Artículo

  • Don Leopoldo Urrutia

Resumen

Abstract

Señores:

Con el fallecimiento de don Leopoldo Urrutia, pierde el país a un jurisconsulto eminente y la facultad de Ciencia Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile, en cuyo nombre tengo el honor de hablar, al más destacado de sus miembros.

La vida del señor Urrutia es un ejemplo y una enseñanza de cómo el talento y el estudio puestos al servicio de la rectitud y del cumplimiento del deber, llevan a los hombres a las más altas funciones y los hacen acreedores al respeto y a la admiración de sus conciudadanos.

Dotado de una inteligencia excepcional, de un gran espíritu de observación y de síntesis a la vez, vigoroso razonador, poseedor de una extraordinaria cultura jurídica y humanística, no era raro que el señor Urrutia sobresaliera con caracteres inconfundibles en todas las funciones que le cupo desempeñar. Su vigorosa personalidad no podía pasar inadvertida en donde quiera que actuara.

Apenas recibido de abogado, ingresó a la carrera judicial. Sus profundos conocimientos jurídicos, su honestidad a toda prueba, su ecuanimidad y espíritu de justicia, hacían de él el tipo del verdadero juez. Desempeñó con brillo diversos juzgados de letras, entre ellos el de comercio de Valparaíso, en donde muy luego sus sentencias llamaron la atención de abogados y litigantes por la forma exacta y concienzuda en que resolvían los casos sobre que versaban. Fue más tarde Ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, y cuando aun no cumplía 43 años-hecho insólito en aquella época,-era nombrado Ministro de la, Corte Suprema, la que algún tiempo después, al empezar a regir el Código de Procedimiento Civil, se convertía en Corte de Casación.

Sería aquí en donde se abriría un amplio campo al eminente magistrado para poner de relieve las excepcionales cualidades con que la naturaleza lo había dotado y que él supo desarrollar con estudio, perseverancia y dedicación. Nadie estaba más capacitado que el señor Urrutia para poner en práctica esta nueva institución de la casación, que requiere, antes que nada, hombres versados en derecho, conocedores de la filosofía y del espíritu de la ley y que sepan distinguir con precisión el hecho del derecho.

Y el señor Urrutia triunfó plenamente en esta nueva función. Ahí están para demostrarlo sus sentencias admirables sobre la mora en el cumplimiento de asignaciones testamentarias, sobre la improcedencia de la acción resolutoria en las particiones, sobre la cesión del derecho de herencia, para no citar otras, que constituyen verdaderos tratados sobre la materia y en donde con gran acopio de razones, cada tema es estudiado en forma completa y acabada, hasta el extremo de que nada más ha podido decirse después sobre ellos.

Si brillante fue su labor como magistrado; mucho más, si aun cabe, lo fué la del maestro. Al señor Urrutia corresponde el innegable mérito de haber innovado radicalmente en los métodos seguidos hasta entonces en la enseñanza del derecho. Antes qué él desempeñara su cátedra, en nuestra Universidad se enseñaba Código Civil. El señor Urrutia empezó a enseñar Derecho Civil. Esto, que puede parecer un simple juego de palabras, corresponde, sin embargo, a una exacta realidad.

Los maestros de aquella época, de acuerdo, por lo demás, con las tendencias e ideas entonces dominantes, enseñaban el articulado del Código, su enseñanza era casuística: consistía en analizar los textos uno a uno. Don Leopoldo Urrutia, poseedor de un gran espíritu de síntesis, comprendió que tal enseñanza no era la más adecuada para formar el criterio jurídico. A él, antes que el estudio frío y sin vida del texto legal, interesaban los principios, la razón filosófica de la ley, el por qué de las instituciones jurídicas, a fin de poner en evidencia su utilidad y la finalidad que debían llenar en las relaciones humanas. De ahí que su gran preocupación fuera presentar las instituciones en un cuadro completo, haciendo resaltar sus rasgos sobresalientes para deducir en seguida los grandes principios que dominan todo el derecho. El señor Urrutia sabía por propia experiencia que no es jurista el que sólo estudia y resuelve un caso, el que sólo analiza un texto legal con prescindencia de los demás, y que ese calificativo sólo puede darse al que, con conocimiento del conjunto de la legislación, de su origen y espíritu, posee los principios fundamentales que sirven para resolver todos los casos que la multiplicidad y variedad de las relaciones entre los hombres pueden producir.

En este sentido, puede decirse que el señor Urrutia fue genial. Quien oyó sus disertaciones sobre la teoría de los actos jurídicos, sobre la nulidad y la rescisión, sobre la subrogación, la novación y la cesión de derechos y las diferencias que entre ellas existen, convendrá conmigo en que ese calificativo no es exagerado.

Cuando el señor Urrutia, después de cerca de 40 años de ininterrumpidos servicios prestados a la enseñanza, se retiró a gozar del merecido descanso a que era acreedor, la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, de la que en ese entonces también era Decano el que habla, le envió una conceptuosa nota en la que aludía a este aspecto de su labor educacional. Nada agradeció más el señor Urrutia, según así me lo expresó en repetidas ocasiones. Estimaba ese documento como el más valioso homenaje de cuantos había recibido.

Días atrás, con motivo de su cumpleaños, fui a visitarlo. Lo encontré lúcido como siempre, con su memoria fresca y su inteligencia clara y vigorosa. Hablamos de muchas cosas presentes y pasadas, recordó interesantes casos jurídicos que le había tocado resolver como magistrado, y me dijo con pena que esa nota, que él tanto apreciaba, se le había extraviado, si podía enviarle un duplicado. Prometí hacerlo.

El destino no quiso que cumpliera mi promesa. Por eso, ahora, al borde de su tumba y con el espíritu acongojado, vengo a hacer público nuevamente este gran aspecto de su obra docente, a fin de que las generaciones presentes y futuras sepan el gran servicio que la enseñanza del Derecho de nuestro país debe al que bien podemos calificar de maestro de maestros.

Datos biográficos de don Leopoldo Urrutia Anguita

Nació en 1849, del General don Basilio Urrutia y de doña Teodorinda Anguita.

Terminados sus estudios de humanidades, ingresó a la Escuela de Derecho del Instituto fundado por Bello y se diplomó en leyes el 28 de Junio de 1872. Su Memoria, que versaba sobre 'Usufructo del marido en los bienes de la mujer', se publicó en los ANALES DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE.

Empezó a servir en la administración desde 1869 como Oficial de la Dirección de Ingenieros.

Sucesivamente desempeñó innumerables puestos. Los principales fueron: Secretario del Juzgado del Crimen de Valparaíso; Secretario de la Intendencia dé Linares; profesor del Liceo y Juez de Letras de la misma ciudad; Juez de Santiago, Curicó, Cauquenes, San Fernando, Valparaíso; ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago; Fiscal de la misma y Ministro de la Corte Suprema en 1892.

En dos períodos ejerció la presidencia de la Corte Suprema.

Formó en la Comisión Codificadora de Enjuiciamiento Civil y en la revisora del Código de Minas.

Designado profesor de Código Civil en 1888, ingresó a la Facultad de Leyes, cuyo decanato sirvió en varios períodos.

En 1896 fue Elector de Presidente y el año siguiente representó al poder judicial en el Consejo de Estado.

Perteneció a las juntas de vigilancia de las Escuelas de Bellas Artes, Sordomudos y Artes y Oficios.

En 1911, después de haber prestado servicios públicos durante cerca de medio siglo, inició su expediente de retiro de la magistratura; pero continuó desempeñando su cátedra de Derecho Civil en la Universidad de Chile hasta el año 1926.

Casó en primeras nupcias con doña Elvira Honorato Silva, y en segunda y tercera con dos parientas de su primera cónyuge, doña Ignacia y doña Rebeca Honorato Cienfuegos.

Falleció en Santiago el 11 de Octubre de 1936.

__________

(*)

Discurso pronunciado en el Cementerio General de Santiago, a nombra de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile, en el acto de la sepultación de los restos del señor don Leopoldo Urrutia.