Trabajos Científicos

  • Consideraciones sobre el rol de los Partidos Políticos en la Sociedad Contemporánea

Resumen

Abstract

Hace poco más de un año, en ocasión de ocupar la honrosa tribuna del Instituto de Ciencias Políticas y Administrativas de la Universidad de Chile, y a manera de introducción a una charla sobre los partidos de Hispano América, dedicamos unas cuantas reflexiones al tema general de las organizaciones políticas. En aquella oportunidad, apremiado por el tiempo, sólo nos fue posible esbozar unas cuántas ideas respecto a la definición de los partidos, a sus características peculiares, a sus funciones, y también al problema de su clasificación. Hablamos también sobre el hecho de que la realidad de la política moderna refleja un cuadro más complejo que el sugerido por las clasificaciones generalmente aceptadas, y nos referimos al partido llamado de 'integración social' como característico de la sociedad contemporánea. Con está denominación puede distinguirse un nuevo tipo de organización de amplia esfera de acción e influencia dentro de la comunidad y de funciones extremadamente complejas, con una masa permanente de miembros, un alineamiento clasista de la población electoral, y una participación intensa en todo género de actividades sociales, distinto al tipo tradicional, que pudiera llamarse partido de representación individual, cuya actividad es casi exclusivamente electoralista y cuya función principal es la de elegir representantes, los cuáles una vez electos tienen completa libertad de acción y son responsables sólo ante sus conciencias. Afirmamos en aquella ocasión que el partido político ha adquirido y continuará adquiriendo en las democracias modernas un área de responsabilidades mucho mayor que en el pasado, y que estas responsabilidades se orientan, principalmente, hacia el objetivo de asegurar al individuo su lugar social e incorporarlo, plenamente, en la colectividad. Dijimos, también, que éste fenómeno no debe considerarse como una usurpación de funciones por parte de los políticos, sino mas bien como la inevitable consecuencia de la extensión gradual de las funciones públicas en la sociedad 'reintegrada' del siglo XX. Finalmente, hicimos la advertencia de que el partido de 'integración social' puede asumir distintas formas y manifestaciones, desde el partido de integración de tipo democrático hasta la organización de integración total, como lo son los partidos en, los regímenes totalitarios. La falta de tiempo nos impidió referirnos, entonces, a otros aspectos del estudio sistemático de las organizaciones políticas señalados, también, por Sigmund Neumann en su ensayó 'Hacia un Estudio Comparativo de los Partidos Políticos'. Estos problemas son de una importancia extraordinaria para la Ciencia Política y merecen ser tratados aparte. Debo reiterar que no es nuestra intención atribuirnos la paternidad de estas observaciones, expuestas ya de manera penetrante y sagaz por Neumann, advirtiendo de paso que mis reflexiones no tienen otro mérito que el de reflejar un criterio personal en cuanto a su importancia y aplicabilidad hacia el caso especifico de los partidos latinoamericanos. Tres son los tópicos, generales que van a servirnos de pauta en nuestra exposición. El primero se refiere a la sociología de los partidos políticos, el segundo se relaciona con la posición de estas organizaciones en la sociedad pluralista contemporánea, y el último está íntimamente ligado a las repercusiones mundiales de los movimientos políticos. Como punto de partida en la discusión del primero de dichos tópicos quisiéramos referirnos a la ley de las tendencias oligárquicas de los movimientos sociales, expuesta de manera tan convincente por Robert Michels en su obra sobre los partidos políticos, publicada a principios de siglo.(1) Este erudito profesor alemán, citado con frecuencia como los clásicos, pero también como éstos, leído en raras ocasiones, llegó a la conclusión de que en los partidos modernos de masas existe invariablemente, una tendencia oligárquica que permite a un grupo activo, relativamente pequeño, decidir el destino político de una gran mayoría apática e indiferente. El estudio de la sociología de los partidos políticos ha estado desde entonces casi completamente dominado por la ley, de Michels, convertida casi en axioma, y hay que lamentar que resulten muy investigaciones encaminadas a clarificar el pensamiento y a probar la validez de la tesis de dicho autor. Sin pretender poner en tela de juicio sus aseveraciones sólo queremos decir que resulta imprescindible ahondar, mucho más de lo que se ha hecho sobre las relaciones entre la sociedad y el partido moderno si es que queremos llegar a una apreciación más exacta de la intrincada madeja que constituye dichas relaciones. Es posible que en el cursó de dichas investigaciones puedan descubrirse indicios que conduzcan a modificar en lo esencial el postulado de Michels Requisito indispensable para dicha labor seria el establecimiento de una estructura teórica, sin la cuál, las investigaciones específicas dentro de este campo carecerían de sentido y orientación. A este respecto, vamos a referirnos a varios conceptos, problemas de hipótesis que pudieran sugerir sendas futuras de investigación con posibilidades de fructífero resultado. Existen ciertos términos esenciales, tales como 'dirigentes', 'partidarios' o 'afiliados', 'participación', o 'aparato partidista', cuya definición y diferenciación sobre la base de sistemas políticos divergentes es tarea urgente del investigador. Un cuerpo dirigente es indispensable en todo orden político. Así, existen dirigentes y existen masas en las democracias lo mismo que los regímenes dictatoriales. Lo importante, sin embargo, 'es que en cada régimen político, así como en cada sociedad, y en cada época, existen inter-relaciones muy diferentes entre 'dirigentes' y simples partidarios o afiliados. Casi resulta obvio señalar que las variaciones entre la naturaleza, función, selección y movilidad de dichos grupos de acuerdo con la estructura general del orden político vigente deben ser profusamente significativas. Al mismo tiempo, el acondicionamiento social de los dirigentes modernos puede ser de utilidad, cuando se trate de distinguir entre democracia y dictadura en nuestro tiempo. Puede afirmarse que, en general, existen dos tipos de dirigencia política: la institucional y la personal. Estos dos tipos en líneas generales corresponden a los dos sistemas políticos opuestos, el democrático y el dictatorial. En la democracia los elementos predominantes de la dirigencia son de orden, institucional. Existen, desde luego distinciones, dentro de los regímenes democráticos, que se derivan a su vez de diferencias básicas entre sus estructuras institucionales y jurídicas. Así, por ejemplo, el disímil carácter del primer ministro británico, el presidente del Consejo francés, y la presidencia norteamericana, es un reflejo de los diversos sistemas constitucionales y de partidos que imperan en cada uno de esos países democráticos. Este carácter institucional imprime cierto sello especial y determina las cualidades personales requeridas del dirigente democrático, así como también determina sus funciones, traza un cierto molde para su carrera política, y delimita su autoridad. La diferencia, elemento básico en toda dirigencia política, se nutre en el tipo institucional de las condiciones persónales del jefe, de sus conocimientos, de su juicio y visión, de la firmeza' de sus convicciones, y de su habilidad para lograr cohesión entre diversas fuerzas sociales. Una mente equilibrada, repudio de la violencia como método de expresión, y talento conciliatorio son cualidades indispensables del dirigente democrático. Quizás deba agregarse aquel famoso dicho de Bagehot, que decía que el 'dirigente debe ser un hombre poco común, pero de opiniones comunes'. Al dirigente institucional corresponde articular y dirigir opiniones de esta clase, y esta cualidad de expresar la voluntad popular sugiere la presencia de ciertos rasgos demagógicos, aún en la dirigencia democrática, que vienen determinados por la naturaleza de masas en la sociedad moderna. A pesar de esto, los elementos que predominan en la dirigencia democrática, son sin embargo, esencialmente institucionales. La dirigencia dictatorial, por el contrario, es siempre personal. No cabe duda que en este tipo de ella se encuentran, también divergencias debidas a tradiciones nacionales, circunstancias, históricas y factores personales, pero en general, puede afirmarse que todos los dictadores modernos tienen en común el ser anti-institucionales. No en balde el mismo hecho de su ascenso al poder, es síntoma del debilitamiento o desaparición de las instituciones políticas. El dictador moderno viene a substituir a las instituciones en toda era de confusión política y desintegración social. Sobre todas las cosas, el dirigente dictatorial es el demagogo, empeñado en la destrucción de los moldes institucionales. No es responsable ante los hombres sino ante Dios y la Nación, y en esa irresponsabilidad es reverenciado por las masas amorfas, emocionales, que buscan el misterio, la devoción, y el milagro. Su condición esencial es el providencialismo, la taumaturgia, y la fascinación personal. Pero es conveniente hacer notar que este dirigente providencial, lejos de actuar en aislamiento, recurre con frecuencia a la burocracia. Aunque parezca antagónico con la dinámica personal que hemos señalado, el líder dictatorial descansa a menudo sobre una organización, sobre un aparato partidista. Es necesario, pues, estudiar y analizar los resortes de esta máquina burocrática para descubrirla verdadera naturaleza del partido único, su vida diaria, sus divisiones, sus tensiones internas, y sus posibilidades de? supervivencia. En efecto, es quizás en este segundo nivel del control político, el de la burocracia partidista, donde las funciones múltiples de los partidos modernos se hacen más visibles, y también donde se manifiestan con mayor relieve las diferencias entre los de tipo democrático y los dictatoriales, así como los antagonismos profundos de las organizaciones políticas contemporáneas. Se ha dicho que la burocratización es el destino inmutable de la sociedad moderna y resulta difícil de argumentar contra la verdad de esta afirmación. El proceso burocrático afecta por igual a los gobiernos, los negocios, y los partidos políticos. Por lamentable que resulte la obstaculización de la espontaneidad y libre juego en las relaciones humanas, hay que reconocer que la burocracia es requisito sine qua non, inherente a toda organización de masas. Ella implica una estratificación y sistema jerárquico, se especializa y se fragmenta el rol del ciudadano, e inevitablemente se centraliza el gobierno. No hay duda de que ella ha servido de poderoso instrumento a las dictaduras modernas. Pero es inútil tratar de negar su existencia así como su necesidad, y lo acertado es dedicarse a estudiar sus diversas manifestaciones, las condiciones bajo las cuales este 'mal necesario' puede infligir daño mortal a una sociedad libre, y los muros de contención que pueden erigirse para determinar su desbordamiento. Por todo esto es que resultaría aconsejable, como operación preliminar, hacer un inventario y análisis de las diversas formas de organización interna de los partidos en todas partes del mundo, al que podría seguir un estudio comparativo sobre el desarrollo de sindicatos obreros, organizaciones de negocios, grupos de presión, y otros tipos de agencias sociales. Quizás si sobre la base de estos estudios pudiera llegarse a una modificación de las generalizaciones hechas por Michels, y hasta se llegara a la conclusión de que si bien es cierto que existen tendencias oligárquicas, jerarquizantes, y centrípetas en toda sociedad, también se agitan en ella fuerzas igualmente omnipresentes de carácter centrífugo, democrático, que son de insospechado vigor, aún en los regímenes de índole totalitaria. Ahora bien, si nos dedicásemos dentro de la organización interna de los partidos, al estudió de la compleja relación existente entre el grupo dirigente y la masa de afiliados, cuales serían los factores determinantes que resulta necesario examinar. En primer lugar, notaríamos que existen diferencias en la naturaleza de la masa partidista que pueden ser tan importantes como las que señalábamos antes entre los sectores dirigentes. El término masas es particularmente elástico, y caben muchas distinciones entre las características sociales de grupos urbanos y rurales, de masas disgregadas y masas compactas, de Masas latentes y despiertas, etc. Estas diversas modalidades sociales provocan una variedad de estímulos y reacciones. Los partidos apelan al electorado de los diversos estrados sociales, de manera distinta en cada caso, de acuerdo con la experiencia social y condición histórica de cada uno de estos grupos. La escuela psicológica de Le Bon, estableciendo generalizaciones basadas en la experiencia de los movimientos revolucionarios en las grandes ciudades de Europa, identificó a las masas con el carácter emocional e inestable de las multitudes tumultuosas, estigmatizando así la acción de masas corno desprovista siempre de iniciativa y control individual. Aunque muchas simplificaciones, producto de dicha escuela, continúan en boga, las ciencias sociales modernas han descubierto una relación entre los elementos racionales e irracionales que determinan la reacción de las masas mucho más compleja que la que apuntaba le Bon. Esta lírica de investigación puede conducirnos a una apreciación más exacta y justa de la participación de las masas en los movimientos políticos contemporáneos. Otro factor que comprendería nuestro examen sería el del tamaño de la organización. La transición de facciones aristocráticas a los modernos partidos de masas, hizo indispensable, como hemos indicado, el desarrollo de un aparato burocrático. En igualdad de circunstancias, la existencia de riacho fenómeno debe, lógicamente, disminuir la intervención potencial del individuo, de cada afiliado, en los asuntos del partido. La organización política moderna requiere tiempo considerable, esfuerzos continuados, y conocimientos técnicos, de los que resulta que el profesional de partido debe predominar sobre el amateur político. Este problema no se resuelve suprimiendo los técnicos, sino que requiere métodos de vigilancia y control para evitar el peligro de que un grupo ocupante de la dirección de un partido se haga dueño permanente de su maquinaria, obtenga el control absoluto de sus recursos económicos, y el monopolio de sus canales de comunicación interna, y de este modo haga imposible el surgimiento de otra élite que aspire a substituirlo. Es necesario, entonces, analizar en cada país y en cada movimiento político, el sistema de pesos y contrapesos entre el sector dirigente del partido y el aparato partidista, entre la representación en el Parlamento y el Congreso nacional del partido, entre su núcleo ejecutivo y la masa periférica de afiliados. El vigor o la debilidad de las autoridades centrales de la organización dependen no sólo del tamaño de ésta sino también da las funciones que realiza el partido. En los partidos de representación individual, el hecho de que su función primordial sea puramente electoral, contribuye a que el poder se concentré en manos de un grupo relativamente homogéneo. En cambio, la variedad de funciones del partido moderno requiere la presencia de una multitud de dirigentes. (administradores eficientes, agitadores profesionales, representantes de grupos de interés, especialistas tácticos, etc.). Esta dirigencia múltiple y variada es indispensable aún en los regímenes monolíticos dictatoriales, precisamente por la necesidad que éstos tienen de asegurar un control total. El grado de participación es otra clave para el estudió de las relaciones entre dirigentes y adherentes. Debe siempre recordarse, sin embargo, que la participación activa de un gran número de afiliados puede servir de poderoso reactivo contra el dominio oligárquico, pero que nunca puede ser garantía infalible del régimen democrático. La participación controlada y manipulada puede convertirse en instrumento poderoso del autócrata. Desde luego, como éste aspira a efectuar un cambio radical en la estructura social, es necesario una participación efectiva de las masas para romper los moldes tradicionales. El sprit du corp de la organización depende, primordialmente, de este grado de participación de sus afiliados. Asimismo, el grado de fluctuación o alternabilidad de la dirigencia, tal como ha sido expuesto por Mosca y Pareto en su sugerente teoría sobre la 'circulación de las elites' indica, palpablemente, las oportunidades al alcance de cada afiliado para ingresar en el sector dirigente, de acuerdo con la medida en que los cargos claves están expuestos a la libre competencia o sean monopolizados por un grupo cerrado o 'clique'. Una investigación de este tipo aportaría pruebas sobre la estabilidad y longevidad de la clase dominante, pero hasta ahora sólo existen estudios aislados como, por ejemplo, el de PONTUS FAHLBECK sobre la aristocracia sueca. Íntimamente relacionado con este último aspecto e igualmente importante es el estudió de la capacidad de los partidos para absorber y asimilar nuevos estratos sociales, así como lo que pudiera llamarse 'su cesión de generaciones'. Grandes conmociones políticas han sido efecto de la falta de transición entre distintas épocas políticas. La habilidad y capacidad para seleccionar y entrenar futuros dirigentes es quizás la mejor prueba de sabiduría política que pueda dar tina organización. Un análisis de los procedimientos empleados a esté fin puede resultar fructífero para determinar la naturaleza, propósitos y flexibilidad de las distintas organizaciones políticas. En las organizaciones democráticas el sistema de aprendizaje mediante los canales institucionales de parlamento, gobierno local, y cargos de partido es el procedimiento más usual para la selección y preparación de dirigentes. Este sistema implica un entrenamiento arduo y un ascenso lento hacia el poder demasiado lento para algunos que prefieren la vía extra-institucional como atajo. Por otra parte, el sendero institucional atrae a cierto tipo individual, que puede ser preferentemente adiestrado por un sistema educativo adhoc, y que se encuentra con facilidad en ciertas profesiones, particularmente en aquellas que Max Weber denomina 'ocupaciones dispensables', tales como la abogacía, el periodismo, el magisterio, cuyo ejercicio puede ser interrumpido con ventajas a cambio de la experiencia que suministra la política. Es indudable, que estos grupos constituyen una reserva excelente de dirigentes. Igualmente importante para el libre acceso de savia joven a los medios políticos es el mecanismo mediante el cual, llegado el momento propicio, puede lograrse el retiro de dirigentes ya gastados, o su asignación a otras labores sin acarrear pérdida de prestigio. La rigidez de ciertos partidos (el fenómeno es también notable en las organizaciones obreras) es muchas veces debida a la petrificación de una dirigencia que no tiene otra salida que su extinción.

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Pasando ahora a referirnos a la posición de los partidos en la sociedad pluralista contemporánea, debemos comenzar por reconocer que el Estado pluralista democrático, quizás más que ningún otro, está en la necesidad ineludible de establecer un equilibrio que debe renovarse siempre, entre las fuerzas divergentes de la sociedad, con el fin de asignar a las organizaciones políticas el lugar y funciones que le corresponden. Aun el régimen de partido único, con su aparenté control Monolítico, no puede ignorarla red compleja de grupos que compiten dentro de una sociedad desarrollada, si es que quiere subsistir. Un alto grado de diversificación de grupos sociales tiende a crear un clima favorable paca una democracia efectiva si es que se les protege contra el estancamiento y se permite el libre juego de sus innumerables intereses. Para lograr esto, sin embargó, son indispensables los partidos políticos como vehículos de expresión social. Los regímenes dictatoriales, por otra parte, florecen siempre entre las masas amorfas. El proceso democrático tiene que respetar y que integrar los múltiples intereses que se agitan dentro de una sociedad. Producto de esta necesidad es la intrincada y fascinante relación entre los partidos y los grupos de presión, sectores que lejos de ser idénticos o de excluirse los unos a los otros, coexisten en interdependencia perpetua. No puede ignorarse que los partidos no son simplemente la suma de todos los grupos de presión, ni tampoco deben olvidarse sus funciones perfectamente legítimas, señalando solamente la responsabilidad que pueda caberles en ciertas, lacras políticas. Hay que reconocer que tanto los partidos como los grupos de presión son frecuentemente objeto de injustificadas campañas hostiles de prensa. Este fenómeno se debe, en gran parte, a la tendencia general de juzgar la política desde el punto de vista individual aislado y no con vista al conglomerado social. Es necesario aceptar que el tema principal de la política nacional es, precisamente, el equilibrio entre la representación de grupos de presión homogéneos, que tratan de influir sobre las decisiones gubernamentales, y la participación en esas decisiones de partidos políticos heterogéneos que luchan por el poder y tratan de reconciliar las diversas fuerzas dentro de un país. Las relaciones entre ambos sectores varían notablemente en el tiempo y en el espacio. Los grupos de presión pueden tratar de fundar partidos o de conquistar organizaciones ya existentes, como es el caso de muchos de éstos en Europa, fundados sobre un estricto alineamiento de clases. En otros casos, se convierten en blocks de votos flotantes, en busca de aquellos que les ofrezcan mayores ventajas, como ocurre en los sistemas anglo-sajones. Y finalmente, en otros casos tratan de extender su influencia mediante tina representación dividida, entre los partidos, o concentran sus esfuerzos a favor de organizaciones pequeñas, dispuestas a defender sus intereses especiales. Cualesquiera que sean los métodos empleados por los grupos de presión, el poderío de este 'gobierno invisible', como llamara William Allen White al conglomerado de más de 100.000 asociaciones de todo tipo que constituyen este sector en los Estados Unidos, no puede ser sobreestimado. Este reside, principalmente, en la singularidad de propósito y en su alto grado de centralización. Tan notable puede ser la fuerza de estos grupos que llega en ocasiones a opacar la influencia de los partidos, llegando hasta obstaculizar la tarea de integración de intereses que corresponde a estos últimos. Los dirigentes de partidos deben guardarse contra sus agresiones, sin descuidar, nunca su misión fundamental, que como señalamos, consiste en saber elevar esas demandas de intereses específicos, ajustándolas a las necesidades y bienestar nacionales. Este problema fundamental de integración racional no se resuelve mediante la creación de los llamados 'parlamentos económicos'. Por muy útiles que éstos puedan resultar como cuerpos asesores para la formulación de leyes, ellos no pueden desempeñar la función de los parlamentos políticos. El carácter de 'técnicos' de los representantes corporativos limita su autoridad y hace inevitable la creación por encima de ellos de una cabeza política que detenta la representación de toda la nación. No en balde fueron Bismarck y Mussolini, asegura Neumann, campeones del parlamento corporativo y declarados enemigos de los partidos, políticos. Concluyamos, entonces, que es sólo a través del sistema de partidos políticos que el lugar y las responsabilidades que ¡corresponden a los grupos de presión pueden fijarse, si no quiere correrse el riesgo de que la sociedad moderna degenere en un neofeudalismo de poderosos grupos de interés. Volviendo ahora nuevamente a la burocracia, tenemos que referirnos también, á la relación entre ésta y los partidos en la sociedad de nuestro tiempo. El partido único autocrático no ha solucionado el fenómeno de dualismo de estas dos fuerzas, así como tampoco el régimen democrático ha sido capaz de establecer una delimitación exacta entre el partido que gobierna y los cuadros administrativos del Estado. Las relaciones entre ambos son siempre fluidas dependiendo, básicamente, del libre juego de las agencias gubernamentales y descansando en gran medida sobre contactos de carácter informal entre los poderes legislativo y ejecutivo. Dado lo indispensable de la burocracia en el Estado moderno, corresponde a los partidos políticos la tarea de ejercer una continua vigilancia en las agencias gubernamentales. La fórmula que permita combinar lo técnico y lo político, la eficiencia administrativa y el control democrático, exige el mayor ingenio. Ejemplo de distintas soluciones son el sistema británico de representación parlamentaria, el presidencial norteamericano y el servicio civil francés que contrarresta los cambios constantes de ministerios. Sin adentrarnos en consideraciones sobre frases tan en boga como la 'revolución de los administradores' ó la 'dictadura de la burocracia', hay que reconocer que la formulación de la política gubernamental en el Estado moderno es, en gran parte, labor de los 'bureaus' administrativos, mientras las funciones de los órganos políticos se reducen principalmente al control, articulación, y comunicación de los asuntos públicos. No existe una fórmula simplista capaz de describir este complejo proceso, y cada país sigue tratando de ajustar y ordenar a su modo, esta sutil, relación entre la burocracia y los partidos. Ante este problema, el régimen monopartidista sé halla en dificultoso dilema. En ellos es necesario coordinar los cuadros administrativos con la voluntad suprema, purgándolos de todo elemento indeseable. Al mismo tiempo, el régimen dictatorial tiene que mostrar gratitud hacia la burocracia que le sirve de puente entre el viejo y el nuevo orden. El resultado es un conflicto revelador de la lucha interna de partido entre moderados y revolucionarios, y otro aun más significativo entre el Estado y el partido. Sólo hay que recordar las diversas soluciones empleadas por sistemas dictatoriales contemporáneos para que estas dificultades se hagan evidentes. La Italia fascista llegó a disponerse hasta a disolver el partido fascista después de su conquista del gobierno. El hecho de qué sé considerase medida tan radical es prueba, bien del fracaso del fascismo en someter a la burocracia italiana o del relativo conservadorismo de la Italia fascista la Unión Soviética decretó la abolición completa de la burocracia tradicional. El resultado fueron medidas vacilantes, y fluctuaciones continuas entre purgas radicales de la clase administrativa y una política tendiente al crecimiento de una enorme burocracia la serie de medidas tomadas a medias y revertidas frecuentemente muestran la indecisión de la política soviética con respecto a la administración pública y atestigua el relativo fracaso del esfuerzo soviético pata llegara un modus vivendi con la burocracia. La Alemania de Hitler empleó una extraña solución para él problema que en la práctica creó un estado dualista mediante la separación artificial de la burocracia estatal y la maquinaria del partido. No obstante, la fórmula nazi no fue tampoco eficaz para evitar conflictos entre las dos jerarquías y las discrepancias entre ambos terminaron por acentuarse peligrosamente en los años críticos de la guerra. Otro aspecto interesante para él investigador político son las relaciones entré los partidos y las fuerzas armadas. En los partidos democráticos por regla general, se reconoce el monopolio del Estado sobre la fuerza militar y se excluye la creación de ejércitos privados. En cambio, la estructura militante del partido de tipo dictatorial es realmente una de las innovaciones más interesantes de la organización política moderna. Este carácter se manifiesta desde sus principios, en que aparecen los grupos de camisas de color para proteger las reuniones del naciente partido, las excursiones punitivas contra adversarios recalcitrantes, y un orden disciplinario estricto. Este tono militar sé mantiene aún después de la conquista del poder, y la organización continua, como si dijéramos, en pie de guerra. Esta militancia dentro del partido revolucionario aspira siempre a volcarse hacia afuera, más allá de las fronteras nacionales. El espíritu misional político que inspira estás organizaciones no reconoce fronteras. Por éste motivó, es indispensable el estudio de otro fenómeno muy importante del partido moderno; el impacto internacional de los movimientos políticos de nuestra época.

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Podría decirse que el partido moderno, cuando se desarrolla en su plenitud, opera dentro de tres círculos concéntricos: Se base en principio en la lealtad personal; se manifiesta a través de numerosos grupos dentro del país; y, por último, su ideología traspasa los límites fronterizos para convertirse en las llamadas 'internacionales'. por mucho que la Tercera Internacional quiera asumir una postura única a este respecto, es bien sabido que el matiz político de estas 'internacionales'. incluye toda la gama del espectro. Lo que nos interesa a nuestro objeto es que el estudio de la conducta internacional de un partido puede decirnos mucho sobre su naturaleza básica, y que hasta ahora nuestro conocimiento sobre los lazos que unen internacionalmente los grupos políticos es extremadamente escaso. Lo poco que sabemos cae más en la categoría del rumor y del mito que en la de cosa documentalmente demostrable. Y, sin embargo, resulta irrebatible afirmar que en nuestro tiempo, en que los límites entre lo internacional y lo doméstico se han ido desdibujando y las estructuras sociales del mundo son sacudidas por grandes sismos revolucionarios, los partidos políticos se han convertido en fuerzas internacionales dignas de estudio. La Ciencia Política puede analizar este fenómeno simultáneamente desde tres puntos de vista: 1) el enfoque ideológico; 2) el análisis de alteraciones en la estructura social; y 3) el estudio de las tácticas partidistas en el plano internacional. El enfoque ideológico no resulta fácil, porque implica la ímproba tarea de establecer el verdadero significado de términos que hoy resultan de una ambigüedad casi aterradora. ¿Qué utilidad tendría la acostumbrada clasificación de movimientos políticos que se basase sobre términos tales como conservadorismo, liberalismo, socialismo y otros muchos? prácticamente, ninguna. Estos conceptos, antes fundamentales, han sufrido tales alteraciones bajo el impacto de una sociedad que se transforma radicalmente; que hasta se puede dudar sobre la utilidad de la aún más simplista distinción entre derechas e izquierdas. Esto no quiere decir, que por ello debemos considerar el concepto ideológico como inservible, según aconsejan los llamados 'realistas'. por difícil que sea la labor de definición ideológica, hay que realizarla, porque las ideologías son la clave para la comprensión de la estrategia a largo plazo de los movimientos políticos, de la cual la acción política diaria es sólo una manifestación. En la escena mundial las ideologías son instrumentos poderosos para la acción, y esa misma ambigüedad que señalamos es un factor importante en la desorientación de la confusa sociedad contemporánea. El análisis de los cambios sociales puede resultar fructífero, ya que es lógico asumir que la confusión de nuestro siglo se debe, en gran parte, a las transformaciones profundas sufridas por, importantes clases sociales. Hay muchos que atribuyen tanta significación la transformación y crisis presente de la clase media, como la que correspondiera en el pasado al colapso del orden feudal. Los cambios en la clase proletaria son igualmente significativos, sin distinguir entré aquellos que lo impulsan a la mentalidad burguesa y los que lo inclinan a un mayor aislamiento social. El despertar del campesinado, aletargado durante siglos, tendrá, sin duda, las repercusiones universales. A este respecto, la aparición esporádica de lo que alguien llamará 'la Internacional Verde', merece observación. Por último, ese otro estrato social compuesto de los desempleados, los desposeídos, los refugiados, etc., va asumiendo carácter internacional, y ejerce alguna influencia en el frente político mundial. El resurgimiento del liberalismo mundial, el notable desarrollo del movimiento internacional demócrata-cristiano, los vagidos del neo-fascismo, la resurrección de la Segunda Internacional Socialista, las primeras alianzas internacionales de partidos en el Consejo de Europa de Strasburgo, (para mencionar sólo unos cuantos ejemplos) han hallado eco en distintos, países. Es necesario, pues, estudiar estos movimientos no sólo por su valor potencial, sino también como fuerzas que influyen sobre decisiones de Estado en el momento presente. Muchas campañas políticas se ven afectadas por estos factores globales. Las tácticas empleadas y los resultados de las elecciones italianas de 1948 y 1952, el voto plebiscitario del Sarr, las elecciones presidenciales norteamericanas de 1952 y 1956, y las elecciones británicas de 1955, podrían haber sido muy, diferentes de no mediar ciertas implicaciones internacionales. Aun el régimen soviético, a pesar de su aislamiento, no se sustrae a influencias exteriores. La transición del Comintern al Cominform refleja una apreciación aguda y realista de la dinámica social moderna por parte de sus dirigentes. En esta tarea, que algunos han llamado de guerra civil internacional entre las super-potencias de este mundo bipolar, los partidos políticos a menudo se agrupan en distintas filas en nombre de la revolución o en oposición a ésta. Es por esto, que la revolución, siempre considerada como una conmoción de orden interno, ha pasado ya a la categoría de fenómeno mundial, y su significación se mide por sus efectos internacionales. Al achicarse nuestro planeta, se ha creado un tipo de revolución muy diferente a la del concepto clásico. Épocas diferentes y revoluciones distintas se han hecho contemporáneas. No se les puede aislar, porque las revoluciones actuales están intrincadamente mezcladas en muchos de sus componentes básicos. La coincidencia de: diversos tipos de revolución es característica de nuestra época. No hay más que recordar el ejemplo de las naciones del Mediano Oriente o del sudeste de Asia donde las revoluciones democrática, nacionalista, y social están desarrollándose al mismo tiempo. La democrática y la nacionalista que fueron típicas manifestaciones del mundo europeo del silo XIX empiezan, ahora, a brotar en las áreas coloniales. Su aparición retardada en Asia y África así como en las regiones del sudeste de Europa las hace contemporánea de la revolución del siglo XX y esta última inevitablemente; prevalece sobre los nacientes movimientos democrático-nacionalistas conduciéndolos hacia la corriente, de una gran revolución mundial. No hay que extrañarse que la fórmula soviética que pretende coordinar ambas revoluciones, la social y la libertaria resulte tentadora para los países sub-desarrollados que aspiran a liberarse del yugo extranjero. El marxismo, dentro dé sociedades altamente industrializadas ha encontrado una resistencia notable entre los que Arnold Toynbee con frase feliz llama el 'proletariado externo', compuesto por las masas empobrecidas del feudalismo agrario en las regiones subdesarrolladas. ¿Acaso no resulta significativo, como señala Neumann, que Francia e Italia, las naciones de Europa occidental menos dinámicas en su desarrollo industrial y que muestran mayor influencia de la herencia feudal, hayan sido las únicas potencias, donde la infiltración soviética ha sido significativa y perdurable?. Lo que pudiéramos llamar la 'occidentalización' de las regiones subdesarrolladas, acelerados por grandes conflictos armados y estallidos revolucionarios, inevitablemente traerá consigo graves dislocaciones culturales y tensiones sociales. El injerto de complejos métodos modernos de producción en economías primitivas así como el gigantesco esfuerzo para asimilar siglos de gradual desarrollo europeo en el breve espacio de una generación han dé ser causa de grandes dificultades y conflictos. Sobre todas las cosas la conducción de grandes masas, entusiastas, pero inexpertas y faltas de madurez, requiere una dirigencia responsable. La revolución de nuestro tiempo es un desafío a todo el ingenio y la inventiva humana para articular un programa efectivo, organizar los vastos conglomerados sociales, y dedicarlos a una acción constructiva. Acarrear esta pesada carga de responsabilidades corresponde, primordialmente, a los grandes intermediarios del pueblo: los partidos políticos.

__________ Nota

Robert Michels, “Political Parties” (Glen­coe, III.: Free  Press, 1949 (reprint) También  su “Zur Soziologie des Modernen Partelwésens” (Lepzsig, 1925). volver