Facultad

  • Discurso de don Luis Quinteros

Resumen

Abstract

 

Discurso pronunciado por el profesor de Derecho Constitucional de la Escuela de Derecho de Santiago, señor Luis Quinteros, el 8 de Julio de 1941, recibiendo en nombre de la Facultad, al nuevo miembro académico, señor Carlos Estévez S.

Mientras el estruendo lejano de la guerra ensombrece nuestro pensamiento, y nuevas fuerzas sociales y políticas hacen crujir nuestra propia estructura jurídica, la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, en pleno impulso de todas sus actividades, no quiere interrumpir la serena tradición de incorporar a su seno, en distinción académica, a hombres que como el maestro que aquí recibimos, han orientado toda una vida hacia el cultivo del derecho. Actitud que en tales circunstancias puede parecer paradojal y absurda, pero que es en realidad una replica acertada y profunda a los dial violentos que vivimos. En esa guerra, como bien lo sabemos, no se discute solo la supremacía de uno a otro pueblo en las riberas de los, mares nórdicos de Europa, sino que se decide, o la supervivencia del estilo de vida que los hombres han venido dándose en una evolución de siglos o su reemplazo brusco, por un 'nuevo orden', para el cual, en la realidad y en la doctrina, las normas jurídicas entre individuos y entre pueblos no deben ser sino obstáculos deleznables para la voluntad imperiosa del que detenta la fuerza; que suprime el permanente problema de arte político de organizar el estado armonizando la libertad y la autoridad, cargando definitivamente el acento en esta última, y subordinando el individuo, su personalidad y sus fines, a los fines del estado, cambiantes a imprecisos como la voluntad del que gobierna; que desdeña la génesis democrática del poder, y afirma en favor de quienes lo han asumido, una especie de 'derecho divino' para conservarlo, que, paradojalmente, ignora a Dios; y que, contra la afirmación de la fundamental igualdad de todos los hombres, perseguida sin descanso en lo jurídico, lo social y lo económico, afirma que existen unos hombres superiores a los otros, hombres, postulando asl y lo económico, afirma que existen unos hombres superiores a los otros, hombres, postulando así una aristocracia inexpugnable, pues radicaría en obscuras razónes de sangre y de raza; y pretendiendo lógica a ineludiblemente una hegemonía sin mas limites que el planeta mismo, y que tiene a su servicio la máxima organización guerrera que ha conocido el mundo. Esa guerra, no es, pues, una guerra europea, sino una guerra de todos y cada uno de nosotros, en la cual, como en la frase bíblica el que no esta con una causa, esta contra ella Yo bien sé la circunspección que me impone el hacer uso de la palabra en esta ceremonia oficial y solemne, pero no entiendo como, al recibir aquí y rendir homenaje a Carlos Estévez Gazmuri, en su triple carácter de abogado, legislador y maestro de derecho y al afirmar con ello nuestra fé, que es también la de él, en el derecho contra la violencia, en la libertad contra la tiranía, en la democracia contra toda autocracia, podamos dejar de sentir en beligerancia por lo menos espiritual, en aquel conflicto.

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Coincidiendo casi con el estallido de la guerra actual, la última elección presidencial alteró en forma que parece irrevocable el equilibrio de nuestras fuerzas políticas. Seguramente no podemos apreciar este acontecimiento con imparcialidad; para muchos ha significado un descenso en nuestro nivel cultural, social y político; para otros, en cambio es solo el signo de que nuestra democracia se ha ido ensanchando, y de que, ideológicamente, la lista rígida y clásica de los derechos individuales, inviolables y sagrados, tiene que sufrir el menoscabo que impone el progreso en la convivencia humana, que es especialización y subdivisión del trabajo, y por ello interdependencia y solidaridad crecientes. Por otra parte, la guerra, a su término, tendrá que reajustar las fronteras políticas a la realidad económica, que no es nacional sino internacional; hecho frente al cual nuestras pretensiones de orgullosa independencia resultan tan anacrónicas como las afirmaciones de autonomía de las provincial y ciudades cuando en el suelo europeo nació el estado nacional moderno; que, dentro de la evolución del grupo humano, a través de la horda, la familia, la tribu y la ciudad, no tiene por que ser una etapa definitiva. Para convencerse de ello basta pensar la sencillez con que un Winston Churchill propuso a la Francia de antes de Vichy la formación de un solo gran estado, y con que se considera en Europa y en América la posible creación de un gran estado federal, que uniendo al Imperio Británico, y a los Estados Unidos de Norte América, agrupe centenares de millones de hombres dentro de una misma organización política. Frente a proyectos de tal magnitud resulta casi risible el interés con que algunos de nosotros, con o sin segunda intención, atisban, para denunciarlo con escándalo, el menor atentado a la soberanía de los cinco millones de hombres que poblamos la árida costa del Pacífico del Sur, cuyo standard de vida descendería hasta la miseria si no pudiéramos vender a otros pueblos nuestro salitre o nuestro cobre, y no pudiéramos recibir de ellos los elementos técnicos y las maquinarias que constituyen la vida civilizada, y hasta artículos de subsistencia, de primera necesidad. Parece, pues, inevitable, al término de la guerra o antes, por la opresión de todos estos factores externos e internos, una profunda reestructuración jurídica, en el orden nacional a internacional.

Debemos estar preparados para afrontarla y realizarla, y para ello debemos mantener intacta nuestra fé en el derecho como regulador de toda convivencia humana, y en fórmulas de organización jurídica y política que, a pesar de sus imperfecciones tienen valor externo, como la génesis democrática del poder, el respecto a la libertad individual hasta donde lo permita el interés social, y el repudio a toda aristocracia o privilegio, so pretexto de razas o clases superiores.

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El maestro que ahora recibimos encuadra perfectamente en el marco de estas reflexiones que sugiere la hora presente. Nacido en Santiago, en 1870, ineducado en el Colegio de los Sagrados Corazónes, que imprimió en él un sello indeleble de fe cristiana, en 1893, a los 23 años de edad, obtuvo su título de abogado en la Universidad de Chile; a la que ingresó en 1896, a los 26 años de edad, como Profesor Extraordinario de Derecho Constitucional. Profesor de la Universidad de Chile, hasta 1927, en que los acontecimientos políticos de entonces le impidieron seguir desempeñando con dignidad el cargo; desde 1930 y hasta la fecha continuó en la Universidad Católica, la enseñanza del Derecho Constitucional, a la cual, por tanto, ha consagrado ya cuarenta años de su vida. Su experiencia administrativa ha sido apenas menos importante que su labor docente. Fué Subsecretario de Marina, desde 1899 hasta 1906 bajo tres Presidentes de la República, que sucesivamente confirmaron la confianza que le habían dispensado sus antecesores; y que sólo abandonó ese cargo para ingresar en 1905 al Consejo de Defensa Fiscal, en el cual junto a otros jurisconsultos, tuvo la responsabilidad de asesorar legalmente, en múltiples y graves problemas, al Poder Ejecutivo y a la Administración, ya que entonces no existían las asesorías legales con que ahora cuentan los distintos organismos administrativos. Los acontecimientos que en 1927 lo alejaron de esta Universidad, lo movieron también a renunciar su cargo en el Consejo de Defensa Fiscal. Pero ya en 1925, otras preocupaciones habían solicitado su atención. Fué, desde ese año, y hasta 1933, el Primer Presidente del Colegio de Abogados de Chile, y es ahora, Consejero de la misma institución. Los abogados le debemos, pues, mas de 15 años de trabajo desinteresado, ingrato y lleno de responsabilidades en favor de nuestro gremio. En 1930, el Partido Conservador, la hizo Diputado por Santiago. Lo fué hasta las elecciones generales del presente año, en que su Partido hizo que otros hombres de las mismas filas asumieron ese puesto de responsabilidad y de sacrificio. Como parlamentario y como Presidente de la Comisión de Legislación y Justicia de la Cámara de Diputados, su labor fue activísima. Consultor obligado en todo problema de Derecho Constitucional, íntimamente ligado a los problemas políticos, peso su inteligencia, su saber y su criterio en el estudio de numerosísimos proyectos de ley, con la especial capacidad que le daban su calidad de abogado y de profesor universitario. Intervino decisivamente en los proyectos de ley que modificaron el Derecho Civil en lo relativo a la capacidad civil de la mujer, a los plazos de prescripción, y a la división horizontal del dominio en la redacción, que dejo casi terminada, del proyecto de ley sobre represión del ejercicio ilegal de la profesión de abogado. Y satisfaciendo su deseo incansable de servir, ha sido además, durante mas de veinte años, el abogado gratuito del Patronato Nacional de la Infancia. Parece, pues, difícil que se puedan reunir en un hombre tantos motivos para justificar el grado académico que ahora le otorga esta Facultad. En realidad, no hace sino regresar a ella, con máximo prestigio, en medio del respeto de los que fuimos sus alumnos y ahora nos honramos llamándonos sus compañeros; no pace sino volver a esta casa por la misma ancha puerta, ampliamente abierta, por la que saliera en años atrás, en circunstancias que hay que olvidar.

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Cumpliendo disposiciónes reglamentarias, el señor Estévez, en su discurso de incorporación, y bajo la apariencia de un rápido estudio de las principales modificaciones introducidas en nuestra Constitución, por la reforma de 1925, aborda, en realidad, algunos de los más importantes problemas de Derecho Constitucional. La primera en importancia de esas reformas fué, como el lo dice, sustituir el gobierno parlamentario por el gobierno presidencial; materia en la que el señor Estévez ha preferido ser solo expositor, anotando con exactitud las circunstancias de ese cambio. No creemos inapropiada esta oportunidad para rectificar en este punto, algunas ideas comiténtes. Una de ellas seria el de plantear los conceptos de gobierno parlamentario y presidencial, como formulas antagónicas a irreductibles, cuando en realidad ambas exigen no solo armonía entre el Ejecutivo y el Congreso, sino que el Presidente de la República y sus Ministros puedan guiar la mayoría parlamentaria. Un gobierno presidencial, en que el Presidente de la República pudiera prescindir de la mayoría parlamentaria, es imposible, y no ha existido nunca en parte alguna; ni en los Estados Unidos de Norte América, en que las comisiones del Congreso son nexo indispensable a importantísimo para armonizar la voluntad del Presidente y de la mayoría parlamentaria; ni en Suiza, citada a veces como ejemplo de gobierno presidencial y en la cual, el Ejecutivo es poco mas que un comité de las asambleas legislativas. Intertanto, y entre nosotros, la letra de nuestra Constitución sigue diciendo que los Ministros de Estado, sin los cuales el Presidente de la República no puede gobernar, no necesitan contar con la confianza del Parlamento; creando así la posibilidad o la realidad de un conflicto en que time la razón el Ejecutivo, que invoca el tenor claro y el espíritu indudable de la disposición constitucional; y en que también la tienen los partidos que integran la mayoría parlamentaria, sin la cual no puede haber labor legislativa alguna.

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Concurrimos con el señor Estévez en aplaudir la solución dada en 1925, al problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Esa solución evita para la Iglesia las criticas y persecuciones que le ha acarreado a veces un contacto demasiado estrecho con el poder civil, y responde sin duda con mas exactitud a los propósitos de su fundador, cuyo reino no era de este mundo, y que cuidó de dar al Cesar lo que es del cesar, y a Dios lo que es de Dios. Consecuencialmente, esa reforma creó un problema de orden patrimonial, a saber, si la Iglesia Católica, después de esa reforma, conserva o no su personalidad jurídica de derecho público. 'El señor Estévez se pronuncia por la afirmativa. Otros en cambio opinan que en lo tocante al ejercicio del dominio de los bienes adquiridos después de esa reforma la Iglesia quedaría sujeta al derecho común, y seria solo una corporación de derecho privado.

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El sufragio universal y sus efectos sugiere al señor Estévez interesantes observaciones. Porque tiene fe en la democracia, cree el señor Estévez en la necesidad de corregirla y perfeccionarla, para evitar las tentativas de suprimirla; propósito al cual nadie puede dejar de adherir. La democracia, sin duda, es una formula difícil de gobierno, como lo demuestran los ensayos repetidos y fracasados, que contra las tiranías y las autocracias y para alcanzarla ha hecho la humanidad. Pero, como tantas cosas vitales, la democracia es mas fácil de ser vivida que demostrada; y probablemente, lo mas grande que debe el mundo al puñado de hombres flemáticos, que ahora pelean entre la bruma, en las islas de los mares del Norte de Europa, es haber demostrado que la democracia era posible, porque la han vivido y realizado; dejando a otros la preocupación de mostrarla racionalmente. No sabemos si cumpliéndose la profecía de Spengler en el ocaso de Europa la democracia cederá el paso a los cesares,- o sea, a los demagogos constituidos en poder, - característicos de la agonía de toda cultura; pero si podemos estar ciertos que la nueva cultura que amanece en este suelo americano conservará esa fórmula de gobierno, que es la más difícil, porque es la más perfecta. El sufragio universal necesita correctivos, pero para discurrirlos no hay que pensar en una excesiva desigualdad entre los hombres. La inteligencia, como lo dijo el judío genial que acaba de morir en la Francia triste de Vichy, no es lo intelectual; sino la aptitud adquirida por la especie humana, en evolución milenaria, 'pour se tirer d'affaire', o sea, para reaccionar con eficacia frente a las circunstancias del medio ambiente; y esa aptitud es, salvo extremos patológicos, sensible mente igual en todos los hombres, analfabetos o letrados. Conviene, por último, mencionar la preocupación que merece al señor Estévez el Poder Judicial y su necesaria independencia. Con ello no solo se respetan las clásicas líneas de organización política que derivan del principio de la separación de los poderes públicos; sino que es nuestra propia experiencia de que en la serenidad a independencia del poder judicial, a través de los diversos regímenes políticos que ha atravesado el más efectivo resguardo de la libertad de los ciudadanos. Y para terminar; el profesor que habla tiene que excusarse de haber carecido de las condiciones de erudición y de la elocuencia que exigían, en este acto, la persona del maestro que aquí recibimos y el público que lo escucha. Apela a la comprensión de ese público, para que apreciando la sinceridad de sus palabras quiera, disimular esas deficiencias.