Trabajos Científicos

  • Personalidad de don Andrés Bello

Resumen

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Abstract

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Grandeza, Gloria, Inmortalidad.

Sustituyendo, por razones obvias, el nombre del personaje que las inspiró, se nos antoja ajustado comenzar esta exposición con las siguientes palabras de Lorenzo Carnelli: 'Si la grandeza histórica se aprecia por la vitalidad del recuerdo subsis­tente, si la gloria no es otra cosa que la antítesis del olvido, si la inmortalidad con­siste en la supervivencia ulterior, la muerte en el pensamiento de la posteridad, ¿qué mayor grandeza, ni gloria, ni inmortalidad que esta grandeza y esta gloria y esta inmortalidad de Andrés Bello?'

Entre dos épocas y dos escuelas.

Nace en Caracas el 29 de Noviembre de 1781 y fallece en Chile el 15 de Octubre de 1865.

Es hombre de dos épocas y dos escuelas. Aparece en la escena en uno de los momentos más críticos de la historia de Hispanoamérica: se ha destruido el orden colonial y no se ha consolidado aún el orden republicano.

'La figura y la obra de Bello ‑ha escrito Alberto Zum Felde‑ se tienden como un sólido arco entre los dos mundos, el de ayer y el de hoy, el del coloniaje y el de la república, el del despotismo y el de la libertad, el de la tradición y el del progreso'.

Y si por algunos rasgos, agrega, Bello es el clasicista, hispanista y conservador, por otros se nos muestra romántico, americanista y liberal.

Sano y fuerte desde que nace hasta que muere mantiene inquebrantable a través de los años su portentosa capacidad de trabajo, el mismo poder de produc­ción, la misma curiosidad enciclopédica.

No será nunca un dogmático, ni tampoco un anárquico; será siempre y en todo un ecléctico.

Ejerció en América, afirma Marcelino Menéndez y Pelayo, la más alta magis­tratura en lo tocante a la lengua castellana; deberá llamársele siempre, dice Al­fonso Reyes, padre del alfabeto; todos han de tenerlo por maestro de Hispanoamérica y su primer humanista, enseñan Gabriel Méndez Plancarte y Pedro Grases.

Períodos a Distinguir

En su larga vida, 84 años, se distinguen tres períodos: el de Caracas, de 1781 a 1810; el de Londres, de 1810 a 1829; el de Chile de 1829 a 1865.

Período de Caracas. El ambiente familiar deja en él honda huella. De su padre hereda el natural grave y el sentido del orden; de su madre el vivo ingenio, el amor a la poesía y los sentimientos religiosos.

De niño le apasionan los estudios y la música.

A edad muy temprana aprende latín con Fray Cristóbal de Quesada y José Antonio Montenegro; literatos finos y cultivados que hacen nacer en el joven dis­cípulo una devoción inextinguible por los autores clásicos.

Francés e inglés los aprende poco menos que solo.

En la Universidad sigue el curso de filosofía, equivalente a los de matemáticas y ciencias. De entonces en adelante mantendrá su interés por las ciencias físicas y naturales.

Concluidos sus estudios de filosofía se matricula en los de jurisprudencia, que termina a los dos años, sin recibir el grado.

Empujado por la necesidad ingresa al funcionariado, previo certamen, de la Administración Real.

A pesar del tiempo que le absorbe la oficina, frecuenta los salones mantuanos, escribe odas, compone cuadros teatrales, traduce trozos de Virgilio y de Voltaire, sirve de cicerone a Humboldt y a Bompland, estudia la geografía y la flora ame­ricana, se adentra en los misterios de la conjugación castellana y fija sus tendencias estéticas y literarias.

Y como si todo esto fuera poco aún le resta tiempo para amar hondamente y cantar, en apasionados y doloridos sonetos, sus sentimientos íntimos.

Período de Londres. La caída de Fernando VII, la ocupación de la Penín­sula por las tropas francesas, la ascensión al trono de España de José I, los senti­mientos libertadores de muchos criollos, la resistencia que los ingleses organizaban en todas partes contra Napoleón, la creación de la junta Suprema de Sevilla, tuvie­ron en Caracas las mismas repercusiones que en el resto de Hispanoamérica.

A obtener la protección de Inglaterra parte una delegación desde Caracas. La integran el entonces coronel de milicias Simón Bolívar y el acaudalado patriota Luis López Méndez. A pedido de ambos delegados se agrega a la comitiva, en carácter de auxiliar, el joven Bello.

La delegación no logra los resultados que sus integrantes confiaban obtener. Se opuso a ello un cambio fundamental operado en la política inglesa.

Mientras Bolívar regresa para emprender la liberación de América, permane­cen en Londres continuando su misión diplomática, López Méndez y Bello.

La situación económica de Bello se torna difícil y se mantiene escribiendo en los periódicos ingleses y publicaciones en lengua castellana, enseñando español, traduciendo la Biblia, vertiendo al castellano el Orlando Furioso, descifrando los manuscritos ingleses de Bentham, ejerciendo el cargo de secretario de la Legación Chilena y posteriormente de la Legación Colombiana.

Y convencido, dice Lira Urquieta, de que la mejor manera de servir a América era estudiando, se da por entero al estudio en la Biblioteca de Miranda y en la del Museo Británico.

Es allí y entonces que se adentra en los misterios de la escuela filosófica esco­cesa, que compone y publica sus dos más famosas silvas, que reúne materiales para su Gramática de la Lengua Castellana, para su teoría de los asonantes, para la re­construcción del texto del poema del Mío Cid, para sus apreciaciones sobre los orígenes de la epopeya romancesca y para su Derecho de gentes.

Es allí y entonces que evoluciona en sus ideas filosóficas y políticas, que se convierte en gran humanista, que recoge del pasado, al decir de Silva Vildósola, todo lo que no debe morir y que se hace acreedor al título de 'guardián de las glorias seculares de una raza' con que la posteridad lo ha distinguido.

Período de Chile. La inconstancia de Bolívar en su amistad con Bello, su antiguo maestro, a la que no fueron extraños los sentimientos monárquicos de este último durante los años que van de 1820 a 1825; los apremios económicos a que se ve permanentemente expuesto; los temores de que si le sobreviene la muerte su familia quedará sumergida en los horrores de la miseria europea y las gestiones iniciadas por Don Antonio José Irisarri continuadas más tarde por Don Mariano Egaña, conducen a Bello hacia Chile, desembarcando en Valparaíso a fines de junio de 1829.

De inmediato es nombrado oficial mayor del Ministerio de Hacienda. En los hechos actuó como funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores desde 1829 a 1852. Los principales hombres de gobierno y la sociedad santiaguina lo reciben con aprecio y le brindan su apoyo.

Pocos días le bastaron a Bello para comprender que en Chile el nivel de ins­trucción era bajo, que el país estaba socialmente atrasado, que su estructura polí­tica y jurídica eran débiles y que un fuerte y estrecho nacionalismo prevalecía en las altas esferas. De ahí, dice, uno de sus biógrafos, 'arranca preocupación por ilustrar y aconsejar a los hombres de gobierno, por intervenir en la redacción de las leyes, por proponer medidas de progresos y defenderlas con su pluma'.

De entonces en adelante se entregará, sin prisa y sin reposo, a corregir los males que afectan a su patria adoptiva. Lo hará valiéndose de los medios de que dispone: enseñando a la futura clase dirigente, inspirando, proyectando, estudiando y publicando obras notables.

Con método socrático comienza a enseñar humanidades y derecho; y a lo largo de 23 años mantiene y extiende su enseñanza publicando en la prensa artículos sobre literatura, política, filosofía, medicina y derecho.

Desde su ingreso al Ministerio de Relaciones Exteriores y hasta su muerte ins­pira la política internacional chilena, imprimiéndole un acento americanista y un sello de realismo y prudencia.

Proyecta y organiza la Universidad sobre nuevas bases y la dirige luego en calidad de Rector.

Ahincadamente estudia de todo, desde el alemán a la cosmografía, desde los orígenes de la novela de caballería a la organización a darse a los Tribunales. 

Polígrafo insuperable publica opúsculos sobre los temas más variados y obras cuyos solos títulos denuncian la vastedad de los conocimientos de su autor.

Prescindiendo de sus obras de carácter jurídico, a las que nos referiremos con cierta detención dentro de breves minutos, recordemos ahora que de su múltiple producción se destacan: su Gramática de la Lengua Castellana destinada al uso de los americanos, que contribuyeron a la pureza del idioma, favorecieron la unidad de las naciones de Hispanoamérica, dieron autonomía al castellano separándolo del latín, convirtieron en discípulos de Bello hombres de la talla de los colombianos Miguel Antonio Caro y Rufino Cuervo y le valieron renombre universal, y su Filo­sofía del Entendimiento, de aparición póstuma, 1881, en la que sigue la escuela filosófica escocesa y el humanismo enciclopedista de la ilustración y en la que se perciben las influencias, según lo señala Luis Recasens Siches, del empirismo de Locke, del sensualismo de Condillac y del idealismo de Berkeley.

Obra jurídica. La índole de estas jornadas, los fines con ellas perseguidos, la calidad de profesores de Derecho que investimos la mayoría de los que en ellas participamos y la indiscutible y nunca negada influencia de las ideas jurídicas de Bello en nuestra codificación civil, nos hacen comprender que debemos abocarnos, sin tardanza, al examen de su obra jurídica.

El perfeccionamiento de la legislación chilena, ajustándola a las necesidades del país y a su. tendencia democrática y republicana, preocupan seriamente a Bello desde su llegada a Santiago.

Comprendió que para poder dar cumplimiento a tan noble preocupación era indispensable que él se empeñara en una triple actividad: enseñar Derecho, inter­venir en la redacción de las futuras leyes y componer obras jurídicas.

A esas actividades destina, de preferencia, los 36 años de vida que aún le restan.

Enseña Derecho Romano y de gentes, en colegios públicos y privados y en su propia casa; interviene, desde su puesto en la Cancillería y más tarde desde su banca de senador, en la redacción y discusión de cuanto proyecto de ley se presenta al Parlamento, tanto que ha podido afirmarse que en todas las leyes que se apro­baron durante los gobiernos de Prieto, Bulnes y Montt, hay signos de su interven­ción; compone tratados sobre Derecho de gentes y Derecho Romano y redacta proyectos de un Código Civil chileno.

Principios de Derecho de gentes. En 1832 publica sus Principios de Derecho de gentes, que en ediciones posteriores pasarían a llamarse Principios de Derecho Internacional.

Es la primera obra americana en que se reconoce la verdadera importancia de la jurisprudencia internacional.

En ella expone Bello, por primera vez, recuerda Mario Baeza Marambio, el concepto liberal, que años más tarde incorporaría el Código Civil, de la igualdad, entre naturales y extranjeros, en cuanto a la adquisición, uso y goce de los bienes que poseen dentro del territorio del Estado.

Los principios que informan esta obra fueron, más tarde, ratificados y desen­vueltos por Bello, en artículos periodísticos, en informes, notas y memorias redac­tadas para la Cancillería y en arbitrajes internacionales.

En esta obra estudiará Tristán Narvaja, al ingresar, en 1837, al Departamento de jurisprudencia de la Universidad de Buenos Aires, ya que era el texto impuesto por su profesor, don Rafael Casagemas, en el aula de Derecho natural y de gentes.

Instituciones de Derecho Romano. Sostenía Bello que para poder penetrar en el espíritu de las leyes y saberlas aplicar con acierto, era indispensable, si es que la legislación estaba inspirada en fuentes romanas, el conocimiento del Derecho ro­mano.

En fuentes romanas se inspiraba la legislación chilena y el Derecho romano constituía su mejor comentario.

Sus clases de Derecho romano, en las que se ajusta al método histórico, eran insuficientes a los fines que perseguía; los buenos textos escaseaban y, además, como en su opinión hacer era la mejor manera de decir, reeditó, en 1843, las Institucio­nes de Derecho romano de Heinecio, enriqueciéndolas con un proemio erudito y numerosas enmiendas y adiciones.

Proyecto de Código Civil. En Chile, a diferencia de lo que aconteció en los otros países de Hispanoamérica, la idea de codificar el Derecho Civil aparece con­juntamente con la independencia internacional.

Dicha idea fue recogida en las Constituciones de 1811 y de 1818 y en el proyecto de Constitución Federal de 1826 y es expuesta, asimismo, en el Congreso en los años 1823, 1826, 1828 y 1831.

El deseo de tener códigos propios era tan fuerte que el Director Supremo Bernardo O'Higgins, en mensaje dirigido a la Convención en julio de 1822, pro­puso, en sustitución de la legislación española imperante, la adopción de los 5 códi­gos franceses.

Bello, a pesar de su afición a las cosas inglesas, rechazaba el sistema del common law y se afiliaba al de la codificación.

En Septiembre de 1840 se crea la Comisión de Legislación del Congreso Na­cional, compuesta de dos senadores y tres diputados, con el encargo de codificar las leyes civiles, reduciéndolas a un cuerpo ordenado y completo, descartando lo superfluo o lo que pugnare con las instituciones republicanas del Estado.

Entre los senadores integrantes de la Comisión se cuenta Bello.

La Comisión, circunscribiendo su labor a la confección de un proyecto de Có­digo Civil, trabaja desde Septiembre de 1840 a Septiembre de 1844, y realiza 119 sesiones.

En Agosto de 1814 la Comisión presenta unos cuantos títulos, redactados por Bello, sobre la sucesión por causa de muerte, materia que reclamaba urgente re­forma; y comienza a dar a la estampa las disposiciones que aprueba, estimulando de esta manera a los estudiosos a colaborar en la preparación del proyecto con el aporte de sus luces.

En Octubre de 1841 se crea una junta Revisora, con el encargo de examinar los trabajos que la Comisión de Legislación del Congreso Nacional iba presentando la Cámara.

La labor de esta Comisión Revisora fue escasa e infecunda.

En julio de 1845, a instancias de Bello, se fusionan la Comisión de Legislación y la junta Revisora, pero la Comisión reunida no fue más feliz que las anteriores y se disgrega en 1849.

Don Andrés Bello sigue trabajando solo y en 1852, luego de 20 años de intensa labor, presenta su Proyecto de Código Civil. Entre este Proyecto y los primitivos se observan notables diferencias, explicables siempre y cuando se recuerda que Bello, como nuestro Pablo de María, vivió urgido por una disconformidad hostigadora, volviendo con frecuencia sobre lo andado y verificando sus conclusiones.

En Octubre de 1852 se designa una Comisión con el encargo de revisar el Proyecto presentado por Bello.

Dicha Comisión trabajó en forma laboriosa durante tres años, celebró más de 300 sesiones y todas ellas contaron con la presencia de Bello.

Por ley del 14 de Diciembre de 1855 se aprueba, a tapas cerradas, el Proyecto, fijándose como fecha de su entrada en vigencia la del 1º de Enero de 1857.

Autoría, plan, caracteres, principios inspiradores, fuentes y estilo del Código Civil chileno. Sin perjuicio de la intervención que otros tuvieron, puede afirmarse que Bello es el autor exclusivo del Código Civil chileno.

No tuvo, a diferencia de Freitas, la obsesión por el método y se limitó a seguir los lineamientos del plan de Gayo, separándose del mismo en cuanto hizo dos libros del tercero de Gayo.

Se ajusta, enseña Lira Urquieta, a los más puros caracteres del clasicismo ju­rídico: respecto a la ley, omnipotencia de la razón, imitación del antiguo derecho, divisiones y clasificaciones.

Predominan en él los principios vigentes en Europa a comienzos del siglo XIX: omnipotencia de la ley; igualdad de todos los seres humanos ante el derecho; familia monógama y matrimonio indisoluble; propiedad individual libre de todo género de vinculaciones; libertad contractual y testamentaria, sin más retaceos, en cuanto a ésta última, que los que devienen de las asignaciones forzosas.

Reconoce como fuentes principales: el Proyecto de García Goyena, las Parti­das, el Código de Napoleón y la legislación española vigente en Chile, a la que hubo de purgarse, señaló Bello en ocasión de inaugurarse la Universidad, 'de las manchas que contrajo al influjo maléfico del despotismo”.

Es sabido que una de las características del Derecho romano es la de que razona sus conclusiones, la de que ilustra acerca de los fundamentos de la norma que impone. Ese estilo de adoctrinamiento se mantuvo en casi toda la producción jurídica de la Edad Media y si bien es cierto que Bello lo superó, no lo es menos que su Código Civil evidencia un cierto afán de ilustrar y persuadir.

La adhesión al estilo de adoctrinamiento fue deliberada, como lo pone de manifiesto este pasaje contenido en la exposición de motivos en que se propone al Congreso la aprobación del Proyecto: 'Por lo que toca al método y plan que en este Código se han seguido, observaréis ‑dice Bello‑ que hubiera podido hacerse me­nos voluminoso, omitiendo ya los ejemplos que suelen acompañar a las reglas abstractas, ya los corolarios que se derivan de ellas y que para la razón ejercitada de los magistrados y jurisconsultos eran ciertamente innecesarios. Pero, a mi juicio, se ha preferido fundadamente la práctica contraria, imitando al sabio legislador de las Partidas. Los ejemplos ponen a la vista el verdadero sentido y espíritu de una ley en sus aplicaciones; los corolarios demuestran lo que está encerrado en ellas y que a ojos menos perspicaces pudiera escaparse. La brevedad ha parecido en esta materia una consideración secundaria'.

Valoración del Código Civil chileno. Bello está por encima de los elogios con­vencionales y, además, a quien todo el mundo alaba se puede a veces dejar de alabar.

Es en base a las dos consideraciones que se dejan hechas que nos vamos a permitir valorar el Código Civil de Bello, ajustando nuestras observaciones a la época en que lo redactó, pues sería grave injusticia juzgarlo en función de necesi­dades y aspiraciones actuales y de técnicas desarrolladas en el presente siglo.

Respetuosamente pensamos que pueden hacérsele las siguientes críticas: a) res­ponde a un plan que ya era anticuado en la época de su sanción, como lo había puesto de relieve Savigny; b) no siempre los títulos de sus libros corresponden a lo enunciado; c) sus preceptos no son normativos y sí casuísticos, obstando, en parte a la evolución progresiva de la jurisprudencia; d) se despreocupa el problema del trabajo, en grado tal que ha podido juzgárselo de Código para una sociedad repu­blicana de igualdad utópica y de Código realizado a espaldas de los postulados económicos y sociológicos de la época; e) está influido de un cierto criterio euro­peizante, como lo evidencia el hecho de que en ninguna de sus disposiciones se hable del indígena y del analfabeto; f) mantiene instituciones anacrónicas, tales la muerte civil de los profesos, la sustitución fideicomisaria y la prohibición de in­vestigar la paternidad ilegítima; g) respeta, hasta sus últimos extremos el espíritu tradicional católico imperante en Chile a mediados del siglo pasado, privando a la madre de derechos fundamentales, rechazando la secularización del Derecho, dejando la prueba del estado civil y la constitución de la familia entregados al De­recho canónico y empeorando la situación de los disidentes al privarlos de los me­dios hábiles para acreditar su estado civil.

En la cuenta de sus virtudes cabe anotar: a) que aún cuando no revela en su autor la fuerza creadora de un Freitas, la obra tiene un carácter marcado de origi­nalidad, pues no es copia ni traducción de ninguna otra; b) la sintaxis es siempre perfecta y el uso de las voces es cuidadoso en extremo y siempre llano y fácil, como lo ha evidenciado Carlos Vicuña; c) reglamenta felizmente las relaciones patrimo­niales de los cónyuges y suprime la hipoteca legal y los privilegios dotales; d) orga­niza con acierto una institución hasta entonces poco menos que ignorada: la muerte presunta por desaparecimiento, como algo distinto a la simple ausencia; e) reglamenta prolijamente las personas jurídicas; f) abroga las antiguas vincula­ciones, que inmovilizan la propiedad; g) conoce igualdad ante la ley a todos los chilenos y permite la libertad de las transacciones.

Juicios favorables. En razón de sus méritos el Código Civil chileno fue adop­tado, con pequeñas modificaciones, por Ecuador, Colombia y Nicaragua.

Es en razón de sus méritos que influyó tan poderosamente en los Códigos civi­les que posteriormente se fueron dando los demás países de Hispanoamérica.

Y es en función de sus méritos, finalmente, que De la Grasserie pudo calificarlo del más completo y original entre los códigos hispanoamericanos de la última mi­tad del siglo XIX; que Borchard pudo juzgarlo del más completo de su tiempo; que Arminjon, Boris Nolde y Wolf han podido afirmar, en 1951, que su técnica es perfecta; que Castán Tobeñas, hace apenas dos años, ha podido calificarlo de uno de los más notables del grupo americano y que los chilenos Orrego Vicuña, Claro Solar y Somarriva Undurraga, han podido escribir, respectivamente, que es un monumento de la lengua, que pocos códigos americanos modernos se le aseme­jan y ninguno lo supera, que se trata de un verdadero monumento jurídico.

De la gravitación del Código Civil chileno en el Código Civil uruguayo. Que el Código Civil chileno es fuente indirecta y directa de muchas de filas disposiciones de nuestro Código Civil, es algo que nadie nunca ha negado.

La Comisión de Codificación, en su informe del 31 de Diciembre de 1867, al enumerar los antecedentes sobre que ha elaborado su proyecto, recuerda que en especial tuvo en cuenta 'el justamente elogiado de Chile'.

Es sabido ‑y pido excusas por la digresión‑ que a pesar del sostenido e inteligente esfuerzo de Bello a bien de mantener entre todas las disposiciones del Código la debida correspondencia y armonía, no pudo evitar que en su obra se colaran algunas indisimulables contradicciones.

Por ejemplo se contradicen las reglas que tratan de la distribución de los bienes en la sucesión intestada y las relacionadas con las legítimas y mejoras, siendo en Chile poco menos que imposible distribuir la herencia a que concurren hermanos legítimos, hijos naturales y cónyuge supérstite.

Nuestro codificador, al tornar despreocupadamente del chileno gran parte de las disposiciones que regulan las legítimas y los órdenes del llamamiento en la sucesión intestada, transportó a nuestro medio idénticas cuestiones y es por ello que entre nosotros, desde el instante en que entró en vigencia el Código Civil, resultan poco menos que insolubles estos dos casos: a) fijación de la parte que co­rresponde al cónyuge supérstite que va como heredero y que concurre con los as­cendientes legítimos o los hijos naturales a la herencia del cónyuge causante que ha testado disponiendo, a favor de extraños, de más de 1/4 de la herencia y, b) fija­ción de la parte que corresponde al cónyuge sobreviviente que va como heredero y que concurre con los ascendientes legítimos y los hijos naturales a la herencia del cónyuge causante que ha testado disponiendo, a favor de extraños, de más de 3/8 de la herencia.

Terminada esta digresión, cuyo único objeto fue poner en evidencia que al codificador chileno lo siguió el nuestro hasta en sus pasajes desafortunados, trata­remos de precisar la medida en que el Código chileno gravitó en el nuestro y la forma en que Narvaja utilizó los materiales chilenos.

El profesor Victorio Pescio afirma que el Código Civil uruguayo es una adap­tación del Chileno.

El distinguido profesor Manuel Somarriva Undurraga, aquí presente, sostiene en sus obras que el Código Civil chileno influyó de un modo decisivo en la dicta­ción del Código Civil uruguayo.

El Director de la Escuela de Derecho de Santiago, Don Eugenio Velasco, que también nos honra con su presencia, sostuvo en la sesión de apertura de estas jor­nadas, que unos 370 artículos del Código Civil uruguayo son repetición exacta de otros tantos del chileno y que otros 170 artículos se diferencian de los respectivos chilenos sólo en una palabra o en un detalle de expresión.

El argentino Vicente Fidel López sostuvo hace ya muchos años, con más pasión que conocimiento de causa, que el codificador uruguayo había copiado del texto de Bello 1157 artículos.

El profesor uruguayo Jorge Peirano Facio, examinando las fuentes legales de nuestro Código Civil, afirmó, en conferencia pronunciada hace apenas unos meses, que la mayor influencia corresponde al Código de Chile, del cual tomamos 816 artículos.

Don Celedonio Nin y Silva ‑una de las pocas personas que entre nosotros se ha preocupado con seriedad de descubrir de dónde se extrajeron los materiales con que se formó nuestro Código Civil‑ señala, sin aventurarse a dar números, que muchísimos artículos y secciones enteras (como la relativa a la porción conyugal) y capítulos enteros (como el destinado a los albaceas) fueron tomados del Código Civil chileno.

Y al detallar la manera en que Narvaja utilizó los materiales extranjeros, nos pone de manifiesto: I) que muchas veces tomó del Código Civil chileno artículos íntegros, sin hacer en ellos la menor alteración o introduciéndoles ligeras variantes de formas o variantes de palabras que expresan la misma idea; II) que en ocasio­nes tomó del Código Civil chileno un artículo íntegro o un inciso o un párrafo de otro y formó con esos componentes un artículo de dos o más incisos, modificando en algo la redacción de aquéllos; III) que a veces formó artículos con elementos tomados al Código Civil chileno y a otros Códigos o Proyectos; IV) que no son raras las veces en que hizo distintos artículos con los incisos o párrafos con elementos del Código Civil chileno o en que de un artículo de un inciso formó otro de varios incisos; V) que en algunos casos sintetizó en un inciso lo que el Código Civil chileno trae en dos o más incisos y, IV) que modificó por último, artículos del Có­digo Civil chileno en su forma de redacción.

Nosotros, en un modestísimo trabajo que publicamos el año pasado, tuvimos oportunidad de reconocer que gran parte de las disposiciones de nuestro Código Civil tienen su origen en el Código Civil chileno; pero afirmamos entonces, y lo ratificamos ahora, que la fuente principal se encuentra en la obra de don Eduardo Acevedo, vale decir, en su proyecto de Código Civil y en su Código de Comercio para la Provincia de Buenos Aires.

Señores delegados chilenos: Martí dejó dicho que 'los huesos de los poetas dan virtud especial a la tierra que los cobija'. Vuestra tierra, cobijando a los de Bello, se ha tornado especialmente virtuosa.

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 Conferencia del señor Escribano don Saul C. Cestau en las jornadas de Derecho Comparado Chileno-Uruguayas sobre la personalidad de don Andres Bello. Año 1958.