreto hasta donde era posible, no fue solo previsor y destinado a ponerse al nivel de Occidente, sin perjuicio de un desarme concertado. Fue otra cosa completamente distinta: un rearme de superación, oculto y tanto más amenazante, máximo en sus medios y renuente en absoluto a cualquier forma razonable de limitación concertada. El rearme se convirtió en la primera industria y empresa nacional con el objetivo bien claro de superar a los Estados Unidos y de dominar la escena internacional por el prestigio y la amenaza de la fuerza. Evidentemente, esta actitud determine, después de algunos intentos inútiles de limitación convenida, un rearme americano de respuesta proporcionado al poderío de esa nación, sus responsabilidades en el mundo y desafío de que era objeto. A este programa se asoció Gran Bretaña. Se promovió así la carrera armamentista más colosal y terrorífica, sin comparación, que viera nunca el mundo. La U.R.S.S. estaba en el cenit de la euforia armamentista cuando Kruschev acudió a argumentos políticos de amenaza cruda que nunca se habían oído dirigir a una potencia dominante y sus aliados, excepto en boca de personajes tales como Tamerlan, Gengis-Kan o Atila. Hasta Hitler y sus adláteres fueron públicamente más cautos frente a interlocutores poderosos. La crisis de Cuba tuvo el mérito de aclarar la situación en ese momento. La U.R.S.S. no se arriesgó al duelo nuclear. Pero no por eso ha desistido de sus propósitos. Ha desarrollado inmensamente su fuerza en el mar y la defensa contra misiles en que lleva a Estados Unidos una larga ventaja. También se ha especializado en nuevas formas secretas de guerra en que ha explorado hasta la máxima efectividad todos los sistemas de destrucción en masa que ofrece la ciencia. Tal ha sido el telón de fondo de este periodo de postguerra que debió ser el inicio de una época de paz perpetua, que se ha tratado de presentar durante años como un dechado de paz con fines sinárquicos y de apaciguamiento, pero que ha sido en realidad un periodo de guerra fría intensa y general y un desastre político de incalculable riesgo y alcance.

IV. La escalada de la guerra y de la paz

Se ha solido atribuir el fracaso de la paz y la guerra fría a la excesiva severidad con que fueron tratados los vencidos de la guerra. Aunque no participamos de esa opinión, como lo veremos más adelante, no esta de mas hacerse cargo del hecho a fin de destacar mejor el verdadero argumento. Recordemos muy sucintamente las cláusulas territoriales de los convenios de Yalta con relación a Alemania. Rusia se anexaba la Prusia Oriental. Polonia, la Pomerania y Silesia. Y, además, una zona que iba desde la frontera polaca hasta los ríos Oder-Neisse quedaba sometida a la administración conjunta ruso-polaca. Debe agregarse que el primer acto de esta administración consistió en expulsar en masa a la población de ese territorio de un día para otro, provocando con tal expulsión mucho más de un millón de muertos. Evidentemente tal medida administrativa no fue contemplada en Yalta. Asimismo la creación por la U.R.S.S. de un gobierno en su zona de ocupación tampoco interpretaba aquellos acuerdos. Lo que si se convino fueron cláusulas restrictivas o limitantes de la independencia del país, así como cláusulas de reparación pecuniaria y penales, que incluso implicaban programas reeducativos. Alemania quedo desarmada aun con mas severidad de lo que lo había sido en la primera guerra. Ya dijimos anteriormente que las cláusulas mas severas fueron exigidas por los rusos a titulo de seguridad. Mirado el problema objetivamente, el resultado de estas medidas de seguridad fue la reducción de Alemania, incluso si alguna vez se le permite unificarse, a un país de segundo orden, estructuralmente muy débil por la privación de sus tierras agrícolas, en situación de desarme frente a un coloso rodeado de un enorme sistema de alianzas obligadas, cual fue la nación rusa a raíz de las medidas políticas tomadas por el Gobierno de Stalin sobre base de la victoria. El caso del Japón fue menos grave en lo formal. La debilidad de este país esta en su enorme población con relación a un territorio pequeño y desprovisto de materias primas. A ello se había debido la expansión japonesa hacia Corea y Manchuria. Y al quedar no solamente suprimida esta expansión, sino convertido el país en enemigo o disidente político con relación al continente asiático próximo, el Japón se vio abocado a una situación comercial muy difícil. Secundarias fueron por supuesto las cláusulas territoriales relacionadas con la isla Sakhlin y las Aleusianas, que sin embargo disminuyen el mar territorial japonés en cuanto a acceso a la pesca. De esta manera las cláusulas territoriales produjeron en Japón, así como en Alemania, graves problemas alimentarios, que consumen una parte de la energía de la población para resolverlos con relación a la situación anterior. A esto se agregó la eliminación de los vencidos de la escena internacional, no sólo en los problemas de la liquidación de la guerra, sino de la vida política en tiempo de paz. También puede señalarse, para terminar, la persistencia de una campana publicitaria que mantiene constantemente en la memoria los tópicos básicos de la propaganda bélica: responsabilidades por la guerra y crímenes de guerra principalmente en Alemania, que es inconducente al espíritu de paz.

Este ultimo tema de los crímenes de guerra del hitlerismo merece ser recordado dentro del cuadro general de la liquidación de la guerra, porque es aparente que si esta se hubiera llevado en las formas normales aceptadas entre pueblos civilizados, los vencedores habrían tenido mucho mejores posibilidades de planificar la Paz. No solo los crímenes hitleristas fueron efectivos, en toda su monstruosidad, aun cuando cuantitativamente han sido muy exagerados, sino que tienen un origen bien concreto. Ese origen esta en una consigna especifica y reiterada, tomada por el propio Hitler antes de iniciar las hostilidades contra Polonia, y que prescribía a sus generales y funcionarios responsables de la guerra, la brutalidad como consigna. Es este un hecho de que hay constancia, que incluso sorprendió y aun indigno a varios de sus subordinados de la antigua escuela, pero que encontró ejecutores en la mayor parte de los oficiales de nueva promoción. Tal extraña actitud, que en el fondo se explica por el estado esquizofrénico del Führer, era una manera de quemar las naves; de obtener una especie de victoria a toda costa y también una forma de desocupar campo para una futura emigración alemana.

Existe constancia absoluta de que Hitler estaba resuelto a perecer el mismo antes que resignarse a una derrota eventual. Desde principios de 1939 Hitler había fijado el día del ataque a Polonia. Todas las agitadas negociaciones que tuvieron lugar para evitarlo fueron, por parte suya, una comedia. Su idea era que los aliados occidentales no harían la guerra a Alemania por la invasión de Polonia, como no la habían hecho por Checoslovaquia. Y el complemento de esta idea era que si, por desgracia, los Aliados declaraban la guerra, no le quedaba a Alemania ningún recurso fuera del de ganarla a toda costa. Es este criterio desesperado el que se refleja en la consigna de la brutalidad. Ella se realizó en varios planos. Para comenzar, los prisioneros rusos, tomados en grandes cantidades, padecieron un trato inhumano, puesto que fueron reducidos a un tal mínimo de alimentación que mas de dos millones de ellos perecieron. A los rusos se agregaron grandes cantidades de franceses, que también fueron tratados por el hambre, aunque no con tanta, inhumanidad. Las poblaciones ocupadas fueron tratadas muy desigualmente. La consigna inicial en Francia fue de respeto y buena conducta. Pero cuando se inició la resistencia, las represalias, el número de rehenes y las indagaciones de la Gestapo cobraron ribetes bárbaros. Además, dentro de las poblaciones los alemanes persiguieron a los judíos extranjeros y refugiados, los obligaron a inscribirse, entre ellos el ilustre Bergson, y también los llevaron a Alemania, donde en general fueron maltratados a muerte.

Sin embargo, con relación a la población autóctona, en ninguna parte la consigna hitleriana se aplicó con mas inconsciencia y más torpeza que en Rusia. Las mismas normas de represalias excesivas llegaron a ser entregadas en Rusia al discernimiento de suboficiales y hasta soldados rasos. La arbitrariedad y espíritu sanguinario sublevaron a la población, y al poco tiempo esta entró en un verdadero estado de guerra con los invasores, provocado por ellos mismos. Si se toma en cuenta que el objetivo político de Hitler era desmembrar a Rusia, como ya lo había hecho en el papel el general Hoffmann por medio del Tratado de Brest- Litovsk, es inconcebible la torpeza y contradicción de estas consignas bárbaras que destruían el objetivo político que al mismo tiempo se pretendía conseguir. En cuanto a la cobardía y bestialidad del genocidio de judíos en campos de muerte, su frialdad, su crueldad, su enormidad, están mas allá de todo comentario. Como la mayor parte de ellos eran judíos orientales, habría que agregar que el vago pretexto o designio de tales actos era desocupar el Este para instalar alemanes. Sea como fuere, si el interés alemán era el de instalarse en el Este, no se puede negar que fue muy mal servido por su Gobierno, es decir, por el personaje esquizofrénico que se lo había arrogado.

Con todo, una cosa es la responsabilidad del Gobierno, otra es la de la nación. Es cierto que el pueblo alemán respaldo a Hitler en forma unánime, o al menos muy mayoritaria. Pero también es cierto que el pueblo no tenía acceso ni al conocimiento de los problemas políticos a internacionales, ni menos a las decisiones de que eran objeto y que provenían directamente de la persona del Führer. Por lo demás, el tratamiento de prisioneros judíos y otros crímenes de guerra no estaban al alcance del público, puesto que no podían ser objeto de publicidad alguna.

Se ha sostenido que los dirigentes alemanes, y en particular los militares, no reaccionaron contra los excesos y crímenes del Führer. Los testigos próximos de los hechos dan a entender, independientemente de sus opiniones personales, la dificultad de la situación de esa gente. Para comenzar, nadie había cerca del Führer que no fueran militares. La dirección civil del Estado estaba reducida a su persona y unos pocos agentes inmediatos. Los generales hicieron muchos intentos para establecer un Gobierno de sustitución, que no podía lograrse sin eliminar a Hitler. Sin embargo, hay que reconocer que los Aliados les dificultaron el camino todo lo posible, pues no querían tratar tampoco con un Gobierno de generales. No estaban dispuestos a que Alemania escapara a la derrota. La consecuencia fue que los generales y demás conspiradores tenían mucha dificultad para convencer adeptos en favor de la supresión del Führer y formación de un nuevo Gobierno, ya que este no iba a representar una mayor ventaja para Alemania. Y es bien sabido que las conspiraciones y atentados contra Hitler no eran empresas fáciles.

En relación con esta actitud de los gobiernos aliados, es imposible ignorar el criterio del Presidente Roosevelt, manifestado en Casablanca en 1942. Allí declaró, no sin despertar la reticencia de Churchill, que el objetivo de guerra de los Aliados era la rendición incondicional del Eje. Esto equivalía a tratar la guerra mundial como una guerra civil. Efectivamente, Roosevelt tomó la misma actitud con relación al Eje que el general Grant con relación a Lee en la Guerra de Secesión. Existe una vieja estampa que muestra la ceremonia de la firma de la rendición de los confederados después de Appomattox. El general Lee, de gran uniforme, esta sentado firmando el documento, solo ante una pequeña mesa, dando la espalda al vencedor y todo su estado mayor que lo contemplan. Pero se trataba de una guerra civil, y en toda guerra civil el vencido y su causa desaparecen. Entre naciones no es igual, porque estas no desaparecen, sino que sobreviven sin termino. El motivo de Roosevelt era la existencia de Tratados y Cartas que prohibían la agresión, as como también de un derecho de gentes que hacen inadmisibles los crímenes de guerra. Roosevelt representaba sincera y entusiastamente el mesianismo pacifista americano, según el cual la guerra es criminal. El principio de todas maneras es exagerado. Hay casos de casos, aunque es claro que el de Hitler era de los mas claramente violatorios de las normas de paz ya aceptadas entre los pueblos del mundo. Solo que ahora no se trataba de Hitler, sino de Alemania, Japón a Italia. No debe sin embargo dudarse de que Roosevelt estuvo muy lejos de proceder por motivos de popularidad propia o diligencia en castigar los crímenes producidos. Lo que en realidad lo animo fue el mesianismo de la paz, la implantación del espíritu de paz, que pensó favorecer al debilitar a los vencidos y sobre el cual no estaba dispuesto a ceder frente a los nacionalismos que se harían presentes si se confería a muchas naciones la oportunidad de discutir. De todas maneras, la declaración de Casablanca, ante la opinión mundial le dio a la superioridad militar de los Aliados un carácter expiatorio, con el resultado de una indefensión completa ante la exageración de las demandas rusas en Yalta y la admisión tacita, al liquidar la guerra, de la responsabilidad de la nación alemana por los actos de su Gobierno. Pero este principio ¿lo comparte todo el mundo, incluidos los afectados- Para justificarlo hay que recurrir a citar pasajes bíblicos, que jamás serán aceptados por las victimas. Es interesante observar que este principio de la culpabilidad de la nación por los actos de sus gobernantes fue rechazado respecto de Francia en el Congreso de Viena, dominado por Metternich. Sin embargo, la Francia revolucionaria y napoleónica se había hecho responsable de veintitrés años casi continuos de guerra ofensiva que habían puesto a Europa a sangre y fuego. Los franceses habían combatido en Holanda lo mismo que en España, en Italia como en Rusia, en Prusia, en Austria, en Egipto, y si no habían invadido Inglaterra había sido tan solo por la vigilancia de la flota vencedora en Trafalgar bajo el mando de Nelson. Para evocar el estado de Animo que podía suponerse entre los delegados de los distintos gobiernos en el Congreso de Viena, es suficiente recordar la furiosa pasión, antinapoleónica que se desato en Inglaterra. Después de Waterloo, el Napoleón refugiado fue tratado por el Gobierno ingles como un criminal. En esa época no existían tratados que pusieran limite al derecho de los gobiernos para hacer la guerra. ¿ Por que entonces aquel tratamiento- Por el peligro que arbitrariamente Napoleón había hecho correr a una causa tan sagrada como la independencia nacional en Inglaterra. Pero lo mismo podían decir los austriacos, prusianos, españoles, rusos, etc. No obstante, Metternich se opuso a las represalias contra Francia. No quiso anexiones, ni pesadas contribuciones de guerra, ni humillaciones de ningún genero. Es cierto que después de los cien días el criterio de los vencedores cambio no poco. No era para menos. Pero en resumen, el Congreso de Viena, así como trato mal a los pequeños Estados de Alemania, que sencillamente suprimió en cantidades, reserve en cambio un trato muy razonable y benigno para Francia. La idea fue de no producir resentimientos en una gran nación, como un elemento de preservación futura de la paz general. Y hasta que punto este criterio fue recompensado por el éxito lo muestra el solo hecho de que entre aquella guerra general europea y la próxima de 1914, transcurrieron noventa y nueve anos, un siglo. Durante este siglo hubo en Europa muchas guerras parciales, pero ninguna general, hasta comienzos del siglo presente.

Ahora podemos preguntarnos si aquel criterio que prevaleció en el Congreso de Viena fue original o tenia precedentes. Observamos que las antiguas guerras no eran cosa del pueblo, sino de los príncipes o gobiernos. Guerras las hubo de muchos tipos, según las épocas y las circunstancias, y es difícil hablar del pasado como un todo. Pero si tomamos por vía de ejemplo uno de los mayores conflictos de la Edad Media, la guerra de cien años, vemos que fue una lucha dinástica y política. En Paris, ya entonces como siempre capital de Francia, la Universidad y la ciudad en sus gremios principales eran partidarios, no del rey francés, como lo podemos llamar ahora, sino del pretendiente ingles, que era el heredero más próximo de la corona francesa. Fue Juana de Arco quien le dio a ese conflicto un carácter propiamente nacional. No por eso participó en el pueblo, sino los príncipes y sus soldados. Recuérdese que los hombres de guerra eran gente del oficio, que incluso se contrataban a príncipes extranjeros, como llego a ser una especie de destino nacional en la juventud helvética. Las guerras de Luis XV llegaron a ser galantes, absolutamente restringidas a una caballerosa lucha armada entre soldados.

Pero este carácter cambió notablemente con las guerras que inicio la Revolución Francesa. No queremos decir que en siglos anteriores no se produjeran otras parecidas a estas ultimas, pero la historia toda es demasiado larga para evocarla a propósito de una idea. La Revolución Francesa estableció el sistema de las levas forzosas, en masa, no tan solo de voluntarios, sino de ciudadanos llamados a las armas. Las guerras napoleónicas fueron sostenidas por ejércitos de ciudadanos, no ya de soldados de oficio. Al mismo tiempo, estos soldados encarnaban una cierta causa ideológica, tomada frecuentemente con fanatismo. Por eso eran temidos no solo por sus armas, sino por sus ideas. Vemos, sin embargo, que hay aquí dos factores distintos. El primero es el pueblo combatiente. El segundo es la ideología combatiente. Ahora bien, durante las guerras napoleónicas solo el primero de estos factores fue contrarrestado con medidas similares. Prusia fue la nación europea que llevó mas lejos la movilización del pueblo para resistir a los franceses, pero Austria debió hacer otro tanto, como también lo hizo España, aunque en forma espontánea. Finalmente, las guerras napoleónicas tomaron el carácter de luchas entre pueblos, pero este cambio no alcanzó a llegar a la conciencia de los hombres de Estado. Francia vencida se encontró ante estadistas para quienes no existían las pasiones populares, sino tan solo el tablero de los intereses políticos. Ellos fueron los que separaron por completo a Francia de Napoleón, en gran parte para afianzar la Restauración, en la cual verán un elemento capital para la preservación de un espíritu y una política de paz, que por ultimo tuvo gran éxito.

La paz general en Europa duró un siglo y se rompió en 1914, después de un periodo de paz armada cada vez menos pacifico, cuyo armamentismo incluso se aceleró en los últimos años. Esta nueva guerra general fue ahora desde el principio y totalmente una guerra de pueblos. Fue una lucha general de pueblos armados. Y obsérvese que estos pueblos eran al mismo tiempo los mandantes de sus propios gobernantes. Entre todas las grandes potencias que tomaron parte en la primera guerra mundial, solo Rusia carecía de un gobierno plenamente representativo. Aun en Rusia existía un Parlamento elegido por votación popular en todo el Imperio, la Duma. Pero la monarquía conservaba aun atribuciones abrumadoras, entre ellas el carácter constitucional autocrático. En las monarquías germánicas, el poder ejecutivo de los gobiernos era muy amplio, casi tanto como en Rusia. Pero no solamente los parlamentos ejercitaban en su plenitud la facultad legislativa, sino que además reinaba en ellas un estatuto de la persona igual al de las democracias de Occidente. De más está decir que Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos eran democracias realizadas en plenitud para la época, en sus virtualidades de progreso hacia la participación total de los ciudadanos en el Gobierno. Podemos decir, por consiguiente, que los pueblos armados y en guerra, en 1914, eran ya actores principales de la política nacional y en consecuencia participaban no solo físicamente en el esfuerzo de guerra, sino espiritual y anímicamente a través de todos los medios publicitarios que entonces ya tenían un gran desarrollo. La guerra tomo pues un carácter nacional integral, por así decirlo. La propaganda tomó proporciones de arma de guerra. Y esta arma se reveló un elemento muy difícil de superar cuando llegó el instante de liquidar la guerra y establecer la paz. Como se dice, la propaganda había montado a los pueblos unos contra otros, y puesto que los gobernantes eran sus mandatarios, les fue muy difícil escapar a las exigencias de la animosidad popular. Se trató de diferenciar las tradiciones de los países en lucha durante la guerra, dándole a esta un carácter ideológico que en realidad era ajeno a su origen. Se presentó a las monarquías germánicas como dictaduras a inversamente a las democracias como regímenes demagógicos. Cuando los Estados Unidos intervinieron en la guerra la consigna nacional fue for democracy. No es pues de extrañar que al termino de la guerra, los estadistas que debían concertar la paz no tuvieran ni remotamente la independencia de juicio y de acción de que dispusieron sus antecesores en 1815. Las monarquías germánicas se derrumbaron espontáneamente junto con pronunciarse la derrota.

La democracia republicana victoriosa extendía así su influencia espiritual. Entretanto los pueblos exigían seguridad y paz para el futuro y urgían a los estadistas a que actuaran en ese sentido. Los Estados Unidos no tenían intereses en Europa. El presidente Wilson propuso a hizo aceptar por los Aliados la Liga de las Naciones, que después había de ser dramáticamente rechazada por el Senado americano. En Europa este instrumento de paz fue en general bien acogido, aunque sin ninguna fe ni confianza en su eficacia. Por otro lado el Presidente americano contribuyo a resolver los problemas de la paz proponiendo y tratando de imponer el principio de las nacionalidades. Gran Bretaña no tenia otro interés directo que la seguridad de la no competencia alemana en el mar. En consonancia con este designio pidió la flota alemana la marina mercante en lo necesario para reparar sus propias perdidas debidas al bloqueo submarino y además las colonias. Caso más difícil era el de Francia, que después de dispersados los Aliados quedaba sola en Europa frente a Alemania, país que casi la doblaba en población y frente al cual carecía ahora del contrapeso ruso. Por eso pidió la frontera del Rhin, gruesas reparaciones y el desarme perpetuo de Alemania, ya que la división de ella fuera rechazada por Wilson. El también se opuso a la frontera renana en cuanto atribuyera a Francia territorios alemanes. Son bien conocidas las condiciones finales que Alemania debió suscribir en Versalles, no sin protesta de sus representantes: una contribución de guerra de cerca de 150.000 millones de marcos oro, la flota de guerra y mercante, las colonias y el desarme, fuera de un pequeño periodo de ocupación marginal. Es muy curioso observar que estas condiciones están calcadas sobre las que impuso el Senado romano a Cartago después de la segunda guerra púnica. Si se compara este final con el de las guerras napoleónicas, se puede apreciar la gran diferencia. Ella proviene de la participación directa de los pueblos. En alguna medida se volvía al criterio antiguo, según el cual el vencido era de todas maneras destruido. La consecuencia en Alemania de esta paz tan rigurosa con relación a los precedentes es bien conocida: fue el éxito de Hitler y de su Partido Nacional Socialista en las urnas de votación. La demagogia anti-Versalles fue el impulso principal que llevó a Hitler al poder, tras una larga campana. Este fue el primer peldaño de la escalada.

Si comparamos ahora la segunda guerra con la primera, vemos que fue una catástrofe aun mucho mayor y más profunda. Lo dicen desde luego las cifras globales en muertos por actos de guerra. Y aún mas la distribución de esas víctimas en militares y civiles. En cifras globales, la primera guerra significó la muerte de algo mas de 10 millones de personas de las cuales un 5% de civiles. La segunda guerra dejó bastante mas de 50 millones de muertos, de los cuales tal vez un 45 % de civiles. Es cierto que fue más amplia, puesto que comprendió no sólo la guerra en Europa sino también en el Oriente, donde Japón la sostuvo contra China y los Estados Unidos. En estas cifras enormes, lo aterrador es la gruesa proporción de muertos civiles. Es cierto que en ellas están incluidos los judíos muertos en campos de exterminio, que no fue precisamente acto de guerra, y quizás si muy exagerada en su descomunal cuantía. De todas maneras los civiles muertos por razón de operaciones militares se cuentan tal vez por un par de decenas de millones. Ello se debió a la escalada que sustrajo la guerra del campo militar para convertir en objetivo de las hostilidades a las poblaciones civiles. Esto también sucedió en la primera guerra en pequeña escala, y para comparación recordaremos en que consistió, en aquella ocasión, la hostilidad dirigida a los civiles. Considerada en forma directa, ella fue absolutamente insignificante y se redujo a algunos raids de zeppelines sobre Londres que terminaron en un desastre para los aeronautas, y en unas decenas de obuses sobre Paris lanzados por la Gran Berta. Más importante fue la cuota de muertos debida al bloqueo submarino que implantó la marina alemana alrededor de Inglaterra. Este bloqueo era ilegal, según las normas vigentes en el Derecho naval. Pero tenia sin embargo un motivo y era una especie de represalia por el bloqueo legal, pero no por eso menos efectivo en materia alimenticia, que ejercía la flota inglesa contra Alemania. A estas muertes violentas de navegantes por los submarinos y un limitado numero de victimas de bombas y obuses lanzados sobre Londres y Paris, se redujeron los actos de guerra perpetrados directamente sobre la población civil. Hubo también muertes de civiles por muchos otros actos de guerra no especificados, pero que no caen en ninguna categoría premeditada. En la segunda guerra el caso fue muy diferente, porque los alemanes, disponiendo de una flota aérea imponente para la época, quisieron preparar la invasión de Inglaterra atacando Londres y sus aledaños y buscando la forma de destruir a la RAF. La fuerza aérea inglesa era muy inferior en numero a la alemana, al punto que le era casi imposible presentar batalla con éxito a pesar de la superioridad de sus aparatos. GÖring, al sentirse en un momento dado dueño del campo por la vacilación que mostraba la RAF en proseguir la batalla a causa de sus grandes perdidas relativas y pequeñas reservas, optó por cambiar su táctica hacia el bombardeo masivo nocturno de la capital. Con un ensañamiento digno de mejor causa, provocó en el centro de Londres una devastación nunca vista para la época y que se prolongó por un largo numero de días. Providencialmente, este ataque permitió a la RAF el respiro necesario para rehacerse en lo más indispensable. Pudo así enfrentar la continuación de la batalla aérea, que gracias a los recursos acumulados y a la superioridad cualitativa del material, le significó una completa victoria. Entretanto, ante la devastación, cruel suerte de las víctimas a ilegalidad del acto, la indignación en el país llegó al paroxismo. Cuando las fuerzas se equilibraron, las represalias, que siempre habían existido en limitada escala, no se hicieron esperar, pero fueron a su vez mucho más allá de lo que por represalia se entiende. No tuvieron mas limite que la capacidad aérea anglo-Americana para lanzar bombas. Todos sabemos que las principales ciudades alemanas fueron arrasadas, y algunas por medio de los crudelísimos bombardeos de fósforo, los cuales, por ejemplo, en Hamburgo, produjeron 72.000 muertes en una sola noche. Incluso la ciudad de Dresden fue arrasada ya en mayo de 1945, cuando tal operación no tenia ningún sentido militar. Los alemanes trataron de replicar con su arma secreta el V-2, que por lo demás causó grandes estragos, pero que es además digno de recuerdo porque dio origen a la cohetería. Aun peor fue, si cabe, la suerte de la población japonesa, sometida a bombardeos permanentes desde que se encontró al alcance de la aviación americana. Aquí no había represalias que invocar, sino el tono general de aquella guerra, que tomó caracteres de vindicta por el traicionero ataque de Pearl Harbor, aunque este acto no fue mas que la repetición en grande escala del mismo ataque que habían realizado los japoneses sin declaración de guerra contra dos barcos rusos surtos en Chemulpo, bahia de Seul, en 1904. Es evidente que no fue la licencia harto imprudente a mas de desleal que se tomaron los japoneses de atacar una flota movilizada contra ellos antes de declarada una guerra inminente, sino el espíritu marginado de toda norma que ya había tomado la guerra en Europa, lo que le dio desde el principio a la guerra japonesa un carácter tan fiero.

Al horror de la forma de la guerra se agregó en este segundo conflicto mundial un factor muy importante, el aspecto ideológico. Este no fue creado por la propaganda de guerra, como algo de esto sucedió en la primera guerra mundial, pues en ese caso habría sido un elemento fácil de disipar. El conflicto se había presentado como ideológico antes de convertirse en conflicto armado. La Alemania nazi era un pueblo en armas movilizado según los intereses de esta ideología, que era poco mas que la ideología del propio Hitler. Las democracias eran hostilizadas por el fascismo y por el nazismo. Alemania a Italia se habían retirado de la Sociedad de las Naciones y habían emprendido una política aventurera de conquista que desafiaba el espíritu de ese organismo y de las democracias occidentales que constituían su médula. Las democracias, inversamente, conllevaban una profunda distancia, repulsa y alarma con relación al nazi-fascismo. Mayor aun era esta divergencia y antipatía ideológica entre Alemania y Rusia. Se trataba aquí de dos actitudes no solo divergentes, sino directamente enemigas la una de la otra, de tal manera que eran mutuamente incompatibles en un mismo territorio. Por eso, cuando se produjo la guerra, la perspectiva de ser avasallado un pueblo por el vecino revestido de un fanatismo ciego se hizo insoportable a impensable entre los combatientes y las poblaciones. Es lógico en tales circunstancias que los estadistas encargados de establecer las condiciones de la paz después de la segunda guerra carecieron aún más que sus antecesores de la primera, de libertad y posibilidad de volver a la normalidad del Derecho y la amistad después que la violencia y el odio, habían abierto verdaderos abismos entre sus pueblos.

Hemos visto en resumen la escalada de la guerra y de la paz. Podemos preguntar: ¿Se debe a ella, a sus efectos, la falta de paz en el mundo a partir de 1945- No. El nazi-fascismo y el militarismo japonés fueron destruidos. Alemania y Japón quedaron en la imposibilidad absoluta de volver a la antigua política de fuerza que había originado la guerra. Por lo demás, es evidente que los actos constitutivos de la guerra fría no guardan ninguna relación con la forma de liquidación de las hostilidades y vuelta de la paz. Para comprobarlo hay un argumento bastante simple. Basta suponer que Rusia no hubiera caído en el comunismo en 1917, que se hubiera establecido ahí una social-democracia, como venia al caso en las condiciones producidas después de la abdicación del Emperador. Prescindamos del hecho de que tal régimen habría triunfado con los Aliados en 1918 y destruido Alemania y Austria con mucha anticipación a los acontecimientos. Prescindamos de esto, e imaginemos que el interlocutor de Roosevelt y Churchill en Yalta hubiera sido un dirigente ruso social-demócrata. En tal caso habría exigido ciertamente condiciones para Alemania y sus satélites muy parecidas a las que pidió Stalin.

Pero ese régimen habría violado las normas convenidas en Yalta para establecer los gobiernos en Europa oriental- ¿Habría creado dificultades arbitrarias a los Aliados en Berlin?¿Habría tenido las perspectivas de conquista en Asia que el comunismo realizó con tanto éxito? Y sobre todo, use habría lanzado sin motivo mayor a un rearme máximo de exterminio sin voluntad alguna de llegar a alguna limitación de armamentos- Es infinitamente probable que la respuesta a todas estas preguntas debe ser negativa y que, por consiguiente, la causa de la guerra fría no se encuentra en las condiciones hechas a los vencidos por la liquidación de la guerra. Esa causa esta en la naturaleza del comunismo.

V. Esencia de la guerra fría

La guerra fría es solamente esto: el intento organizado de realización a escala mundial de la ideocracia marxista-leninista. No hay solución de continuidad entre los distintos aspectos de la guerra fría. De ella forman parte por igual la propaganda, la conspiración en el exterior, él rearme, las subversiones apoyadas desde los grandes centros comunistas, a incluso la guerra de conquista cuando llega el caso. Para abarcar todos los aspectos de la guerra fría es preciso considerar todos los campos en la vida social y personal adonde se extiende la dogmática comunista. El inventario de ellos lo proporciona el régimen comunista visto en su interioridad. En su totalitarismo se extiende, para decirlo en una palabra, a todos los aspectos de la vida personal y social sin mas excepción que la tecnociencia, cuyos cánones son objetivos. Pero todo lo demás, el espíritu, la moral, la ética, la organización económica y social en general, todo entra en la jurisdicción del Partido y nada escapa a su competencia, excepto, naturalmente, en cuanto esta tuición no puede ser estrecha y meticulosa sino general y detallada tan sólo en aquello que tiene importancia. Pero estos terrenos en que la tuición y providencia del Partido-Estado tiene importancia, son vastos y significativos: tales la estructura económica, la orientación del desarrollo, la educación de la niñez y juventud, la dirección de la cultura en general en todas sus manifestaciones.

Por eso también podemos considerar la guerra fría como una segunda etapa de la revolución marxista-leninista perseguida al interior de Rusia o de cualquier otro país comunista. La revolución interna se afirma por la destrucción de todo lo que no es ella a implantación simultánea y alternativa de la tiranía ideocrática. La destrucción previa de todo cuanto difiere de la revolución es la primera etapa, al menos en el orden lógico, de este proceso. Simultáneamente con ella viene la segunda etapa, que es la implantación alternativa de la tiranía ideocrática. Tal es el proceso revolucionario interno dondequiera que hasta ahora se ha llevado a cabo. No es superfluo dejar constancia de los caracteres de aquella previa destrucción: es definitiva a irreversible. Todo aquello que esta condenado por la doctrina es destruido en forma completa y de manera que no vuelva a aparecer. Es este segundo rasgo el que caracteriza la amplitud y profundidad de la destrucción. No se trata de una acción semejante a la de un sismo que derriba la edificación y siembra el suelo con ella, pero sin impedir que empiece a ser reconstruida desde el día siguiente, de modo que algún tiempo después la nueva edificación se alce sobre la demolición reciente. Aquí no es así, porque aquello que fue destruido lo es para siempre; y son justamente las medidas necesarias para impedir que lo que era vuelva a ser, lo que hace esa destrucción tan grande como la tiranía que es preciso implantar para evitar que el pasado retorne por sus fueros. La revolución destruye cuanto le es ajeno en el presente, pero también lo destruye en el pasado. Rehace la historia y su inteligencia, y convierte, para comenzar, todo el pasado en una justificación de la creación revolucionaria. Entretanto, si nos preguntamos que destruye la revolución, nos encontramos con que el objeto de esa destrucción es muy amplio. Es propiamente la sociedad actual, exceptuada la tecno-ciencia. En otras palabras, es la integración actual de lo personal y social. Es esta integración tan delicada de cada uno de los individuos con las demás creaturas, que hace posible a la vez la vida personal y social, es justamente eso lo que la revolución destruye y reemplaza.

Esta integración del individuo en la sociedad es la medula de toda civilización. Implica mucho mas que lo que expresan los solos derechos del hombre que pueden figurar o no figurar en una Carta. Pues esos derechos son la forma externa de ciertos móviles básicos de la conducta personal que evidentemente derivan del ser mismo de la persona. Pero resulta que el marxismo-leninismo ignora propiamente a la persona como tal. Habla de la explotación del hombre por el hombre, pero en ninguna parte manifiesta noción alguna acerca del hombre mismo. Al contrario, destruye la noción del hombre en sus manifestaciones mas típicas, tales la religión, moral, libertad de pensamiento y de acción, independencia de la familia y de la persona, derecho de asociación. Su criterio inicial, doctrinario y en cierto sentido puro, es radical en estos aspectos. Por eso el conservatismo comunista, que pretende mantener la doctrina en su pureza, insiste siempre en tópicos tales, como el ateísmo, negación de la libertad sindical, o de la libertad de pensamiento. En algunos de sus principios nihilistas el marxismo no ha podido insistir porque resultaban incompatibles con el orden social mas elemental. Tal sucedió con el amor libre que Lenin autorizó triunfalmente, pero que al llenar a Rusia de niños vagos fue brutal y definitivamente reprimido por Stalin. La integración social que se funda en el desconocimiento y negación de la persona es arbitraria, abstracta, simplemente lógica, pero inorgánica. Puesto que se basa en un concepto amputado de la persona, también tiene el mismo efecto destructivo de la integración social natural y espontánea que la civilización perfecciona sin cesar, pero que jamás tuerce o limita a discreción.

La dogmática de reemplazo para la cultura inmensamente rica de una sociedad libre hace el mismo efecto arbitrario, pobre, vació, mítico a incluso voluntariamente falso. Si tomamos por ejemplo el materialismo histórico, no le negaremos de partida toda verdad, pero tampoco podremos ver en él otra cosa que un cierto punto de vista interesante, ilustrativo, pero jamás absoluto y dominante. Es lo que sucede con el materialismo en general. Es fácil adoptar actitudes de negación con relación al espíritu, que mirado directamente es tan inasible como la luz. Pero una vez admitida la negación como verdad y dogma, el hombre se convierte en un desconocido total para el hombre. Propiamente desaparece de la vista en todo aquello que lo caracteriza y mas le importa. Si el espiritualismo absoluto es falso a su vez, en todo caso constituye una limitación mucho menos grave que el materialismo, justamente porque deja subsistente, aunque falto de su apoyo material, lo mas esencial del hombre, que es precisamente aquello que trasciende de la materia a incluso se hunde en el misterio. Veamos la dialéctica. ¿Cómo podemos concebirla como una doctrina cuando es solamente un método- Pero un método no substituye a una doctrina, no es una doctrina. Para progresar en la ciencia y en el pensamiento, y sobre todo en la filosofía, la dialéctica es indispensable, puesto que envuelve la consideración comparativa de lo que se sabe y lo que se ignora. Ella esta implícita en el pensamiento de Sócrates y en los Diálogos de Platón y acompaña a la filosofía desde el jardín de Akademos. Pero este instrumento del pensar tiene siempre por función la de construir el pensamiento, no de destruir sistemáticamente por la negación lo que se obtiene y es objeto adecuado de afirmación. Ni siquiera en la mente de Hegel la dialéctica fue nunca un instrumento de escepticismo, sino de construcción del espíritu objetivo. Evidentemente, tal propósito sobrepasaba con mucho la verdadera función de la dialéctica. Pero Marx, en lugar de percibir la exageración en la posición de Hegel, se prevalió, al contrario, de ella para llevarla a un absoluto, desfigurándola completamente. En el fondo, lo que Marx pretendió fue demoler la filosofía y el pensamiento hasta entonces vigentes y encubrir esa demolición por la admisión de una duda metódica que no podía salir de si misma. En esto fue por supuesto también mucho mas lejos que Descartes. Y es un lamentable espectáculo el del use interesado de tesis tales como la fecundidad de la negación o de la contradicción empleadas con fines evasivos de las verdades penosamente adquiridas por la mente y el espíritu humanos. Ese devenir partiendo de la nada, justificado por una dialéctica totalmente destructiva en su concepción, permite por cierto deshacerse del pasado, pero no permite construir el porvenir sino sobre bases arbitrarias. Es lo que pasa con el marxismo - leninismo, que por un lado preconiza el método dialéctico y por otro impone dogmas donde figuran incluso apreciaciones desmentidas por los hechos y que deben aceptarse disciplinadamente. Tal vez entre estos no sean los más llamativos aquellos que tienen un objeto puramente social, porque hacen el efecto de simples opiniones impuestas por actos de voluntad. Pero es justamente la imposición de opiniones y la sustracción de ellas de los dictados de la experiencia, lo que hace tanto más arbitrario el dogmatismo cuando se aplica a las instituciones y formas de actuar de la gente. Así, por ejemplo, que el colectivismo sea él termino de la explotación del hombre por el hombre y la liberación humana, es cosa bien digna de discusión, cuando hasta el propio Lenin sostuvo que era necesario establecer una casta gobernante -incluso hereditaria- para asegurar el éxito de la revolución. Que el capitalismo este sujeto a un sistema inevitable de crisis que lleva en su interior y que necesariamente debe manifestarse al exterior, es una verdad marxista sin embargo desmentida categóricamente por la experiencia. Del mismo modo, que todo país donde reina la libre empresa sea a la vez imperialista y belicoso por razón de la naturaleza del capital, es cosa que carece de toda necesidad intrínseca. Nada demuestra que haya correlación entre capitalismo y espíritu de guerra. AL revés, las naciones capitalistas hoy día son profundamente pacificas, como es visible en todas las pequeñas grandes potencias. Y si vamos a hacer el proceso de los Estados Unidos, lo que llama la atención en esa gran nación es precisamente su pacifismo, no obstante la provocación continua de que es objeto justamente por quienes reivindican para ellos la paz como una exclusividad y destinan el tiempo de paz a llevar adelante la guerra fría.

Las afirmaciones dogmáticas del marxismo-leninismo pretenden justificarse sin limitación. Pero toda verdad es limitada y justamente por otras verdades. Por eso la verdad total es muy compleja, prácticamente inaccesible de una vez y no puede revelarse a la medida humana sino dentro de la libre participación de los hombres en su elaboración. Tal es la justificación de la dialéctica genuina. El marxismo dogmatiza hasta sobre cuestiones de hecho que pudieron ser mas bien ciertas en su época y que ahora son falsas. No hace diferencia entre lo que es doctrina y lo que son afirmaciones de hecho de carácter esencialmente empírico. La simple buena administración del crédito y la moneda por los Bancos Centrales, a partir de la década del 30, destruyó el mito de las crisis internas como manifestación necesaria del capitalismo. La descolonización y la política del buen vecino no han dejado subsistente en el mundo más político imperialista que la de las potencias comunistas en cuanto amenazan la libertad de los vecinos. Y sin embargo estos dogmas intencionados, arbitrarios y falsos están dotados de carácter obligatorio desde la escuela y pastoreados en su ortodoxia por la jerarquía política que cuida del espíritu humano. ¿Que otra cosa es esto que una grave regresión hacia la barbarie?

Muchas veces se equipara esta forma de concebir la verdad con la dogmática de tipo religioso, tal como se ha manifestado en el catolicismo, por ejemplo. Pero hay dos diferencias básicas entre la dogmática religiosa y la dogmática política y cultural. La primera es que el dogma religioso no es inventado, sino recibido. Si el cristianismo postula la filiación divina de Cristo, por ejemplo, es porque Cristo mismo la afirmo muchas veces, de donde resulta que si no se toma esta afirmación como verdadera se convierte toda la actuación de Cristo en una superchería. La filiación divina de Cristo es pues un testimonio, no una invención. En segundo lugar el dogma religioso se aplica a materias de naturaleza a-racional y no a principios y normas puramente derivadas de la razón, como es la naturaleza de las instituciones que constituyen el Derecho común. Nuestra naturaleza humana y nuestra vida social están llenas de incertidumbres que no podemos fundamentar en una lógica estricta. Así, por ejemplo, no hay forma de demostrar por que muchos actos que nuestra conciencia moral o ética estima malos lo son en realidad. Es este nimbo de misterio que rodea las actuaciones humanas el que las religiones tratan de suplir, con un resultado civilizador evidente. Pero muy distinto es que quienes se apoderan de la fuerza del Estado pretendan utilizarla para imponer obligatoriamente a los demás sus propias opiniones. Es esta estrechez a irracionalidad del dogma político lo que hace de la ideocracia una tiranía.

Lo que sucede con el marxismo-leninismo es que no puede abrirse ni a la libertad de juicio y de opinión ni al mundo en su espontaneidad, sin exponerse al desprestigio y ruptura del marco ideológico. Toda sociedad dominada por la ideocracia comunista debe mantenerse secuestrada y aislada a fin de que permanezca puro el fanatismo que la inspira. Llamarnos aquí fanatismo el estado mental y anímico que elude y proscribe toda idea que no sea la propia, que es común al marxismo, nazismo, y en general a todo Estado revolucionario. Este aislamiento es la condición de la paz interior y de la vida pacifica en una nación dominada por el fanatismo. Para que haya paz es preciso que todos estén orientados en un mismo sentido y que cualquiera que mire hacia un lado sea sancionado en el acto.

Es evidente que este estado de animo interno, una vez conseguido, se extiende hacia el exterior, hacia las relaciones con los demás pueblos. Esas relaciones, en el fondo, no consisten en otra cosa que en el deseo de extender la misma unidad fanática hacia otros pueblos por medio de la exportación a ellos de la propia dogmática. Esta es la esencia de la guerra fría: el propósito, la necesidad de inducir y obligar a los demás pueblos, según sus circunstancias, a compartir la propia dogmática y el propio fanatismo como forma en primer lugar de defenderlos. El comunismo promueve toda clase de conspiraciones, subversiones y violencias en el exterior con el fin de hacer triunfar allí su propia ideología. Pero esto no lo hace solamente por el entusiasmo puesto en ella, sino además y principalmente para la propia y elemental defensa de esa ideología. Si se quiere de ello la demostración más evidente, la tenemos en la invasión de Checoslovaquia comunista por los países del Pacto de Varsovia. Este incidente es particularmente demostrativo porque su causa fue exclusivamente ideológica. Checoslovaquia fue invadida porque sus dirigentes incurrieron en la desviación doctrinaria de creer que el país podía abrirse, aunque fuera cautelosamente, al mundo libre y sus ideas. Tal propósito fue considerado en Moscú como un error garrafal de aplicación de la doctrina marxista-leninista. La idea prevaleciente en Moscú fue que la exposición a la libertad, aunque fuera en grado limitado, era un gravísimo riesgo de destrucción para la ideología y la ideocracia marxista-leninista toda entera. A confesión de parte, como se dice, relevo de pruebas. Si el propio marxismo-leninismo, interpretado en su forma más ortodoxa, se estima a sí mismo incompatible con cualquier grado de libertad y considera que la libertad lo amenaza de muerte, no existe la menor duda de que estamos autorizados para a firmar que la guerra fría en su esencia no es más que el desesperado esfuerzo del comunismo para resistir el embate del tiempo y en un mundo donde la libertad se obstina en perdurar. En general podemos decir lo mismo de cualquier tipo de ideocracia fanática. Toda dogmática estrecha, y por tanto errónea, erigida en poder supremo está amenazada en permanencia en un mundo donde imperen los fueros de la razón y de sus formas institucionales. En suma, así como la guerra fría no es más que el intento organizado de hacer participar a todo el mundo de la doctrina marxista-leninista, del mismo modo la esencia de este proceso es la necesidad absoluta de una victoria mundial para conseguir la seguridad a indefinida duración de la misma doctrina a ideocracia.