Trabajos Científicos

  • El código civil de Bello y su influencia en los principales códigos Latinoamericanos

Resumen

Abstract

I

Días pasados escuchamos a don Jaime Eyzaguirre, que con la mano segura de historiador clásico, nos trazó el perfil de esa extraña figura de forastero, que luego de deambular por oficinas y bibliotecas de América y Europa, llegó a Chile arrojado a estas playas por la miseria económica y la incomprensión de Bolívar. Cuando tenía una edad en la cual muchos ya dan por cumplido el ciclo útil de su existencia, empezó a realizar una labor como estadista, humanista, docente, jurista, en cada una de cuyas facetas tendría sobrados títulos para ser recordado por la humanidad. Y ayer nuestro amigo Jacobo nos dio una disertación acerca de su obra principal: el Código Civil, mostrándonos como, a pesar del tiempo transcurrido, el mantiene su vivacidad y está no sólo en consonancia con las instituciones fundamentales de este país chileno, sino que también puede adaptarse a los requerimientos siempre cambiantes de la vida contemporánea.

Hoy nos toca enfocar el tema desde otra perspectiva, cual es la del Código Civil de Bello y su influencia en los principales códigos latinoamericanos. Me permitiré, sin embargo, alterar un poco este enfoque, porque me parece mas importante que el análisis frío de la obra, que al fin y al cabo es una cosa, aunque actual, que algún día tendrá caducidad, porque perecerá como todas las cosas humanas, considerar el mensaje que Bello nos ha legado y su ejemplo vivo. Más bien quisiera en la charla de hoy, explicarles a ustedes como vemos la personalidad de Bello desde otros rincones de América, dar un poco una nota de como lo encaramos desde nuestro país, en la esperanza de que esas notas distintas que vamos brindando acerca de este personaje maravilloso, constituyen una gran sinfonía, que será el mejor homenaje que hoy podemos brindar a su memoria.

II

El punto de partida de nuestra exposición será considerar como se encontraba el Derecho en Latinoamérica cuando aparece Bello: cual es el ambiente que existe en América Latina cuando se inicia la cuarta década del siglo pasado. El telón de fondo ‑como Uds. saben‑ es la antigua legislación española, que se fue elaborando en un lento proceso de más de 1.000 años, y que contenía tal cantidad de disposiciones legales, que los especialistas de la época se quejaban de que había más de 50.000 leyes que no solamente tenían que interpretar, cosa que nosotros también hacemos hoy, sino que tenían que ubicar en sus órdenes de precedencia y además, incluso, aclarar en muchos casos si estaban vigentes o no. Los que hoy padecemos el inconveniente de una legislación extra código muy numerosa, cuando comparamos el número de leyes que existen en nuestros países con las 50.000 disposiciones que había en el derecho español que regia en América, nos damos cuenta hasta que punto era una verdadera tarea de pioneros manejarse en medio de aquella maraña de disposiciones.

En realidad, desde el punto de vista de la codificación, la revolución no originó ningún intento serio para proceder a la reestructuración de aquel Derecho. En casi toda América Latina, tal vez también en Chile, pero más en otros lugares, el movimiento independentista no significó inicialmente una verdadera independencia en el sentido de la ruptura con las estructuras del pasado, sino que se inició como un acto de fidelidad hacia Fernando VII y es una simple sustitución en la dirección, en las personas que tenían el contralor del manejo político. Por esto, precisamente, la idea de codificar el Derecho no surgió en América Latina con la revolución, aunque aquí en Chile ya la Constitución de 1811, y después la del 18, hablaban de esta materia, no se trataba de una aspiración sentida por las sociedades latinoamericanas.

Sin embargo, en el mundo se estaba produciendo un grandioso movimiento de codificación. Este movimiento se inicia como Uds. saben a mediados del siglo XVIII y culmina con los tres Grandes cuerpos que se conocen con el nombre de código Prusiano, código Teresiano o código Austriaco y código de Napoleón. El código Prusiano y el código Teresiano, que se sancionó bastante más tarde y sobre todo el de Napoleón de 1804, tuvo una influencia considerable porque fue llevado en aras de su claridad, en aras de su trayectoria romanista y sobre todo en aras de la expresión que tuvieron los ideales de la revolución Francesa a través de las conquistas de Napoleón a todos los rincones de Europa; así las dos Sicilias en 1819 adoptan el código de Napoleón con leves modificaciones. Parma lo hace en 1920, el Cantón de Vaud lo hace en el 24, e incluso en América ya en 1816 el Presidente de Haití había dicho que cualquier oscuridad o deficiencia que hubiera en la legislación de Haití debía ser suplida según las normas del código de Napoleón. Un poco después, 10 años, se aprueba en Haití un código Civil que prácticamente es el código de Napoleón con algunas modificaciones impuestas por la propia naturaleza del país, como la relativa a los hijos naturales. El año 24 también Luisiana se da un código Civil que es el código de Napoleón, etc.

Esta influencia de la codificación europea se hace sentir en América y al llegar a la tercera década del siglo pasado, surgen los primeros intentos de codificación, intentos rudimentarios, pero a los cuales se debe hacer alguna referencia. El año 31 Santa Cruz, en Bolivia, promulga un código Civil de 1500 artículos, que tiene un título preliminar, que estudia la parte de personas, bienes y modificaciones de la propiedad y luego los modos de adquirir, incluyendo con técnica defectuosa ‑en esta materia de modo de adquirir‑ lo relativo a obligaciones, contratos y también a privilegios e hipotecas. Poco después, en Perú en el año 52, luego de un proceso a través de dos proyectos famosos, el de 1834 preparado por el magistrado don Manuel Lorenzo de Vidaurre y el de 1845, preparado por Gómez Sánchez y Mariategui, se dicta el código de 1852, que como Uds. saben va a regir los destinos del país hasta el año 1936 en que es sustituido por el Nuevo código peruano que actualmente esta vigente.

Tal era brevemente considerado, el estado en que se encontraba el Derecho en Latino América cuando Bello hace su aparición y cuando en 1840, seguramente a sus instancias, se nombra la Comisión de legislación del Congreso, que tiene la finalidad de codificar las leyes civiles chilenas. La tarea cumplida por esta Comisión, las alternativas que sufrió son por ustedes de sobra conocidas y esto me exime, e incluso me impide, hacer una referencia a esta materia. Solamente diré, que como ustedes saben, en el año 1852, el código quedó prácticamente pronto.

III

El código entró en vigencia el lo de Enero de 1857, y a partir de este momento y ya un poco antes de haber entrado en vigencia, empieza a ejercer su influencia sobre el resto de los países americanos. ¿De qué manera este código que aparece en un momento tan particular de la historia del derecho en América, ejerce su influencia en los distintos países del Continente? Yo diría que el código ejerce su influencia en los países americanos fundamentalmente de tres modos distintos; por tres caminos llega la obra de Bello a auxiliar las legislaciones de los distintos países que integran nuestra América. En primer lugar, influye en algunos lados de un modo directo, casi diría brutal, por simple adopción del texto del código. Es lo que ha pasado, por ejemplo, en Ecuador, en Colombia, en parte de Nicaragua y con matices más o menos acentuados en otros países. Prácticamente el texto del código preparado para Chile es recogido en otras regiones de América, ejerciéndose así una influencia frontal de esta legislación en los otros derechos americanos.

En segundo lugar, también se ejerce una muy importante influencia de este código, por la incidencia que tienen sus disposiciones en la preparación de los otros Códigos Civiles de América; así influye mucho en el código Civil Mexicano, en el código Civil Argentino y particularmente en el código Civil Uruguayo. En este orden de ideas el código Civil Chileno encamina una determinada orientación del plan de otros Códigos Civiles americanos, provoca una determinada respuesta a los problemas de Derecho que requerían solución y, además, incluso, tiene una poderosa influencia en la redacción textual de numerosos artículos de los otros Códigos de América. Como acabamos de ver, cuando apareció el código de Bello prácticamente casi no existía legislación codificada en América. Casi todos los otros Códigos son posteriores a este, que en cierto modo tiene el carácter de precursor y también por su calidad, el carácter de mentor. A este respecto puedo decir que en el código Civil Uruguayo aproximadamente un 30% de las disposiciones contienen, o la solución o la redacción que Bello había dado a su proyecto de Código Civil. Las otras disposiciones del código Civil uruguayo, como ustedes saben, responden a otras fuentes: un 20% más o menos responde al proyecto de García Goyena, casi contemporáneo al de Bello, que fue publicado en el año 1852; un 16% responde al proyecto de Eduardo Acevedo, preparado en nuestro país por un jurista de principios del siglo pasado; otras disposiciones responden al código Civil argentino, etc.

Y, en tercer lugar, ‑en primer lugar influía el código directamente‑ al ser aprobado por otros derechos, en segundo lugar influía el código a través de la redacción de artículos del plan y de la búsqueda de soluciones; y en tercer lugar ‑repito‑ se da la influencia, a mi modo de ver más importante, que radica, en la propia concepción de la obra de codificación. En América Latina hubo en el siglo pasado, en materia civil, tres grandes codificadores que brillan con luz propia y que han hecho obra original: en primer lugar el codificador argentino Vélez Sarsfield que redactó el código Civil Argentino en 1869, con vigencia al 1º de Enero del 71. En segundo término, el codificador brasilero Teixeira de Freitas, que como ustedes saben no llegó a redactar el código Civil, ni su obra tuvo vigencia en Brasil, pero que ejerció una influencia muy considerable. En 1855 el estado brasileño encargó a Teixeira de Freitas la preparación de un trabajo previo a la redacción del código, consistente en la discriminación entre las disposiciones legales vigentes y las derogadas, cosa que preparó en 1.333 artículos bajo el nombre de Consolidación de las Leyes Civiles, obra monumental que sin duda es la más importante tarea que se ha hecho para poner al día una legislación en América. Después de esto en 1859, el Gobierno brasileño le encarga la redacción de un código Civil. Teixeira de Freitas, hombre de una ciencia eminente, seguramente el jurista más completo y más formado, por lo menos más sabio, de todo el continente americano, que mereció el título de Savigny americano, por su saber, empieza la redacción del código Civil, pero se siente en la maraña de su ciencia y cuando llega ya al limite de sus fuerzas que le impide seguir trabajando, había redactado 4.908 artículos y le faltaban partes muy importantes de su código como ser las disposiciones comunes a los derechos personales y reales, lo relativo al concurso de acreedores y la prescripción, etc. Su salud quebrantada no le permitió seguir adelante, y este código, que fue un código teórico si se quiere, porque nunca llegó a ser sancionado, que se conoce hoy con el nombre de 'Esbozo de código Civil Brasileño', constituye un monumento doctrinario de primera calidad en América. Finalmente, el tercer jurista, el tercer codificador de calidad original a que hice referencia es Bello.

De esta manera tenemos por un lado a Vélez Sarsfield, por otro a Teixeira de Freitas y por otro a Bello que era anterior a los otros dos (Vélez Sarsfield nació en 1800, Teixeira de Freitas nació en 1816), y ya en 1800 Bello era un hombre formado, constituye una especie de puente entre las dos épocas de nuestra América, la época colonial y la época de independencia. Bello era el más equilibrado de los tres y poseyó, a mi modo de ver, la sapiencia particular de tener un concepto exacto de lo que debe ser una obra de legislación. Frente a la obra de Teixeira de Freitas, farragosamente doctrinaria, que nunca pudo llegar a ser sancionada; frente a la obra de Vélez Sarsfield que si llegó a sancionarse en código, pero que aparece también cargada de muchísimos conceptos doctrinarios, a veces excesivos para una tarea legislativa, Bello tenia ‑como dijo Navaja en una carta a Ugarte, quien había preparado otro proyecto de código Civil para la Republica Argentina‑ el concepto exacto que cabe establecer entre su obra legislativa y un trabajo científico sobre legislación. Atenerse en la obra legislativa estrictamente a la parte dispositiva, no definir en exceso, señalar algunos ejemplos para que la ley pueda calar hondo en el sentido popular; tales fueron las preocupaciones principales que tuvo Bello y aquellas que lo distancian de los otros dos grandes codificadores americanos: Vélez Sarsfield y de Freitas. Y vista su obra en perspectiva ‑la obra de Bello‑‑ tiene como carácter principal y como, a mi modo de ver, principal motivo de elogio, este concepto de la obra de legislación y este concepto de la obra de legislación es, justamente, el que ha influido más en toda América Latina. El ejemplo del código Civil argentino y el ejemplo del de Freitas, no fue seguido por ningún código posterior de América Latina, aunque si muchas soluciones y muchos artículos de estos dos cuerpos legales fueron incorporados a otros Códigos de Latinoamérica.

Además de esta influencia que tuvo el código de Bello en los Códigos de Latinoamérica, hay una influencia particular, a la que quisiera hacer referencia sobre la redacción del código Civil uruguayo, ejercida a través de nuestro codificador Tristan Navaja, influencia curiosa porque se ejerce aún antes de que el código Civil chileno cobre vigencia o incluso, esté totalmente redactado; parodiando una frase famosa pudiera decirse que el código Civil chileno empezaba a ganar batallas aún antes de haber nacido.

Ustedes saben que en aquella época los juristas y en general, la gente culta que vivía en el medio americano viajaba muy frecuentemente; no viajaban tanto como nosotros ahora, pero viajaban con más eficacia que nosotros ahora, porque hacían viajes más prolongados y se afincaban más en los lugares a que iban. Narvaja, que redactó el código Civil uruguayo, era cordobés, estudió en Buenos Aires, se radicó en Montevideo y después siguió su ruta por América. Teixeira de Freitas se radicó mucho tiempo en Montevideo. Vélez Sarsfield también tuvo oportunidad de salir de su país. Bello, sin ir mas lejos, estuvo en Venezuela, estuvo en Europa, vivió en Chile, etc. Y Narvaja en medio de su peregrinar por el sur del continente americano, después de haber estudiarlo en Buenos Aires y de haber completado sus estudios prácticos en Montevideo, en 1844 pasa a Córdoba y finalmente al año siguiente, en 1845, viene a Chile, donde se radica por espacio de 8 años. Narvaja tenía en ese entonces 25 años, estaba en la plenitud de su formación, poseía una gran aptitud de captación para todas las cosas nuevas y aquí bebió junto a la legislación chilena y al ambiente chileno las ideas básicas que inspiraran la codificación del Uruguay y que fueron coordenadas del código de Bello.

¿Como Narvaja estuvo en contacto con todo esto? Simplemente por una razón casual, Narvaja era Narvaja Dávila, y por la rama de los Dávila, que era su línea materna, estaba emparentado con don Gabriel Ocampo, también Ocampo Dávila, el riojano que redactó el código de Comercio de Chile y que además había estado colaborando con Bello en la preparación del código Civil. Por consejo de Ocampo, Narvaja cuando estuvo en Chile se radicó en Copiapó, donde ejerció la profesión durante 8 años con gran intensidad. Hubo ahí pleitos famosos, por ejemplo hay un pleito de las minas de Peuén, que según parece provocó muchos comentarios de prensa acá en Chile y otros por el estilo. De esta manera Narvaja estuvo viviendo el ambiente previo a la codificación chilena, y esta influencia que ejerció la codificación chilena aún antes de haberse redactado o de haber tenido forma de cuerpo legal, es muy importante para comprender el alcance de nuestro código Civil. Justamente por esta influencia Narvaja se aparta en su obra de la línea puramente doctrinaria de Vélez Sarsfield y de Teixeira de Freitas y se inclina por un concepto más ceñido, más austero y más clásico de lo que debe ser una obra de carácter legislativo.

IV

Me permitiré ahora hacer una breve digresión sobre el código Civil uruguayo para brindar una idea de hasta que punto esta obra se inspira en aquellos principios que están esplendorosamente recogidos en el código de Bello.

La fuente inmediata de nuestro código Civil, que como ustedes saben fue sancionada en 1869, es el proyecto de Acevedo redactado por un jurista oriental en 1851. El Proyecto de Acevedo, en verdad no tuvo en cuenta el proyecto de Bello, por un asunto de fechas y sobre todo por un asunto de incomunicación, porque Acevedo preparó su Proyecto en medio de una gran guerra civil que hubo en nuestro país, llamada 'Guerra Grande' y que lo aisló del resto del continente americano. Acevedo no tuvo en cuenta ‑digo‑ al preparar su código el proyecto de Bello y tampoco tuvo en cuenta Acevedo el proyecto español García Goyena que se publicó simultáneamente con el proyecto de Acevedo en 1852. En cambio, cuando Narvaja redactó su código civil tomó muy en consideración el proyecto Acevedo, el proyecto García Goyena y sobre todo el código Civil chileno que, como les dije, inspiró gran parte de sus disposiciones.

Se ha planteado en alguna oportunidad, no una polémica, pero si opiniones acerca de la autoría del código Civil uruguayo. En nuestro país hay quienes han asegurado que el código uruguayo no está redactado por Narvaja, o no es obra de Narvaja, sino de Acevedo, que es su antecedente inmediato. Aquí en Chile, algún profesor chileno, ha sostenido que el código Civil uruguayo es simplemente una copia del código de Bello, etc. Evidentemente, tanto un punto de vista como otro, son exagerados y a mi modo de ver no contemplan lo que se debe tener por concepto de originalidad en una obra de carácter legislativo. Me explicaré: si a una persona que no tenga la menor cultura en materia jurídica, le leemos el Código Civil de Napoleón, el código Civil de Bello, el código Civil de Vélez Sarsfield, el de Narvaja, el de García Goyena y, en fin, cuatro o cinco Códigos más, no hará más que decir que todos se copiaron unos a otros, porque naturalmente, el concepto de originalidad en un código es muy distinto del concepto de originalidad de una obra literaria. Un código no es ni puede, ser original en cuanto trate temas nuevos, ni los trate de manera distinta que los otros Códigos; simplemente la originalidad de un código radica en la concepción del plan, en el estilo y en las soluciones que va dando, y en la estructuración jurídica de cada uno de los institutos. En este sentido el código Civil oriental, actualmente vigente, el que hizo Narvaja en 1869, es una obra original aún cuando responde en la orientación general del enfoque de lo que es una obra de codificación, a las directivas que había utilizado Bello para la redacción de su código.

La mayor originalidad del código Civil oriental, frente a los modelos que tuvo en cuenta, está constituida por el fondo de ideas sociales y económicas del código. Cuando analizamos un código ¿qué es lo que debemos observar para estudiar el código? Lo que hay que ver en primer término es el plan de código: el plan del código Civil uruguayo es aproximadamente el plan del código Civil de Bello, con alguna modificación, puesto que se hace de los modos de adquirir un libro autónomo y se distribuyen algunas materias con variantes sobre el código Civil chileno. En segundo lugar, dejando el plan, debemos considerar, y esto es muy importante, para apreciar el valor y el alcance de un código, el fondo de ideas sociales y económicas que lo inspiran. En realidad, el código de Bello está inspirado con las ideas sociales y económicas que regían en este país y en toda Latinoamérica en las primeras décadas del siglo pasado; en cambio, el código Civil oriental esta imbuido en materia social y económica por conceptos un poco más avanzados, como que es una obra aproximadamente 20 años posterior en el tiempo. Narvaja tenía la obsesión de la Ciencia económica y todos esos conceptos que respondían a las viejas ideas, tales como la muerte civil, la sustitución fideicomisaria, la prisión por deudas, la rescisión de las ventas por lesión enorme, la restitución 'in integrum', el plazo de gracia, la curatela de pródigos, el protutor, la validez de los esponsales, etc., todos estos conceptos, digamos, que venían del antiguo derecho español y más aún atrás casi del derecho romano, fueron dejados de lado por nuestro código. De manera, pues, que en cuanto al fondo de ideas económicas hay un evidente distanciamiento entre el código Civil de Narvaja y el código Civil de Bello o el Proyecto de Acevedo, distanciamiento que se origina, simplemente, en la diferente época en que fue redactado.

Y, por ultimo, lo que finalmente tenemos que observar en este análisis de los temas fundamentales y no de los vasos capilares, digamos, cuando consideremos un código, es la estructuración jurídica de los institutos y el estilo del código. En realidad, también aquí, en la estructuración jurídica de los institutos, Narvaja se aparta bastante de Bello y de los modelos que el había tenido. Y esto se explica, asimismo, por las diferencias de época: Bello cuando preparó su código sólo pudo consultar algunos comentaristas del código Civil Francés, tales como Delvincourt, Rogron y algún otro, pero pocos comentaristas, porque todavía no se había producido esa maravillosa eclosión de autores que se inicia en Francia al promediar la mitad del siglo pasado. Acevedo sólo conoció a Troplong y Toullier entre los autores posteriores al código Civil Francés, y de los anteriores conoció por supuesto a Pothier, Merlín, y Domat, aparte de toda la utilería de autores españoles que había en tiempos de la colonia. En cambio Narvaja conoció a los autores mas prestigiosos de la Escuela de la Exégesis y por la época que redactó su código pudo consultar a Duranton, Delvincourt, Aubry et Rau, Duvergier, Troplong, Toullier, Demolombe, Tauller, Masse et Verge, Zachariae, las revistas de Wolowski y de Foelix y sobre todo a Marcade, que es la vía habitual de nuestro codificador. Así como en tantos puntos Vélez Sarsfield siguió a Troplong, Narvaja siguió a Marcade, cuyo espíritu de polemista y cuya lógica, a veces excesiva incluso en materia jurídica, tanto le habían seducido. De manera pues, que si bien la contextura de nuestro código Civil, en cuanto a originalidad, mantiene autonomía respecto a la obra de Bello, existe, como acabo de señalar, una clara incidencia del concepto de Bello en cuanto a lo que debe ser una obra de codificación, incidencia que se manifiesta en nuestro código Civil.

V

Finalmente, quisiera, como punto final de la conferencia de hoy, referirme a lo que al principio de esta charla llamé 'el legado de Bello' y que me parece lo más importante de que podemos extraer como consecuencia de estas jornadas que estamos realizando. Como tuve oportunidad de decir hace un momento, Bello fue un hombre de dos mundos. Nosotros, en realidad estamos viviendo una época en que también nos coloca entre dos mundos, y es frecuente oír hablar del drama que consiste vivir entre dos civilizaciones, como le ha tocado vivir a nuestra generación. Sin embargo, para Bello esto no fue un drama, porque Bello en vez de mirar el foso que separaba los dos mundos entre los cuales le tocó vivir, estuvo mirando el arco que se extendía, del uno hacia el otro y pudo así superar las dificultades que se crearon. Este es un mérito muy especial de Bello. Cuando uno piensa, como dije hace un momento, que Vélez Sarsfield nació en 1800, que Teixeira de Freitas nació en 1816 y que Narvaja nació. en 1819, se da cuenta que mientras los tres últimos eran hombres formados en ese período de turbulencias y luchas intestinas, propias de la revolución y de la independencia americana, Bello era un hombre formado en otra escuela, era un hombre creado en el ambiente apacible y clásico de la Colonia. Sin embargo, tuvo la capacidad, realmente extraordinaria, de superar ese concepto de la vida, cuando el tenia 30 años recién empezaba entonces la revolución americana, y de adaptarse a las nuevas circunstancias.

Ese me parece que es el mejor legado que Bello nos puede dejar. No debemos engañarnos con la inmortalidad de la obra de Bello, incluso creo que Bello no tendría mayor orgullo al pensar que su código Civil fuera inmortal, porque realmente, en su moderación, en su modestia, en su sentido perfectamente clásico de lo que es la evolución del Derecho, él seguramente pensaría que las obras legislativas son obras perecederas, que el tiempo, como todo, también tendrá que devorar. En realidad el código Civil de Bello no es una obra permanente, sino que es, como toda ordenación civil, como toda codificación el fruto de una época; el fruto de una época que va avanzando, que va creciendo, como ayer lo dijo muy bien nuestro querido colega, a medida que pasa el tiempo. Un código no puede mirarse sólo como una escritura; yo diría que es más bien como una partitura musical; una escritura musical no dice nada si no se sabe con que espíritu se va a interpretar. La misma pieza interpretada, por un autor es una cosa, por otro ejecutante es otra cosa distinta; y así pasa con el código Civil. El código Civil de Bello, tal como se podía interpretar con las ideas que eran el caldo de cultivo en la época en que fue formado es distinto del código Civil de Bello en el día de hoy, se produce aquí lo que Ihering con gran maestría, más de una vez ha señalado aludiendo a la ley de permanencia de las formas o de economía de las formas: el Derecho se caracteriza porque va cambiando sin que nos demos cuenta. Muchos textos del código Civil tiene hoy un sentido muy diferente al que tenían cuando fueron sancionados; no nos damos cuenta que esto ocurre porque, naturalmente, en el corto espacio de la vida humana tenemos que hacer un proceso de reflexión muy detenido para ver esta evolución. Disposiciones, por ejemplo, sobre responsabilidad por hecho de las cosas, que están en el código Civil Francés y en todos los Códigos que le han seguido, tienen hoy un sentido totalmente diferente del que tenían en la época en que fueron redactados; realmente nos cuesta imaginar que los que escribieron esas frases pensaron que pudieran ser interpretadas como a nosotros nos parece lógico interpretarlas hoy.

Desde este punto de vista al código Civil, al código Civil de Bello se le puede aplicar lo que ya en 1925 dijo Bonnecase del código Civil Francés: 'el código no es sino un gran viejo contemplando una vida social nueva a la cual no puede imponer sus directivas'. Va cambiando el espíritu del código, pero por singular paradoja, este cambio del espíritu del código no es su muerte, sino que es su vida, porque se va remozando con las nuevas interpretaciones: el abuso del Derecho, la responsabilidad civil, los nuevos conceptos del Derecho de propiedad la protección de los débiles, son todos aspectos en los cuales el código va encontrando en su articulando nuevas respuestas para nuevos problemas, es un poco el concepto evangélico de verter vino nuevo en odres viejos.

En realidad la concepción general con la cual miramos el código de hoy, es distinta de la concepción con la cual se miraba el código en la época de Bello. Podemos decir que en la época de Bello el código estaba centrado en un individualismo distinto del individualismo que debemos tener hoy; el individualismo debe presidir siempre la legislación porque la legislación no puede perder nunca de vista al individuo, casi diría que no hay una legislación humanista que puede ser colectivista. El problema se centra en como se considera el individuo. El error de los Códigos Civiles tradicionales, en particular del código Civil Francés y en cierto modo también el de Bello, es haber considerado al individuo de una manera demasiado abstracta, sin mirar la coexistencia de los individuos en el espacio, ni la sucesión de los individuos en el tiempo. Hoy estamos mirando al individuo como una cosa concreta, coexistiendo con otros individuos en el espacio y formando parte de una gran cadena de sucesiones en el tiempo. Pero el individuo sigue siendo siempre el eje de la legislación civil; de otra manera no se podría concebir una legislación que estuviera acorde con los presupuestos de nuestras nacionalidades. Para decirlo un poco en el lenguaje del código y para reflejar una línea en cierto modo tendencias, yo señalaría que el individuo ha cambiado su papel en el código, en la época en que fue sancionado y en el momento actual del Derecho Civil, en aquel momento el individuo era, si se quiere, la fuerza creadora del Derecho, era el concepto de causa eficiente el que estaba haciendo mover a las fuerzas creadoras del Derecho: la autonomía de la voluntad creaba todas las soluciones y todo respondía a esa partícula maravillosa de libertad que llevaba el hombre en su seno y que le hacía desplazarse en la vida social. Hoy, por el contrario, si bien el individuo sigue actuando, ya no lo hace en esta calidad de causa eficiente o de fuerza creadora sino más bien de causa final; como aquel objeto último que debemos perseguir para darle la relevante posición que merece por la inminente dignidad de la persona humana. Hay, simplemente, un cambio de enfoque; no hay un abandono de la realidad que se estaba contemplando. Desde este punto de vista podemos decir que el código de Bello, como todos los Códigos, se va adaptando a las nuevas circunstancias y se va, digamos, remozando y vitalizando con esa especie de crecimiento paulatino, a que hacía referencia también Eyzaguirre, en la conferencia de anteayer.

VI

Finalmente, quisiera, antes de concluir esta charla, hacer todavía una pequeña digresión sobre lo que puede ser la historia externa del código Civil con relación a la historia externa del Derecho Civil. Lo que hace un momento he planteado muy brevemente, porque no quiero abusar del tiempo de ustedes, se refiere a lo que podríamos llamar la historia interna del Derecho Civil; pero el Derecho Civil tiene también una historia externa, como siempre se dice cuando se estudia por los historiadores del Derecho estas materias. La historia externa del Derecho Civil, tiene como signo dominante, en cuanto a la codificación, la circunstancia de que la codificación a que hemos estado haciendo referencia, la del siglo XVIII, la del siglo XIX, etc., tiene lugar en un momento en el cual asistimos a la dispersión y a la destrucción, y digamos a la división del Derecho Civil. Primitivamente, o mejor no primitivamente, pero si tomando como punto de partida la Edad Media, el Derecho Civil se identificaba con el Derecho Privado. Con las ordenanzas de Colbert, para hacer referencia a Francia nada más que como punto de partida para nuestro concepto del derecho occidental, en 1867 se empieza a producir la dispersión de algunas ramas del Derecho Civil. En ese año se dicta la famosa ordenanza sobre el procedimiento, la ley de procedimientos generales de Colbert, con la cual se separan la acción y el Derecho Civil, que habían estado hermanadas desde los orígenes del Derecho Romano, a tal punto que cuesta concebir el Derecho Romano sin tener idea de que está íntimamente compenetrado con la acción. Poco después, a los dos años, Colbert dicta las normas sobre aguas y bosques, con lo cual prácticamente se hace una especie de código que será el precedente de nuestros Códigos Rurales o Agrícolas; al año siguiente, en 1870 se dictan las normas sobre procedimiento criminal; cinco años después, en el 75, se dictan las normas comerciales, que se concibieron primeramente como un Derecho para regir una clase especial, la de los comerciantes, y cuando estos desaparecieron como clase, tiene que agarrarse desesperadamente al Acta de Comercio para no perder su autonomía, que está, sin embargo, siempre a riesgo de verla a pique.

Todo esto nos está demostrando como a partir de varios siglos atrás el Derecho Civil se está dispersando y se está separando en una serie de ramas, como si hubiéramos desatado un gran fardo dentro del cual hay una gran cantidad de cosas que se van dispersando unas y otras. En nuestro Derecho, es decir en nuestro tiempo, este proceso de dispersión del Derecho Civil, que hace del Derecho Civil una cosa cada vez más chica dentro del ámbito del Derecho en general y del Derecho Privado en particular, se ha acentuado: estamos viendo así, surgir bajo nuestros ojos al Derecho Laboral, creado por urgentes reclamaciones de justicia social, que busca solucionar una serie de problemas de la sociedad contemporánea, que responden en general a la idea de la usura, entendida en el concepto amplio que le daba San Buenaventura de la explotación del hombre por el hombre, bajo el velo del contrato. Vemos después, como también al margen del Derecho Laboral o del Derecho Industrial, o como se le quiera llamar, surge un Derecho Agrario, surge un Derecho Minero, incluso, según algunos autores, un Derecho de Familia, un derecho aeronáutico, un Derecho Económico y cantidad de ramas del Derecho que van dispersando el Derecho Civil. En realidad la codificación de Bello y todas las codificaciones del siglo pasado, se han venido a injertar en este proceso de dispersión y de destrucción del Derecho Civil. Naturalmente, que todas las personas que preconizan la fundamentación de estas ramas del Derecho como ramas autónomas, con más o menos suerte y con más o menos éxito, han considerado siempre que su creación en un perfeccionamiento del Derecho, consideran mejor que haya un Derecho Laboral, mejor que haya un derecho de menores, mejor que haya un derecho de familia, etc. Todo esto sería un perfeccionamiento del Derecho sí, pero un perfeccionamiento logrado a costa de desmembrar el Derecho Civil, ¿qué va a pasar entonces con el Derecho Civil? ¿Va a quedar vacío de contenido? En este punto me place recordar una reflexión muy interesante de D'Ors Pérez‑Peix, que debía acompañarnos en el día de hoy si no fuera por que se lo ha impedido una circunstancia de último momento, contenido en un estudio publicado en el año 45, sobre los Presupuestos críticos del Derecho Romano. En ese estudio dice que el Derecho Civil a lo largo de toda su historia ha presenciado muchas veces desmembramientos y embates como el que está sufriendo ahora, que no es sino la prolongación del embate que empezó a sufrir a fines del siglo XVIII y agrega: no tenemos más que pensar en Roma y tenemos que pensar la reacción que le habría despertado, seguramente, a los ciudadanos romanos ver la creación del Derecho del pretor: cuando el pretor que al fin y al cabo era un simple funcionario, se daba el lujo de destruir aquellos conceptos jurídicos que estaban tan arraigados en la mentalidad de los quirites y que estaban unidos a conceptos de carácter religioso, debió parecer que el mundo se venia abajo y se acababa en ese mismo momento. Y tres siglos después por influencia del 'ius gentium' todo aquel Derecho que trabajosamente se había preparado por el pretor, volvió otra vez a ser reestructurado, también debieron tener los romanos la sensación, que estamos viviendo ahora, de que nuestra época no es época ni de Derecho, ni de orden, ni tiempo en el cual se pueda confiar en las leyes. Sin embargo, estos procesos de enriquecimiento del Derecho, en definitiva, han llevado a una reestructuración del Derecho Civil. Se dice, además, en el trabajo a que hago referencia, que toda esta dispersión, este desmembramiento de las ramas del Derecho que estamos presenciando ahora, va a concluir en un nuevo florecimiento del Derecho Civil; el día que el Derecho Civil no tenga ya más contenido propio, volverá a englobar otra vez a todas estas hijas, que son las ramas del Derecho que se han ido de su casa y volverá a reestructurarse como una verdadera ciencia del Derecho Privado, que es la tendencia a la que el recurso de los tiempos históricos siempre vuelve en el proceso de la evolución.

Esto último me parece que tiene una moraleja y quiero, en fin, aprovechar dos minutos más para expresarles, y es la idea que debemos formarnos nosotros de la codificación. Muy a menudo estamos tentados por la obsesión de codificar el Derecho; la perturbación que nos crea la excesiva cantidad de normas jurídicas y su incesante variabilidad, incluso el trabajo material que a veces da saber qué normas hay sobre tales o cuales materias, impulsa a la gente a pensar que debe irse necesariamente a una nueva codificación del Derecho. Creo que esto es un error y creo que si Bello viviera, seguramente no pensaría que debemos volver a codificar el Derecho como él lo hizo. En este sentido me considero totalmente solidario con lo que dijo Schaulsohn ayer, acerca de que hay que mantener el Código actual, con retoques, con modificaciones, pero no intentar crear un nuevo Código que envuelva, digamos, o reconcentre todas las normas jurídicas que están dispersas.

Recordando una metáfora que ayer tuve oportunidad de explicar en la clase del Dr. Fueyo, yo diría que los Códigos son para el jurista como cartas de ruta que le van orientando el camino por el cual debe seguir. Pero hay momentos, como el que corresponden a la sociedad en la cual estamos viviendo, en que el fondo del mar es tan cambiante, por obra de acontecimientos de carácter político y sobre todo económico, en que es imposible tener una carta de ruta. El jurista no tiene más remedio, entonces, que prescindir de las cartas de ruta y hacer como hacen los marinos, es decir, coger la sonda e ir tanteando constantemente la profundidad que tiene a la proa de su barco. De otra manera no podrá prevenir la catástrofe y encallará.

Yo diría que debemos tener paciencia nosotros y que tengan paciencia nuestros hijos y también seguramente nuestros nietos: no nos dejemos llevar por la ambición de una codificación; contentémonos con ir, como los marinos cuando están en aguas poco profundas y movedizas, con la sonda en la mano, y esperemos que algún día pase este período de perturbación del Derecho y que podamos entonces presenciar la reaparición de nuevas codificaciones, que para bien de la humanidad, quiera Dios que tengan como paradigma y ejemplo de ser imitado la obra de Bello, que estamos conmemorando en la clase de hoy.

Nada más.

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Conferencia del Doctor don Jorge Peirano Facio, en el centenario de la muerte de Bello. Aula Magna, Escuela de Derecho. Santiago, 1965.