Artículo

  • Vicuña Mackenna, Abogado

Resumen

Abstract

I.- Rol de la abogacía en la vida de Vicuña Mackenna

 

Vicuña Mackenna, Abogado

A Raúl Marín Balmaceda y Ricardo A. Latcham, hombres de pensamiento y de chilenidad, a cuya patriótica iniciativa se debe el proyecto de ley que dispone la creación del Museo Vicuña Mackenna.

I

Ciertamente, los trabajos profesionales de abogacía no llenaron papel fundamental en la vida pública del prócer, ni en el acero de su montañosa obra; pero tuvieran, con todo, cierta importancia, que cobra interés en relación con otros aspectos de su personalidad.

La riquísima cultura jurídica que poseía demostrada en sus discursos parlamentarios (1), que nosotros recopilamos no hace mucho, no menos que en las obras de ese orden que llenaban algunos anaqueles de su biblioteca particular, que hoy es propiedad de la nación le posibilitó para desempeñarse con brillo no superado en nuestra historia, en sus cargos de Diputado y Senador de la República, como asimismo en sus labores de carácter interamericano. Aparte de las huellas que del abogado pueden encontrarse en las tareas del legislador, del diplomático y del político, las hay en su pro­pia actuación ante los estrados de la justicia chilena, actua­ción que tuvo relieve señero en los jurados de imprenta en que le tocó actuar como protagonista, ora perseguido por la vanidad herida de algún magnate, ora como acusador de difa­madores y pícaros. Aún los pleitos en que le cupo interve­nir profesionalmente durante los breves períodos en que ejerciera tal ministerio, revisten interés, ya sea, desde el pun­to de vista de la anécdota, o bien desde el ángulo puramente jurídico.

Vicuña Mackenna fue de aquellos abogados para los cua­les la profesión como debe ocurrir al médico, verbigracia, y al profesional de concepción moral elevada  constituye un ministerio que ha de rodearse de la más alta respetabili­dad y del más escrupuloso sentido de lo honesto. Pensaba que el abogado sólo puede aceptar aquellos pleitos de cuya justicia está, plenamente convencido y que debe, acudir en la defensa del cliente únicamente a aquellos medios que la recta conciencia autoriza. Con ello puede entenderse que no per­teneció a ese número de abogados recursistas para los cuales la finalidad de un pleito es ganarlo, aunque sufra la justicia y triunfe la deshonestidad. Cabe, a este propósito, recordar una anécdota, comentada con donaire por él mismo en una de sus obras, donde se trata de cierto abogado que llevaba al presunto cliente delante de dos estantes, colocado el uno a la derecha de su escritorio y el otro a la izquierda. 'Aquí ­-decía, señalándolos sucesivamente- están los libros por los cuales puedo hacerle ganar su pleito, y ahí aquellos que Fe lo harían perder'.

No era Vicuña de los hombres de dos estantes, y por eso, sin duda, su labor de abogado ha tenido más repercusión Po­lítica, parlamentaria y jurídica, que no meramente profe­sional.

Es justo, empero, reconocer que el medio en que le toca­ra actuar, si bien de corrupción política en el sentido de su­bordinación en el ejercicio del poder a las necesidades o ca­prichos del caudillismo imperante, que se disimulaba hábil­mente bajo el manto de la constitucionalidad y del respeto a las leyes, era de gran honestidad en el terreno judicial. El tono mismo de la época era honesto, en todo lo que no dijese  relación con una política electoral, y la sociedad chilena había alcanzado un nivel de cultura y un grado de sobriedad y de amor a la cosa pública que hoy se contemplan como lisia her­mosa evocación del pasado. No es que haya habido variación en el fondo racial, porque sabemos que la naturaleza humana evoluciona con tremenda lentitud y los defectos y vicios que le son inherentes se manifiestan doquier haya hombres y pasiones que los alimenten; pero entonces se encontraban en la estructura superior, de la sociedad y en los puestos de co­mando individuos que tenían tradiciones más sólidas y me­nores apetitos que satisfacer. Cierto es que la época era pa­triarcal y que no existía esa trágica marea de los períodos revolucionarios que lleva a las alturas, en abigarrada mez­cla, altos valores junto a aventureros despreciables, a la hez mezclada a los tipos de élite.

Ahora bien, si ampliamos el concepto de abogado a una acepción simbólica en el caso de Vicuña Mackenna, cabría expresar, sin contradecir afirmaciones hechas al comienzo, de este ensayo, que fue ese espíritu, como defensa de lo nacio­nal, de lo esencialmente chileno, el que domina en su vida.

Apurando el concepto, podría apellidársele el Abogado de Chile.

II.- Vicuña Mackenna, estudiante de derecho

Una huelga universitaria

Sábese que Vicuña Mackenna no fue un buen estudian­te en el sentido corriente y anduvo muy lejos, de esos peina­dos modelos memoristas que obtienen en sus clases los pri­meros puestos y naufragan después en la vida. Acaso, mien­tras el dómine manejaba la palmeta para ayuda de los ver­bos latinos o de los teoremas de Pitágoras, la imaginación del muchacho iba por el mundo de los sueños que Darío tiñera de azul en su mocedad. Cerebro ardiente, retentiva prodigio­sa, volición creadora, iba él levantando la arquitectura de su futura vida mientras los compañeros hacían cuentas con los dedos en clase o encumbraban volantines en las horas de recreo.

Léese, a modo de ilustración, esta frase en sus Apuntes Confidenciales: '1840. En Agosto entré al colegio de Cueto, después, de Núñez, y allí estudié latín, aritmética y gramáti­ca, saliendo mal en todos mis exámenes, o en casi todos'. No debe entenderse ello muy al pie de la letra, sin embargo, por­que don Ricardo Donoso, en su libro sobre el prócer, repro­duce un aviso de don José M. Núñez, dueño del colegio alu­dido, en que se dice que el consejo de profesores juzgó muy digno de mención especial a Vicuña 'por haber conseguido finalizar un curso laborioso como el latín, empleando mucho menos tiempo que sus demás condiscípulos' (2).

Completó sus estudios de humanidades en el Instituto Nacional de Santiago, a donde ingresó en 1847. Y se incor­poró al año siguiente, cuando no salía aún de sus dieciséis años, en la Academia de Leyes y Práctica Forense de la Uni­versidad de Chile, cuyos destinos regía el ilustre Bello.

En 1849 obtuvo título de Bachiller en Leyes y Ciencias Políticas.

Vicuña Mackenna ha descrito aquella escuela, que databa de los postreros tiempos del coloniaje (3): 'Como institu­ción de enseñanza técnica la Academia de Leyes era en ex­tremo deficiente; pero considerada como un elemento de dis­ciplina intelectual, como un gimnasia del espíritu, del pen­samiento y de la palabra, ofrecía a la juventud una arena de luz y de combate que la preparaba admirablemente para las exigencias de la vida pública.

El joven se entregó con entusiasmo a los estudios y no tardó en adquirir entre sus condiscípulos el natural ascendiente que siempre conquistaría su poderosa personalidad. Los conductores, nacidos con el doble don de la sugestión, per­sonal y del mando, saben imponerse desde la primera hora en cada uno de los círculos de acción a que la vida y las cir­cunstancias los empujan. Temperamento ardoroso y apa­sionado, que sentía vibrar en carne y espíritu todas las emo­ciones sociales e intelectuales de su tiempo, y aún sabía hus­mearlas cuando flotaban. en la atmósfera del devenir, sólo penetrable a las naturalezas superiores, Vicuña no tardó en incorporarse él, e incorporar a sus camaradas, a la oleada revolucionaria que iba creciendo en los postreros tiempos de la administración Bulnes.

En las arenas políticas, candentes ya, se diseñaba la can­didatura de Montt, y contra ella la juventud levantaba pol­vareda de fronda. El gobierno, para definir posiciones, de­signó en Julio de 1850 Ministro de Justicia a don Máximo Mujica, regente de la Corte de Apelaciones de Santiago y presidente de la Academia. Con tal motivo, el director de la misma, don Juan Francisco Meneses, pretendió enviar un oficio de felicitación a Mujica, lo que de inmediato provocó resistencia entre los alumnos. Vicuña sostuvo que la nota de Meneses, hecha en nombre de la corporación, era contraria al reglamento.

Un diálogo se entabló entre impugnador e impugnado.

- '¡ Hola ¿Quién es usted ? '

- 'Soy Benjamín Vicuña'.

  'Celebro mucho conocerlo'.

- '¡Yo también lo conozco demasiado, señor director!'.

Y como el dómine se encarase más duramente, el joven repuso con aire de desafío: '¡Basta de raspas' Meneses le ordenó salir de la sala, preguntándole Vicuña con qué facul­tad podía darle tal orden. Meneses, fuera de sí, reiterósela. Y en medio de gritería general, metiéndose el sombrero hasta las orejas, el joven abandonó la estancia.

El intransigente director pidió de inmediato, al Consejo de la Universidad, la expulsión del estudiante rebelde y éste apeló ante Bello, su Rector, del acuerdo provisorio que lo alejaba de la Academia.

Con ello se hizo general el descontento de los alumnos, quienes, se plegaron en masa al compañero revolucionario, iniciando entusiasta agitación en todos los medios intelectua­les y políticos de Santiago. Puede imaginarse el escándalo que en la pacata capital hubo de provocar la actitud de la muchachada y del caudillo que impulsaba sus reivindicacio­nes, bien modestas todavía.

A vuelta de discusiones, de proyectos de interpelar al Gobierno, de protestas de dómines y alumnos, el Rector Be­llo, que en lo hondo simpatizaba con los jóvenes, se avino a entrar en mediación, y a poco cambiadas explicaciones entre todos, Vicuña fue admitido de nuevo en la Academia, de cuyo seno no tardarían en sacarlo, sin embargo, los acontecimien­tos de la revolución que estaba ya en marcha.

Tal es la historia de la primera huelga que hubo en la Universidad de Chile.

III.- Vicuña Mackenna se reciba de licenciado en leyes

'Memoria sobre el sistema penitenciario'

Los estudios jurídicos de Vicuña Mackenna se vieron in­terrumpidos a poco andar con el movimiento revolucionario de Abril de 1851, en el cual inició su vida pública, a la edad de diecinueve años, como ayudante de campo del Coronel Urriola. Arrestado, el día 20, a raíz de estallar la insurrec­ción, fue sometido, a consejo de guerra y condenado a muer­te, salvando la vida en compañía, de su amigo don José Mi­guel Carrera Fontecilla, con quien huyó de la cárcel envuel­to, en romántico disfraz.

Hizo el joven la campaña de, ese año memorable, en las filas del general don José María de la Cruz. Fue goberna­dor de Illapel, jefe de tropas, se batió con las fuerzas oficia­listas y cooperó a la causa en la provincia rebelde de La Se­rena, en tanto su propio padre asumía el gobierno de Con­cepción, como ministro universal de Cruz.

Vencida, la revolución y tras de muchas peripecias y no pocas pruebas que habían de entonar la fortaleza de su espí­ritu, debió abandonar ¡el país en su primer ostracismo. Viajó por México, Estados Unidos, Canadá, Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica, Alemania, Austria. Estudió ciencias agrícolas en el Real Colegio de Cirencester. Publicó sus dos prime­ros libros, uno sobre su patria- Le Chili  y otro acerca de La agricultura europea. Y después de regresar a. América por la vía del Atlántico, deteniéndose en Brasil y en Argen­tina, puso fin a sus andanzas en Octubre de 1855.

Una de las principales preocupaciones de Vicuña, fue reanudar los estudios interrumpidos por la revolución. Y puso tal empeño, que en Mayo del año 57 rindió examen de Práctica Forense. Poco después optó al título de Licenciado en Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad. Sorteada la cédula de reglamento, le correspondió rendir examen oral sobre la cuarta de Derecho Canónico: 'Del matrimonio y de la iglesia, fiestas, ayunos, abstinencia y sepultura'.

Una comisión, de la que formaban parte los profesores Lira, Fernández, Vargas, el señor Meneses y el secretario de la Facultad, le tomó examen el día 22 de Mayo. Ante ese ju­rado leyó su memoria escrita y algunos días más tarde rindió prueba final ante la Corte, recibiendo a poco el título de abogado.

Su Memoria sobre el sistema penitenciario en general y su mejor aplicación en Chile, fue insertada en los Anales de la Universidad y reproducida en 'El Ferrocarril' de San­tiago y 'El Comercio' de Valparaíso, siendo, luego, impre­sa en folleto. Es un trabajo muy completo y de notable in­terés, en que se estudian los principios penitenciarios en práctica en el extranjero y la aplicación del sistema en el país. Concluía proponiendo un reglamento para la Casa Pe­nitenciaria de Santiago.

Si en dicha memoria el postulante evidenciaba, sólidos conocimientos jurídicos, el pensador no quedaba en zaga.

En Vicuña, el pensador, el poeta, y el investigador se dan siem­pre la mano.

En su estudio busca el autor las causas de la delincuen­cia, los factores que la promueven y sustentan. Entre ellos la ignorancia tiene valor primordial. Es la ignorancia, esa 'no­driza maldita que amamanta todavía los pueblos del Nuevo Mundo'; factor básico en el problema. Y continúa siéndolo hoy día...

Indaga los elementos psicológicos que preparan el am­biente criminal en Chile. La sonda rastrea a fondo. 'No lo du­demos,- dice en la segunda parte- hay en las clases pobres de Chile una predisposición innata a la tristeza; sólo los há­bitos de una vida de peligros, la reunión de muchos y los efectos de esos vicios brutales que aletargan para siempre el espíritu, pueden distraer el pensamiento del proletariado siempre fijo en consideraciones melancólicas. Preguntad en qué pasa sus noches toda familia honrada, todo hombre que no está en la taberna. Agrupados alderredor del fogón o del tosco brasero, los niños del pueblo duermen o escuchan el monótono silbido de su padre que trabaja; la madre, ya severa y callada o ya afecta a la charla, les refiere insustanciales consejas cuya memoria pierden luego, o los espantables por­tentos de gigantes y demonios que van a llenar de tristeza esas almas debiles y crédulas. Pero ni una sonrisa, ni una reconvención razonable, ni una muda caricia entre ese grupo de esposos, de padres y de hijos !Silencio, silencio de temor, de costumbre, de sueño, si se quiere, pero siempre silencio en la habitación del pobre, siempre esa concentración profunda que hace del pensamiento una especie de máquina en cons­tante actividad, pero cuya elaboración es siempre limitada a las consideraciones dolorosas de la pobreza, de la ignoran­cia, del infortunio en fin! '

El mérito especial de la memoria fue abrir al estudio de los hombres públicos y de las clases altas un importante ca­pítulo sociológico y político. En lo que atañe a la actitud de la sociedad y del Estado frente al delincuente sometido a cas­tigo, ponía el dedo sobre una llaga abierta aún, examinando un problema que no se ha solucionado jamás y que hoy continúa en latencia; un problema que todavía muestra, con sus lacras, uno de los aspectos más repugnantes y tristes de la descomposición social contemporánea. Los puntos de vista que sostenía eran del todo nuevos para la época y evidencia­ban la alta generosidad de su espíritu a la vez que sus cua­lidades de estudioso y de sociólogo. Mucho han avanzado las ciencias penales desde entonces y algunas de las reformas su­geridas pueden parecer románticas en exceso, como hijas de un corazón impregnado en el clima de su tiempo. Pero el conjunto exponía principios de rehabilitación social, de re­educación moral; con lo que no andaba distante de conside­rar al delincuente como un enfermo, con lo sujeto que actúa bajo la presión de múltiples factores, a muchos de los cuales no, es extraña la sociedad misma y su errada actitud frente al hombre y, sus acciones y reacciones (4).

A modo de corolario práctico, con la experiencia perso­nal alcanzada en sus visitas de estudioso en Estados Unidos, proponía un plan de reglamentación para la Penitenciaría de Santiago, adaptado a la mezquina realidad chilena de en­tonces y de siempre, que él conocía muy bien y contra la cual luchó en todos los órdenes de la vida, animado de un ardien­te celo de patriota y del noble contenido de bondad humana que fue su característica, más luminosa.

Innecesario parece decir que en ese orden de actividad jurídico social no alcanzó lo que se proponía, si bien sus ideas se abrieron camino más tarde. Corrió en este terreno, como en otros, la suerte de los apóstoles y de los precursores, de los que abren caminos y señalan derroteros; de los que de­rrumban las murallas de la Ciudad Prometida, a sabiendas de que nunca pisarán sus umbrales.

IV.- El caso Carvacho

El caso Carvacho

Antes de recibir su título de abogado, Vicuña Mackenna intervino en un caso que tuvo resonancia considerable.

En Noviembre de 1856, la sociedad se sintió sacudida por un drama pasional que llenaría por largo tiempo el chismorreo de sus veladas caseras y de sus tertulias. Joaquín Carvacho, oficial de ejército en retiro, dió muerte a su espo­sa, que le era infiel, apuñaleándola en las puertas mismas de la Catedral. El suceso apasionó a todo el mundo, vistiéndose con los atributos del más sonado escándalo de aquella época tranquila y pacata, en que los buenos santiaguinos cu­brían de cuidadoso secreto sus adulterios y amoríos.

El joven tomó a su cargo la defensa del matador, convencido de la sinceridad que empujara su mano -como en un drama de Calderón- para lavar en sangre manchas de ese honor castellano cubierto de moho, ¡tan lejos aun de recibir impulsos de lógica que lo pusieran más en alto que en puntos de honrilla burguesa aferrada a las llaves del sexo! Con todo, junto al dolor exacerbado por el amor y la carne, los sentimientos caballerescos, estilo de aquel romanticismo que do­minaba los estrados chilenos, siquiera superficialmente, no podían por menos de propiciarse los generosos ánimos del joven luchador, siempre pronto a tomar la defensa de los desamparados, de los perseguidos y los tristes.

Vicuña agitó la opinión pública desde filas columnas de 'El Ferrocarril', dando cuenta diaria de la marcha del proceso, y procurando allegar a la causa del reo las más simpatías que fuese posible. Y ante los tribunales alegó don Do­mingo Santa María, cuyos prestigios comenzaban a destacarse en el campo político, en el que militaba desde las tien­das liberales.

Mas, los esfuerzos de ambos, los sentimientos benéficos despertados por la defensa en todo el país, fueron estériles y la Corte de Apelaciones condenó a Carvacho a la última pena el 13 de Noviembre. Iba la justicia con velocidad desacostum­brada, que acaso corriera parejas con el malestar que en el gobierno despertaría la actuación del defensor.

Exaltándose ante el fallo, que estimaba apasionado y monstruoso pues ¿ en nombre de qué principio humano o di­vino podría el hombre arrogarse el derecho de quitar la vida a sus semejantes?  Vicuña publicó largo artículo que llena una página completa del diario santiaguino, con el título de La sociedad y la pena de muerte. El pensador, en ayuda del hombre de derecho, tentaba allí el postrer recurso de salva­ción, pero la justicia capitalina fue inexorable y el Presiden­te Montt se negó a conceder el indulto que le solicitaban instituciones sociales y personalidades conocidas.

El defensor corrió a la cárcel, a esa misma cárcel que ha­bitara en días de revuelta y en. horas de prueba, y se consti­tuyó en el calabozo del condenado a muerte. Carvacho le con­fió sus dolores y lo hizo depositario de su última voluntad. Vicuña no era ya el jurista vencido por pasiones politices o sequedades de magistrado aferrado a la letra de la ley, sino el hombre que asiste a otro, con fraternal cordialidad, en el trance de dejar violentamente la juventud y la vida.

Fué ejecutado el reo en el mismo sitio en que cometiera su crimen. Al día siguiente un artículo consagrado a su me­moria  Una última palabra sobre Joaquín Carvacho le permitía sellar aquel episodio, comunicando a la nación, como fuerte clamor contra el derecho a matar que la sociedad se atribuye, las cartas cambiadas con su defendido, al borde del patíbulo. ¿Es necesario añadir que ese grito de benevolencia y de amor humano, resonaría, como tantos otros, en el de­sierto?

V.- Primeras actividades profesionales

El proceso Lesley

En 1858 el joven abogado abrió bufete en la casa paterna y frecuentó los tribunales de justicia, en donde se oyeron sus primeros alegatos y  con ellos su oratoria persuasiva y elo­cuente, que alcanzaría más tarde tan alto relieve en otro orden de actividades, como caudillo parlamentario y político, a la vez que como jefe moral de su pueblo.

Participó por esos días en un pleito contra el regente de la Corte, de La Serena, don Juan Manuel Cobo, como apode­rado de la viuda del Coronel Amunátegui (5). Intervino, también, como abogado del síndico en el concurso del perso­naje de marras (6).

En carta a don Bartolomé Mitre, el prócer le hablaba de sus actividades profesionales en estos términos: 'Así es, ami­go mío, puesto que estamos en el terreno de las confidencias, que hace y a seis meses a que no escribo sino sobre papel se­llado. Y qué quiere Ud.! A esta clase de escritos, aunque los empape uno de cuanta necedad y de cuanta pedantería hay en los rancios autores, les pone un juez al pide, como se pide y ahí tiene Ud. que lo llaman a uno sabio, un hombre de pro­vecho, un futuro ministro, qué sé yo!'

Pero había otras empresas que le atraían con imán po­deroso, y otros estímulos para su espíritu, diversos, de las li­vianas, satisfacciones del éxito obtenido en estrados, y como su dinamismo febril, que con el tiempo le llevaría a las más increíbles realizaciones simultáneas, le impulsaba a emplear su genio y su pluma en forma continua y con finalidades esenciales de bien público, no tardó en mezclarse en, la polí­tica activa y en encabezar un movimiento de reforma consti­tucional, desde las columnas de su célebre periódico La Asamblea Constituyente, que a poco andar daría su nombre a una revolución.

El gobierno autoritario de Montt, que se encontraba en sus últimas etapas y no olvidaba la actuación del joven cau­dillo en los movimientos del año 51, acabó por arrestarlo, con otros líderes, en Diciembre de 1858, y el día 14 fué trasladado -rara coincidencia  al mismo calabozo que ocupara, siete años hacía, con don José Miguel Carrera el Mozo.

Acusado de ser uno de los firmantes de cierta convoca­toria a reunión pública estimada como sediciosa  los gobier­nos siempre estiman sedicioso señalar los errores cometidos y se irritan con los consejos de cordura que tienden a impe­dir las revueltas p las agitaciones sociales fué sometido a proceso. El 20 de Diciembre, en la vista de la causa, alegó por primera vez en defensa propia. 'No me turbé  cuenta en Mi Diario de Prisión  y mi voz fué enérgica y sentida en un discurso de cerca de media hora'. ¿ En qué forma planteó el joven, su defensa? 'Comenzó Vicuña  escribe Ricardo Donoso en su vida del prócer (7) por declarar que no iba a defender su persona y que consentía en todo en nombre de los fueros de su conciencia y de su honor. Ocupándose de la acusación del Fiscal contra la convocatoria insertada en La Asamblea Constituyente, expresó que ella no entrañaba una sedición, un acto sedicioso, ni una incitación a la revuelta, por cuanto se trataba únicamente de un voto moral en favor de la reforma de las leyes. Citando las definiciones de los diccionarios de jurisprudencia y de la lengua, y las disposiciones de la misma Constitución, llegaba a la conclusión de que no ha­bía habido tal sedición. Pidió al jurado que rechazara la 'triste chicana de las argucias', y que, poniéndose la mano en el corazón, fallara en conciencia. Hablando de su artículo acusado (el de la convocatoria aludida) manifestó que pre­fería acusarse antes que defenderse, pues no veía en sus pá­rrafos la menor expresión que pudiera considerarse como una intimación a la subversión. ¿Es sedición pedir, decía, que los individuos se junten en asociaciones patrióticas para que sostengan esa idea (la reforma de la Constitución), para que la iluminen, para que la robustezcan? Si esto es sedición, concluía, declaremos entonces el trastorno del universo mo­ral en que vivimos'.

'La defensa de Vicuña  expresa el señor Donoso  es­taba compuesta con un espíritu elevado y sereno. Con sólida argumentación y claridad de conceptos, planteó la cuestión en el terreno de los principios, único en el cual cabía diluci­dar el asunto'.

Pero su elocuencia se estrelló contra las pasiones polí­ticas y en el espíritu servil que frente a la autoridad constituída suele animar a los hombres de todas las tierras, ideo­logías y tiempos.

El jurado, como ocurre siempre en las causas políticas seguidas bajo la presión de un régimen autoritario, halló cul­pables a los firmantes de la convocatoria, si bien le absolvió de un artículo que las autoridades habían acusado. A poco, el juez le condenó a tres años de destierro, y en la noche del 7 de Marzo de 1859, fue sacado de la cárcel y conducido a Valparaíso, donde al día siguiente le embarcaron con rumbo desconocido, a bordo del barco inglés Luisa Braginton, fle­tado especialmente por el gobierno para conducir algunos prisioneros políticos de importancia a un puerto inglés.

Meses antes, en Enero, había estallado la segunda revo­lución, en contra de las autoridades del Decenio y en pró del restablecimiento de las libertades electorales y de las garan­tías otorgadas por la Constitución. No les acompañó la for­tuna y los que se iban al exilio, prendida en el alma la espe­ranza del éxito, verían desvanecerse en el horizonte de la pa­tria lejana sus esperanzas de libertad. La revolución fracasó, como fracasara la anterior, falto el país del clima necesario.

El viaje el destierro, en compañía de don Angel Custo­dio Gallo y de los hermanos Matta, fué singularmente penoso, pues el capitán de la Braginton, Guillermo Lesley, con quien el gobierno de Montt había tratado, no les escatimó malos tratos. Duró la odisea, que odisea fué y durísima, cerca de cien días, al cabo de los cuales, el 15 de Junio, llegaron a Liverpool, flacos, mohinos y con el alma encendida en viril indignación. De esa travesía ha quedado una página de Vi­cuña Mackenna que cuenta entre las más sabrosas que sa 

lieran de su pluma; es una carta, plena de humour, dirigida a don Januario Ovalle Vicuña (8) .

En Liverpool aguardaba a los chilenos una muchedum­bre de curiosos, pues el Capitán Lesley había hecho circular la especie de que conducía a su bordo un grupo de 'crimina­les famosos', con lo cual reinaba curiosidad por ver esa 'nueva especie de fieras sudamericanas desconocidas toda­vía en los jardines zoológicos de Inglaterra'.

El primer cuidado del joven y de sus compañeros fue de­nunciar ante las autoridades británicas el indigno comporta­miento de Lesley, iniciándose un juicio del que conoció el Tribunal de Assises del condado de Lanciashire, en audiencia efectuada el día 18 de Agosto. En ella alegó Vicuña Mackenna en correcto inglés, atrayéndose la ,simpatía del público y de los jurados, a quienes sorprendió lo perfecto' dé la locu­ción, la energía de su verbo y la fresca gracia, de su juventud.

Lesley fue declarado culpable, otorgándose libertad bajo fianza de 600 libras esterlinas hasta tanto se pronunciara en definitiva la Corte Criminal de Inglaterra.

¿Qué desenlace tuvo el asunto? Difícil, si no imposible, sería el saberlo hoy, pues no ha quedado rastro sobre el par­ticular. Es probable que, satisfecha la vindicta con la decla­ración de culpabilidad, las víctimas no siguieran más ade­lante, dejando al mal capitán por castigo su propia concien­cia, si es que la tuvo. Vicuña Mackenna prosiguió entre tan­to sus andanzas por Europa y recorrió los archivos españoles y las librerías de la villa y corte, donde él y su amigo el his­toriador Diego Barros Arana estuvieron al perecer, según en otra obra hemos contado (9). A comienzo de 1860 se ha­llaba en el Perú, de regreso a América, y allí, en espera del término de la administración que tanto le había perseguido, vivió meses de intensa labor, en la cual se sitúan dos de sus libros principales: El Ostracismo de O'Higgins y La Revo­lución de la Independencia del Perú.

VI.- El jurado de 1861

 

'La historia es una tribuna y es un sacerdocio'. -Vicuña Mackenna: Mi defensa ante el jurado de imprenta.

No imaginó ciertamente el gran historiador que su obra en memoria de O'Higgins iba a depararle persecuciones amargas, a la vez que la oportunidad de realzar su figura de luchador y de tribuno ante la opinión chilena.

Publicado el Ostracismo, en efecto, en las columnas de 'El Mercurio' de Valparaíso, ciertos conceptos emitidos so­bre la persona del famoso Ministro Rodríguez Aldea irrita­ron a sus descendientes, con lo que uno de ellos, don Francis­co de Paula Rodríguez Velasco, inició juicio de imprenta contra el autor.

Tremante de indignación, Vicuña Mackenna, que se ha­llaba en Valparaíso, de retorno en Chile, aguzó su pluma y encendió en ira patriótica el fuego de su verbo.

Hubo cambio previo de comunicados en la prensa. A las requisitorias de Rodríguez, el editor de 'El Mercurio' replicó que, 'de acuerdo con el inciso 5° del artículo 11 de la Ley de Imprenta de 1846, no se reputará injurioso el impre­so en que se relataren hechos históricos o se hicieren pintu­ras de caracteres, esté viva o muerta la persona a quien se refieren; siempre que tal relato o pintura, se haga por inves­tigación histórica o trabajo literario, y no con el propósito de difamar'

Al comunicado del señor Rodríguez respondió Vicuña extensamente, en la edición de 'El Mercurio' de 12 de Marzo. Expresó que al componer su libro no tuvo otros propó­sitos que los de realizar 'una labor de reparación y de justi­ficación históricas'; que eran conocidos sus esfuerzos para rendir homenaje a los grandes hombres chilenos de la Inde­pendencia y que en tocante al caso del doctor Rodríguez Al­dea, a pesar del ardor de su estilo 'lo había juzgado con severidad no exenta de indulgencia', recogiendo solamente he­chos que eran, de pública notoriedad. Por otra parte, acepta­ba ir al jurado de imprenta, pero rogaba no se le obligara a 'descender de la historia al escándalo'.

Entre tanto la opinión se había sentido vivamente sacu­dida, contribuyendo a ello la notoriedad despertada por las acciones y obras, de Vicuña y el interés inherente al juicio en que se debatiría el honor de un conocido hombre públi­co, cuyo recuerdo no había alcanzado a esfumarse todavía. Era, ene cierto modo, un escándalo social, pues personajes y apellidos de la aristocracia santiaguina figurarían en el proceso.

El escritor acusado, con generoso afán de evitar mayo­res contrariedades a un hijo cuyo empeño era defender la honra de su padre, piadosa tarea, intentó hacer desistir a su acusador, ofreciéndole, inclusive, hacer destruir ante testigos los, documentos que deberían servirle de prueba en el juicio. Pero a nada quiso avenirse la, obstinada resistencia de Rodríguez y de sus abogados.

En vísperas de la audiencia no se hablaba de otra cosa en calles y casas y era este el tema de las tertulias politices, divididas en dos bandos: de una parte los adversarios de Vicuña acechaban ansiosamente la posibilidad de una con­dona, y sus amigos, por otra aguardaban una completa abso­lución, no sin temer los influjos del gobierno.

El 19 de Junio se procedió a elegir a los individuos que integrarían el primer jurado; designación que fue necesario repetir el día 21, por error de sorteo habida en la primera.

Tan grande era la expectativa reinante que 'El Mercu­rio' hubo de insinuar la conveniencia de buscar al tribunal un local más amplio que el ordinario, lo que provocó protes­ta de los enemigos del historiador, quienes lanzaron a la calle una hoja con el título de Prevención. Con una Contra pre­vención respondió éste, invitando a todos los ciudadanos de Valparaíso al recinto en que se verificaría el proceso. El 24 de Junio, ante público numerosísimo y ávido de emociones, que llenaba el espacioso Consulado de Comercio, se llevó a cabo la audiencia. Asistían escritores, políticos, hombres de prensa, señoras, admiradores numerosos del acusarlo. Vicu­ña Mackenna, desde su banco, debió sentir el espíritu de ju­ventud y simpatía que vibraba en la sala. Los jóvenes veían en él al campeón de todas las causas nacionales, al paladín de da libertad y de la justicia, al hombre que desde su ado­lescencia marchaba quijotescamente por el mundo, con total olvido, de sí mismo, sintiéndose impulsado siempre por el due­ño de un ideal, por el deseo de reparar agravios, de alzar en alto la verdad, sirviendo a la historia como un sacerdote.

Comenzada la audiencia, el juez leyó la acusación en que el señor Rodríguez, invocando el artículo 24 de la Ley de imprenta de 1846, inculpaba el número 10,030 de 'El Mer­curio' y no la obra completa, pues en aquel número se dieron a luz los cargos contra el ministro Rodríguez Aldea. Tomóse el juramento tradicional y enseguida se concedió la palabra al abogado José Eduardo Cáceres, representante del acusa­dor. Este, luego de propinar a la memoria de don José An­tonio Rodríguez los más ditirámbicos elogios, prorrumpió en grotescas invectivas contra Vicuña. Y después de agotar su repertorio, pintándole como 'espíritu anárquico y perver­so', a más de 'joven desatentado', 'panfletero insigne' y, otras frases más virulentas, intentó probar la honrosa con­ducta de Rodríguez Aldea en sus funciones profesionales, le­yendo diez informes suscritos por conocidos abogados ese mismo año.

El público soportaba con impaciencia la procacidad de Cáceres y cuando fué ofrecida la palabra al acusado, se sin­tió en toda la sala un murmullo de intensa expectación.

'Sin disputa -dijo Vicuña- jamás se ha ventilado en Chile y quizás en la América Española, una causa de esta na­turaleza. No vais a fallar, en verdad, ni sobre una polémica de periódicos, ni sobre un libelo transitorio, ni sobre un es­crito en que la política militante haga valer en lo menor su mezquino interés o sus odios disimulados. No, señores jura­dos, vais a conocer de una cuestión esencialmente histórica, y por lo mismo nacional; vais a juzgar una época singularí­sima de nuestro pasado; vais en fin a levantar en alto o echar por tierra con vuestro fallo el pedestal de la historia de nuestro pueblo joven e inexperto que nunca más que ahora nece­sita la enseñanza de sus propios hechos para que, robuste­cido con el escarmiento e iluminado por el hilo de sus anti­guas virtudes, se lance con paso certero en la senda del por­venir!

'No creáis, señores jurados, que esta cuestión es perso­nal sino en apariencias. Hay un acusador y un acusado, pero la cosa que se acusa y la, cosa, que se defiende es la historia, es la era en que nacimos como pueblo, es Chile mismo. Ver­dad es que mi adversario os presenta sólo una querella de fa­milia, para que la dirimáis en contra de un escritor público; pero éste, desligándose de todo individualismo, se muestra sereno y confiado ante vosotros, dispuesto a desempeñar el sacerdocio de la verdad y de la justicia'.

'Me creo con el derecho do ser fuerte porque tengo la fuerza de la convicción. Diré más: tengo legítimas excusas para poder llamarme magnánimo...' La historia es una enseñanza, una lección constante y 'es preciso que los que hoy viven sepan también lo que las generaciones a quienes degradan o sirven dicen de los que les han precedido, con honor o vilipendio, aunque sólo sea para anticipar en su conciencia el presentimiento de la expiación a que sus nom­bres, sino su existencia, serán sujetos; todo esto es preciso al qué escribe, no por el mero objeto de escribir, sino por ese alto fin de la reparación histórica y de la justicia con­temporánea; tarea de espinas, de odiosidades y provocacio­nes, que hacen del escritor de conciencia, en nuestro suelo henchido de pasiones, un poste de todos los escarnios. Pero ¡qué importa! Pronto pasaremos por este árido desierto que llamamos vida, y la luz de más claros horizontes aparecerá más allá de una misión cumplida y acaso entonces habrá una posteridad compasiva que diga de los que no tuvieron nunca propósito de adulación, ni recibieron nunca sueldo en sus tareas públicas, que en la época de los compromisos y de las satisfacciones, hubo quien no supiera el valor de estas palabras, ni de la primera al decir uña verdad, ni de la se­gunda después de haberla dicho'.

Y 'como usted me acusa como a hombre, me es lícito hablar de mi mismo al desmentirlo. Mi niñez de entusiasmo y de esperanzas, mi juventud de creencias y labor, mi vida toda, rápida en años, pero dilatada en una misión que ape­nas considero en su temprana iniciativa, ha sido consagrada, no diré al amor, sino al culto de esos hombres eminen­tes de la patria. Hace doce años a que escribo en su alaban­za o en su justificación, y un igual número de volúmenes han echado ala publicidad nuestras prensas, como ofrendas de ese celo; por todas partes he interrogado la memoria de sus hechos, me he arrodillado en sus tumbas, cavadas en lejanas tierras, o he traído un puñado de cenizas al descan­so de sus lares, o arrostrándolo todo, he pedido y alcanzado un trozo de bronce para su fama o liara, la expiación de nuestro olvido. Eso he hecho yo, señor Rodríguez, como de­tractor de los hombres eminentes de Chile, y aun creo haber hecho bien poco'.

Después de decir que había derribado de sus pedestales de arena solo a dos hombres -don Antonio José de Irisarri y el doctor Rodríguez Aldea- para llevarlos  ante el tribu­nal de la historia y vestirlos con la túnica del castigo, aña­dió con acento cálido: 'Por otra parte, señores jurados, mi adversario os ha hablado con la voz interesada de los vivos y de los poderosos. Yo he evocado, al contrario, mis testigos mudos y solemnes del fondo de las tumbas, en que no hay sino cenizas y verdad'.

El dramatismo de la situación era intenso.. Los hijos de Rodríguez escuchaban atónitos y desesperados. Vicuña, con­movido en lo hondo, intentó un postrer esfuerzo de concilia­ción: 'Yo no veo aquí al primogénito de la familia que me acusa, pero están presentes tres de sus hermanos, a alguno de los cuales yo di en otro tiempo, con la cordialidad de mi carácter, la mano de amigo. Y bien! Yo invoco los fueros de esa amistad, no en mi obsequio, sino en los de esa amis­tad misma, que hoy va a romperse para siempre era la grita de un escándalo público. Que se retire de vuestro fallo esta funesta acusación, y en el acto, haciendo mi alma su último esfuerzo, quizás más allá de mi misión y mi deber, consien­to en que estos documentos de eterna ignominia, perezcan aquí mismo, en este recinto, en las llamas de un eterno ol­vido...'

Reinó silencio. Luego la voz de Vicuña, alta, solemne: 'Pero no se me responde y debo continuar!... Que la res­ponsabilidad y la afrenta de este juicio tremendo caiga en­tonces sobre la obstinación de sus provocadores que desco­nocen hasta los móviles de una suprema generosidad'.

Prosiguió la defensa, apoyándose en documentos indiscutibles que provenían del archivo del Libertador, obsequia­do, a él por su hijo don Demetrio O'Higgins, y la lectura de cada pieza iba cayendo congo lápida de plomo sobre los acu­sadores. Con cartas y papeles de la correspondencia inédita de O'Higgins, fue el acusado analizando uno a uno cada, capítulo de sus afirmaciones históricas. Con ello llevó al ánimo de la sala lo improcedente de la acusación y la ver­dad que asistía a los juicios estampados en su libro. Y a manera de lección moral, desprendida del proceso, dijo: 'Vivimos en una sociedad esencialmente aristocrática y de casas solariegas, en cuyas fastuosas tertulias se cree que un apellido vale más que la verdad, más que el ejemplo, más que la patria; y, es por esto porque es preciso atacar de raíz esta preocupación de linaje y vanidad que cierra, el paso a todo progreso bien entendido, por lo que debe ostentarse más esforzada que nunca, la valentía del escritor para rechazar a la vez los denuncios personales ante la justicia ordinaria, los agravios de círculo y hasta los epigramas que saben a labios de rosa, armas de herida mortal en estas contiendas en que tanto se mezclan los salones'. La historiografía no es lo que la vanidad criolla desea... “¿ Se quiere entonces que se escriban los sucesos del pasado no como fueron en su época sitio como les gustaría a los que hoy viven que ha­yan sido? ¿ Se quiere que los capítulos de la historia se ali­ñen como otros tantos guisos para satisfacer esa glotonería de mala ley que se llama la curiosidad pública? Pero, se añade por los que son menos exigentes. ¿ Por qué se escribe la historia contemporánea? Y de nuevo volvemos a respon­der, ¿cuál otra historia tenemos nosotros? ¿Cuándo, sino en la era de la independencia, comienza la historia propia do­méstica que nos sea provechosa como investigación filosófi­ca o como simple ejemplo saludable? ¿ O se quiere que es­cribamos, corno el padre Ovalle, sendos infolios sobre las procesiones de Santiago o el Cristo de naranjo aparecido en Limache? ¿ Se quiere que narremos simplemente la crónica colonial, cuando no éramos pueblo sino rebaño, y cuando la capital era sólo un numeroso convento, y Valparaíso, hoy el emporio de la América, un grupo de cabañas?'

Y concluyó, mostrando a los jurados la gravedad y trascendencia, de su misión: 'Acordaos que vais a decidir si en Chile deberá o no existir esa enseñanza suprema de los pueblos jóvenes; su historia propia, llena, de estímulos para lo grande, y de castigo y advertencia al delito. Acordaos que vais a decidir si la verdad debe o no suprimirse de las páginas de nuestro pasado político, porque en las mezquinas ideas del presente aparezcan hijos, o Nietos,,o quintas gene­raciones que tengan bastante orgullo para no resignarse a oír las pruebas de que sus mayores delinquieron. Acordaos, en fin, que este libro acusado es el primero que se escribe en Chile con el archivo sagrado de los protagonistas de la grande era de la América... ' (10).

Tuvo Vicuña Mackenna en su discurso frases de elo­cuencia extraordinaria, llamado a su contradictor a la paz y a la cordura, vigoroso ataque a los privilegios de los po­derosos que se yerguen contra el sereno ejercicio de la jus­ticia y de la verdad que ningún obstáculo debería detener. Impresionaban la nota dramática de aquel hijo que en noble y poco meditado arrebato quería sacudir de la, tumba de su padre las acusaciones de la historia y la valentía moral del escritor que defendía la verdad, la verdad antes que nada y por encima, de todo, buscando en el pasado lecciones para el presente y declarando, con acento de rebeldías sociales que resuena aun, de como los prejuicios de linaje y de va­nidad debían posponerse ante los intereses colectivos y de como en servicio de éstos y en honor a la justicia no podía despojarse la historia de su misión de ser verídica y fran­ca. El se hombre, que aun no cumplía treinta años, con su­premo ímpetu; de juventud se alzaba contra, los errores del pasado, señalaba rumbos a sus contemporáneos, daba lec­ciones a los vivos y juzgaba a los muertos en nombre de los tiempos que habrían de venir.

El alegato y las pruebas eran incontrovertibles.

Terminada la defensa, que se prolongó por espacio de dos horas, el jurado se retiró a deliberar, resolviendo la ab­soluta inculpabilidad del autor del Ostracismo de O'Higgins, la que luego fue anunciada por el juez, en medio de estruen­dosa ovación.

Con este espléndido triunfo quedaba consagrada defi­nitivamente su escrupulosidad de historiador a la vez que reconocido el derecho de juzgar libremente los aconteci­mientos históricos. Era una victoria. obtenida no sólo para él, sino un derecho que no podría ser disputado a los escritores que vendrían después. De ahí la trascendencia que debe tener en la literatura chilena el jurado de imprenta de 1861.

Don Francisco de Paula Rodríguez decidió apelar del fallo, y apoyándose, en el artículo 72 de la Ley de Imprenta, pidió su nulidad. Concedido  el recurso, el apelante se de­sistió en definitiva el 12 de Julio, después de llegar a avenimiento con Vicuña.

Este había recibido, a raíz del juicio, la visita de cierta señora que en nombre de Rodríguez venía a solicitarle una entrevista, la que se realizó en el estudio del joven abogado y en presencia de su hermano Nemesio. Después de explicar­se ambos, díjole Vicuña Mackenna estas nobles palabras: 'Señor don Francisco de Paula. En conclusión,  la cuestión histórica está terminada y sentenciarla. Ese ha sido mi rol y mi éxito. Queda ahora pendiente la cuestión doméstica, la del amor del hijo, la de la honra privada. Santa irrisión es la suya al salvar la última, y yo que también tengo un padre y antepasados que lían sido Hombres públicos, me complaceré en auxiliar a Ud. en cuanto esté a mis alcances para que llene tan noble deber.  Alas aun: si Ud. se limi­ta a la vindicación de su padre, yo le ofrezco no salir más a la prensa en esta cuestión que se ha hecho un lastimoso asunto de familia, contentándome como historiador con el fallo público que ha recibido mi obra. Desde hoy dejo de ser escritor delante del hombre y del hijo, para ser hijo y hombre como él'. 'Tarde le he conocido... ', respondió Rodríguez.

Y días después Vicuña le, entregó los documentos pro­batorios, en presencia de Domingo Santa María, Joaquín Pinto, Diego Barros Arana y Federico Torrico, levantán­dose acta autorizada por notario público. Previamente los señores Ignacio de Vivanco y José María de Sessé, en re­presentación de Rodríguez, habían suscrito una ratificación del acuerdo personal de ambos adversarios.

Fué el de Vicuña Mackenna un gesto de suprema mag­nanimidad.

VII.- Actividades profesionales

Un nuevo jurado

Con el advenimiento al poder del Presidente Pérez, deudo político del prócer, se inició un período de mayor tranquilidad política en su vida. Las preocupaciones intelectuales ocuparon el primer plano y comenzó su labor en la Universidad de Chile, labor que ya liemos analizado con alguna extensión (11). En Agosto de 1862, en efecto, fué designado miembro académico de la Facultad de humani­dades y el día 27 se incorporó a la Facultad en sesión so­lemne, pronunciando un discurso sobre Lo que fué la Inqui­sición en Chile.

Aprovechó esos años de paz, en parte, en labores pro­fesionales. En 1862 abrió estudio de abogado en su residen­cia, calle de las Rosas número 23 (12).

¿De qué asuntos se ocupó en aquella época? Entre par­ticiones y consultas jurídicas que sólo llenarían un breve es­pacio de su actividad, consagrada casi íntegramente a la cosa pública, tuvo a su cargo algunos trabajos profesionales de importancia. Vamos, sin precisar la fecha, a recordar un litigio de resonancia. Cierta señora, cuyo marido se ha­llaba dotado por la naturaleza con generosidad talvez exce 

siva, quiso obtener la anulación de su matrimonio, o al me­nos la separación legal, en razón del, grave daño que sufría su salud. Vicuña alegó ante el tribunal en latín, a fin de no escandalizar a los curiosos (que a eso iban precisamen­te), pero con gran descontento de las chinas entrometidas y de los chismosos de profesión.

El año 1863 fué de batalla, pues, a más de una ruidosa polémica con don Antonio José de Irisarri, hubo de presen­tarse ante un nuevo jurado de imprenta, a que lo provocara el panfletista don Manuel Bilbao.

Ofendido éste con Vicuña por su inflexible criterio en ciertos puntillos de honradez, lo atacó con estúpida violen­cia en su traducción: de las Memorias de Lord Cochrane. Indignóse Vicuña Mackenna y publicó en 'El Ferrocarril' violenta réplica, tratándolo de 'desaforado especulador' y 'gestor de secretos negociados'. El artículo contenía tre­mendas acusaciones, las que movieron a Bilbao a dejar su residencia de Lima a fin de tomar la mayor venganza posi­ble. Así lo comunicó don Pedro Ugarte al prócer, desde la capital peruana: 'Como yo conozco tanto al gallo sé que su único pensamiento es enredar a Ud. en juicios que tendrán que decidir los afiliados de Montt, de quien espera este bellaco mucha ayuda, porque conoce el odio que sienten con­tra Ud... '

Llegado a Santiago, Bilbao acusó el escrito de Vicuña, y luego de seguirse los trámites legales y sorteados los ju­rados -el primero declaró que había lugar a juicio- se verificó la audiencia el 25 de Junio, ante numeroso público. El nuevo debate judicial había suscitado casi tanto interés como el promovido por Rodríguez.

Bilbao habló largo rato, haciendo su defensa con cierta moderación. 'Es preciso que advierta a -Ud. escribía, Vicuña a su amigo Ugarte, con fecha del día siguiente- que Bilbao estuvo muy bien en el jurado, que toda su actitud y sus modales fueron los de un caballero, que desplegó una gran sangre fría, y como su figura es de suyo interesante y estaba vestido de riguroso negro, se hacía sumamente sim­pático, y a mi mismo me causó este efecto, siéndome dolo­roso el tratarlo tan mal'.

El acusador habló tres horas y cuando se dio la palabra al acusado el ambiente era de fatiga. 'Pero -escribe el se­ñor Donoso en su citada vida del maestro- a medida que el orador va discurriendo, el auditorio se va animando, per­diendo su frialdad e indiferencia, hasta concluir por seguir a Vicuña con el más vivo interés y la más reconcentrada an­siedad'. Vicuña sostuvo que a Bilbao debía tenérsele como escritor público y no como individuo privado, que si hubo ofensa había compensación con las que él recibiera y que en cuanto a las acusaciones allí iban las pruebas. Y leyó cartas de Manuel Antonio Matta, Manuel Rodríguez y otros que confirmaban ampliamente sus aseveraciones; presentó documentos que eran probatorios 'hasta la saciedad''. An­tes de hacerlo, con magnánimo espíritu, ofreció a Bilbao no rendir la prueba, pero éste guardó silencio. Concluyó pidiendo que se fallase no en conformidad a la letra de la ley sino en estricta conciencia.

El debate interno del jurado fue largo y en él anduvie­ron divididos los pareceres. Los señores Elizalde y Echeve­rría se pronunciaron por la completa absolución, fallando en conciencia, y los otros jueces, en mayoría, decidieron aplicarle 25 pesos de multa y 15 días de prisión, lo que equi­valía a absolver al acosado, pues los cargos hechos por Vi­cuña -dice Ricardo Donoso- 'eran de los más terribles, y el jurado al aplicarle la pena más ínfima, puede decirse que reconoció la exactitud de todas sus afirmaciones'.

Bilbao, siguiendo la costumbre, renunció a la aplica­ción de la pena, lo que, con todo, no dejaba de construir generosa actitud.

Los amigos del historiador le tributaron entusiastas ovaciones al conocer el texto de la sentencia. “Cuando concluyó el jurado -escribe Vicuña a Ugarte- me llevaron en una ardiente procesión de muchos centenares de vitoreadores...”

VIII.- Vicuña Mackenna constitucionalista

Es curioso anotar la extraordinaria y no explicada sen­sibilidad política de Chile, que lo ha hecho reaccionar en primer término en las grandes evoluciones mundiales: mo­vimientos liberales de 1851 y 59; movimiento ideológico de 1920, correspondiente a las revoluciones socialistas europeas de la post guerra; movimientos militares de 1924 y 1925; revoluciones de aspiración democrática de 1931 y 32; victo­ria del Frente Popular en 1938, tercera en el mundo de dicha combinación; y movimiento creciente de tendencia na­cional evidenciado en 1940, correspondiente al avance uni­versal de las corrientes totalitarias. Esa sensibilidad había actuado en el clima de la época de Vicuña, influido por las revoluciones democratizantes de 1848, que se reflejaron en Chile dos años después, impulsándolo a él, desde temprano, por el camino de las aspiraciones constitucionales. Había sufrido en carie propia los abusos de la autoridad omnipo­tente y en el correr de su vida debía experimentar el dolo­roso desastre de sus aspiraciones de libertad política, aba­tidas por un gobierno abiertamente antidemocrática. Era natural, pues, y estaba en el orden sociológico que fuese un ardiente constitucionalista, como está en ese mismo orden el que las generaciones americanas de hoy aspiren al esta­blecimiento de gobiernos fuertes, jerarquizados, austeros y de tendencia nacionalista. La historia humana evoluciona entre grandes fuerzas sociales, económicas y políticas que ponen un día el acento en la extrema derecha ultranacionalista y otro en la extrema izquierda, sin que ninguna ten­dencia predomine de modo absoluto y en definitiva, porque el hombre es de naturaleza cambiante y nada puede resul­tar inmutable en el terreno de las ideas ni en el de, las rea­lizaciones. Caminamos hacia el progreso por rutas que es­capan a la voluntad de los pueblos y a la previsión misma de los conductores más inteligentes, de los grupos más se­ñeros.

Vicuña Mackenna fué apóstol de las garantías y dere­chos del hombre y del respeto a un orden constitucional que asegurase eficazmente dichas garantías. En ese sentido apretó en su mano una pluma revolucionaria y empuñó una espada en la otra, a los veinte años, en el alba. de la vida, y cuando después, de la jornada montañosa vino el crepúscu­lo, aun se mantenían firmes en sus manos la pluma del alba y la espada de la mocedad.

Uno de sus primeros periódicos fué La asamblea Cons­tituyente, fundado por él y cuyo lema, según vimos, dio nombre e impulsión al movimiento revolucionario de 1859. Ahí sostuvo la necesidad de reformar la carta fundamental, a fin de asegurar el respeto de las garantías civiles y libe­rales de su siglo. El fruto personal de ese movimiento fué su segundo ostracismo.

Cuando en 1861 se inició el gobierno de Pérez, de ten­dencia marcadamente moderada, el terreno para la reforma constitucional pareció más apto. En el período legislativo de 1865 reinó un clima reformista, a pesar de la oposición tenaz de las fuerzas del mont-varismo recién desplazado del poder, y desde temprano pudo advertirse que la ocasión era oportuna.

Varios legisladores presentaron mociones de reforma constitucional. Don Pedro Félix Vicuña, padre del prócer y espíritu de su mismo temple moral; presentó un proyecto de ley que contemplaba la designación de una comisión que estudiase y propusiese los medios de reformar la carta de 1833.

La idea se abrió canino en general y el 13 de Junio se iniciaron las sesiones extraordinarias; destinadas al estudio de tales materias. Púsose ese día en discusión el artículo 5°, según, el cual 'La religión de la República de Chile es la católica, apostólica, romana, con exclusión del ejercicio pú­blico de cualquier otra'.

La reforma de ese artículo suscitó uno de los más apa­sionados debates que se recuerden en el Congreso chileno.

Las opiniones andaban divididas y era grande la oposición que hacían los elementos antiliberales.

En sesión de 12 de Junio intervino Vicuña Mackenna, pronunciando memorable discurso (13) . Era un canto a la tolerancia religiosa, al respeto de todas las ideas v de to­dos los credos que ocupan el alma de los hombres. Oración cívica de alto tollo espiritual, constituía, también, un alega­to jurídico de extraordinaria importancia. Sostuvo que la tolerancia religiosa se ejercía hasta en la propia Roma, sede del pontificado, y que la carta fundamental de 1811 había establecido la libertad de cultos, libertad que no encontró tra­bas en la progresista y laboriosa administración del Liber­tador O'Higgins.

El señor Larraín Gandarillas, hombre de sotana y di­putado por Rere, rebatió en sesión posterior las afirmacio­nes de Vicuña, y éste, que a la sazón representaba en la, Cámara al departamento de La Ligua, pronunció largo dis­curso en 26 de Junio, para deshacer los argumentos de su adversario. Esa sesión y ese discurso fueron el punto cul­minante del movimiento de reforma (14) .

Después de ordenar y dividir las afirmaciones del pres­bítero Larraín, el prócer fué rebatiéndolas una a una, con despliegue de erudición histórica y lógica acerada. Una a una comprobó sus propias afirmaciones, señalando docu­mentadamente cómo era efectiva la libertad de cultos en Es­tados Unidos, país que había recorrido con espacio, y como existía tolerancia para los disidentes en Roma, donde el pontífice reinaba como soberano temporal. Sostuvo, con pruebas incontrovertibles, que O'Higgins era partidario de la libertad de cultos, que mantuviera con una política de acentuado respeto a los diversos credos religiosos.

Refiriéndose a Chile, estudió los efectos de la intolerancia con relación a la vida rural, a las supersticiones populares y al atraso en que eso se traducía para el país en general. Después de agotar él aspecto constitucional y poner en evidencia los basamentos que la tolerancia religiosa en­contrara en la carta de 1811, la que no excluía. el libre ejercicio de otros cultos, y de examinar a fondo el artículo 5° de la carta del 33 -haciendo notar, de paso, que los colonos protestantes de la provincia de Llanquihue no tenían inconveniente en que sus hijos fueran educados en el credo católico- terminó dando lectura a. una carta del Almirante Blanco Encalada, quien refería como el Papa Pío IX, ante quien negociara un concordato con la Santa Sede en 1856, se manifestó dispuesto a aceptar la tolerancia religiosa en Chile. 'Ahí tenéis -dijo Vicuña- a Roma concediendo a Chile lo que los chilenos mismos no quieren concederle; ahí tenéis al Soberano Pontífice de la Cristiandad otorgando a nombre de la prosperidad, del porvenir y de la dicha de Chile, lo que su clero le niega como una maldición o una plaga'.

Fueron testimonio y palabras que impresionaron pro­fundamente a la Cámara y al país (15) .

Terminó su histórica oración, concretando el pensa­miento en estas palabras: 'Yo suprimiría completamente el artículo 5° de la Constitución, y dándole nueva forma a la materia que él abraza, lo colocaría en el capítulo del dere­cho público que consigna las garantías de los chilenos, y entre las que la libertad de adorar a Dios, debe, en mi con­cepto, figurar antes que la de asociarse la de emitir su pen­samiento por la prensa, etc. Hecha esta alteración, yo pro­pondría que se dictase una ley orgánica de cultos que regla­mentase su ejercicio'.

Pero había, acaso por efecto de determinada influencia racial en las clases dirigentes, y acaso también por razones geográficas y de otro orden, pues que el fenómeno ni desa­parece en Chile ni tiende a ello, cierto pronunciado amor a las transacciones, a los arreglos de buena amistad o de razonable conveniencia, en los cuales ha solido padecer el ideal y dañarse no poco el espíritu de progreso, cerrándose el cam­po a evoluciones y modificaciones que hubieran sido, en cada caso, de gran conveniencia nacional. A la sombra dé ese espíritu, fue votada y aprobada una ley interpretativa, cuyo primer artículo decía, a la letra: “Si se declara que por el artículo 5° de la Constitución se permite a los que no pro­fesan la religión católica, apostólica, romana, el culto que se practica dentro del recinto de capillas o edificios de propiedad particular”.

Vicuña negó su voto a ese artículo, que conceptuaba incompleto, pero no al segundo, por el cual se permitía a los disidentes fundar y sostener escuelas privadas para la enseñanza de sus hijos en la doctrina de sus religiones.

Los temas constitucionales no dejaron de preocuparlo en su carrera parlamentaría, sin duda la más brillante en nuestra historia política, y de ello han quedado no pocas hue­llas en la colección oficial de sus Discursos parlamentarios.

Ese espíritu legalista, que le impulsaba a dar gran im­portancia al respeto a las leyes y a los principios institucionales, aun cuando sólo tuviesen cumplimiento externo, aparente, como ocurría en materias electorales y en tocante a los derechos cínicos anejos, lo hicieron cometer el único grave error político de su vida (error gravísimo, es cierto, considerado con la perspectiva del tiempo y desde el ángulo libre de quienes dan a las cosas y a los hombres la relativa importancia que filosóficamente puede atribuírseles). Fué su negativa a aceptar la intervención militar en su favor, en 1876, a que aludimos en otro capítulo y de la cual trata­mos con más espacio en nuestra principal obra sobre el pró­cer (16).

Años más tarde, siendo Senador por la provincia (le Co­quimbo, propuso la supresión de las siguientes disposiciones constitucionales (Agosto y Septiembre de 1883):

'El inciso 1° del artículo 21 (23), que prohíbe ser di­putados a los eclesiásticos regulares, los párrocos y vicepárrocos.

'El número 3° del artículo 30 (39), que confiere al Se­nado la facultad de aprobar la designación de las personas elegidas por el Presidente de la República para desempe­ñar los altos cargos de la Iglesia.

'El artículo 71 (80), que establece la fórmula del ju­ramento del Presidente de la República al recibirse de su cargo.

'Los incisos 3° y 4° del articuló 73 (82), relativos a la presentación de los obispos y pases de bulas como atribucio­nes especiales del jefe del Estado.

'El artículo 93 (102), en la parte que organiza el per­sonal político del Consejo de Estado, haciendo obligatoria la designación de un sacerdote.

'Y los incisos 3° y 4° del artículo 95 (104), que atribu­yen al Consejo de Estado jurisdicción contenciosa en cues­tiones y litigios eclesiásticos' (17).

La actitud de Vicuña frente a las reformas de carácter social propugnadas por el Presidente Santa María, su ami­go y antiguo compañero de luchas doctrinarias, fué de gran sentido político. Quería que se hiciesen reformas de fondo, pero consideraba indispensable preparar antes la opinión pública, previendo el peligro de graves diferencias intesti­nas. Y no sería aventurado afirmar que ello era índice de que veía aproximarse esa época tormentosa que culminaría en la revolución de 1891 (18).

Al iniciarse el período ordinario de sesiones de 1884, se le designó miembro de la Comisión de Reforma Constitucional y en Septiembre tomó parte en el debate sobre la inhabilidad que recaía para el ejercicio de sus cargos a los senadores que hubiesen aceptado empleos o comisiones re­tribuidas, 'de nombramiento exclusivo del Presidente de la República'. Vicuña defendió el informe de la comisión que sostenía la tesis correcta, de estricta aplicación constitucio­nal. Su discurso, muy interesante y profundo por el am­plio estudio de legislación comparada que en él se advertía, fué aplaudido con entusiasmo por la casi unanimidad de sus compañeros del Senado.

Poco más tarde intervino en la discusión del proyecto que suprimía el Capitulo III de la Carta Fundamental, aprobado ya por la Cámara. “Yo me propongo, dijo en discurso de 24 de Septiembre, sólo abrazar la síntesis del proyecto en, conjunto, a fin de demostrar que debe repu­diarse en su totalidad, como negativo a todo derecho y como contraproducente contra toda libertad”.

Las últimas palabras que pronunciara en el Congreso de Chile, lo fueron el 20 de Octubre de 1884, al votarse el aludido proyecto de reforma. “Mi voto, dijo, voto de verdadero, antiguo y probado liberal, será favorable al primer artículo, porque él consagra todos los principios que han re­gido mi vida pública durante más de treinta años. Y será contrario a todos los demás porque ellos son la negación ab­soluta y reaccionaria de todos esos principios, los princi­pios tradicionales del partido liberal, desde Freire a Infan­te, a Campino y Concha, desde Lastarria y Santa María a M. L. Amunátegui y Marcial González, desde Eusebio Lillo a Joaquín Lazo, mis antiguos compañeros de combate, de victorias y derrotas' (19) .

IX.- Vicuña, Mackenna en Estados Unidos

(Historia de dos procesos)

Concluído el análisis de las actividades del prócer en el terreno constitucional, vamos a remontar de nuevo el camino de su vida, pare, examinar otros aspectos.

La cancillería de la Moneda le designó Agente Confi­dencial en los Estados Unidos, no bien comenzara la guerra entre Chile y España en 1865, a raíz de la agresión sufrida, por el Perú de parte del gobierno de Isabel II y en consecuencia de la política de solidaridad americana propiciada por él en la Cámara de Diputados y sostenida con prudente energía, por el Presidente Pérez .

Partió secretamente de Santiago el 1° de Octubre se detuvo en Chincha Alta para realizar una gestión diplomática, cerca del Vice Presidente Canseco y del Coronel Maria­no Ignacio Prado, futuro dictador del Perú, con el que se ligaría por lazos de muy cordial amistad Ambos estadistas encabezaban a la sazón un movimiento revolucionario que pronto hubo de triunfar.

Cumplida su misión, siguió a Estados Unidos, pronun­ciando en el trayecto conferencias y provocando meetings de agitación en favor de la causa americana.

El 20 de Noviembre inició en Nueva York sus trabajos. Seguirlo en ellos sería tarea larga y fuera de nuestro propósito, a mas de haberla realizado en otras obras. Bástenos decir que fundó un periódico para. predicar la unión de los pueblos americanos -La Voz de América- el primero que con tal propósito hubiese aparecido en el continente, que convocó a meefings y pronunció arengas, conferencias y dis­cursos en el más puro inglés. En esa tarea cosechó tempesta­des y 'borrascas' de aplausos, según pintoresca expresión suya, y logró despertar en el inundo intelectual 5 en el gran público profundas simpatías por la causa chileno peruana.

Fué en esa época cuando el prócer, ayudado por el ilus­tre Sarmiento en el Norte y por el Presidente Prado en el Perú, realizó formidables esfuerzos en pró de la libertad de Cuba y Puerto Rico; capítulo magnífico que bastaría por sí solo para su gloria.

Cuando más atareado se hallaba en su tarea, la Lega­ción de Chile en Washington le pidió que cooperase a la ad­quisición de armamentos ordenada por la Moneda y ahí hubo de chocar con dificultades que parecían insalvables. Los co­merciantes de la muerte pretendieron engañarlo y en cada traficante encontró un pícaro, pero con esfuerzo y paciencia infinitos y gracias al desinteresado apoyo del Capitán Wilson, que le servía de asesor, logró salir con éxito, adqui­riendo cuatro buques (20) y numerosos pertrechos de guerra.

Esos trabajos le acarrearon amargo sinsabor, pues en la tarde del 6 de Febrero de 1866, día en que nevaba copiosa­mente, fué arrestado, a pesar de su fuero diplomático, por orden de la justicia federal.

¿A qué móviles o pretextos obedecía medida tan arbi­traria?

Vicuña Mackenna había comprado un barco de guerra que el gobierno chileno debía considerar especialmente ven­tajoso. El Meteoro, que tal era su nombre, tenía condicio­nes para el corso que no escaparon a la suspicacia del señor Tassara, ministro de España ante la Casa Blanca, y éste, avisado por sus espías, buscó la oportunidad de retenerlo.

La salida del Meteoro se preparó en forma pública, de manera tan sagaz que dejaba el asunto legalmente fuera de la ley de neutralidad. Pero ocurrió por esos mismos días que el doctor Esteban Rogers, cónsul de Chile, había entrado en negociaciones secretas con un cirujano llamado Ransey, “que se decía inventor de un torpedo nuevo y terrible” y con un socio que se daba titulo de Coronel Perry. Este úl­timo, aventurero de pocos escrúpulos y torpedista más que vendedor de torpedos, ideó modo de estafar al gobierno chileno. Suscribióse un contrato, bajo la fe del cónsul Rogers, comprometiéndose los proponentes a entregar dos botes tor­pedos en un puerto de Chile y en condiciones que salvaguardiaban los intereses de este país. Pero, y aquí del timo, pre­tendió Perry obtener adelantos que Vicuña le negó en re­dondo. Convencido el estafador que por allí no había esca­pe, dióse prisa en vender el contrato al cónsul español. Este o algún personero oficioso de España, lo llevó al Fiscal de Estarlos Unidos, quien el día 5 de Febrero lo puso a disposición del Gran Jurado, el que encontró culpable al repre­sentante chileno de violación de la ley de neutralidad.

Basado en este acuerdo, el juez Shipman firmó el mis­mo día una orden de prisión (ben warrant) que era la que había ido a cumplir el Marshal Murray.

Al día siguiente, escoltado por dos nuevos alguaciles, Vicuña se dirigió, en compañía de Mr. Stougton, su abogado, a la Corte Federal. El honorable Daniel Dickinson, que había sido en dos ocasiones candidato a la presidencia de la Unión, dirigía los debates del alto tribunal y a su presen­cia fué llevado el 'Embajador y reo' como se titulara él mismo en sabrosa carta a don Abelardo Núñez.

'Mr. Dickinson -escribe Vicuña en su libro Diez in me­ses de misión en los Estados Unidos de Norte América- nos recibió sonriendo y con chanzas, peculiaridad de la mayor parte de los políticos del norte, y, de tal manera que a la me­dia hora de estar en su presencia como reo y a me había con­tado al menos una media docena de anécdotas de su profe­sión, y yo le consideraba más que como un perseguidor co­mo un amigo. ¡Pobre anciano! Se conocía que era un repu­blicano de corazón, y tal vez el papel odioso que se veía obligado a desempeñar precipitó la cuenta de sus días! Una mañana en que nos interrogaba él mismo en el tribunal, lo notamos más pálido que de costumbre, y en ese mismo día (12 de Abril) se fué a su casa a morir'.

'Entre tanto, yo, desde la noche anterior, había escrito por el telégrafo al señor Asta Buruaga [representante oficial de Chile], anunciándole lo que había tenido lugar y que sólo había escapado de la cárcel gracias al título diplomático que tuvo la previsión de otorgarme. Le decía que por lo tanto era indispensable mantenerlo a todo trance, pues lo iba a presentar en la Corte, como ya lo había presentado al marshall; y en efecto, lo Había puesto aquella mañana en manos del Fiscal.

'Hallábame en la oficina de este funcionario, esperan­do por momentos la respuesta del señor Asta Buruaga en confirmación de, mis salvadoras aseveraciones, cuando se presentó un repartidor del telégrafo inmediato llevando un telegrama para el Fiscal y otro para uní, firmados ambos por el señor Asta Buruaga.

“En uno y otro nuestro digno Encarnado de Negocios me negaba, como San Pedro al Crucificado, el título de se­cretario suyo, el mismo que original de su puño y letra, y bajo el sello de la Legación de Chile, acababa de depositar yo sobre la mesa, del Fiscal”.

El trance, era duro. 'Confieso, cuenta, que necesité en aquel momento de toda mi serenidad (lo espíritu para, no inmutarme. . . '

En Washington, el tímido diplomático santiaguino, temiendo comprometer los intereses de Chile al reconocer de modo taxativo, en trance judicial, la investidura de Vicuña, había, acudido, Riego de consultarse con abogado a una ar­gucia, jurídica En su telegrama decía que “podía no con­siderársele como secretario de Legación”. “Redactado así ese telegrama -expresaba Asta Buruaga en nota a la cancillería chilena no- establecía que no era secretario, sino que podía, no tenérsele por tal, según el aspecto que el caso tomase más tarde”.

Vicuña rindió fianza de diez mil pesos ante la Corte y quedó en inmediata libertad. A pesar, probablemente, de los deseos de Mr. Steward, Secretario de Estado de los Es­tados Unidos, cuya parcialidad en favor de España era, no­toria.

“Desde ese olía quedé libre, y no volví a ser llamado al tribunal sino a la, audiencia del 15 de febrero”. En esta oportunidad se rectificó “de una manera, sagaz y honora­ble la contradicción en que había incurrido con el señor As­ta Buruaga sobre mi titulo diplomático, el que renuncié en el mismo acto para; ser juzgado como simple ciudadano”. La acusación, personal, era la de haber intentado sacar de Estados Unidos “una expedición militar contra los domi­nios de la Reina de España”.

Vicuña Mackenna, no se le ocultó que el fondo de esa persecución, que alcanzaba caracteres odiosos, era mostrar a Inglaterra que en Estados Unidos se guardaba la neutra­lidad, impidiendo se armasen buques en corso. “El argu­mento Aquiles contra el Alabama, como un supremo arbitrio de cobranza por indemnización había sido encontrado'.

La prisión de Vicuña y su proceso provocaron enorme escándalo en toda la Unión, dando origen raudales de pu­blicidad que redundarían en provecho de su misión, pues en adelante todos los armadores y fabricantes de armas le pon­drían sitio. Las informaciones sensacionales de la prensa tejieron toda una novela ...

Entre tanto, el caso del meteoro siguió en tabla. Este proceso no tenía relación directa con el de Vicuña, pues mientras el último constituía un asunto de proyecciones internacionales con que el Canciller Seward y el gobierno Yankee intentaban presionar a Gran Bretaña, el primero era, “una acción in re, un asunto doméstico, un negocio en fin, partible corno una herencia, mitad para el denunciante, mi­tad para el marshall, el fiscal y todas las autoridades fede­rales de la Unión”.

La primera audiencia tuvo lugar el día 17 de Marzo. En la cuarta, verificada el 2 de Abril, fué interrogado, negándose él a declarar como testigo en causa propia, de acuerdo con los términos de la ley americana.

Declararon en las audiencias el Encargado de Nego­cios Y numerosos testigos, con asistencia de considerable pú­blica, pues se batían algunos de los mejores abogados neoyorquinos. El proceso, empero, se arrastró largo tiempo y la sentencia final, dictada después del regreso de Vicuña Mac­kenna a Chile, condenó al Meteoro por violación de la ley de neutralidad.

En cuanto al proceso seguido a Vicuña, tuvo fin sin­gular. Empeñado Seward en hostilizar al gobierno britá­nico, favorecía el movimiento feniano en forma tal que los caudillos de éste, Roberts y O'Maoney, habían preparado en Nueva York su expedición para invadir Canadá, sin que desde Washington se les pusiera ningún obstáculo, ha pesar de las reiteradas protestas del ministro inglés. ¿Y la ley de neutralidad?, Ahora convenía violarla y el canciller de la Unión no dejó de hacerlo. “¡ Oh diplomacia ! -exclamaba Vicuña Mackenna- Cuánta podredumbre oculta tu frac ne­gro...”.

No quedaba sino echar tierra en el caso del Agente Confidencial de Chile y esa fué sin duda la orden oficial. “Mas como yo no quería dejar pendientes mis fianzas, insistía en ser juzgado, negándose a ello obstinadamente los fiscales”.

Ante la inutilidad de sus esfuerzos para hacer marchar la justicia yankee, Vicuña escribió a su abogado, Mr. E. W. Stoughton, el 15 de Mayo: “Como he tenido el honor de ase­gurar a Ud. en todas ocasiones, yo no pretendo hacer os­tentación de valentía provocando un juicio, en el que tengo la seguridad de ser absuelto, si soy juzgado por un jurado; pero tampoco quiero aparecer como solicitante de ningún favor de las autoridades de Nueva York o de Washington. Todo lo que exijo á justicia pronta y cumplida, pero sobre todo pronta”. Esa justicia no se hizo nunca.

En nombre de la neutralidad se habían incubado los procesos de Vicuña y del Meteoro. Y como era un principio interpretado de modo sui generis -como la doctrina Monroe- el joven representante de Chile lo juzgaba en términos harto razonables: “La neutralidad, como principio, es coe­tánea de la existencia misma de los Estados Unidos, o más propiamente es la más genuina expresión de su manera de ser, porque la neutralidad, tal cual se ha entendido  en la América del Norte, no es sino la forma internacional del egoísmo”.

X.- Dos tres jurados de imprenta de 1868

(Condenación de “El Ferrocarril”, “La Linterna del Diablo” y “Charivari”)

De regreso a Chile, prosiguió su activa campaña ameri­canista, sustentada en el seno de la Sociedad de Unión Ame­ricana de Santiago, de la cual fuera alma e intérprete a la vez, y en la tribuna de la Cámara, como también en las co­lumnas de la prensa, en el folleto y el libro y hasta en el seno mismo de la vida íntima. A esa labor continuada se sumaban sus actividades parlamentarias y políticas y otras diversas empresas de interés nacional que miraban esen­cialmente al progreso de Chile. De este modo el grande hom­bre se preparaba para las etapas culminantes de su vida, que la habrían de iniciarse en el decenio siguiente.

Así corrieron dos años y en el de 1868 hubo de apurar hasta las heces el vaso de la ingratitud nacional. Al clásico pago de Chile se juntaría el nativo espíritu dé envidia, que es en estos terruños americanos, singularmente en el valle que riega el Mapocho, una de las más agudas fuerzas nega­tivas. Con ella se han de estrellar los idealistas, los cons­tructores, los que buscan luz en la sombra, esto es, cuantos tuvieren la audacia de clavar la mirada más allá del límite aldeano.

Ocurrió que en el mes de Agosto el diputado don Vi­cente Sanfuentes entabló una acusación a la Corte Suprema que tenía indudable finalidad política, no exenta, empero, de cierta base jurídica y moral, pues el presidente del alto tribunal de justicia, don Manuel Montt, mezclaba a sus virtudes cívicas no escasa pasión partidista y solían influenciarlo en sus tareas, acaso sin notarlo él mismo, resquemo­res y resabios que venían del tiempo en que le tocó ejercer la primera magistratura, que fue época tormentosa. Vicuña Mackenna quiso mantenerse en un nivel de elevación hasta el cual no alcanzara el oleaje de las pasiones y miserias que agitan de ordinario a los políticos o a los que por políticos se tienen; Comprendía que el activísimo papel revoluciona­rio que desempeñara en tiempos de Montt, tanto como las persecuciones sufridas, podían inducirlo a una apreciación errada de los hechos, y así trató de separar, en la acusación planteada, los elementos de mero carácter político de aque­llos otros que realmente revistieran importancia jurídica esto es, apartar lo apasionado de lo justo en el proceso constitucional instaurado.

Esta actitud, tan gallarda y a un tiempo tan austera, no debía agraciar a nadie; los acusadores, sus antiguos com­pañeros de lucha contra Montt, verían en ella una. especie de deserción a la causa que todavía, pretendían mantener, y los otros, cegados por la ira, le supondrían móviles de represa­lia, intenta de revancha a las ofensas por ellos inferidas.

Pero aun a sabiendas de que nadie apreciaría lo deli­cado de su gesto, se sintió en el deber de intervenir en los debates y el 29 de Agosto pronunció largo discurso sobre el particular, recordando cómo él mismo había adherido moralmente a la, acusación formulada por don Manuel A. Matta en 1859. Citó en esa oportunidad su artículo de La Asamblea Constituyente en que trazaba el ya famoso para­lelo entre Portales y Montt.

Las palabras de Vicuña -aun cuando más tarde con ele­vado espíritu votara en contra de la formación de causa, esto es porque no se sometiera a los jueces acusados de la Corte Suprema al veredicto del Senado-  despertaron, al de­cir de uno de sus biógrafos, “las envenenadas iras del Fe­rrocarril, el batallador órgano del monttvarismo. . .”. Este, en sus columnas editoriales, atacó en forma indigna a Vi­cuña y no satisfecho, el 3 de Septiembre respondió a una larga carta de aquél, publicada el día anterior, con un “edi­torial de dos columnas ahito de envenenado apasionamien­to” (Donoso, o. c.) .

El ex Agente Confidencial de Chile, ante “la sosteni­da campaña de calumnias del diario carrilano”, pronunció en la Cámara de Diputados, en sesión de 5 de Septiembre, un discurso que impresionó al país. “Si hay vidas, dijo, que están mas arriba de toda sospecha, esa vicia es la mía, que ha rodado por mas de treinta años en medio de vosotros, limpia, laboriosa, consagrada siempre a las más altas y de­sinteresadas tareas de la República”. “Recordó, comenta Donoso, cómo la pasión política ofuscaba los espíritus, los servicios que en la adquisición de buques le prestara el ca­pitán Wilson, y leyó una serie de documentos probatorios do como su regreso de Estados Unidos lo hizo gracias a la ayuda pecuniaria de sus amigos. Llevó su prolijidad y de­licadeza hasta dar detalles de los dos únicos negocios par­ticulares que había hecho en su vida, “porque hoy día, en Chile, en Santiago principalmente, decía, donde todos vivimos como en una gran familia, las fortunas, coreo las cos­tumbres, los caracteres, los vicios, las virtudes, todo es transparente'.

La campaña de “El Ferrocarril” fué secundada por dos periódicos de caricaturas que vivían del escándalo y de la procaz explotación de chismes y pasioncillas. Eran “La Lin­terna del Diablo” Y “Charivari”. Caricaturas groseras, e insolentes versainas debidas a la pluma de un hijo del doc­tor Rodríguez Aldea, ocupaban las paginas del último.

Vicuña arrastró a los tribunales a todos sus difamado­res, en sucesivos juicios de imprenta que causaron gran re­vuelo.

Acusados los números 4,008, 4,012 y 4,015 de “El Fe­rrocarril”, se declaró el 10 de Septiembre que había lugar a formación de causa. Dos días mas tarde se constituyó un jurado ante el cual denostó a sus difamadores, mostrando como, ante su actitud en la acusación a la Corte Suprema y para “aplacar los furores sagrados”, se le había escogido en calidad de víctima. “Esta es, señores, dijo, la escondida, pero profunda explicación del escíndalo que vais a casti­gar”. Y analizando su vida pública mostró que era “un Hom­bre que todo lo había sacrificado a su patria desde su irás temprana niñez y que personalmente puede ostentar toda­vía la santa pobreza en que como hombre de pensamiento, en un país en donde todavía el pensamiento es una especie de castigo, ha vivido vivirá siempre orgulloso”. Terminaba su discurso solicitando se condenara al “Ferrocarril” a mil pesos de multa y al editor a cuatro años de prisión.

El jurado absolvió a Francisco Godoy, el redactor cul­pable, luego que éste mostró su arrepentimiento, disponién­dose a dar cumplida satisfacción en una acta pública.

Otro jurado se reunió el 14 de Septiembre para juzgar la acusación de Vicuña a, ciertas versainas publicadas anónimamente por Fanor Velasco en “La Linterna del Diablo”, número de 5 de aquel mes. La sentencia condenó al editor del pasquín a cuatrocientos pesos de multa y pago de costas.

“El juicio contra el Charivari, cuenta el señor Donoso en su Vida del prócer, despertó enorme interés y apasionó a la opinión pública. El mismo Ferrocarril reconoció que se congregaron más de cuatro mil personas en los alrededores del local donde debía reunirse el jurado. “El gran espec­táculo de ayer, escribe en su editorial de 17 de Septiembre, será de eterna recordación en los anales de la, prensa. De diez años a esta parte, jamás se vio una agitación pública, un movimiento popular más compacto y pronunciado”.

La audiencia se inició a las tres de la tarde del día 16, con un discurso de don Bernardino Opazo, vicepresidente de la Cámara de Diputados, quien disertó sobre la parte legal, defendiendo a Vicuña. Este pronunció, luego, extensa ora­ción en la cual analizaba los móviles que impulsaban a don Luis Rodríguez Velasco, autor de venenosos versos, recor­dando tristes episodios de otro juicio en que, acusado Vicu­ña, la ley y la razón le habían ciado el lauro. El veredicto, emitido después de media hora de deliberación, condenó a Rodríguez a pagar una multa de ciento treinta pesos, a más de las costas judiciales. Conocido el fallo, Vicuña Mackenna fué acompañado hasta su casa por “una poblada” que lo vi­toreaba entusiastamente (21) .

“Tal fué el epílogo de los famosos jurados de Septiem­bre, escribe Ricardo Donoso. Vicuña logró en ellos el más espléndido triunfo: sus calumniadores recibieron la condig­na sanción y él recibió el homenaje debido a su inmaculada honradez”.

XI.- La campaña presidencial de Vicuña Mackenna

Y llegamos a la culminación en la vida y en la obra de Vicuña Mackenna.

De regreso de Europa, a donde fuera en 1870 a causa de la delicada salud de su compañera, doña Victoria Subercaseaux, tocándole ser testigo de la Guerra Franco Prusiana (cuyo desenvolvimiento mismo sirvió de tema a sus famosas correspondencias de “El Mercurio” firmadas con el seudónimo de San Val), el prócer asumió la Intendencia de Santiago.

No vamos a referirnos a esa histórica Intendencia, en la cual Santiago, como a golpe, de varilla mágica, se desprendiera de sus harapos coloniales para convertirse en la primera capital de Sud América, escenario digno de la influencia continental de Chile durante medio siglo.

A la obra gigantesca de la transformación de Santiago siguió su campaña presidencial, en la cual, como abanderado, del pueblo chileno, sin distinción de clases sociales ni de credos religiosos, recorrió el país, recibiendo las ovaciones clamorosas de sus compatriotas. Se conocen los resultados de esa campaña y como el prócer hubo de renunciar su candidatura ante las amenazas de la intervención oficialista más criminal que recuerdan los anales políticos nacionales, amenazas que' ponían en real peligro las vidas de sus partidarios, muchas de las cuales fueron segadas en el curso de la lucha.. Los vicuñistas hubieron de someterse y él mismo cometió el error de no aceptar la intervención de las fuerzas armadas que le fuera patrióticamente ofrecida por varios de sus altos jefes.

En el curso, lo esa ímproba lucha, que abarca los años 1875 y 76, acudió a la Comisión Conservadora y alegó ante ella, pidiendo la nulidad de actos oficiales en que la eviden­cia de fraudes y de intervención era indiscutible; alegó tam­bién desde su tribuna del Senado, pronunciando algunos de sus más vibrantes discursos, pero todo fué en vano y la má­quina gubernamental atropelló la Constitución, las leyes y las conciencias. El intervencionismo, habitual en las anti­guas costumbres, políticas, había llegado a su punto máximo, pudiendo decirse que los grupos dominantes no vacilaban ya en defender sus posiciones políticas en la forma más violen­ta. Nunca existió en Chile, en esa materia, una carencia ma­yor de escrúpulos (22).

Durante los debates parlamentarios, Isidoro Errázuriz, lugarteniente de Vicuña Mackenna, cuya elocuencia es le­gendaria en Sud América, se esforzó en vano por inducir al gobierno a una actitud de pálido respeto hacia la volun­tad nacional. Dijo en una oportunidad el ilustre tribuno: “Elevemos, señor, nuestra conciencia sobre el mundo de miserias y preocupaciones en que nos mantienen cuarenta años de abusos y usurpación electoral. Confesemos que la intervención es un crimen que lleva en sí caracteres tan odiosos y perversos como los peores crímenes que el Código Penal castiga. Es la usurpación de los más sagrados dere­chos de un país. Es la usurpación, con calidad de abuso de confianza, porque la comete el depositario de la confianza nacional. Es la usurpación del poder supremo, que cl jefe de una nación comete, pretendiendo continuar en el mando más allá del término legal, tras de la pantalla de un Presi­dente de su amaño. Es, en fin, un acto más ilegitimó que el que comete el enemigo exterior que derriba las autoridades constituídas de un país'.

El prócer, por su parte, concluía una de sus catilinarias al Ministro de Interior, principal cómplice del jefe del Estado, expresando, con golpe de poderosa elocuencia, que “si después de sesenta años de ensayos de vida tranquila y de vida democrática, hemos llegado a la postre de esta adminis­tración Errázuriz, a la conclusión de que no es posible ha­cer uso del derecho de sufragio, sino entre el silbido de las balas, como lo promete Su Señoría, forzoso es reconocer que esta orgullosa tierra de Chile ha caído en fosa tan honda, de podredumbre y perdición moral, que más valdría a los hom­bres de corazón y de patriotismo doblar la frente al viejo yugo y vivir como los mansos, los resignados y los cobardes de otros siglos, en medio de la paz de las sepulturas, Hacien­do de Chile la tumba de Chile mismo”.

No quedaba, en verdad, otro recurso que la abstención­ electoral. Fué, ésta resuelta por el Partido Liberal Democrá­tico, fundado por el prócer y núcleo principal del vicuñismo, en sesión de 21 de Junio de 1876, casi en vísperas de los co­micios presidenciales. El día 24 Vicuña Mackenna lanzó uno de sus más importantes manifiestos políticos.

“Hemos combatido -dice en aquel documento- día por día, hora por hora la intervención”. El país ha visto “que en donde quiera que nuestra causa había tenido medianas garantías de triunfo, se había puesto a la puerta de las urnas un sableador, un carcelero o un más ínfimo funcionario todavía, cuya minuciosa y triste nomenclatura me ha cabi­do el deber de apuntar ante el Senado durante cinco sesiones consecutivas. Y he oído que el jefe ostensible de ese partido ha declarado terminantemente ante ese mismo cuerpo del Estado, bajo la autoridad que inviste, que el gobierno, pi­soteando las pocas garantías que quedaban todavía en pie, entre los escombros de la ley hecha pedazos por el fraude, convertiría a la República entera en un campamento militar y trataría a cada ciudad, a cada aldea, como fueron tratadas el lúgubre 26 de Marzo las aldeas de San Ignacio y Cobquecura”.

En semejante estado de cosas, ¿qué era preciso hacer? “No quedaba sino dos partidos que tomar, expresa Vicuña: o batirse a muerte... o abstenernos totalmente para hacer de la jornada del 25 de Junio, no una batalla cuyas lástima y horrores caerían al fin sobre nuestra bandera, sino una ceremonia fúnebre en que no hubiese en todo el país sino una urna figurada y colosal para depositar en ella el cadáver del derecho amortajado en el sudario de la ley escarnecida”.

El, personalmente, habría sido partidario de batirse, tomando posiciones de soldado entre los hijos y los represen­tantes del pueblo, pues no era posible olvidar que en Roma “tres Horacios bastaron para salvarla”. Pero la mayoría de sus amigos quiso otra cosa. “Debéis creerme cuando os digo que el único holocausto verdadero que he hecho en esta lar­ga y fatigosa campaña ante mi patria y ante vosotros, es el que consumo poniendo mi firma al pie de este Manifiesto que aconseja a los más valerosos hijos de Chile desbaratar sus filas en presencia de los que han sido sus más cobardes provocadores y asaltantes. Pero, por otra parte, si no peleamos, queridos compatriotas, la última batalla del deber, no entregamos ni rendimos tampoco las armas, ni menos descendemos del asta santa del porvenir nuestra noble ban­dera. Al contrario, pura, inmaculada y gloriosa la clava­remos en el más alto mástil de la historia, y no para dor­mir a su sombra el sueño del esclavo, ni siquiera el del ven­cido, sino para custodiarla hasta que la hora llegue, para el adalid incansable y para el amigo que nunca volvió la espal­da al amigo, de confiárosla de nuevo”.

XII.- Últimas actividades profesionales

Después de la campana presidencial, vinieron los años de la Guerra del Pacífico, de suprema acción conductora. Todo ese período que comienza en la Intendencia de Santiago en 1872 y concluye en 1884 con su alejamiento del Sena­do, se caracteriza por un dinamismo tal que sobrepasa los límites de lo creíble, llegando a términos que confinan con el portento. Así lo ha expresado Rubén Darío en página inolvidable, así lo estimaron algunos chilenos que veían las cosas de la patria con otro espíritu, con otros ojos y Basta con otra alma de la que se advierte en estas tristes genera­ciones de nuestra época. Tal vieron y pensaron, con Darío, el Presidente Santa María, el Presidente Balmaceda, don José Victorino Lastraría, el argentino Domingo Faustino Sarmiento, el argentino Bartolomé Mitre, el boliviano Ga­briel Reiré Moreno...

Vicuña Mackenna laboraba sin descanso, del alba al cre­púsculo, y hasta solía hacerlo de un sol a otro sol, con una vida sin noche y jornadas sin sueño, todo el ser e71 inca su­blime tensión de chilenidad y americanismo. Dictaba a cua­tro o más secretarios a un tiempo, sobre temas diversos ­hasta opuestos; escribía artículos en el carruaje que lo lle­vaba desde las imprentas al Congreso; corregía pruebas en su sillón del Senado, en los ratos en que no hacía uso de la palabra; arengaba a las multitudes desde mi balcón o trepa­do en un sofá de la Alameda o desde lo alto de alguna ca­rreta. Y de regreso al hogar compulsaba documentos y re­dactaba sus libros, arrojando al suelo, en el frenesí de la inspiración creadora, las páginas que al correr vertiginoso de sus lápices le iban recogiendo el pensamiento...

No se había presentado otro caso semejante en la histo­ria de América, como no fuera en zonas delimitadas: en el terreno literario y científico, Bello; en el político y militar Bolívar, San Martín, O'Higgins; en el político y literario, Mitre, Sarmiento, Martí. Acaso no se presentará en lo futu­ro ninguno que pueda igualarlo.

Pero tornemos a su labor jurídica, que, según se ha vis­to, confina en veces en la política, otras en la diplomática y muchas en la literaria.

En 1877, y es un episodio entre cientos, trabajó desde la prensa por salvar la vida de Miguel Triviños, condenado a muerte por homicidio y en favor del cual ejerció toda la influencia posible, chocando con la silenciosa y enconada opo­sición de don Aníbal Pinto, que hacía un año le usurpara la presidencia de la República.

En 1884, terminada ya su acción política, el prócer vol­vió al foro, reanudando su interrumpida labor jurídica.

De su trabajo íntimo en Santa Rosa de Colmo, donde llevaba vida de retiro al modo de Cincinato, fueron a sacar­lo amigos de juventud que se veían envueltos en litigio que pronto alcanzó las proporciones de un bullado escándalo so­cial. Fué aquel pleito el que iniciara don José Regis Cortés para obtener la interdicción de su padre, don Felipe Euge­nio, a fin de anular ciertos contratos suscritos por éste con, los hermanos Francisco Javier y Ruperto Ovalle.

Vicuña redactó, en contestación a un libelo de Cortés (23), una extensa publicación firmada por Ruperto Ovalle. Para castigo de la difamación. Las imposturas de don José Regis Cortés a propósito del juicio de interdicción por demencia que sigue contra su señor padre D. Felipe Eugenio Cortés.

Habiendo publicado Cortés otros dos groseros libelos contra los hermanos Ovalle, don Ruperto firmó el siguien­te: Mi respuesta al último soez libelo de don José Regis Cortés era apoyo del juicio de interdicción por demencia que sigile contra su señor padre D. Felipe Eugenio Cortés. A propósito, escribe Donoso: “Desde la primera a la última línea de este folleto se adivina la punzante pluma del autor de la Historia de Santiago”.

Instaurado el pleito en Quillota, se dio lugar a la de­manda en lo concerniente a aceptar la interdicción provi­soria del señor Cortés. Apelada la sentencia, Vicuña Mac­kenna alegó -por vez primera y última después de varios lustros- indicando que lo hacía en obsequio a una amistad tan antigua como su vida y especialmente en razón de ven­tilarse altas y transcendentes cuestiones de derecho público “que afectaban los preceptos claros de la Constitución y la ley internacional de todas las naciones”. La apelación fué ganada por el impugnador, pero el pleito duró largos años, según inveterada tradición de los tribunales chilenos.

El alegato del prócer, pronunciado ante el tribunal el 25 de Junio, fué una pieza jurídica notabilísima que ocupó toda una larga audiencia y  más de veinte apretadas columnas de “El Ferrocarril” de Santiago. Pura juzgar de su im­portancia historial bastaría decir que lo ayudó en la. investi­gación pertinente el más ilustre de sus discípulos, don José Toribio Medina.

Las dos piezas conocidas de la defensa, jurídica de Vi­cuña, cuyos títulos quedan anotados, constituyen, en su género, obras notables desde el punto de alista meramente literario, aparte del jurídico, piles campea en sus páginas aquel brillante ingenio y donoso estilo, rico y clásico en su llaneza como apunta en alguna parte René  Moreno, que distingue todas las producciones de su pluma. Agudeza de tra­zos, fuerza pasional, vigor en el ataque, fineza y energía en la defensa, clara vista para evidenciar las flaquezas del adversario, elevación en el tono, fuera de la natural indigna­ción provocada por ataques injustos o alusiones malévolas en contra de la parte defendida. El n suma, modelos en el arte jurídico chileno (24) .

XIII.- Vicuña Mackenna, abogado de Chile

Pero la máxima actividad de Vicuña Mackenna, en la suma de toda su acción, como escritor, como historiógrafo, como hombre de Estado, como diplomático, corno maestro, copio administrador, como jurista, como hombre de prensa como orador, copio académico, como ciudadano, en la vida pública o en el hogar, en la tribuna y en la batalla, en los salones o en las plazas, fué la defensa de Chile y de América; el progreso de su patria, el avance y la unidad continental, traducidos en vínculos de hombres y de pueblos; el examen de la historia común y la formación de un acervo en que las generaciones futuras de suraza irían a recoger lecciones y a buscar experiencia.

Fué , en suma, el abogado de Chile.

Y fué, en buena parte de su labor, el abogado de América.

Mucho se ha escrito y algunas páginas liemos trazado nosotros acerca de su actuación en la guerra del Pacífico, en la que dirigió la opinión pública, impulsó la marcha de los ejércitos, cantó la gloria de los héroes, y arrancó al gobierno esfuerzos de decisión que la inercia resistía. Lo que este hombre hizo entonces por su patria, excede: los límites de este ensayo, pero se encuentra condensado en estas; justas palabras de don Carlos Silva Vildosola, maestro que fué de periodistas: 'Gran patriota, enamorado de su nacionalidad, penetrado de una fe mística en los destinos de Chile, intérprete elocuente del alma popular, profeta de los tiempos futuros de su raza, criollo en el más noble sentido de la expresión y audaz progresista en todo. Vicuña Mackenna alcanza durante la guerra de 1879, las proporciones de un conductor de pueblos. Con sus escritos, sus libros, sus discursos del Senado, su acción incesante junto a los combatientes y los gobernantes, Vicuña Mackenna ilumina con su genio todo ese período y su personalidad se funde con el alma colectiva en un lirismo soberano' (25 ) .

Pero su acción en favor de Chile no fue menos grande en los campos del pacifismo, pues que defendió la paz en horas de crisis suprema. Cuando en 1816 las relaciones entre Chile y Argentina llegaron a punto de ruptura en el conflicto de limites‑relacionado con la Patagonia Vicuña Mackenna impidió el estallido bélico gracias a enérgica intervención, para la cual contó con la noble ayuda del General Mitre (26 ) .

Salvo la paz cuando pudo y ganó la guerra cuando la paz no fue posible.

Y en la guerra y en la paz todo lo dio a Chile.

Notas de Referencias

(1)

Véase Discursos Parlamentarios. Volúmenes XII XIII y XIV de las Obras Completas de Vicuña Mackenna, edición oficial de la Universidad de Chile. volver

(2)

Ricardo Donoso: Don Benjamín Vicuña Mackenna. Su Mida, sus escritos y su tiempo.

Véase también: Luis Galdames: La juventud de Vicuña Mackenna (Universidad de Chile); Guillermo Feliú Cruz- Las Obras de Vicuña Mackenna (Universidad de Chile).

Y nuestra, obra: Vicuña Mackenna. Vida y Trabajos, edición de la Universidad de Chile. volver

(3)

La disolución de la Academia de Leyes. volver

(4)

Decía Vicuña Mackenna en el exordio: La presente memoria ha sido dividida en tres partes para hacer más comprensible y práctico su objeto 'La primera parte abraza una, exposición detallada de los Principios generales del sistema penitenciario , esto es, su origen, sus progresos, sus ventajas, la base fundamental en que estriba su régimen interior, y por último, sus resultados generales respecto del individuo y de la sociedad.