Trabajos Científicos

  • Seis claros varones de la generación de 1868: Arturo Alessandri Palma, Alejandro Alvarez, Emilio Bello Codesido, Ricardo Cabieses, Enrique Matta Vial, y Ricardo Montaner Bello

Resumen

Abstract

Palabras de Apertura

 

Elogio académico leído en la Sesión Solemne de la Facultad de Ciencias jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile, el día 3 de octubre de 1968, en conmemoración del centenario del nacimiento de estos juristas.

PALABRAS DE APERTURA DE LA SESIÓN DEL SEÑOR DECANO DON EUGENIO VELASCO LETELIER

En este tumultuoso y, sin duda, trascendental año para la vida actual y para el futuro de la Universidad toda, nuestra más que centenaria Facultad, nacida junto con la obra originaria de Bello, ha reparado con justificado orgullo que 1968 marca el transcurso de un siglo desde el nacimiento de seis varones ilustres, de brillante trayectoria en la vida nacional y que de una u otra manera, como profesores o miembros académicos, estuvieron estrechamente ligados a la Corporación. Y ha estimado de  su deber realizar esta sesión solemne y pública para honrar su memoria, renovarles su gratitud y ejercer una vez más la augusta tarea de enseñar, ahora a través de la invocación y el recuerdo del ejemplo de sus vidas. Tenemos plena conciencia -y buena prueba de ello hemos dado- de que la Universidad debe mantener una posición de avanzada en la búsqueda ansiosa de nuevas fórmulas de convivencia que convulsiona nuestra época, para organizar una sociedad liberada de injusticias y miserias y de que para eso debemos mirar hacia adelante sin detenernos en una estática admiración del pasado. Pero torpe y soberbio sería dejar de recurrir a nuestra tradición para desentrañar, no ideas, estructuras o principios que la historia ya superó y que hoy nada nos dicen, sino la inspiración de personalidades luminosas que con su entereza moral, sus capacidades relevantes, sus actitudes señeras, su afán de estudio y de saber, su deseo de servir, constituyen lecciones vívidas y permanentes, valederas en cualquier tiempo y en toda circunstancia. Nuestros homenajeados de hoy, sin una excepción, fueron precursoras, hombres de avanzada, figuras guías en sus respectivos dominios y contribuyeron eficazmente al avance jurídico, cultural, económico y social de la república. ¡Cuán útil resulta rememorar hoy sus vidas magníficas en un instante en que todos hablamos de cambios estructurales, de reformas y de progreso, pero en que con frecuencia tan legítimos anhelos desbordan los cauces racionales para expresarse en menosprecio por el esfuerzo y el estudio, en mal disimulada envidia por la capacidad y la inteligencia, en rencor frente al éxito dura y justamente logrado, en desahogo de apetitos y frustraciones y en el planteamiento ligero y superficial de cuestiones que se ignoran, en vano y negativo intento de reemplazar la experiencia y el saber por una audacia carente de orientación y médula y, por la improvisación que se cree habilidosa. Y para elegir a quien ha de hacer el elogio de estos seis ciudadanos egregios, la Facultad no tuvo la ocasión de una duda: un solo nombre surgió en forma espontánea, el de un venerado maestro de esta Casa de Estudios, notable profesor de muchas generaciones que le están agradecidas y le admiran y brillante historiador. Ofrezco, pues, la palabra a don Guillermo Feliú Cruz. ....

I. Una distancia no muy lejana

No están muy distantes todavía los años en que la muerte segó, en la edad de la serenidad del espíritu, las vidas de los claros varones a quienes la Corporación, en asamblea plena, rinde homenaje al cumplirse el centenario de sus nacimientos en este año: Arturo Alessandri, Alejandro Alvarez, Emilio Bello Codesido, Ricardo Cabieses, Enrique Matta Vial y Ricardo Montaner Bello. Todos nosotros, los antiguos miembros del claustro, les conocimos, ya en el ejercicio de la cátedra, ya en las reuniones de la Facultad, de la cual fueron ilustres miembros académicos. Los profesores que nos han sucedido, saben muy bien que esos seis claros varones son parte de la historia nacional, ocupan un lugar destacado en la historia intelectual y en la de la política, y algunos de ellos son figuras señeras del acontecer de nuestra existencia cívica. En una u otra condición, ya fueran ellos catedráticos, primero, o académicos, después, magnificaban la asamblea, le daban el tono de un augusto areópago al claustro, y lo enaltecían con lo que sus nombres sugerían a nuestras imaginaciones. Evocaban una juventud con un pasado venturoso, digno, grande, decoroso; se unía ese pasado a tiempos de agitaciones viriles, encendidas por los primeros alientos del patriotismo; a sucesos resonantes y esplendorosos de la historia patria en épocas de bravas luchas, de pasiones ardientes, de ideales encontrados, de principios en quiebra, de afanes, de azares, en fin. Vivieron desventuras que fueron desastres y catástrofes; dolores que arrancaron lágrimas. Son los tiempos de 1866, 1879, 1891, 1920, 1925 y 1932, o sea, años decisivos en la historia de Chile y en la del espíritu de esos varones, que hicieron esa historia. También supieron de triunfos que enorgullecían; de conquistas, que daban a las almas voluntad para encender la fe en los ideales de la libertad, porque creían en el Derecho, por la fuerza de su valor moral y eminentemente formativo de la conciencia del ciudadano. Entre estos seis claros varones, unos fueron testigos, otros actores, quienes impulsadores y más de alguno en el silencio del estudio, orientó los espíritus hacia nuevas esperanzas y nuevas creencias. Los seis claros varones, al término de la jornada que les impuso el deber de contribuir al engrandecimiento de la patria, vinieron a sentarse en la asamblea, llamados a ella por el voto agradecido de nosotros a sus servicios y quienes eran ya, en el escenario nacional, paradigmas de virtudes cívicas y honra de Chile. Los animaba la serenidad, la comprensión y la fe en el porvenir. ...

II. Un momento estimulante para la acción.

Observemos, señores, que estas vidas aparecen en un momento estimulante para la acción en nuestra patria. Los seis claros varones a quienes la Facultad evoca en esta ocasión solemne, pertenecieron a la generación de 1868. Pero son muchos más, una verdadera legión, entre hombres y mujeres, los que nacen en ese año, formando un conjunto ilustre en todas las actividades del ser humano, de preferencia en las del espíritu, en las de las profesiones liberales, en las de las letras, las ciencias, las artes, la política, la industria, el comercio, la banca, el profesorado, el sacerdocio. He aquí solamente algunos de los nombres que llenaron esa generación, tomados al azar, al recuerdo de la memoria, siempre frágil: Julio D. Amenábar, médico; Gregorio Amunátegui Solar, médico, Rector de esta Universidad de Chile; Pedro Balmaceda Toro, escritor-ensayista; Arturo Blanchard-Chessi, escritor; Guillermo Bañados Honorato, periodista y político; Luis Bañados Espinoza, periodista; Guillermo Barros Jara, industrial y político; Luis Enrique Campillo Infante, jurista; Pedro León Carmona, pintor; Daniel Carreño Gómez, magistrado; Domingo Oyarce Casanueva, ingeniero; Inés Echeverría de Larraín, escritora; Luis Alberto Frías Gaona, escritor; Gilberto Fuenzalida Guzmán, sacerdote, obispo; Carlos Fuenzalida Lavín, marino; Federico Gana, escritor; Manuel García de la Huerta Izquierdo, político; Maximiliano Ibáñez, político; Marcelino Larrazával Wilson, gramático; Miguel Montenegro, médico y escritor; Juan Eduardo Ostornol, médico militar; Carlos Palacios Zapata, político y jurista; Ernestina Pérez, médico; Egidio Poblete, periodista, escritor; Ricardo Prieto Molina, político; Arturo Reyes Lavalle, gramático; Guillermo Rivera, político; Carlos Silva Cotapos, historiador eclesiástico; Víctor Serrano Arrieta, político; Abraham Silva Molina, genealogista; Gustavo Valledor Sánchez, poeta, y Carlos Van Buren, filántropo. El año 1868 fue, pues, fecundo al producir tantos hombres de una distinción superior. Tal circunstancia nos habla de una generación singular, como en algunos años hubo otras que señaláronse por la misma coincidencia. El año 1817 dio vida a la llamada primera generación republicana; 1825, a la de los estadistas y poetas; 1830, a la de los historiadores y novelistas; 1840, a la de los políticos y banqueros; 1850, a la de los industriales. ¿Qué es lo que determina el carácter de una generación? ¿Por qué una es distinta de la otra? Tocamos un tema de amplia y encendida discusión, porque, como de la mano, ella nos lleva al quemante de nuestro tiempo, el de la querella de las generaciones, que no ha de ser el que yo aquí dilucide. A la verdad, lo que busco es encontrar, en su esencia, como diría el teólogo, lo que es una generación, su definición, su contenido espiritual, su concepto moral, su atributo social, y así enmarcar la de 1868 en la grave trascendencia en la vida de la república. Cada generación tiene su estilo. Está impreso ineluctablemente en un propósito de renovación del medio, en la necesidad de superar el conformismo de la masa, como tal, inerte, gregaria, y a la cual quiere conducir por ideales distintos a los pasivos que la alimentan. No es necesario que el estilo de la generación corresponda a una misma edad, aunque casi siempre así ocurra; lo importante es que el estilo sea igual en las aspiraciones, en los principios, en las ideas, en los sentimientos, en las creencias, en la filosofía que le imprime su carácter. La generación que posea esos atributos será, pues, una generación histórica, y los actores de ella son los cronológicamente nacidos en zonas cercanas al ciclo. Dos o más generaciones participan, a la vez, en la implantación del estilo, de las inquietudes por hacer fructificar otros mirajes, otros horizontes, ideas distintas a las corrientes en el pensamiento, o, como ahora se dice, con una expresión de mal gusto, pero objetiva, en la 'toma de conciencia' de la responsabilidad de los cambios de la vida social, en todo aquello que hace la transformación de la manera de sentir, así en lo político, económico, moral, cultural; en los usos, en las costumbres y en las modas, impulsado y sostenido todo eso por una élite dueña de una filosofía nueva. La generación de 1868 advino en un momento en que estaba semiderruido en el ambiente la herencia intelectual del coloniaje, teológico y casuista. Dominaba en la juventud un sentimiento liberal. Exigía garantías para la vida política. Aspiraba a una verdadera emancipación de la influencia de la iglesia. Se sentía laica. Profesaba un espíritu fuertemente individualista. Creía en la ley del progreso y por eso la libertad era la más sagrada de las conquistas que había que defender. ¿Cuál libertad? ¿La que aseguraba la Constitución? Simplemente las libertades políticas. El individualismo no alcanzaba a entrever otras en Chile en el reducido medio social. Los beneficios de la educación pública era otro ideal consagrado como verdad absoluta. La educación podía cambiar los instintos individuales, crear aptitudes, desarrollar las voluntades. La generación de 1868 nació y creció bajo la acción espiritual de estos postulados. Otros le fueron inculcados también. El mejor régimen político era el parlamentario que aseguraba la libertad; la autoridad presidencial era perjudicial para las instituciones republicanas. Por esas premisas hablaban Lastarria, Bilbao, Arcos. El individualismo lo preconizaba Courcelle Seneuil. Ya para entonces comenzaban a fructificar los discípulos del economista. La mayor parte de los hombres de 1868 recibió la enseñanza primaria y parte de la secundaria en los colegios particulares o confesionales. Después pasó a los de la enseñanza fiscal. El Instituto Nacional absorbió esa clientela. Ni muy observantes ni muy descreídos, los jóvenes de 1868 fueron esencialmente tolerantes. Esa era la definición del liberalismo, por lo menos, como también en lo personal, la actitud individualista constituía el factor de triunfo de la vida. Lo social de entonces carecía de toda identidad con lo de hoy, y las concepciones de la protección del desvalido, eran sostenidas únicamente por las formas de la caridad cristiana. La generación de 1868 recibió, por otra parte, el fresco aluvión de las reformas de 1874, de intencionada significación liberal, las que gravitaron sobre la Carta de 1833 hasta desvirtuar su espíritu autoritario. Será ésta una herencia muy fuerte para los hombres de 1868. Los confirmará en el axioma de la religión liberal, al sostener que 'los males de la libertad se curan con la libertad', y propenderán a regatearle al Estado toda intervención en la vida de la colectividad. Mac-Iver sostendrá en uno de sus discursos que los límites de la acción del Estado quedan comprendidos en los tribunales de justicia, la policía de seguridad y la educación. La filosofía inglesa individualista está enunciada en esa definición de la acción del Estado. No le concedía ninguna otra función. Fueran liberales o conservadores, radicales o nacionales -monttvaristas- los mismos ideales los nutre en cuanto al individualismo y a la libertad. Las diferencias se producen en otros aspectos: en el religioso. Se unen en la concepción económica, porque son librecambistas. Por la acción indirecta del medio ambiente, mejor dicho, de la cultura refleja en los hogares, todos estos postulados serán los que cuajen en la generación de 1868. Se tendrán esas ideas como las más avanzadas, las más de acuerdo con la ley del progreso, como las que mejores expresan las leyes de las ciencias, de un valor absoluto. Desde otro punto de vista, a esta satisfacción intelectual, los hombres de 1868 iban agregar otras. El concepto orgulloso de la nacionalidad. Vieron un país sólidamente organizado. Las instituciones funcionaban sin ningún género de tropiezos. El militarismo no existía. La sucesión del poder era absolutamente regular. La honradez de los gobernantes formaba lo mejor de la tradición nacional. La seriedad en el cumplimiento de los compromisos del Estado en el extranjero, fue proverbial. Servirlo hasta el sacrificio personal, constituyó un deber del patriotismo, el primero, el más noble, porque así se honraba el individuo. Chile ejercía en América un rectorado espiritual incontrastable, en los países del continente. Le daba ese imperio, los progresos alcanzados en la enseñanza pública, la expansión de su comercio que llegaba hasta Australia, las tendencias democráticas de su sociedad oligárquica, el funcionamiento perfecto y respetuoso de todos los poderes públicos, el éxito alcanzado por sus armas para consolidar, después de la independencia de España, la destrucción de la Confederación Perú-Boliviana. Había nacido esta generación casi inmediatamente después de la guerra contra España, aventura más que inútil, torpe del orgullo hispano; pero que iba a dejar para Chile una serie de desgracias: la pérdida de su marina mercante para siempre jamás, comparativamente superior entonces, hacia 1866, a la de Francia; ruinas en el puerto de Valparaíso; pérdida de la hegemonía en el Pacífico; disminución del prestigio continental; surgimiento de la Argentina como nación, animada de envidiosas intenciones contra Chile. Del balance, quedaban para el patriotismo duramente golpeado, dos hechos de armas que reconfortaban el orgullo nacional: Papulo y Abtao. La aventura contra España, en ayuda del Perú amenazado, fue el grito de calacuerda del americanismo, la doctrina del liberalismo avanzado, la del partido radical. Sin fronteras, porque dividían; sin nacionalismo, porque engendraban malsanas emulaciones; sin banderas, porque la única debía ser la de la Unión Americana. Tal era el dogma de la religión americanista. La generación de los Alessandri, de los Álvarez, de los Cabieses, de los Bello Codesido, de los Matta Vial y de los Montaner Bello, no alcanzó a sentir el influjo del americanismo en toda su intensidad; más bien, lo entendió como peligroso para el sino de Chile, frente a las riquezas que se descubrían en la vida económica de los países vecinos, auxiliados por el capital extranjero, especulador con las incertidumbres de la existencia institucional, dominada por el caudillismo militar y la demagogia del civil. Al contrario, el americanismo tenía su definición, sin sentimentalismo, en la justa, honrada, leal y correcta aplicación de los principios que Andrés Bello había consagrado en su Derecho Internacional, escrito para los países americanos, conjugándolo con las modalidades de los tiempos y de las circunstancias, en la jurisprudencia de la cancillería chilena. En la mente de los jóvenes de 1868, éstos y aquellos hechos, obraron como influencias lejanas, si se quiere, pero determinantes de herencia en la formación intelectual. Otros sucesos los extremarán. La Guerra del Pacífico, por ejemplo, los encontró niños, cuando tenían once años. Vagamente recordaban la eclosión ardiente del patriotismo al estallar el conflicto. Sintieron el desbordante entusiasmo cívico que encendió el 21 de mayo. Pero en la imaginación de ellos, se grabaron muy fuertemente los dolorosos días que siguieron a esa victoria del alma nacional, cuando el Almirante Grau, señor en el Océano Pacífico Sur, recorría las costas del litoral chileno, bombardeándolo desde el buque fantasma el 'Huáscar', e inmovilizaba el transporte marítimo del Ejército hacia el norte. Fueron esas horas de angustia, de sufrimiento, de duras desesperanzas. Alessandri, Matta Vial y Montaner Bello, casi en el mismo tono, nos relataron las amarguras y pesadumbres de esos casi cinco meses sombríos, hasta octubre de 1879, para volver a encenderse los rostros con la alegría de la noticia del abatimiento del monitor, despejándose la ruta marítima para la Escuadra. Nos contaron los tres, muchachos entonces, que al saberse la noticia en la tarde del 8 de octubre, las gentes dejaron los hogares y en tropel salieron a las calles dando vivas a la patria, abrazándose todos, conocidos o desconocidos, y anhelantes comentaban la nueva, no sin poner una nota de pena, al recordar el fin del gentil y heroico marino peruano. El recuerdo de esa escena quedó imborrable en los jóvenes y fortificó la noción de la superioridad nacional. Tan fuerte como la impresión recordada, fue la entrada a Santiago del Ejército vencedor en la guerra, en marzo de 1881, con el General Baquedano a la cabeza. Bello Codesido nos refirió que aquella vez había sido la primera que lloró por una idea indefinida, la que sintió en los acordes de la Canción Nacional. La idea imprecisa era la de Chile, la patria. Las hazañas de la guerra; la pujanza de un pueblo que no perdió ni una acción en las tres campañas militares terrestres, ni en las dos navales; los ejemplos de desprendimiento, generosidad y sacrificios por el terruño; el heroísmo de los combatientes en jornadas épicas, engrandecieron en los jóvenes de 1868 la idea del destino superior del país en que nacieron. ...

III. Los ideales de la libertad. 1884-1891

Sin embargo, ese destino superior, por segunda vez reafirmado en la América Española después de la guerra del Pacífico, pareció obscurecerse en las campañas contra el autoritarismo presidencial; en la búsqueda de la libertad electoral para afianzar la democracia en cierne; en las batallas para laicizar las instituciones y alcanzar la separación de la Iglesia del Estado; en las aspiraciones de consagrar lo que hábitos y prácticas políticas habían establecido, en cuanto a una mayor representación del Congreso en la marcha del país, mediante un sistema parlamentario. Los jóvenes de 1868, entre los 16 y los 18 años, actuaron en los eventos de esas luchas, fueron testigos y actores de las asonadas en pro de esas conquistas; se nutrieron de odio contra el autoritarismo de Santa María y la intervención electoral, pero formados en la escuela liberal, individualistas por doctrina, emancipados de la religión por el positivismo científico, defendieron la laicización, combatieron por un Estado sin sujeción a una Iglesia y apoyaron la docencia del Estado. Santa María, gobernante más autoritario que Montt, el más interventor de todos los mandatarios, atacado por estos actos contrarios a la democracia, se encontró, sin embargo, apoyado por la juventud en las luchas teológicas. Son éstas las primeras armas en la arena política de esa juventud, enclaustrada ahora en la Universidad, en la Escuela de Derecho. Consciente de su responsabilidad, toma partido, casi toda ella, en las ardorosas luchas contra el Presidente Balmaceda. En 1890, participa denodadamente en los mítines, en las asambleas, habla, discute, agita, perora, influye. Es voz en el hogar, activista en las reuniones sociales, célula, a veces, en las organizaciones clandestinas, correo de información para las noticias. Está en todas partes. En las refriegas, en los asaltos, en los ataques contra la policía y de la policía, cae herida, es atropellada y llevada a las prisiones. Son los sacrificios de la generación de 1868 en defensa de la libertad política, de la libertad electoral, de los fueros del Congreso consagrados en la práctica. En uno de esos asaltos policíacos, cayó herido de muerte un joven de la alta clase social. Los odios alcanzaron la culminación contra Balmaceda, su gobierno y los hombres que le seguían. En enero de 1891 se implantó la dictadura. La decisión de los jóvenes fue inmediata. Alessandri conspiró y se hizo periodista clandestino, redactando de lance La Justicia. Álvarez continuó en sus estudios de Derecho. Bello Codesido desde el primer momento comulgó con las ideas presidencialistas que Bañados Espinoza defendía y que el Presidente Balmaceda hizo suyas. Matta Vial conspiró también, sirviendo al comité revolucionario. Cabieses animó a la juventud en los círculos del liberalismo, empujándolos a la lucha, siendo el ideólogo de la revolución en favor del Congreso. Montaner Bello se hizo soldado, se embarcó en un buque y se fue al norte, a Iquique, a combatir. Cada hombre tomó su lugar en esa hora de responsabilidad. La generación de 1868 cumplió así con una etapa. Había recibido la influencia moral, lo que dejaba la cauda, un pasado dignísimo, y sentido en sus días, viviendo los sucesos históricos que había presenciado, actuando como testigo o actor de ellos. También en la generación germinaban ideas nuevas, las que los acontecimientos habían replanteado en una consideración del criterio tradicional. ...

IV. Las nuevas aspiraciones

En la Escuela de Derecho, aquí mismo, antes de la Revolución, comenzó a hablarse un lenguaje nuevo, distinto en su contenido ideológico al corriente. Se oyó al Profesor de Derecho Administrativo Valentín Letelier disertar acerca de un socialismo de Estado, sobre un derecho de los pobres, de la existencia de una cuestión social en Chile. Se decía que el Estado debía intervenir en la distribución de la riqueza para hacer justicia. Se iniciaron las campañas contra el individualismo en lo político, social y económico. Combatióse el librecambio y se defendió el proteccionismo. La libertad, cualquiera que fuera su forma, comenzó a tener restricciones para el bien social. La propiedad, el derecho de ella, fue objeto de tímidos embates. La policía alcanzó a cercenar algo o parte de las garantías individuales para asegurar el orden público, bajo formas administrativas. El derecho internacional se hacía más flexible, más amplio en la comprensión de las pequeñas naciones y de sus aspiraciones. El arbitraje de los pueblos en controversias, encontraba consideración en los tratadistas. Había un lenguaje más comprensivo entre los Estados. La generación de 1868 alimentó, en parte o totalmente, las aspiraciones que se han enunciado. Habían nacido en el replanteamiento de las cuestiones que merecían crítica a la filosofía política, a la social, a la económica y a la interpretación misma de la historia. Desde luego, el individualismo parecía caminar a su ocaso. Desde otro punto de vista, las esperanzas e ilusiones tan lisonjeramente acariciadas acerca de los resultados de la Revolución de 1891, no alcanzaron vigencia. Cada día desvanecíanse más las ilusiones. Se había asegurado la libertad electoral en cuanto a la intervención presidencial, pero los interventores eran ahora los miembros del Congreso. La función parlamentaria carecía de prestigio. El régimen funcionaba mal; multiplicidad de partidos; indisciplina en ellos; intervención descarada en la generación de la administración pública hasta dominarla completamente; rotativa ministerial ocasionada por los apetitos del Parlamento; lentitud en la marcha y solución de los problemas nacionales; abatimiento de la autoridad del jefe del Estado, para pasar ella a la irresponsabilidad del Congreso. En estas y muchas otras desgracias habían naufragado los ideales que alimentaron los que pensaron que la Revolución curaría los males por los cuales se echó abajo un régimen político. Digamos que una de las características del contenido espiritual de la generación de 1868, la conformó un credo de humanitarismo social, acaso contrapartida surgida del crudo realismo de la novela eslava y del individualismo intransigente. La primera novela de ambiente social de la clase sumergida, la de Augusto D'Halmar, Juana Lucero, esboza el mal de una sociedad inmisericorde frente a las caídas de los hombres, en un medio social sórdido. Esta novela es de 1902 y lleva como título genérico los 'Vicios de Chile'. Pero los jóvenes de 1868 habían comenzado antes a demoler las ideas en que habíanse formado, para impulsar las de su época. Ricardo Montaner Bello había formado en la casa de sus padres una reunión de jóvenes de pensamiento libre, que hubo de disolverse por las escisiones que produjo la Revolución de 1891. Ese cenáculo se llamó 'Círculo de Amigos' y lo componían Arturo Alessandri, Enrique Matta Vial, Ricardo Montaner Bello, Ricardo Cabieses, Gabriel Lira, Luis Navarrete y López, Ernesto Reyes Videla, Enrique Rogers, Carlos Silva Cotapos, Alejandro Silva de la Fuente, Carlos Palacios Zapata, Pedro Nolasco Vergara Lois, Nicolás Peña Munizaga, Federico Gana, Gustavo Valledor, Claudio Arteaga, Carlos Vega Lizardi, Miguel Angel Padilla, Rafael Luis Díaz Lira, Julio Phillipi, Alejandro Gacitúa y Jorge Errázuriz Tagle. Las cuestiones sociales que entonces apenas se conocían en Chile como un cuerpo de doctrina; las materias políticas relacionadas con la escuela liberal individualista y las teorías spencerianas, ocuparon largo tiempo en las sesiones del 'Círculo de Amigos'. Alessandri fue el primero en colocarse en el camino de las reformas. Comenzó por discutir las nuevas teorías del derecho penal, para augurar, en la apreciación de la cuestión social, la muerte del individualismo y colocarse en una posición casi socializante. En 1892 -el dato debe retenerse como inicial del advenimiento de una nueva concepción social- Alessandri presentaba a la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas su memoria para optar al grado de Licenciado de la Corporación, versando ella sobre el tema Habitaciones para obreros. La comisión, compuesta por los profesores José María Barceló, Leopoldo Urrutia y el Secretario de la Facultad, Paulino Alfonso, acordó publicarla en los Anales de la Universidad de Chile. El que daba Alessandri era un paso de renovación. Por su parte, Montaner Bello discutía y propiciaba la emancipación jurídica de la mujer y el otorgamiento, en justicia, de los derechos políticos. Por ello, debe considerársele el primer feminista que hubo en Chile. Matta Vial, retraído, modesto, esquivo, colaboraba en la renovación del ambiente intelectual, dando a conocer en el diario La Libertad Electoral, en vigorosos comentarios anónimos, los autores rusos que fustigaban la sociedad eslava, y los suecos y noruegos que presentaban la felicidad de una sociedad ordenada y dirigida por la atención del Estado, en beneficio de la colectividad. Cabieses hacía estudios sobre el liberalismo económico y las nuevas tendencias socialistas que aparecían en la vieja Europa, especialmente en Francia. Zozobras causábanle esos progresos de tendencias revolucionarias. Luis Arrieta Cañas, empecinado liberal individualista, llevaba en el foro la protesta y la defensa de su escuela. Murió en ella, pero cuando su defunción le había precedido en muchos años a la muy venerable suya. Emilio Bello Codesido, ausente de estas discusiones, pero al día en el alcance de su significación, entregado a rehacer las huestes dispersas del balmacedismo para congregarlas en el partido Liberal Democrático, introdujo en el programa de la entidad algunas de las nociones modernas sobre la tuición del Estado en la dirección y conducción de ciertas actividades sociales de los trabajadores. Habrá siempre en su conducta política una actitud renovadora, en especial en lo social. Malaquías Concha en 1894, en el libro El Programa de la Democracia, las había planteado ampliamente con un criterio ya francamente socialista. Le seguirá en favor de contrariar los abusos el conservador Juan Enrique Concha. Alejandro Álvarez se mantuvo apeno a estas justas académicas, a estos debates sobre derecho, literatura, sociología, historia, religión, los que principalmente fueron animados de un espíritu de interpretación y de profunda crítica, a fin de buscar nuevas definiciones a las antiguas ideas y creencias. Alvarez se había dedicado al estudio del Derecho, y como los hombres de su generación sentía las inquietudes de los cambios, que en su disciplina, el derecho civil e internacional, operaban las mudanzas del progreso. Se había recibido de abogado en 1892. Le reservaría el porvenir una impresionante carrera de triunfos universales, siendo el comienzo de ella, sin embargo, tardío y modesto. Tomó a su cargo la Cátedra de Derecho Civil tres años después de recibirse de abogado, en 1895. La transformó en esta Facultad en una novedad dentro de la tradición jurídica de nuestros estudios. Hizo de ella una cátedra de Derecho Civil Comparado. En el recuerdo de los centros y cenáculos en que la generación de 1868 definió y desarrolló su pensamiento, no puede omitirse el Club del Progreso. En 1888 reunió a la juventud liberal de la escuela tradicional y dio cabida a la nueva. La Revista del Progreso fue el órgano que expandió los debates. Los jóvenes nuevos son los mismos del 'Circulo de Amigo'. Hay otros en la ronda: Alberto Berguecio, Eleodoro Infante Valdés, Alvaro Bianchi Tupper. Los debates inciden en la filosofía individualista de Spencer; en la necesidad de la asistencia social; en el mejoramiento de las clases populares. Sobre todo, en esos debates se habla descarnadamente de los males infinitos que provocaba en las clases desposeídas de la fortuna, el papel moneda. Esa lacra fue combatida con pasión por ellos. No habían llegado las cosas por esos años hacia la concepción de un Estado ideal, omnipotente, omniscente e infalible, como lo anunciaba el socialismo revolucionario. Ninguno de los jóvenes de la generación de 1868 lo concibió tampoco así. Sin embargo, comprendía que la felicidad, una relativa felicidad, podía y debía proporcionarla el Estado, sin que las medidas que tomara en beneficio de los desvalidos fueran en perjuicio de los poseedores de la riqueza. Creían que era necesario hacer más justo y proporcionado el reparto de las cargas públicas. Débanse cuenta, con absoluta claridad, de lo mucho, de lo muchísimo, que había que hacer en cuanto a las reformas civiles en la legislación para favorecer al obrero. Pensaban que las condiciones de la sociedad en que habíanse dictado los códigos, eran diversas de las de ese momento, y que el industrialismo exigía una legislación acorde con las necesidades que habíanse creado. No había propiamente, por ejemplo -se argumentaba- una justicia de menor cuantía. Era funesto e inmoral el régimen del papel moneda. Sin dejar de ser liberal esa generación, se había transformado en reformista, al aceptar, o por lo menos, no negar un socialismo de Estado. Era una minoría, y la batalla debía ser dirigida no tanto contra las viejas ideas como contra los sentimientos hechos dogmas. Pero el camino había ido ablandándose por la acción de los hechos. Las huelgas sangrientas de 1903 y de 1905 dieron ocasión para detenerse a considerar la existencia de una cuestión social. La primera ley dictada en Chile en favor de las clases populares, fue de 20 de febrero de 1906 y se refiere a la de habitaciones para obreros, dieciséis años después de la memoria de Alessandri. ...

V. Precursores, realizadores y actores de una transformación histórica

Por manida que sea la frase que dice que la historia necesita de perspectiva para producir un juicio imparcial en quien la estudia, más que eso, la distancia tiene la virtud de iluminar la comprensión. Deja ver los hilos conductores invisibles que movieron los sucesos; hace sensible las ideas que transformaron lentamente la mentalidad; pone de relieve la impermeabilidad de una sociedad para captar lo nuevo, o su capacidad para aceptarlo, y señala como nada detiene las fuerzas espirituales que surgen sin violencia, o por medio de ella, con el fin de imponer, después de todo, las aspiraciones de una generación. La de 1868 -lo hemos visto- señala en la historia nacional un papel representativo en la transformación política y social, a más de ocupar un lugar destacado en la historia intelectual. Obligado a referirme a los seis claros varones que honraron este claustro, como ya lo dije al principio, son muchos los que vieron la luz de este año e ilustraron sus vidas también en las ciencias, las letras, las artes, las profesiones liberales y en otras labores enaltecedoras del trabajo. He contado más de una treintena de existencias nacidas ese año. Y bien, todas ellas están señaladas por una conducta renovadora y de acción, en la búsqueda de otras formas de entender y comprender el momento en que les correspondió vivir. Los seis claros varones que honraron esta Facultad, son, por una singular coincidencia, los que alcanzan el mayor relieve. Son precursores de ideales políticos y sociales; el sino los hace realizadores de las aspiraciones con que soñaron y todavía se convierten en actores. Pero obsérvese que cuando logran llevar a cabo las reformas que han concebido, son ya hombres en plenitud. De los años en que aparecen como precursores, a los de las realizaciones, cuando siembran la semilla, hay algo más de una treintena, y son un poco más de veinte todavía los necesarios para que se conviertan en actores de sus propias concepciones. ...

VI. Medallones de los seis claros varones

Alessandri

Alessandri es un magnífico ejemplo. Antes de la Revolución de 1891 ha concebido un credo de justicia social. Abjura del individualismo y se lanza a la causa de la redención. Debe luchar contra el liberalismo individualista en el partido, en el parlamento, en la tribuna, en los cenáculos. Demuele, construye, cae. Las fuerzas de Sisifo no se abaten, sin embargo. En el poder, reforma, mueve y agita; y luego, nuevamente Jefe del Estado, consolida, restaura, magnifica, ordena. Ha sido reformador, ha creado un ideal social y deja una nación espléndidamente organizada. De los hombres de la generación de 1868, es el que plenamente hace realidades las aspiraciones de la juventud de su tiempo. ¿Qué no hizo Alessandri en la transformación de Chile? Los ideales de la juventud los hizo posibles en la edad madura. Fue el constructor de un pueblo. El bronce ha perpetuado al estadista por la gratitud de sus conciudadanos.

Álvarez

Alejandro Álvarez, Ricardo Cabieses, Enrique Matta Vial y Ricardo Montaner Bello, realizaron los ideales de su generación, entre otras actividades, en la cátedra, en el libro, en la prensa. Álvarez es una figura de significación mundial en la línea de los tratadistas del Derecho Internacional. Fue un filósofo en esta rama jurídica. Consultor del Ministerio de Relaciones Exteriores y Profesor de Derecho Civil Comparado, fue el primer chileno que se graduó en derecho en la Universidad de París en 1899. La mayor parte de sus libros fueron publicados en París y en francés. Su bibliografía muestra una fecundidad admirable, y todos sus estudios están consagrados a la especialidad en que adquirió fama ecuménica. Se le ha traducido del francés, al inglés,, al italiano y al alemán. Alcanzó la más alta distinción que el Instituto de Francia puede otorgar a un individuo: lo hizo miembro académico, concediéndole las palmas de tal, y fue el primer latinoamericano que recibió tan insigne honor. Fue magistrado de la Corte Internacional de justicia con sede en La Haya, desde 1947 hasta 1956. En el Instituto de Altos Estudios Internacionales, dependiente de la Universidad de París, Álvarez dictó cursos monográficos sobre los temas de su especialidad. Ningún jurista chileno, por otra parte, ha alcanzado mayor suma de libros, folletos, artículos de diarios y de revistas, traducidos a idiomas extranjeros. Esta casa de estudios le debe gratitud por algo más. Le entregó, después de sus días, su biblioteca, sus diplomas académicos y las condecoraciones con que fue distinguido. Le dió, pues, su herencia espiritual. Además, puso a disposición de la Facultad la cuenta bancaria de que disponía en París. Es un rasgo impresionante.

Bello Codesido

Como en Alessandri, la política absorbió la vida de Bello Codesido. Pero en ella dejó huella como conductor de un partido político vinculado a la memoria de un estadista que, por muchos que sean sus errores, la fe que puso en los destinos de su patria y los fantásticos progresos que le hizo alcanzar, le han abierto un lugar de consideración en la historia. Bello Codesido fue hijo político de ese estadista y sintió la herencia que dejaba el mandatario en el ejemplo de su obra, y en las páginas de un documento emocionante por su grandeza y clarividencia del porvenir. Todavía la sangre de Andrés Bello, su abuelo, corría por sus venas. La mesura, la discreción, el equilibrio, la ponderación, la sensatez, daban a su personalidad esa aureola de respeto y de profunda simpatía que deja la convicción de un hombre de bien, intencionado en el bien y para hacer el bien. Al bien de Chile consagró la existencia. Su voz en el Parlamento se levantó para la defensa del interés público y la cosa pública le absorbió los mejores días de su vida. El país le es deudor de grandes servicios. El Ministro de Relaciones Exteriores negoció con inteligencia los tratados de paz con una nación vecina y también lo hizo con otra cercana, inspirado en ambos casos en los principios inmutables de la justicia. Por donde pasó en el servicio público, ahí hay algo de su espíritu y de su carácter, espíritu y carácter que están representados en la bondad y en la firmeza. De ello dio pruebas al secundar, en momentos decisivos, la obra de Alessandri, cuando en 1925 advino al mando del país como Presidente de la junta de Gobierno que restauró al mandatario y a quien la incomprensión de sus ideales hizo caer. Bello Codesido supo ser sereno y decidido. El momento en que actuaba era dificilísimo y sorteó los escollos con elegante desenfado, con ánimo sin ofuscación, con nervios en laxitud. Siguiendo en los cortos días de su Gobierno, la línea del Presidente Alessandri, avanzó en la reforma social. Sería en la última presidencia de este mandatario, el colaborador de su administración en la cartera de la Defensa Nacional. Su sola presencia en el gabinete, contribuía a otorgarle rango y altura. Fue miembro del Tribunal Arbitral compuesto por Charles Evans Hughes y Luis Castro Ureña, que actuó en la cuestión de límites entre Honduras y Guatemala. Laudó en Washington con fecha 22 de enero de 1933 y regresó a Chile para asumir la cartera de la Defensa Nacional en la Segunda Presidencia de Alessandri. En 1919, dio a luz un libro de señera importancia: Anotaciones para la historia de las negociaciones con Perú y Polonia, Santiago. Al término de su misión arbitral, publicó en 1933 otro folleto El arbitraje y la equidad, 1933. Pero donde la silueta moral de Bello Codesido resplandece nítidamente es en su libro Recuerdos Políticos que relatan su participación en los sucesos revolucionarios de 1925.

Cabieses

Los ideales liberales reformistas de Cabieses tan decididos en los días juveniles, fueron amortiguándose en el correr de los años. Estudioso ejemplar de las ciencias penales y sociales, su estudio de abogado alcanzó un prestigio considerable. La profesión le absorbió y por la política activa nunca sintió devoción. En cambio, le atrajo la cátedra. Aquí, en esta Facultad, en la Escuela, fue un brillante maestro de Derecho Penal. Obtuvo el título en 1890, y en 1892 después de un notable examen, se le designa Profesor Extraordinario y titular al siguiente año. Se desempeñó como Profesor hasta 1928 y sirvió la Secretaría de la Facultad desde 1906 hasta 1914. Fue miembro del Consejo de Instrucción Pública desde 1924. En 1928, debió renunciar el cargo y la cátedra por el atropello inferido a la Universidad por la dictadura de Ibáñez y su Ministro, un jovenzuelo llamado Aquiles Vergara Vicuña. Renunció el Rector Claudio Matte, el Secretario General Ricardo Montaner Bello y el resto del Consejo. Hombre de ley, fue adversario encarnizado de la sublevación militar de 1924 y se mantuvo en actitud combativa hasta que los vergonzosos golpes, asonadas, cuartelazos y dictaduras concluyeron con la Presidencia de Alessandri en 1932. En 1929 publicó en los diarios de Santiago varios artículos acerca de la reforma educacional. Cabieses ilustró la cátedra, honró el foro y fue un verdadero ciudadano.

Matta Vial

Enrique Matta Vial fue fundador del Seminario de Derecho Constitucional de esta Facultad, el primero que se estableció en ella. Compañero de Alessandri y de Montaner Bello en los estudios secundarios y en los superiores de Derecho, se dedicó muy poco al ejercicio profesional para consagrarse a la administración pública, formándose en el Ministerio del Interior. Se le designó enseguida, Intendente de Tarapacá y, después, Subsecretario en el Despacho de justicia e Instrucción Pública. Hombre de estudio más que de acción, el derecho administrativo careció de secretos para él, y en el constitucional fue una autoridad. Sin ambiciones, humilde, solitario, se constituyó en el activista de la cultura nacional. Durante un cuarto de siglo, todas las empresas logradas por la cultura, le contaron como su impulsor, las que dirigía, apoyaba y comprometía desde la Subsecretaría. Fundó revistas, publicó colecciones documentales, sin las cuales no se puede conocer la historia nacional.Creó y organizó sociedades de estudio y de trabajo. Dio a conocer la fisonomía de Chile a través de los viajeros extranjeros. La persona que movía esas realizaciones nunca se la vio. Era un ser invisible. Matta Vial sentía repugnancia por la espectacularidad y se sumía en las sombras, dirigiendo, proyectando, aconsejando, activando, siempre moviendo voluntades para el estudio. Alma sensible, cordial, dulce en la intimidad, anhelosa de bien, se acercaba a los jóvenes en quienes descubría vocaciones e interés por el estudio. Entonces se entregaba y en los jóvenes vaciaba la extensión de sus conocimientos que eran libros elaborados en su prodigioso cerebro. ¡Cuántos jóvenes no le debieron su formación intelectual, y cuántos, a la vez, han inscrito por su apoyo sus nombres en la historia de las letras nacionales! En el Seminario de Derecho Constitucional, Matta Vial enseñó sin hacer una clase. Hablaba como en una sencilla conversación. Exponía, sugería, insinuaba. Proporcionaba datos, los correlacionaba y así despertaba el interés de los alumnos. Varios fueron los espléndidos trabajos que dirigió y que tienen el sello de su espíritu en la seriedad, en un estilo cuidado, en la precisión de la información, en fin. Desde las revistas que fundó, en la Revista Nueva y en la Revista Chilena, abrió y condujo el cauce de la renovación de la ciencia social a que aspiraba su generación. En la primera de esas publicaciones, recogió, hacia 1900, las tendencias modernistas de la ciencia y de las artes de fines del siglo; en la segunda, de 1917, dio cabida al pensamiento europeo en vías de una tremenda transformación como consecuencia de la guerra de 1914. Habrá habido pocos chilenos que sintieran un cariño mayor por su patria que Matta Vial. Vivía orgulloso del pasado nacional, sentía la grandeza de sus hombres superiores; latía en su corazón un ardiente patriotismo. Ejemplar vida la suya. Severa en la conducta, noble en la acción, magnífica en los resultados que produjo.

Montaner Bello

Por muchos años, Ricardo Montaner Bello desempeñó en la Facultad la cátedra de Derecho Constitucional. Era en su ramo un especialista. Profesor, periodista, poeta, crítico de arte -llegó a poseer una valiosa colección de pintores chilenos-, dueño de una extensa cultura, Ricardo Montaner Bello, nieto del humanista, era un hombre espiritualmente fino, un ser culto, valga el término para hacerlo comprender como delicadeza del alma. Las ciencias sociales le atrajeron desde muy joven, desde que en su propia casa organizara el 'Círculo de Amigos', en el que se debatieron por primera vez el valor de las ideas que su generación había heredado. Inteligencia flexible, clara y brillante, dotado de un fuerte poder de reflexión, en el Club de los Filósofos Chilenos, que se reunía en la peña literaria de la librería de Carlos Baldrich, en la calle del Estado, y después, en el Club del Progreso, discutió los fundamentos del feminismo, la evolución de la escuela liberal, las bases del socialismo de Estado, concepciones expuestas con un criterio ecléctico y en cierto modo en transigencia con el socialismo. La investigación histórica le atrajo y fue autor de dos obras que ocupan en nuestra literatura histórica un lugar importante: Negociaciones diplomáticas entre Chile y el Perú, publicada en 1904 y que dejó incompleta y la Historia Diplomática de la Independencia de Chile, dada a luz en 1941 y que ha merecido por su extraordinario mérito, una segunda edición. De la cátedra servida con abnegación por muchos años, pasó Montaner Bello a la dirección superior de la Universidad. Fue elegido Secretario General de la Corporación y en la que fuera la casa de su abuelo, realizó una provechosa labor. Allí se mantuvo hasta la crisis provocada por un gobierno de fuerza. Renunció al cargo junto con el Rector Claudio Matte y el Consejo Universitario. Personalidad brillante, con un humor sano y cierto escepticismo, miró la vida sin amarguras y sin odios. Era eso, precisamente, lo que otorgaba a su trato, a sus escritos, a su charla, la livianura que sólo pueden dar las almas de selección.

Vidas útiles e inspiradoras

Tales fueron los seis claros varones que hicieron parte de la generación de 1868. A todos los conocí muy de cerca. Fui amigo de cada uno de ellos y los admiré y veneré. Los seis eran espiritualmente almas creadoras, voluntades hacederas de ideales, inteligencias esplendorosas e iluminadas por el fulgor de engrandecer la patria, y a sus hombres ilustres, de servirlos, haciéndoles justicia y de darles rango en un Chile que ansiaron inmenso y por el cual lucharon. Miremos en ellos un ejemplo. Sigamos la ruta que nos trazaron, imitándolos. Es lo que dan como lección esas vidas ejemplares, esos seis claros varones. ...