Facultad

  • Incorporación del Excmo. señor Carlos Güiraldes

Resumen

Abstract

 

Discurso pronunciado por el Excmo. señor Carlos Güiraldes, Embajador de la República Argentina en Chile al ser incorporado como miembro honorario de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la U. de Ch. en sesión solemne de 34 de Junio de 1941, con asistencia del Presidente de la República; fue recibido por el Profesor señor Raimundo del Río.

Quienes han dedicado gran parte de su vida al servicio de la Universidad; quienes han mantenido constante, su vocación por la enseñanza en medio de la perpetua variación de los días y han conservado ese idealismo que lleva al cumplimiento de un deber por el solo deseo de cumplirlo, para bien de la Patria y de su pueblo, saben que ese es el sentimiento y el ideal del profesor universitario: servir a su país y tener la conciencia de haberlo servido; saben como, ese ideal común, acerca y liga a quienes lo profesan; conocen ese vinculo de afecto que se crea y afirma entre el maestro y sus discípulos, entre el y sus colegas, y saben que para quienes tienen ese espíritu y sienten de ese modo, ninguna honra es mas alta, ninguna distinción es más preciada que los grados y títulos que la Universidad otorga.

Ellos tienen el significado de una afirmación, suelen ser como el reconocimiento del concepto formado al cabo de años de labor continuada, y empeñosa, de quien lo recibe, supo cumplir la misión nobilísima de dar a los jóvenes la orientación que ellos reclaman para su acción. y sus ideas, de darles las nociones que les permitirán formar su personalidad con el esfuerzo propio y despertar en ellos el interés o la curiosidad de los problemas políticos, morales y económicos que se verán en la necesidad de resolver en su actuación futura. Nuestra misión de profesores no es enseñar toda una ciencia, no lo podríamos, no lo podemos, somos apenas iniciadores, guías, que mostramos hacia donde conducen los caminos que se abren hacia las perspectivas amplias y lejanas. No podemos ni debemos tener la vanidad de creer que hemos de hacer aceptar nuestras ideas como dogmas, debemos afirmarlas con toda la sinceridad de nuestra convicción en cuanto las tenemos por exactas, pero sabiendo siempre que, al señalar fuentes de estudio para confirmarlas, damos medio de abrir, en la inteligencia de los estudiantes, la posibilidad de discutirlas.

Así es grande la función de la cátedra porque contribuye a que se forme esa actitud de pensamiento, de análisis y de discusión que en los jóvenes de hoy será mañana la fuerza intelectual orientadora del alma colectiva de la nacionalidad. Así de la Universidad puede decirse 'madre de almas '.

Señores Académicos y Profesores: Al concederme el título que desde hoy, me incorpora como miembro honorario, a vuestra Facultad, sabíais cuanto honor significaba vuestro voto, para el modesto catedrático extranjero; comprendíais sin duda, cuanto debía agradecerlo; sabed ahora cuanto os lo agradece.

La ceremonia que hoy se desarrolla en esta Escuela de derecho, cuyo prestigio ya, tan grande, se afirma y acrecienta por obra vuestra, tiene para mí el significado de establecer una continuidad entre dos épocas de mi vida; de reanudar un vinculo que creí haber cortado al salir de mi patria.

Con dolor me alejé de la Universidad de Buenos Aires, con alegría me veo recibido en la de Chile. Vuelvo a sentirme dentro del medio universitario, el mismo en una y otra Facultad; los mismos altos ideales a iguales propósitos; una tendencia similar a dirigir la enseñanza hacia la investigación directa a intensiva, a ensanchar el circulo de influencia de la Facultad con cursos públicos y períodos breves de extensión cultural; el mismo espíritu idealista de nuestros profesores Américanos magistralmente definido por Raimundo del Río y la misma juventud inquieta pero reflexiva, poco dispuesta a someterse a una regla severa o a un trabajo minucioso, pero rápida en la concepción y alentada en su esfuerzo por un profundo y orgulloso sentido de su nacionalidad; virtud fundamental, preciosa base para estar seguros de que a la invocación del sentimiento patrio el estudiante chileno -como el argentino- dará todo su esfuerzo por la grandeza de su tierra y la prosperidad de sus conciudadanos.

Vuelvo a la Universidad y es altísimo el honor que se me confiere al entregárseme el mismo diploma que recibieron algunos de los más ilustres de mis compatriotas.

El título no trae aparejada la obligación de una función activa. Quiero, sin embargo, hacer presente que en todo cuanto mi colaboración pueda ser útil a la Facultad que con tan amistosa deferencia me abre sus puertas y al país que con tal cordialidad me ha recibido, ofrezco lo que pueda dar de mi capacidad y de mi esfuerzo, con la esperanza de poder probar con hechos, la gratitud que siempre es tan difícil expresar con palabras.

En esta hora, que evoca para mi tantos recuerdos y me trae la visión de lo que fue quedando en mi pasado; desde que recibí el diploma de abogado, en 1916, permitidme que os diga cual es el concepto que he tenido y tengo de lo que es la cátedra y lo que es la función de la Universidad. Quizás al expresar mi pensamiento, traduzca lo que piensan profesores de Chile y así comprenderéis, señoras y señores, por que sentimos que nos enaltecen los títulos universitarios.

En la Universidad la cátedra es lo permanente.

Los hombres se renuevan, ella perdura. Los cargos directivos, las denominaciones honoríficas siempre son transitorios, pasan. La cátedra es eterna: permanece mientras haya quienes sepan enseñar y quienes quieran aprender. Y la cátedra para aquellos que no se dedican exclusivamente a la enseñanza, para quienes actúan simultáneamente en otros campos de la actividad humana, campos menos serenos, de lucha y de pasiones, cumple una función que solo pueden conocer y comprender los que han pasado largos años manteniendo el contacto del aula con las generaciones renovadas.

Hay un periodo inicial en que el nuevo profesor es un contemporáneo de sus oyentes, pero, a medida que el tiempo pasa, cuanto más se acentúa la diferencia de la edad entre el catedrático y el estudiante, se va adquiriendo la noción más clara, de la inmensa responsabilidad que implica hablar ante los jóvenes, que escuchan esperando escuchar la verdad y teniendo fe en que lo que escuchan es la expresión de la verdad.

El profesor debe ajustar toda su vida a ese momento en que desde el lugar preeminente se hace escuchar de sus alumnos.

No puede defraudar su fe.

Esa preocupación crea una conciencia que orienta y mantiene la vida del profesor universitario, en una línea de conducta y de honradez de acción y de pensamiento, que le permite presentarse siempre a su auditorio sin temor al reproche de una mirada o a la ironía de una sonrisa, ante una contradicción entre la moral que se proclama y la que se practica, entre los principios que se enseñan y los actos que se cumplen.

Las circunstancias sociales y políticas que se podrían suponer completamente extrañas al ambiente universitario, pueden influir profundamente para determinar la función de la 'Universidad, planteando para el profesor mismo, el problema, a veces angustioso, de saber cual es la verdad, esa verdad que esperan conocer los estudiantes que lo rodean.

El aula no puede estar aislada de la vida, ni cerrarse a los ecos de la actualidad y a los rumores de las multitudes; no es el claustro, que evoca la idea de clausura. Pero tampoco es el espacio abierto para alzar tribuna de donde se levante la voz apasionada para dictar una enseñanza de doctrina parcial y dirigida a determinar la aceptación de un pensamiento o de una orientación espíritual, sin permitir ni provocar la justa critica ni el análisis libre.

De las Universidades surgieron mochas veces los revolucionarios y en algunas se ha usado de la cátedra para difundir o imponer una doctrina encaminada a ser el fundamento de un sistema o de un régimen.

Pero la Universidad, para ser digna de ese nombre y cumplir su función, no puede ser ni revolucionaria, ni servil. Abierta a todas las ideas que nacen, no debe abandonar el estudio de aquellas que parecen destinadas a morir, porque si en ciertos momentos de la Historia, una creencia, un ideal o una ilusión crea el impulso inmenso de la masa que arrasa lo existente sin pensar en lo que habrá de edificarse sobre lo que ha destruido, la verdad es que a esas grandes conmociones de la humanidad sigue el momento en que la reconstrucción se impone, y resurgen principios y normas que se creyeron desaparecidos, y a ellos acuden los hombres ansiosos de paz, como después de la violenta sacudida del suelo, entre la desolación inmensa de las ruinas, se descubren de nuevo los materiales útiles para volver a levantar, sobre la misma tierra apaciguada, el techo y el hogar.

Vivimos una época de negaciones. Para algunos, nada vale, del pasado: murió la economía clásica, murió el liberalismo, mueren los conceptos de propiedad y de familia, muere la idea de los derechos individuales.

Si se admite que todo ese conjunto de instituciones, de doctrinas y bases para la legislación social esta condenado a desaparecer; si se supone que un orden o un sistema enteramente nuevo ha de imponerse bruscamente a la humanidad, debemos concluir, o bien que la naturaleza misma del hombre ha cambiado, o que los hombres han vivido durante siglos rigiéndose por normas jurídicas, morales y políticas contrarias a su naturaleza. Dos conclusiones igualmente absurdas.

¿Es acaso posible admitir que la obra centenaria de la inteligencia, que ha llevado al mundo a su grado presente de civilización haya consistido en un perpetuo error y que hoy recién se abran los ojos ante la maravilla de una certidumbre imprevista. O es que la ciega humanidad ha debido esperar a que en la actual generación aparezcan los depositarios providenciales de una verdad revelada?

No, señores, no caigamos en el mismo error que cometieron los economistas clásicos, al pretender sentar principios absolutos y al suponer que el hombre es uno mismo en todo tiempo y en todo lugar.

No hay verdades absolutas y no se puede predicar a las naciones la necesaria desaparición de lo existente sin levantar ante ellas una realidad para el futuro inmediato, porque es dejar a los pueblos con la misma sensación de desamparo de aquel que cree saber que se desploma el refugio que lo abriga y protege, sin otra perspectiva que lanzarse sin rumbo entre la obscuridad y la tormenta.

Y esa es la función de la Universidad y de sus hijos los universitarios, en esta hora en que la tempestad sacude los cimientos del viejo mundo: orientar el pensamiento por el estudio y la reflexión, para salvarlo de los peligros del error sin remedio, a que pueden llevarlo la pasión, el entusiasmo o el engaño, y aun el espíritu de imitación.

La guerra pasada, tuvo tan graves repercusiones en todos los ordenes de la vida social, que se imponía un reajuste de todas las reglas de convivencia entre los hombres y entre las naciones.

Muy distinta era, sin embargo, la situación de los pueblos que habían participado en el conflicto y la de aquellos que pudieron salvarse de sus mas terribles consecuencias, por haber mantenido con firmeza su neutralidad.

Los pueblos de Europa no solo habían sufrido las pérdidas incalculables, debidas a las destrucciones materiales, sino, además, el despojo resultante de la depredación de la moneda. No solo se veían agobiados por el peso de deudas internacionales por sumas enormes, sino también amenazados por el problema pavoroso de la desocupación. Casi todos, eran problemas cuya resolución estaba a cargo de los gobiernos y todas las poblaciones esperaban de sus gobernantes la solución de esas cuestiones financieras, sociales, monetarias, que escapan a las posibilidades de la acción individual aunque sus resultados recaen en definitiva sobre el individuo.

Economía dirigida, economía planificada, subsidios a los sin trabajo, afirmación de los principios de la función social sobre el concepto del derecho, los gobiernos normales de la paz que con razón no se ha llamado paz sirio post-guerra aplicaron reglas que se habían practicado en las horas en que la necesidad suprema anula al individuo y dirige toda acción bajo una cola autoridad a cumplir las exigencias de la lucha contra el enemigo. Así se preparaba una nueva mentalidad.

Hago esta simple referencia a una situación que no es, de oportunidad explicar, ni analizar, para decir ahora que ni en Chile ni en la Argentina se plantearon los mismos problemas, aunque en la crisis consecuente a la guerra viéramos aparecer algunos de sus rasgos. Y que si en el viejo continente tiene su explicación el nacimiento de regímenes nuevos de gobierno y sistemas que reglan el trabajo, la producción y la distribución de bienes, con un criterio social dentro de un marco rígido que suprime la iniciativa personal, tales sistemas no podrían llegar a ser los nuestros sino por una natural evolución o cuando nuevas circunstancias, que no han aparecido todavía, lo exigieran.

De ahí que crea tan particularmente necesaria la acción de la cátedra en estas horas en que la guerra azota nuevamente al mundo.

Debemos conocer y hacer que se conozcan por nuestros discípulos las características de aquellas nuevas formas que permiten rendir el máximo esfuerzo y llegar a la máxima producción; debemos estudiarlas, pero estudiando al mismo tiempo nuestra realidad presente, las características propias de nuestra economía y los caracteres de nuestra población, para buscar las soluciones que promuevan el progreso, tanto vale decir más recursos, mejor nivel de vida, más relativa felicidad para la masa de nuestro pueblo.

Que en muchas partes, la noción de propiedad se haya perdido para quienes la creyeron perpetua y la han visto escaparse de sus manos por el solo hecho de que la moneda que la representaba, perdía su valor, es natural. Que los asalariados acepten con indiferencia que se elimine la utilidad del empresario mientras ellos reciban la retribución de su trabajo, es lógico.

Pero en nuestros países sud-Américanos, donde hay riquezas por descubrir y por explotar, la acción individual, el incentivo del provecho y la garantía de la propiedad; son indispensables y el interés personal de los clásicos ingleses será todavía el móvil de la acción económica.

El pasado no se mata con solo decir que ha muerto, pero los interésados en convulsionar un pueblo con propósitos de política social o internacional, logran un éxito indudable si pueden producir la confusión de las ideas.

Las novedades atraen y los jóvenes se sienten inclinados a adoptarlas, a ser precursores más que continuadores, a ser revolucionarios, más que conservadores.

Si no fueran así, no serian jóvenes.

¿Sería pues inútil una enseñanza que no siguiera la inclinación de sus preferencias? De ninguna manera.

Creo en la función de la Universidad en estas horas peligrosas porque hay un punto en que deben coincidir el profesor y el estudiante.

Y este es mi pensamiento: Cuando nosotros mismos; atraídos por las formas nuevas, las estudiamos para luego explicarlas, debemos plantearnos la eterna pregunta: ¿Donde esta la verdad?

Y una sola respuesta debe darse: la verdad estará siempre donde esta el interés de nuestra patria.

Este es el punto de coincidencia en que será casi siempre posible al profesor encontrar la voluntad de sus discípulos dispuesta a la autocrítica, a examinar en un mismo plano de imparcialidad las ideas ajenas y las propias, con la comprensión de que el interés de cada uno esta en colaborar lealmente a favorecer el interés de todos, dentro de la colectividad que forma la unidad nacional, para que esta unidad pueda ser cada vez más grande, más fuerte y respetada en el conjunto de las naciones.

Y es por eso que no debemos nunca rechazar a priori el estudio de ningún sistema ni de ningún régimen, ni guiarnos por los juicios emitidos en la tribuna política ni en la prensa de batalla.  El estudioso de las ciencias sociales y jurídicas debe ceñirse al mismo método y trabajar con el mismo espíritu que el de la medicina, que observa objetivamente el resultado de los distintos tratamientos aplicados a un mismo mal, o el de ingeniería que calcula matemáticamente la resistencia de un material nuevo con el propósito de conseguir el mejor rendimiento para la solidez del edificio que construya.

Cada uno de nosotros, en la medida de sus fuerzas y de sus posibilidades, es un obrero empleado en el trabajo de continuar la construcción que nuestros padres iniciaron: la patria y mantener su fuerza que es el espíritu de nacionalidad y los principios en que se funda.

Habrá quien crea, de buena fe, que el interés de la nación exige un cambio fundamental: que para bien del país sea preciso prescindir del pueblo para la formación de su gobierno, concluir con la democracia.

Esas inspiraciones no nos han llegado de nuestro propio suelo, de nuestra tradición, de nuestra historia ni del pensamiento de nuestros grandes hombres.

Hemos tenido en toda América, dictadores, que quizás lo fueron por necesidad histórica, pero nunca se ha formulado en América una doctrina de la dictadura, ni los pensadores estuvieron a su servicio, ni nuestras cátedras se prestaron a someter la dignidad de los espíritus.

Creamos en la democracia como régimen único que puede asegurar en América la necesaria selección y la renovación indispensable de las clases gobernantes.

En nuestros países, es imprescindible el esfuerzo personal para llegar a merecer la honra de dirigir los destinos del pueblo y es imprescindible el esfuerzo personal para merecer conservar los privilegios que nuestros abuelos conquistaron con el esfuerzo propio.

En mi país se ha producido claramente ese fenómeno: los grandes propietarios del campo, los pobladores del desierto que sobre inmensas extensiones emprendieron el cultivo de la tierra y el refinamiento del ganado, defendiendo su bien contra el ataque de los indios y afrontando la pérdida total de su trabajo de años, ante la inundación o la sequía, merecieron gozar del privilegio de una fortuna que hizo de ellos la clase influyente, la clase gobernante. Ganaron en buena ley su tÍtulo de aristocracia porque no era tan solo su sangre y su nombre, sino su fuerza y su carácter la base en que se asentaba su preeminencia.

Pero, cuando sus nietos han querido reposar cómodamente, aprovechando era acumulación del trabajo ancestral, sin dar nada de sÍ, hemos visto a eras fortunas, fraccionadas por las sucesivas particiones hereditarias, perder todo el significado de poder, que tuvieron, y hemos visto en las nuevas generaciones, quienes se pierden en una obscura medianía llevando un nombre ilustre, mientras otros de la misma clase han comprendido que por respeto a su nombre era preciso entrar nuevamente a la lucha, de igual a igual con los recién llegados o con los hombres de modesto origen y apellido obscuro para vencer, si eran capaces de mantener su rango, o entregar el gobierno a los que los vencieron por haberse mostrado mar dignos de ocuparlo.

Eso es la democracia, palabra que aprendimos a pronunciar en singular, palabra que solo tiene su sentido cuando se la pronuncia en singular, eso es la democracia, que da al hombre, el orgullo de debérselo todo a si mismo, de ser en cierto modo y Dios mediante, el autor de su propio destino.

Eso es lo que debemos defender; estudiando el ejemplo extranjero para perfeccionar nuestros regímenes de gobierno, que en las horas actuales exigen autoridades fuertes con poder efectivo y suficiente libertad de acción para tomar las decisiones rápidas y afrontar las situaciones imprevistas que la precipitada sucesión de los acontecimientos podría presentar, exigiendo una resolución inmediata y enérgica.

Debemos estudiar desde la Universidad los orígenes y práctica de nuestras instituciones, para cambiarlas si es preciso, pero no al influjo de influencias exteriores ni bajo la inspiración y dirección de extraños. Podrán algunos hombres aceptar la aplicación de tales medios para alcanzar a un fin, pero ello no lo admitirá jamás el pueblo de nuestros países de hombres libres, que saben ser y quieren ser, únicos dueños de su patria.

Preparar los espíritus para pensar así, es función esencial de gobierno. Lo cumple el vuestro, estudiantes de Chile, y lo expresado en forma insuperable vuestro Decano don Arturo Alessandri Rodríguez.

Seguid esa orientación nacionalista: amad a vuestra patria, trabajando, luchando por ella, que al amarla así, haréis vuestras sus glorias; vuestra será la herencia de la honra ganada por sus próceres y vuestros la responsabilidad y el honor de su grandeza de mañana. o tengáis odios ni rencores pequeños, que debilitan y deprimen: solo son fuertes los que tienen un amor y un ideal.

Tened en vosotros esa fe en que vuestro esfuerzo os llevara tan alto como lo habéis merecido y si en la vida no alcanzáis a donde vuestra ambición creyó llegar, pensad en la satisfacción que os dará siempre la gratitud de aquellos a quienes vuestra acción favoreció y la que os habrá dado la propia estimación. Nunca os déis por vencidos si lucháis por un ideal y esa fuerza os haría menos dolorosas las heridas que recibimos en la vida, cuando nos dejan en el alma un desengaño más y un sueño menos.

Excmo. Señor Presidente

Habéis querido agregar un motivo a la profunda gratitud con que recibo el título que me vincula desde ahora a la Universidad de Chile.

Al manifestar vuestro deseo de concurrir a este acto, y ahora al presidirlo, le habéis dado la solemnidad y la importancia que solo por excepción revisten las ceremonias universitarias.

Yo veo en: esta nueva manifestación de la singular deferencia con que siempre me habéis distinguido, una prueba mas de una estima que me honra y una demostración de la sinceridad del sentimiento que os lleva a ver con simpatía todo aquello que atañe a la Nación que represento ante vuestro Gobierno.

Tanto puedo decir de vos, señor Ministro de Educación, que a vuestra magnífica reseña de lo que han sido y son las Universidades y los profesores de América, habéis agregado el elogio merecido de algunos grandes argentinos.

Con ello me llamáis a la modestia. Sin quererlo, me habéis hecho medir cuanta distancia me separa de aquellos hombres, pero con ello también aumenta mi satisfacción por que al honrar con este título al Embajador de la Argentina, si es pequeño el merito del Embajador, es mas grande, la parte, que en esa distinción se funda en vuestra simpatía por la Argentina.

Y a vosotros, Embajadores y Ministros de naciones amigas de la mía, puedo deciros que doy todo su alcance con vuestra concurrencia y que ello fortalece en mi la decisión de continuar al servicio de la noble idea y firme decisión de mi gobierno, de mantener y asegurar cada vez mas, la paz, la unión y la amistad de nuestros pueblos.