Crónica de la Facultad, año 1967

  • Homenaje a don J. Guillermo Guerra

Resumen

Abstract

 

El 9 de Julio de 1936, la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile celebró una sesión solemne en memoria de su ex-Decano, el profesor don J. Guillermo Guerra.

Pronunciaron discursos el Decano en ejercicio don Arturo Alessandri Rodríguez, el profesor de Derecho Internacional Público don Ernesto Barros Jarpa y la señorita Sara.

Discurso de don Arturo Alessandri Rodríguez:

Las corporaciones, cualquiera que sea su naturaleza, en especial las destinadas a fines culturales, no sólo viven de la acción efectiva de sus miembros. Las alienta también la tradición de su pasado y el deseo de perfeccionarse cada vez más en el futuro, para rendir el máximo de sus frutos. Este deseo y esa tradición constituyen lo que podríamos llamar su espíritu y que es el que las anima y vivifica.

En esa tradición de nuestra Facultad, de la cual han formado parte hombres eminentes y a los que el país debe grandes servicios, como Egaña, Varas, Barceló, Huneeus, Letelier, Cood, Fabres y Quezada, para no citar sino algunos, ocupa un lugar prominente don José Guillermo Guerra, a quien en estos momentos tributamos un merecido homenaje de recuerdo y gratitud.

Hombre de vasta cultura humanística y de sólida preparación jurídica, conocedor profundo de la sociología y de sus problemas, publicista vigoroso y valiente, en donde quiera que actuó dejó huellas imperecederas de su vigorosa personalidad puesta siempre al servicio de causas nobles y justas y de principios humanitarios y justicieros.

Fervoroso partidario de la libertad, en la más amplia acepción de este concepto, era, sin embargo, hombre de orden respetuoso de la autoridad. De ahí que siempre se le encontrara dispuesto a cooperar en todo aquello que significare poner orden y disciplina así en los regímenes políticos como en las instituciones universitarias. Su actuación en la reforma constitucional de 1925 y las opiniones que sustenta en sus comentarios a esa misma reforma nos suministran una prueba elocuente de ello.

En los tiempos de inquietud en que vivimos como consecuencia del choque de viejos principios, que parecían eternos e inmutables, con las nuevas ideas que pugnan por dar a todo ser humano el mínimum de bienestar moral y material a que es acreedor, en los momentos en que la humanidad busca la ecuación que le permita conciliar lo espiritual con lo material en términos de que uno no absorba al otro, ni que la libertad sea causa de injusticias y de expoliación de los débiles por los fuertes, pero sin que, a la vez, el control de las fuentes de riquezas por el Estado constituya la negación de la personalidad humana, Guerra nos ofrecía el ejemplo más perfecto de que autoridad y libertad no son conceptos excluyentes ni antagónicos.

Guerra no aceptaba ninguna opresión del espíritu. Para él la conciencia y el pensamiento humanos debían ser libres como el aire que respiramos. Tenía razón: la facultad de pensar es, sin disputa, la más noble del hombre, la que lo distingue de todas las demás especies animales, la que da a su vida un agrado de que los demás seres animados carecen. Pero, a la vez, no aceptaba la licencia ni el libertinaje, ni mucho menos que esa libertad se invocara para hacer subsistir injusticias que la humanidad actual trata de hacer desaparecer mediante una decidida y eficaz intervención del Estado en cuanto representante de los intereses colectivos.

Guerra se ha ido cuando más necesaria nos era su presencia. Nos queda, sin embargo, el consuelo de que sus enseñanzas, esparcidas a través de numerosas generaciones de alumnos, han de sobrevivirle por muchos años. Quiera el destino que quienes las recibieron no las olviden y que si han de actuar en la vida pública, se inspiren en ellas y las tengan siempre presentes.

Es el mejor reconocimiento que podrán tributar a la memoria del maestro y del que fuera por muchos años uno de nuestros colegas más prestigiosos y distinguidos.

Discurso de don Ernesto Barros Jarpa:

'Señor Decano, señores profesores; señoras, señores:

Si para merecer el calificativo de ilustre y benemérito, faltaran al maestro, cuya memoria recordamos en estos instantes, otros títulos que los que obtuvo en una larga y prestigiosa vinculación con estas aulas, nadie podría negar que ellos bastan para que le sean discernidos sin reservas, porque hizo de la enseñanza superior el culto de su vida y puso en ella la flor de su espíritu y el mayor esfuerzo de su rara capacidad intelectual.

Abrumado por el honor de haberle substituido en su cátedra, honor que ahora realza la invitación a participar en este homenaje, me siento requerido por una doble fuerza contradictoria, que hace mi tarea señaladamente difícil: de una parte, el respeto, la gratitud y la admiración, quisieran llevarme por el camino fácil de la apología; y de otra, el recuerdo de sus condiciones y la fuerza de su espíritu justo y sobrio, tanto para los vivos como para los muertos traen a mi memoria su innata desconfianza por el tributo y anal con que es costumbre consolar a los que quedan, de la ausencia irremediable de los que va se han ido.

El mismo, en modo un tanto burlesco, quiso tomar precauciones para evitar esta clase de homenajes en un breve apunte que salvó de las llamas con las cuales peleó su última batalla; y si así no hubiese sido, bastaría para tener la exactitud de su pensamiento en estas materias, releer la pieza de análisis implacable con que emitió su juicio sobre el famoso político y publicista argentino, su colega y amigo, don Estanislao S. Zeballos, cuando aún no acababa de cerrarse la lápida que debía cubrir sus despojos. Entonces dijo:

'De Zeballos hay mucho bueno y también mucho malo 'que decir, y hubiéramos preferido guardar silencio, por 'que sólo nos sentimos capaces de decir la verdad, ajenos ' por temperamento a las bajezas de la apología y a las 'acritudes de la diatriba, y contrarios al común sentir de  'que al borde de las tumbas recién abiertas sólo hay lugar para los elogios, considerando, por el contrario, que los hombres deben ser juzgados con igual criterio duran  'de su vida, en el momento de su muerte y siglos después'.

Un documento del archivo personal del maestro nos proporciona, a este respecto, un retrato suyo de gran verdad y relieve.

'Por naturaleza no sé agradar; no soy capaz siquiera 'de detenerme a averiguar cuál es la idea o sentimiento 'que halaga más al que me escucha para captarme su simpatía por medio de la lisonja. Mi temperamento no me 'permite otra cosa que decir la verdad o callarme'.

Quienes conocieron al autor de esas frases, saben que difícilmente se podría trazar un perfil más exacto de su recia personalidad moral; y quienes quisieran completar el cuadro averiguando, como decía Guerra, lo que él tenía por verdad, pueden encontrar, algunas muestras en sus escritos.

Hablando dé Zeballos, dice:

'Absorto en la adoración de sí mismo, mostraba a cada paso una vanidad pueril sin temer al ridículo, en el 'cual parecía encontrar verdadero encanto'.

En otra parte agrega:

'Creó un género literario-político, el internacionalismo ' suspicaz y espeluznante, en el cual difícilmente encontrará imitadores. Sus escritos, mitad historia y mitad ' novela, traen al espíritu, por involuntaria, pero lógica ' asociación de ideas, los nombres de Ponson du Terrail y de Xavier de Montepin'.

El estilo de Guerra, como se ve, era vivo, a veces incisivo y mordaz, y, de ordinario, inflexible y macizo como su persona. Sobre la trama apretada de la argumentación solían aparecer afloraciones de Jotabeche, honra de su prosapia de sangre y de su prosapia intelectual.

Aún tratando los temas más arduos, como en su opúsculo sobre 'aguas territoriales en los canales angostos', dirigido a la International Law Asociation trabajo admirable de erudición y de síntesis, en el que combate victoriosamente la novísima doctrina de las mayores profundidades o del thalweg marítimo-rompe la aridez de la disertación

con notas sarcásticas, comparaciones atrevidas y no desprovistas de gracia:

'No nos extenderemos más, dice por ejemplo, para demostrar que el thalweg es una condición específica de las 'depresiones continentales por donde corre o puede correr un río, tan específica como lo es el cráter para los volcanes y, en otros órdenes de ideas, la trompa para los 'elefantes, los anillos para Saturno y la cauda para los 'cometas'.

Más adelante dice:

'Aceptar esta proposición del Capitán Storni, equivaldría a malograr el trabajo ya avanzado para recomenzar 'de nuevo, borrar el sendero para quedar perdido en la 'selva primitiva, quemar las naves para quedar detenidos en el amplio mar'.

La severidad y la nota pesimista campean con frecuencia en sus escritos, algunos de los cuales aparecen recargados apasionadamente con esta tinta.

Para él, los buenos tiempos de Chile son los tiempos viejos. Más tarde sólo ve calamidades y miserias:

'Mi vida, dice, no ha sido, en general, desgraciada, 'aunque tampoco puedo decir que haya sido un lecho de 'flores. Ella se ha desarrollado en una época fecunda en 'acontecimientos infaustos para mi país. Abrí los ojos a 'la contemplación de la vida chilena en los días de la guerra del Pacífico, época de glorias militares, de explosiones patrióticas y de heroísmos singulares, que impresionaron mi espíritu de adolescente, formándome respecto 'de mi país ideas falsas, que el tiempo se encargó de destruir totalmente. Después no he tenido ocasión, sino de presenciar acontecimientos fatales. A mí me tocó en plena juventud asistir a la horrorosa hecatombe de 1891, que he considerado siempre como el punto inicial de la ruina de Chile. Después vino el fracaso de la conversión 'metálica; el peligro de guerra con la República Argentina; los Pactos de Mayo, pura comedia; los crímenes de Dubois y Becher; la reacción oligárquica, etc. En medio 'de tanto desquiciamiento he visto muy pocas cosas buenas y he conocido muy pocos hombres honrados'.

Tal vez pudiera formularse un reparo a un ciudadano

tan patriota como él, por haber abrazado la crítica como posición y como sistema, y haberse substraído inexorablemente de actuaciones políticas personales, para las cuales estaba dotado con generosidad por su ilustración y por su bizarra independencia de carácter.

'Mi imparcialidad, dice, en la introducción de su obra ' 'Constitución de 1925 ', es la que me permite una sistemática y meditada abstención de las luchas políticas'.

Virtud tan rara como la verdadera imparcialidad merecía una aplicación más activa que la que el maestro quiso darle. La imparcialidad pasiva se confunde con la indiferencia y aún con el egoísmo, y la suya que era de esas sin temor a nada ni a nadie, hubiese prestado servicio muy valioso en el terreno apasionado de las luchas políticas, en donde la voz de la verdad y de la razón se apaga de ordinario en medio del clamor y de las turbulencias propias de ese ambiente.

Pero si la política militante no aprovechó de esa virtud, fué una fortuna para la judicatura contar con él en sus últimos años, en los que compartía su tiempo entre sus cátedras y la integración de los Tribunales Superiores de Justicia, tareas ambas, que calzaban maravillosamente con sus aptitudes y sus devociones.

En la parte constructiva de su labor es preciso anotar su aporte al estudio de la reforma constitucional de 1925, del cual quedó constancia, muy honrosa para su ilustración y profundidad de conocimientos, en las actas de la comisión respectiva y en su obra ya citada, que es modelo de exposición y de sistema.

Los trabajos de la reforma constitucional proporcionaron al maestro la oportunidad de laborar en un campo que contaba con toda su predilección.

A su juicio, los grandes males de la República provenían del parlamentarismo, y a combatirlo y extirparlo se dirigieron sus mayores esfuerzos.

Pensaba que en los tiempos viejos, Portales había impreso a la Constitución del 33 el sello de su autoridad y había obtenido la formación de un Ejecutivo fuerte y respetado que duró hasta 1871; en esa época 'la presión de los caudillos políticos con asiento en el Congreso que no se resignaban a su papel', comenzó a hacer estragos, pero no alcanzó , a destruir el régimen presidencial; hasta que llegó el año 'nefasto' de 1891 en que la revolución triunfante barrió con lo que quedaba de aquel edificio y corrompió en la práctica el sistema trasladando la autoridad del Ejecutivo a la influencia incoherente y desorbitada de los parlamentarios.

'Diputados y senadores, dice, ansiosos de poder y de 'lucro algunos, y movidos otros por el deseo de asegurar 'sus reelecciones, fueron, cada día más preocupándose de ' acrecentar sus influencias personales o partidaristas en 'el manejo de los negocios públicos, sin tomar en cuenta 'los intereses de la nación. A título de fiscalizar los actos 'del Gobierno, formaban las más extrañas e híbridas combinaciones numéricas para derribar los Ministerios, y 'descuidaron la labor legislativa en términos tales que colocaron al país en una situación de retraso considerable 'con relación a los demás de Sud América. El escaso progreso realizado por Chile durante los treinta y cinco 'años que ha durado el régimen parlamentario, se ha conseguido gracias al inaudito esfuerzo de los habitantes del 'país y a la vitalidad exuberante propia de los pueblos 'jóvenes, a pesar del Congreso y contra el Congreso'.

Volver las cosas a su quicio, establecer la verdadera jerarquía, responsabilidad y eficacia del mando, tal era su objetivo y tal la inspiración del movimiento reformista en que él se prestó entusiastamente a colaborar.

Fueron estas tareas, por lo mismo, muy gratas para él; y valga anotar, de paso, el hecho de que en la convivencia y cooperación con políticos y estadistas, parece haber atenuado sus iras contra muchos y rectificado su juicio sobre más de alguno a quien antes había juzgado con implacable severidad.

Esta posición doctrinara del maestro en favor de un Gobierno fuerte, no era sino el fruto de sus dilatados estudios y de su contemplación de los acontecimientos mundiales.

Tal vez estaba impresionado con la concepción spengleriana de la evolución de las formas políticas hacia un 'cesarismo' que la democracia en crisis no hace sino precipitar. Para el filósofo teutón:

'Lo que en la actualidad reconocemos como orden y 'queda establecido en las Constituciones liberales, no es, 'sino una anarquía constituida en costumbre. Se le llama Democracia, parlamentarismo, auto-gobierno del pueblo; pero, en realidad, significa la efectiva ausencia de 'una autoridad consciente de sus responsabilidades, de un 'Gobierno y de un Estado verdaderos'.

Sin que Guerra comulgase con este fatalismo histórico de Spengler, coincidía, con él en que todas las formas políticas que diluyen y obstaculizan el mando, enderezan a los pueblos necesariamente a la ruina.

'En Chile, dice, a partir de 1891 fue creciendo día a 'día el predominio del Congreso, endiosado por el triunfo 'de la revolución de aquel año nefasto. Antes de veinte 'años el nuevo régimen había dado ya todos sus frutos y 'la opinión independiente aquella que no obedece ciegamente a las consignas de los partidos políticos-se daba 'cuenta del que la destrucción de la potestad presidencial 'lejos de ser un bien, llevaba al país a su más completa, 'ruina'

Su entusiasmo por la caída del parlamentarismo llevó, a nuestro juicio, al ilustre maestro un poco lejos. Lo hizo atribuir al movimiento militar del 5 de Septiembre de 1924 un sentido de reforma institucional, que sin exageración, no parece posible adjudicar a sus promotores. Hubo, por cierto, en aquella hora, entre militares y civiles, más de un doctrinario enfervorizado que soñó con un orden de cosas mejor y que planeó en postulados cálidos y frondistas su credo y sus aspiraciones. Pero el movimiento no tuvo en su origen nada de doctrinario en sí mismo; y fue la obra ulterior de algunos espíritus de selección, la que canalizó la agitación dé aquellas horas hacia una reforma constitucional de tanta trascendencia como la que se llevó a cabo un año después.

Los promotores de la reforma constitucional de 1925 se llaman Arturo Alessandri, José Maza, José Guillermo Guerra, pero ninguno de ellos intervino en el golpe del 5 de Septiembre, que al producirse no tenía programa, y al que una ciega, y confusa precipitación de acontecimientos, puso en situación de tomar el mando, por lo demás, anémico y extenuado con él desgaste de un parlamentarismo en delirium tremens.

Guerra pensaba en que la democracia puede salvarse por el orden; en que una disciplina colectiva encauzada por una autoridad superior pondría en juego los elementos del progreso e impondría, por encima de todos los egoísmos, el principio de la solidaridad social.

Pedía y preconizaba un Gobierno fuerte, con una concepción y una responsabilidad, y abominaba del Gobierno incoherente de los comités, de las asambleas y de los clubs. Aún cuando nunca aceptó que la reforma de 1925 hubiese sido completa, y reclamaba nuevas enmiendas que coronaran la obra, estuvo siempre satisfecho de haber contribuido a cerrar el ciclo del parlamentarismo, abierto 'inconstitucionalmente', decía él, contra el texto y el espíritu de la Carta Fundamental antigua, por la revolución triunfante.

Acaba de cumplir apenas diez años la Constitución reformada y ya las huestes parlamentaristas renuevan sus tentativas y pretenden adueñarse otra vez del mando, sin ver que aún en los raros países en donde una gran cultura, ha hecho posible la supervivencia de ese régimen, se suceden unas tras otras las leyes de facultades extraordinarias. ¿Y qué son estas leyes? Nada menos que el reconocimiento explícito del parlamentarismo, de su incapacidad para afrontar rápidamente la sucesión vertiginosa de los problemas que plantean los procesos de la economía moderna y que significan de un lado sobreproducción y desequilibrio de riquezas, y de otro, falta de techo, falta de pan, falta de trabajo.

Es una dificultad mecánica que no tiene remedio: el mecanismo funciona lentamente, cuando funciona, y se 'atora' con la acumulación del material que debe trabajar. Por eso una tendencia cada vez más difundida y no siempre bien orientada, busca líderes y jefes, agrupándose bajo disciplinas sociales rigurosas, de extrema derecha y de extrema izquierda, como si quisiera probarnos que el mando es la verdadera ansiedad de esta hora; y por eso también la mentalidad del maestro, permeable a este ambiente, buscaba en un orden legal vigoroso el medio de detener los 'cesarismos' amenazantes.

Apartándonos del campo constitucional en que el Profesor Guerra dejó un trabajó tan valioso como es su obra ya mencionada, lo encontrarnos prestando importantes servicios con sus escritos y con su acción personal en el campo de las relaciones internacionales de la República.

Desde luego, hay que señalar sus obras consagradas a las cuestiones con Argentina, en razón de las cuales su personalidad se destaca inconfundiblemente como la de un austero centinela, despierto y casi agresivo, colocado en el filo de la frontera andina, la vista puesta en los menores movimientos de la otra banda. Cuando él habla en uno de sus escritos de su admiración por don Diego Barros Arana, -a quien llama, junto con don Vicente Reyes y don Valentín Letelier, las cumbres del talento y de la honestidad chilenos-parece dar la clave del origen de sus aficiones argentinófilas y argentinófobas.

Barros Arana protagonizó uno de los periodos más vibrantes de nuestras dificultades fronterizas con la República Argentina, y cosechó, allí, satisfacciones y amarguras. No es extraño que el trato del viejo maestro con su discípulo y amigo, haya atraído la atención de éste hacia el Oriente; y le haya traspasado algo de sus admiraciones y de sus prevenciones. De las primeras, dejó un gran libro sobre Sarmiento, premiado en la República Argentina, que constituye el trabajo definitivo escrito sobre ese gran educador y político; de las últimas se encuentran rasgos en diversos escritos suyos, sintetizados con vivo color e indudable exageración, en las siguientes líneas:

'El pueblo argentino, y más que todo, el de Buenos 'Aires, es de índole altanera y dominadora; aspira al predominio continental, y no diremos que silabea, sino que 'paladea con fruición la palabra hegemonía. Su mente no 'soporta la igualdad con sus vecinos, y le molesta que a 'su lado se desarrollen y prosperen otros pueblos, aun' que sean hermanos o parientes suyos. Ha puesto en su 'bandera los colores del cielo y la imagen del sol, y ha 'llegado a persuadirse de que el cielo y el sol han sido 'creados para cubrir y alumbrar la grandeza suya. Argentina uber alles'.

Sería, por cierto, una conclusión equivocada la que se sacara de las palabras anteriores si se quisiera afirmar, con el mérito de ellas, que guerra era enemigo a outrance de la República Argentina. No. Su estilo era tan vivo, que, juzgando parcialmente sus escritos puede, el lector, ser inducido en error. El protestó varias veces contra este cargo, y, en verdad, puede afirmarse que en sus estudios de Mitre y de Sarmiento, no disimula su admiración por ellos y por el gran pueblo que gobernaron.

No tengo el ánimo de entrar a fondo en sus trabajos fundamentales sobre la soberanía chilena en las Islas del Canal de Beagle, que valen, por sí solos, una reputación, porque sé que se referirá luego a este tenia uno de sus discípulos predilectos, llamado, por su ilustración, a ser el continuador del maestro en este ramo. Pero en una semblanza de su persona, no se puede olvidar esa obra, erudita, trabajada en acero, con la cual, si no ha muerto la reclamación, que, según su dicho Zeballos hizo nacer 'por la mano de un aventurero levantino que había desviado en los mapas un canal derecho, casi como una regla', cuando menos la ha dejado inerte, paralizada, con toda la apariencia de las esperanzas perdidas..

No era posible pedir a un hombre de las condiciones del profesor Guerra, que disimulara o atenuara su pensamiento, cuando él creía que estaba en lo justo. Esta condición de su carácter le proporcionó un momento de agitación el año 1922, con motivo de haber emitido ciertas opiniones en relación con el destino final de los territorios de Tacna y Arica; opiniones que algunos miembros del Senado condenaron como contrarias al interés de las negociaciones internacionales, a la sazón en curso.

Hubo, con este motivo, un debate acerca de la libertad de un profesor universitario, para dar opiniones públicas sobre problemas pendientes, y Guerra sostuvo en él, con calor, su punto de vista, en el que estuvo apoyado por hombres eminentes, como Mac-Iver y Alcibíades Roldán, y por un acuerdo expreso y unánime de la Facultad de Leyes.

Fue una suerte para el antiguo discípulo suyo, que hoy recuerda algunos actos de su vida, rendir, en aquellos momentos, desde el Gobierno, un homenaje de respeto a su patriotismo, y prestarle el amparo a que tenía derecho.

Si la libertad de opinión es una de las garantías aseguradas a todos los ciudadanos por la Carta Fundamental, en un profesor universitario, esa libertad reviste, todavía, el carácter de un axioma.

Pero dejando de mano este aspecto de su intervención en la cuestión internacional, en aquellos momentos, podemos concretarnos a la médula de las opiniones vertidas por él, el día 20 de Mayo de 1922.

El Gobierno de Chile había resuelto poner término a la antigua diferencia que dejó pendiente con el Perú, el artículo 3.° del Tratado de Ancón, y había invitado al de ese país a concertar las bases a que debía ajustarse el plebiscito llamado a resolver sobre la nacionalidad definitiva de los territorios de Tacna y Arica. Llegadas las conversaciones directas a un punto muerto, con plena confianza en su derecho y en la justicia internacional, el Presidente Alessandri rompió una vieja gritería patriotera, que rehusaba acudir al recurso arbitral, y concertó, sin temor, un acuerdo para que un árbitro señalara las condiciones en que el plebiscito debía celebrarse.

Debo recordar aquí porque le oí, en aquellos momentos, reiterar muchas veces enérgicamente, el concepto- que el profesor Guerra abominaba, como de la peor de las pestes que pueden azotar a un país, del 'profesionalismo de la patria; mil veces más detestable, son sus palabras, que el profesionalismo en las artes y en los deportes'.

Pues bien, algunos patriotas de buena intención, llamaron a escándalo cuando el Gobierno dio aquel paso. Sin embargo, acusado nuestro país dé rehuir la consulta popular y de retener al amparo del incumplimiento de la cláusula que la prescribía, los territorios disputados, ya era, no sólo cuestión de honor, sino de simple decencia poner fin a la incertidumbre y cumplir la cláusula pendiente.

La Gran Guerra acababa de terminar. Un Tratado que ligaba a las naciones más importantes del mundo había dictado las cláusulas de la paz y su cumplimiento estricto era la voz de orden entre los pueblos victoriosos. El Perú, que había roto relaciones con los vencidos, levantaba en su Libro Blanco de 1921 la bandera de la revisión y nulidad del Tratado de Ancón; nosotros que habíamos sido neutrales nos acogíamos al axioma de la Santidad de los Tratados. Ambos apreciamos de distinta manera aquel momento psicológico; pero los acontecimientos se encargaron de demostrar que Chile había visto mejor.

Era aquella, sin duda alguna, la última hora para pedir el cumplimiento de un Tratado de Paz. Poco tiempo después la revisión o el atropello liso y llano de los Convenios Internacionales pasaba a ser la regla general.

Fue en estas circunstancias cuando Guerra apareció emitiendo su comentada declaración de prensa:

'Pienso, dijo, que el problema ha sido planteado por 'el Gobierno en la única forma razonable y justa en que 'podía plantearse, y que las negociaciones están muy bien encaminadas'.

Interrogado sobre qué podría hacerse en el caso en que un acuerdo con el Perú para cumplir el Tratado se hiciese imposible, dijo:

'Yo creo en conciencia, y durante toda mi vida lo he 'pensado, que Chile debe retener por todos los medios justos de que disponga, para cedérselas a Bolivia, las provincias de Tacna y Arica, aunque sea sin indemnización. 'Así se beneficiaría toda América y ese sería el precio de 'nuestra tranquilidad. Si nuestro Gobierno transije en Washington con los diplomáticos peruanos, se hace ilusoria esta solución, que para mi, la tengo por la más acertada y feliz'.

En esta declaración nítida, copio todas las suyas, hay dos puntos vitales: 1.° Chile debe retener Tacna y Arica por todos los medios justos; 2.° Chile debe ceder después esos territorios a Bolivia.

La primera parte era la que estaba sobre el tapete; la otra era para el futuro. El camino elegido para lograr aquel primer objeto contaba con el apoyo de su opinión, tan independiente como autorizada, y los hechos se encargaron de probar que estaba en lo justo: el árbitro, en Marzo de 1925, en un fallo admirable por su valor jurídico y por su valor moral ordenó el cumplimiento del Tratado.

Había entonces que afrontar el Plebiscito. Ese era el 'medio justo' de que hablaba el maestro para retener definitivamente el territorio disputado, y quiso aportar su inapreciable contingente personal con tal objeto, tomando uno de los cargos de consejero legal de la Comisión Chilena.

Al anotar algunos recuerdos y consideraciones sobre esa época, nada está más lejos de mi ánimo, que remover asperezas internacionales, felizmente olvidadas, quiera Dios que para siempre, al amparo de una reconciliación que vale cualquier género de sacrificios. Mi ánimo no es otro que el de evocar un panorama en el que el maestro tuvo ocasión de probar, una vez más, su talento y la auténtica chilenidad que era su característica.

En el clima incomparable de Arica, en un ambiente de sana y vibrante intensidad patriótica, el maestro vivió, con este motivo, unos meses que recordaba siempre con afecto; con el mismo afecto con que sus compañeros lo recordamos a él, tanto en su trabajo, como cuando narraba anécdotas llenas de buen humor, a la sombra florecida de las espléndidas buganvilias de la plaza.

Allá convivimos y trabajamos juntos. Juntos en lo material y en lo espiritual. En el instante en que nuestra Comisión se dividía entre los que querían resistir toda insinuación de garantías hecha por el Representante del Arbitro y los que estábamos por ir en este sentido tan lejos como fuera necesario para no malograr el objetivo que perseguíamos, nos encontrábamos siempre juntos.

En un momento álgido en que estábamos a punto de romper con el general Pershing, representante del árbitro, fui llamado al Ministerio de Relaciones, y logré obtener del Gobierno, que el día antes había enviado instrucciones contrarias, que se impartieran directivas a la Comisión para ceder y evitar a todo trance una ruptura. Guerra, en Arica, secundaba empeñosamente esta tarea: la ruptura era lo que nuestro adversario quería; debíamos impedirla. Así se logró llegar a las inscripciones y realizarlas con el apoyo del representante del árbitro. El Perú se abstuvo. En realidad, nunca creyó que el árbitro declararía la procedencia de la consulta popular, y después, en Arica, nunca se preparó para el evento de que llegara a realizarse. Sin embargo, logramos alcanzar hasta los últimos trámites. Los plazos para impugnar la inscripción de nuestros votantes estaban extinguidos. El plebiscito virtualmente hecho.

Por estos momentos, el brillante general Pershing, enfermo de verdad o de ocasión, se fue y vino a reemplazarlo un modesto general de guardias coloniales. Aquél había cumplido severamente con su deber, fué a veces duro con nosotros, pero quiso ser siempre justo. Ningún error más grande que el de haberlo cansado con guerrillas innecesarias y contraproducentes.

El nuevo representante del árbitro, sin grandes prestigios que defender; sin cuidarse demasiado de que la inscripción se había hecho con el apoyo americano y con el visto bueno de sus agentes; sin contestar a las notas en que se le pedía que indicara las garantías adicionales que juzgase necesarias, se negó a fijar la fecha de los comicios y declaró la impracticabilidad del plebiscito.

Esta resolución era, en derecho, absurda, pues el árbitro, se había reservado en su fallo la facultad de declarar nulo un plebiscito viciado y decretar las nuevas condiciones para celebrar uno correcto; pero nunca el de anular su fallo, en que declaraba la procedencia de la consulta popular, con una resolución que, al ejecutarlo, declarara todo lo contrario.

La impracticabilidad pudo ser un recurso para Arica, pero en Washington el árbitro tenía que salvar el prestigio de su función y aplicar, una vez más, la ley, por la cual se realizaba el término de un proceso histórico comenzado con una guerra no provocada por nosotros.

Persistiendo en la, línea jurídica, con el mismo vigor con que el adversario la impugnaba, hubiésemos logrado, inevitablemente, lo que perseguíamos.

En lo que pasó después, el maestro no intervino. Sus últimos actos en Arica contribuyeron poderosamente a orientar la acción chilena hacia el otorgamiento de todas las garantías pedidas o que pudieran pedirse, y las dos notas finales, que no se contestaron, en que se reiteraba el ofrecimiento, tenían su inspiración. Por obra de ellas, la declaración de impracticabilidad del plebiscito era una brasa de fuego en manos del árbitro, que debía fallar la reclamación chilena interpuesta en contra de ella.

Ese fallo no llegó a dictarse.

Cambiaron entre nosotros las cosas y los hombres; cuatro Presidentes se sucedieron en La Moneda como en un kaleidoscopio, y probamos, una vez más, que salvas raras excepciones, no somos capaces de ningún esfuerzo continuado.

Guerra había dicho: hay que retener Tacna y Arica por todos los medios justos. Parecía que todos pensaban como él; pero, de repente, otra solución se abrió camino, que, envuelta en el humo siempre grato de la paz y del amor entre los pueblos, y servida, hay que reconocerlo, con una alta inspiración reconciliadora, logró llegar a buen término.

Pacifista de corazón, el maestro debió aplaudir el renacimiento de la amistad entre dos naciones hermanas; pero su sueño de que esas provincias sirvieran para entregarlas a Bolivia, quedaba totalmente desvanecido; habíamos, en aras de la paz, entregado Tacna, envuelta en oro y en generosidades, y nos habíamos atado las manos por el artículo 2.° del Protocolo Complementario del Tratado de 1929, para disponer de Arica sin la venia del Perú.

Guerra tenía razón para creer que la posesión definitiva de esos territorios nos daría un formidable instrumento de negociación para asegurar en el futuro la paz en el Pacífico-Sur. El creía que no podíamos hacer otra cosa que entregarlos a Bolivia sin indemnización. Seguramente su idea repudiaba el pago en dinero de la cesión, pero no eliminaba la de programas comerciales que nos permitieran encontrar en una vinculación más intensa con Bolivia, la debida compensación de nuestro sacrificio. No puedo pensar que el maestro estuviese por abrir en el orden internacional la era de las generosidades gratuitas, que no le están siquiera permitidas a un hombre dé Estado; pero me explico que, sin menospreciar la amistad peruana, valiosa por una larga tradición que arranca desde los primeros resplandores de la independencia, creyera que para el lado de Bolivia, hacia donde construimos un costoso ferrocarril, y donde nuestro comercio ha tenido y tiene balance favorable, estaba el verdadero interés de la patria.

La muerte lo sorprendió antes de ver si la noble disposición con que transamos la vieja controversia, tenía sus compensaciones. El creía que el camino de la paz y de la tranquilidad de América era otro; puede haberse equivocado, pero lo peor es que si el tiempo demostrara que él estaba en la razón, deberemos contentarnos con premiar su visión del futuro, poniendo una nueva hoja de laurel en la corona fúnebre del maestro, sobre una lápida que tenga las palabras de su emblema:

Pax, Lex, Lux.

Discurso de doña Sara Izickson:

Hay seres cuyo paso por la vida deja una huella indeleble; uno de ellos, fue don José Guillermo Guerra. No me refiero a su labor como jurista o escritor, ni a sus multiples trabajos de investigación que hicieron de él una conocida figura internacional, sino a otra labor más íntima a que dedicó la mitad de su vida, a la de Maestro. Fue aquella la más noble de sus tareas. Consagró 33 años de vida a la enseñanza en esta Universidad, años de lucha y sacrificio dedicados a formar dos generaciones, y fué así cómo hizo de la palabra enseñar, un concepto esencialmente creador. ¡El de forjador de hombres! Quería hacer de cada uno, antes que un jurisconsulto, un hombre; pero un hombre de su integridad y entereza, que supiera resistir los embates de la vida como él los resistió. Sus aspiraciones se han visto cumplidas, muchos de los aquí presente habéis sido sus discípulos... No me queda, pues, comentario que agregar.

Nosotros fuimos sus últimos alumnos, los que recogimos las últimas mieses del trigal inmenso de sus conocimientos. Fueron sus primeras lecciones de Filosofía del Derecho las que imprimieron en nosotros, de una vez y para siempre, el verdadero concepto de lo jurídico. Eran las suyas, clases plenas de colorido; su objetivismo nos permitía captar en forma sencilla, las profundas ideas de que estaban impregnadas sus palabras. ¡Cuántas veces con la anécdota graciosa y oportuna nos dio una lección inolvidable

La disciplina férrea, nota dominante de su carácter, chocaba en un principio con los espíritus inquietos y desorientados de sus nuevos discípulos, más, poco a poco íbamos cediendo, dejándonos guiar insensiblemente por la mano del maestro; y fue así como nos inculcó su filosofía, una filosofía profundamente humana que partía de una desigualdad natural para llegar a la igualdad, pero a la igualdad de los mejores. Su personalidad formada por facetas duras y brillantes le hacía distinguirse de cuanto le rodeaba; sus gestos, sus acciones, eran tan suyos, que creaba aquella atmósfera especial en la que se desarrollaban las brillantes cualidades de su espíritu.

La envoltura un tanto fría y excéptiea tras la cual trataba de ocultarse, no fue obstáculo para que adivináramos su inmensa bondad y rectitud, y para inspirarnos un profundo respeto, y más aun, un gran afecto.

El, que nunca gustó de lo extraordinario, que se denominaba a sí mismo como cualquier hijo de vecino, fué totalmente original!  ¡Sólo las llamas podían describir aquella personalidad tan definida! Sin embargo, su espíritu no fue consumido. Don Guillermo Guerra no se convertirá en un nombre, que se agregará, de vez en cuando, a los textos por vía de consulta, sino que continuará latente en los hombres de hoy Y en los de mañana. Y después, cuando el tiempo pase y el polvo de los años empañe los brillantes colores de su cuadro, su imponente figura seguirá contemplando el porvenir de los hombres. que con tanto amor formó...

Labor realizada por la Facultad de CienciasJurídicas y Sociales de la Universidadde Chile

La Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile ha desarrollado recientemente una activa labor que ha redundado en un mejoramiento efectivo en la enseñanza del Derecho en Chile; de acuerdo con los programas vigentes, nuestros estudiantes adquieren conocimientos doctrinales en los dominios de las ciencias políticas, económicas y sociales, cumpliéndose así el rol cultural que corresponde a una escuela universitaria, y además reciben una sólida preparación jurídica y práctica que los habilita para afrontar las graves responsabilidades que impone el ejercicio de la profesión de abogado; un hombre culto y un profesional competente eso es lo que los profesores han querido formar con el egresado de la Escuela de Derecho; y hacia esta finalidad ha tendido la confección del plan de estudios, reglamentos, programas y cedularios.

El nuevo plan consulta cinco años de enseñanza, con cinco ramos cada uno, salvo el primer año que sólo tiene cuatro cursos; las asignaturas teóricas alternan con las de derecho positivo, y para actualizar los estudios se ha creado la cátedra especial de Derecho Industrial y Agrícola, y se ha restablecido la de Política Económica, que es la aplicación de los principios de la Economía Política pura a los problemas prácticos, preferentemente nacionales. Al Derecho Civil, se le han destinado cuatro años, estudiándose en el último Derecho Civil profundizado y comparado; al Derecho Procesal se le ha asignado tres años, pudiendo de esta manera los profesores pasar detenidamente la Ley Orgánica de Tribunales y el Código de Procedimiento Penal; el Derecho Comercial cuenta con dos años de estudio. La mayor parte de las asignaturas se desarrollan en clases de cinco horas semanales, y los profesores según el nuevo reglamento pueden emplear diversos medios de control, tales como la lista, las interrogaciones o los trabajos escritos; a fin de permitir estudiar Derecho a algunos jóvenes cuyas ocupaciones les impiden concurrir a clases, la Facultad por un reglamento especial ha creado la categoría de alumnos libres, los cuales están obligados a ejecutar anualmente dos o tres trabajos escritos en los seminarios correspondientes; los exámenes para estos alumnos, que no asisten a los cursos, deben durar media hora por lo menos.

Las pruebas para optar al grado de licenciado han sido asimismo modificadas por el nuevo reglamento, en cuya discusión intervino un representante de los alumnos; ahora, la memoria de la cual el tema es aprobado previamente por el profesor del ramo, por el Decano y por el Director del respectivo seminario, se hace bajo el control y dirección de éste, y no pueden ser impresas sin los informes aprobatorios del profesor y del director del seminario. Es muy satisfactorio constatar que en los últimos años se han presentado espléndidas memorias de licenciados, que constituyen verdaderos tratados sobre las materias que estudian; ello es un testimonio de la buena preparación que reciben los estudiantes de Derecho de la Universidad de Chile. Con el objeto de ayudar a los jóvenes sin recursos en la impresión de sus memorias, el Decano de la Facultad, señor Arturo Alessandri Rodríguez, ha donado sus emolumentos de Decano para formar un fondo que otorga préstamos de dos años a los candidatos para qué impriman sus tesis. El examen oral de licenciado consiste en primer término en una disertación del postulante sobre una cédula sorteada con una semana de anticipación, de un cedulario confeccionado recientemente por comisiones de profesores; en seguida se examina al candidato sobre todo el Derecho Civil y el Derecho Procesal, y se lo puede interrogar además sobre nociones fundamentales de las otras asignaturas de Derecho positivo; este examen es largo y serio, por cuanto se trata de la prueba final que va a ,lanzar al candidato a la vida profesional; grave sería la responsabilidad de la Universidad que diera diplomas a licenciados incompetentes, y facilitara con ello la formación de un proletariado intelectual que se desmoralizaría fatalmente.

La redacción de programas de todos los ramos, ha sido una labor difícil pero muy útil para la enseñanza del Derecho; durante más de seis meses, se han reunido casi diariamente, las comisiones de profesores encargadas de redactarlos, presididas siempre por el señor Decano. Con la vigencia de programas oficiales no sólo se ha conseguido determinar la extensión de las distintas asignaturas, señalando las fronteras entre las unas y las otras, sino también dar una pauta previa al alumno respecto a las materias que deberá preparar para el examen. Otra ventaja conseguida por los programas ha sido la actualización de la enseñanza, adaptándola a la evolución del Derecho y de las ciencias políticas y sociales; si examinamos los programas de ramos sujetos a constantes transformaciones, como el Derecho del Trabajo o el Derecho Internacional Público, podemos constatar su viva modernidad y novedad.

En el presente año la Facultad ha realizado una obra útil que ha venido a satisfacer una necesidad social; debidamente autorizada por el Gobierno va a editar pronto una colección revisada de los Códigos chilenos, con todas las modificaciones que ellos han tenido hasta ahora; la labor ha sido difícil, delicada y minuciosa, si se considera que nuestros cuerpos de leyes han sido reformados, en forma muchas veces precipitada y desordenada, por la abundante legislación de los últimos años; la Facultad ha actuado mediante comisiones de profesores, todas ellas presididas por el señor Decano.

Hace algún tiempo fué la Facultad quien redactó el proyecto que después se transformó en la Ley N.° 5,521, de 19 de Diciembre de 1934, sobre capacidad de la mujer; puede considerarse que el autor de esta ley, cuyas proyecciones sociales son incalculables, es el actual Decano don Arturo Alessandri Rodríguez. Recientemente una comisión de la Facultad redactó un proyecto de ley sobre propiedad de pisos y departamentos de un mismo edificio; dicha comisión fué integrada por don Sergio Undurraga Ossa, autor de una memoria sobre este tema, y que sirvió de base al proyecto. Se ha incrementado la Biblioteca de la Escuela de Derecho, en forma que ella hoy se encuentra al día tanto en obras como en revistas y publicaciones, relacionadas con las ciencias jurídicas, económicas y sociales. Como un medio de abrir a los alumnos mayores horizontes, se han realizado viajes muy ventajosos a Buenos Aires y a diversas ciudades y establecimientos del país. Por primera vez se han publicado los Anales de la Facultad, que contienen interesantes trabajos; cuyos autores son tanto profesores como alumnos.

Se está construyendo un edificio propio para la Escuela de Derecho, espléndidamente ubicado, en la calle Pío IX esquina dé Avenida Santa daría, en terrenos transferidos por el Fisco; se ha obtenido del Estado la suma de dos millones de pesos para dicha construcción.

La Facultad ha celebrado dos veladas solemnes, una en homenaje a la memoria del distinguido maestro don J. Guillermo Guerra; en la otra fué recibido como miembro honorario de la corporación Mr. Harold Butler, Director de la Oficina Internacional del Trabajo de la Sociedad de las Naciones; la Facultad con esta designación quiso seguir una tradición de cooperación internacional, pues con anterioridad había hecho lo mismo con sir Eric Drummond, Secretario General de la Sociedad de las Naciones, y con Mr. Albert Thomas, primer Director de la Oficina Internacional del Trabajo; fue para el autor de estas líneas un gran honor ser nombrado para la Facultad para recibir a Mr. Butler en aquella solemne sesión.

Antes de terminar esta rápida reseña de la labor realizada por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, es grato cumplir con el deber de expresar que el Decano señor don Arturo Alessandri Rodríguez, con su actividad y competencia, ha sido el animador incansable de aquella eficiente acción, a la cual ha cooperado todo el cuerpo de profesores de la Escuela de Derecho de Santiago.

FRANCISCO WALKER LINARES.