Artículo

  • Don Leopoldo Urrutia

Resumen

Abstract

(Reminiscencias de un ex-alumno).

 

I

En aquellos años -hace más de cuarenta- en que figuraban en la enseñanza universitaria y en la magistratura judicial tantos hombres que fueron lumbreras de nuestro país, don Leopoldo Urrutia descollaba ya entre los más altos valores intelectuales y morales de la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas y de los Tribunales superiores de Justicia. En aquélla desempeñaba la Cátedra de Código Civil; y en éstos el de Ministro de la Corte Suprema. Era además miembro del Consejo de Estado en representación de estos mismos tribunales Superiores de Justicia. Su talento poderoso, su vasta versación jurídica; su honestidad intachable pública y privada y otras condiciones de su personalidad se habían impuesto a la consideración general y jamás decayeron después.

Hice con él dos cursos sucesivos de Código Civil: el que me correspondía por obligación estudiantil, de 1896 a 1898 y, a continuación, otro completo que terminé, siendo ya abogado, en 1901, sólo por profundizar el Derecho bajo tan hábil dirección. Recibí de él hasta días antes de su fallecimiento, distinciones inolvidables que coincidían con el hondo afecto que siempre le profesé; y por eso, en este aniversario de su muerte, quiero recordar su nombre y contribuir a la obra de justicia ciudadana de los que, en la prensa y en el Camposanto, destacaron los perfiles de su noble y ejemplar figura.

II

Éramos ciento catorce alumnos los que en aquel primer curso llenábamos la amplia sala de clases.

A las 4 ¼ de la tarde llegaba él. Era de estatura regular y contextura vigorosa, aunque no abultada; de tez morena y facciones correctas y armoniosas; ojos verdes cual los de Atenea, brillantes y escrutadores que daban vida extraordinaria a su rostro a pesar de su aire de natural seriedad. Una cabellera negra, un tanto larga y peinada hacia atrás, y una barbilla cuidadosamente recortada en punta, formaban un marco a su fisonomía varonilmente atrayente. Vestido siempre severamente de negro o azul obscuro, con sombrero de copa y llevando un bastón con puño de oro; de paso firme y una cierta apostura marcial; su aspecto era imponente y hacía recordar que su padre, don Basilio Urrutia, había sido uno de los generales que lograron la pacificación de la indomable Araucanía y que otros bizarros capitanes antepasados suyos habían también dado lustre a su apellido en la España del siglo XVIII.

Su voz clara, llena y agradable; su palabra fácil, amena y siempre culta; sus ademanes insinuantes y la fuerza de su mirada ejercían una suerte de imperio magnético en nosotros. Nadie se movía, nadie hablaba, ningún ruido; la hora diaria se nos hacia brevísima.

Estas dotes externas del profesor eran el magnífico engaste de un método excelente de enseñanza, mediante el cual exponía, ante todo y como en un cuadro vívido, el conjunto de los preceptos legales sobre cada materia para desentrañar de ahí el criterio doctrinal o filosófico del legislador y el alcance genuino de sus disposiciones. Los discípulos quedaban así, desde luego, en situación de discurrir por sí solos y de suplir lo que el profesor no creía indispensable explicar.

Años antes, pues, de que don Alejandro Alvarez, otro de mis distinguidos profesores, siguiendo a ilustres catedráticos extranjeros, trajese a Chile el método llamado de las construcciones jurídicas que él aplicó en sus lecciones de legislación comparada, o sea, el del estudio del Derecho, no ya exegético, por artículos, ni siquiera por materias, sino por instituciones completas (por ejemplo, no la administración de los bienes del padre, o del marido, o de los guardadores o administradores, sino él acto de administración considerado en su totalidad en el derecho, incluyendo todas aquellas formas como casos particulares para señalar sus bases fundamentales y anotar sus semejanzas y diferencias), el señor Urrutia, por propia intuición de su talento clarividente en el derecho, estaba aplicando en su cátedra algo semejante: poca exégesis y mucha y amplia sistematización.

Ibamos de uno a otro extremo del Código a través de todo lo que decía relación de fondo con la materia que se estudiaba; de lo cual dimanaba otra enorme ventaja para el alumno que, al terminar el primer año de estudios, ya disponía de un numeroso caudal de conocimientos referentes a los cuatro libros del Código y veía abierto ante sus ojos un vasto horizonte jurídico que le interesaba cada día más en el estudio y profundización del Derecho.

A menudo sus explicaciones se resumían o cristalizaban en un breve aforismo que sintetizaba lo substancial de la materia y que tomaba de la antigua Legislación Española, del Derecho Romano o del Derecho y de los tratadistas franceses, a todos los cuales solía poner a contribución para ilustrar sus clases.

El señor Urrutia podía hacer esto con éxito y soltura, por que aunaba un amplísimo conocimiento de la legislación nacional y extranjera con el espíritu escudriñador y la tendencia filosófica de un jurista de sólido criterio, y con un talento creador que lo empujaba a buscar procedimientos nuevos para la enseñanza, prescindiendo de los moldes consagrados por sus más ilustres predecesores y dentro de los cuales se había formado él mismo.

Pero la sobriedad y elevación de sus disertaciones no le impedían salpicarlas, de cuando en cuando, con reflexiones intencionadas o finamente ingeniosas. Terminando el comentario sobre las condiciones deprimidas en que se hallaba la mujer en el Código, nos dijo: «Pero no tomen esto demasiado al pie de la letra; esta es la teoría, pero no exactamente la práctica; en el hecho son ellas quienes mandan; hacen siempre lo que quieren....» En otra ocasión trataba, del llamado uso inocente de cosa ajena que no constituye posesión ni da marjen a prescripción. Analizados algunos casos, alguien pidió un ejemplo más. «Supóngase»- le contestó-«que Ud. va por la calle y pasa a su lado una dama exquisitamente perfumada: Usted aspira con delicia ese perfume: Usted ha hecho un uso inocente de algo que pertenece a esa persona; nada le ha quitado, ningún derecho puede Ud. alegar, pero Ud. ha disfrutado de aquello que no le pertenece»... En otra oportunidad dijo: «A la mujer y al expediente es preciso tomarlos como vienen»:.. Ante la observación de un alumno de que no se había dado mayor importancia a ciertos capítulos de las tutelas y curad­urías, pues solamente las leímos sin comentario, contestó describiendo su método con esta, comparación: «Un profesor debe proceder como el pintor que desea representar un árbol: si quiere dar una impresión exacta y clara, tendrá que eliminar todas las ramas secundarias y despejar cuánto más pueda el detalle del follaje para concentrar su esfuerzo en el tronco y en las ramas que lo caracterizan y le dan su fisonomía propia e inconfundible; el gran arte del pintor es saber eliminar lo subalterno y lo superfluo y tomar lo esencial; lo mismo el profesor»...

Otra gran virtud pedagógica del señor Urrutia, era un constante afán por despertar y desarrollar el esfuerzo personal del alumno y su espíritu de análisis y de crítica, ya por medio de frecuentes interrogaciones para sondear la asimilación de lo tratado, u obligándole a deducir conclusiones que estaban implícitas, o a señalar en donde, en que texto legal se contenía la idea matriz de la doctrina que estaba exponiendo; ya por medio de certámenes escritos en que servían de jurado los licenciados que asistían a sus explicaciones, poniendo luego en discusión el trabajo favorecido con el primer lugar; ya invitando a algún alumno a que preparase una materia dada e hiciera por un momento de profesor; ya, en fin, y esto era lo más interesante, por medio de controversias o discusiones que mantenía con los alumnos en las clases y fuera de ellas. No solamente no se molestaba por las preguntas y objeciones u observaciones de éstos­ -lo que suele ocurrir a algunos profesores- sino que siempre los atendía, extendiéndose a veces el debate de una clase a otra, cuando se trataba de cuestiones importantes. Era raro aún el día en que, a la salida de clases, no llamaba a uno o varios de nosotros, que lo acompañábamos hasta su casa, oyéndole comentarios sobre algún asunto legal o continuado la discusión iniciada en la clase.

Había quienes se desagradaban con esto, considerándolo como preferencias indebidas y hasta odiosas. Sin embargo, lo que ocurría no era otra cosa que el deseo de ahondar las cuestiones con los alumnos que se manifestaban más aprovechados, o de espíritu más jurídico, o anhelosos de no quedar en la duda, o con soluciones que todavía no parecían bien maduras.

Por lo demás, nunca dejaba tampoco de encontrar razón a quién, a su juicio la tenía. Defendía su tesis con vigor y maestría, a veces con vehemencia; pero fueron muchas las ocasiones en que dijo en plena clase: «Fulano me ha convencido, yo estaba en un error». Otras veces mantenía sus opiniones, pero dando la debida importancia a las ajenas; nunca hería ni desanimaba a sus alumnos.

Estos procedimientos pedagógicos en una época en que no existían en la Escuela de Leyes, ni repetidores, ni seminarios de investigación; constituían verdaderos anticipos de la escuela activa, tan llevada y tan traída hoy en nuestros medios educacionales; útiles ensayos de síntesis filosófica, del derecho que tenían en cuenta, ante todo, la doctrina jurídica, pero sin impedirle explanar las reglas concretas del legislador que son de inmediata utilización para el abogado.

Mas todavía, el señor Urrutia se empeñaba en hacernos aprender de memoria el texto mismo del Código. Nos señalaba, como lección diaria, diez artículos y nunca dejaba de preguntarlos a varios de los alumnos. En el ochenta por ciento éstos respondían satisfactoriamente al esfuerzo exigido por el profesor. Así fue como muchos alumnos suyos aprendimos el Código al pié de la letra y todos, cual más, cual menos, poseían su clásico lenguaje.

¿Por que hacia esto el señor Urrutia? Precisamente para que nos apropiáramos una terminología que, a las veces, resulta insubstituible; para que pudiéramos también argumentar sobre las disposiciones legales sin necesidad de acudir siempre al libro, beneficio grande que en numerosas ocasiones pude apreciar en mi carrera forense. Lo hacía, en fin, para cultivarnos esta facultad de la memoria, tan preciosa y tan característica del espíritu humano, que de siglos es señalada ala cabeza de todas, llamándose desmemoriados a los perturbados mentales.

Años más tarde, desempeñando yo una asignatura de derecho civil, pretendí hacer otro tanto con mis alumnos. Su resistencia fue unánime, no por decidia o mala voluntad, sino porque estaban intelectualmente incapacitados para tal empeño: la facultad se hallaba medio atrofiada por falta de ejercicio adecuado o suficiente en la escuela y en el liceo. Los nuevos métodos de enseñanza habían traído, entre otros, ese daño irreparable. Se ha declamado un poco a tontas y a locas contra la llamada enseñanza nememónica y verbalista que falsamente se ha supuesto haber imperado sin contrapeso en nuestros anteriores sistemas pedagógicos, esos que formaron, sin embargo, a todas las grandes mentalidades que se van, por desgracia, extinguiendo, día a día, casi sin reemplazantes y que han sido nuestro orgullo en todas las esferas de la actividad nacional.

Conviene a este propósito recordar las palabras del filósofo Bacon: «Hasta hoy lo que aprendí, gracias a la memoria lo aprendí; lo que se es lo que recuerdo; luego se por ella y estoy seguro de que se comienza a morir cuándo se la comienza a perder». Mas la memoria no sirve solamente para aprender y recordar y vivir entre los humanos como ser consciente y útil, en cualquier momento; sino que es el elemento esencial para la asociación de ideas, otra función utilísima del intelecto. Una cosa que vemos o una idea que nos asalta a nosotros mismos o que percibimos de otra manera, despierta en nosotros, y nos convoca, cual si fuese una clarinada, toda una serie de otras cosas o ideas, especialmente ideas o recuerdos ya afines; ya antagónicos que nos llevan a la comparación y al juicio.

¿Cuánto vale para establecer las analogías, las concordancias o antinomias entre los preceptos legales? ¿Y no será este trabajo más fácil y más práctico mientras más y mejor recordemos esos elementos necesarios y no obtendremos así mayores ventajas? Pues bien, esto es ante todo memoria; después raciocinio y juicio.

Lo dicho demuestra, desde otro punto de vista, que el señor Urrutia empleaba un método de enseñanza realmente oral, es decir, que el alumno al retirarse de la clase, había efectivamente aprendido ahí mismo las materias tratadas sin necesidad de apuntaciones que debieran estudiarse para dar una lección al día siguiente. Era otra positiva ventaja del sistema; pero ello no excluía que el alumno hiciera esas apuntaciones como un memento o para refrescar más tarde sus conocimientos: A menudo también el señor Urrutia dictaba un corto párrafo, cuando estimaba conveniente que sus conceptos quedaran establecidos con rigurosa exactitud.

En los exámenes como en sus clases no toleraba ignorancia o errores graves en los puntos fundamentales del Derecho o de cualquiera institución jurídica importante. En ocasiones lo vi inexorable, y quizá excesivo. Siete u ocho jóvenes que no eran alumnos suyos fracasaron, cierta vez, uno en pos de otro, en esta sola interrogación: «¿Qué es la posesión?» Todos cayeron en el mismo error, de suprimir de la definición completa, precisa e insubstituible del Código, el calificativo determinada, que individualiza el objeto de la posesión. El primero insistió dos o tres veces en la omisión, no obstante las observaciones del señor Urrutia, y entonces este dirigió la pregunta a los compañeros que esperaban y, como todos contestaron igual, los declaró reprobados a todos. En cambio, jamás hacía cuestión sobre asuntos secundarios o detalles de reglamentación. Cuando un examinador, siguiendo otros métodos o más superficial en sus conocimientos, envolvía a un examinando en esos detalles, él decía: «Estas cosas están enumeradas en el Código; vamos. a puntos más substanciales». Otras veces, cuando, se interrogaba así a un examinando y este titubeaba en las enumeraciones del Código; intervenía diciendo: «Tome su texto y léalas». Ni dejaba tampoco de rectificar en el acto al examinador que incurría en equivocaciones que podían repercutir contra el alumno. Recuerdo que, en mi examen de 2.° año de Código Civil, el examinador que, a petición del señor Urrutia, comenzó a examinarme, me dirigió esta pregunta: «¿qué preferiría Ud., el uso de una casa o el derecho de habitación de la casa?». Contesté sin vacilar: «El derecho de uso». «¿Cómo así?», me replicó él examinador. Comprendí que estaba pensando que derecho de uso de una casa y derecho de habitación eran sinónimos; y respondí: «Prefiero el derecho de uso al de habitación, porque este solamente me permite vivir en ella y el otro me autoriza para vivir o para emplearla en otros fines lícitos, distintos de la habitación». Molesto el examinador, me dijo en tono seco: «¡Ud. está en un error!». Iba yo a replicar con los textos legales, pero el señor Urrutia intervino: «Es usted, colega, quién me parece que está paralogizado. ¿De manera que si a Ud. le dan derecho de uso de una casa en que funciona una fábrica, Ud. estaría obligado a decir: «¿Salga la fábrica y venga mi cama?». Una risa general terminó el debate.

Haciendo un día reflexiones generales sobre la tarea de los exámenes, tan ingrata, y en Chile tan necesaria, me decía: «Un profesor y un examinador echan sobre su conciencia una grave responsabilidad moral y social, si dan paso libre por complacencia a los que han sido estudiantes indolentes o incapaces. Si consiguen su título de abogado; ¡pobre de los litigantes! ¡ay del buen nombre de la abogacía! Pero no es esto lo peor, sino que ellos son los eternos candidatos a los puestos judiciales, y, como siempre encuentran padrinos políticos, llegan a las promotorías fiscales, a las defensorías públicas y a la magistratura misma y, ¡cuánto no nos dan que hacer por sus procedimientos incorrectos o torpes o por desconocimiento de las leyes! Son rémora y desprestigio para la administración de justicia. Los legisladores deberían exigir, como una condición indispensable para cualquiera de esos nombramientos, que el aspirante hubiese obtenido ciertas votaciones mínimas, a lo menos en los ramos principales. En el Consejo de Estado pedía conocer estos antecedentes antes de dar mi voto; pero no se podía adoptar un acuerdo obligatorio, porque las disposiciones legales no lo permitían».

Lo antedicho demuestra que aquellas rigideces del señor Urrutia a que asistí en varias ocasiones como alumno. o profesor, no provenían de intemperancias de carácter no controladas, ni de mal espíritu, ni de orgullo para encimarse sobre los demás; sino que eran, por un lado; consecuencia o sanción lógica de la insuficiente preparación o falta de aptitudes de los que se presentaban en tales condiciones a una prueba cuya seriedad de sobra conocían; y, de otro lado, eran la aplicación de un criterio bien fundado del profesor, que no lo quebrantaba por ningún motivo. En el fondo del carácter del señor Urrutia, aunque firme, y entero, se destacaban su benevolencia y rectitud; y, en cuanto a orgullo, no lo conocía, a pesar de ciertas apariencias; tenía, sí, altivez y dignidad muy naturales y legítimas. Por lo demás, nunca molestaba con burlas o preguntas capciosas o extravagantes que perturban y confunden.

Se complacía en la amistad de los jóvenes y no desperdiciaba oportunidad para elogiarlos y recomendarlos, haciéndoles una propaganda tan eficaz como desinteresada.

No puedo olvidar los benevolentísimos conceptos con que me favoreció repetidas veces, conceptos a que aludo aquí por que la prensa en alguna ocasión los tomó y publicó, y que él renovó en presencia de su hijo Eduardo y otras personas que fueron como yo a saludarlo el día que cumplía 87 años de edad. Pero no sólo a mí, sino a otros muchos alumnos o ex-alumnos suyos, sin duda; con mayor razón que al suscrito, mencionaba con elogio y cariño cuando se ofrecía la oportunidad: Pedro Pablo Muñoz Espinoza, prematuramente muerto; Juan Esteban Montero, Ezequías Alliende, Alberto Cavero, Nicolás Sepúlveda Maira, Luis Urrutia Ibáñez, etc., compañeros de mi primer curso; Francisco Garcés Gana, Daniel Balmaceda Fontecilla, Oscar Dávila, Beltrán Mathieu Prieto y otros del segundo curso que hice con él; y de otros posteriores, Humberto Trucco, Francisco Bulnes Correa, Guillermo Correa Fuenzalida, Leopoldo Ortega, etc. De estos dos últimos jóvenes, me envió los apuntes que tomaban en clase y vi que los elogios de mi antiguo profesor para ellos se hallaban plenamente justificados.

Mas todavía, el señor Urrutia nunca eludía las consultas de los que eran o habían sido sus alumnos, ni escatimaba los consejos o inspiraciones que se le pedían, salvo, naturalmente, cuando estimaba que podrían comprometer su opinión de juez en materia litigiosa. Cuando me felicitó por mi examen de abogado, junto con agradecer sus expresiones, le manifesté que me sentía poco inclinado al ejercicio profesional y que más me atraía la enseñanza en la Universidad. La práctica que ya tenía en los Tribunales me dejaba la impresión penosa y repulsiva de que el abogado tendía a identificarse con el interés del cliente, fuera justo o no, convirtiéndose, sin quererlo, en un cómplice de la deshonestidad ajena; la cátedra no ofrecía tal peligro: «Sería un gran error suyo-me contestó- Ud. debe aprovechar sus estudios en la finalidad con que los ha comprendido, ejerciendo su profesión; y esto no se opone a que aspire a la enseñanza universitaria. El estipendio que el abogado recibe de su cliente, agregó: jamás puede ser puesto en la balanza y ciertamente es repugnante el hecho que Ud. ha comprobado; pero Ud. deberá siempre estar en guardia para mantener sus actos dentro de la línea moral, sin inquietarse por lo que hagan los deshonestos o los que se perturban. En los Tribunales los conocemos muy pronto y, cuando entran a la Sala, los jueces nos miramos unos a otros preguntándonos: «¿Qué vendrá a sostener este ahora?» No mucho tiempo después defendí un asunto contra uno de los abogados de mayor reputación y le oí sostener una tesis que, en el fondo, significaba que, en nuestro Derecho Civil, podía existir obligación sin un objeto real y lícito como dice el Código. No pude menos de preguntar en mi alegato cómo era posible sustentar semejante opinión contraria a principios elementales y fundamentales de la legislación y que bien merecía el calificativo de absurda. A la salida del Tribunal, el contendor me detuvo diciéndome: «Hijo, Ud. recién comienza la profesión; cuando avance más, seguramente le llegarán clientes permanentes de aquellos que lo ocupan a uno para todos sus asuntos durante muchos años y que son muy solventes; a veces le traen una cuestión que a Ud. podrá parecerle dudosa y hasta mala; si Ud. se la desecha, pierde al cliente porque no le perdonará la repulsa y se irá donde otro abogado que lo defienda; Ud. se verá, pues, obligado a defenderlo y a, embarcarse en argumentaciones como ésta que tanto le ha chocado. Pero yo creo como Ud. que no hay obligación sin objeto»... «Y yo también, -le repliqué riéndome- veo que tampoco hay defensa sin una causa que la explique; la cuestión es que sea real y lícita».

Aquellas expresiones del señor Urrutia me estimularon al ejercicio de la profesión y a no asumir jamás una defensa sin examinar escrupulosamente sus aspectos legales y morales, convirtiéndome antes en juez de la causa que se me encomendaba. Tengo la convicción de que así he dejado de ganar muchos honorarios, pero nunca me arrepentiré de haberlos perdido.

Alegué una vez en una incidencia en que había una cuestión de hecho y otra de derecho; me referí especialmente a la de hecho, que la otra estaba resuelta en una disposición legal expresa que sólo mencioné de paso en la inteligencia de que los jueces la conocían tanto como yo. El fallo, sin embargo, me fue adverso. Pregunté al relator cómo se explicaba esa resolución, existiendo un precepto terminante en contra. «Pero tú no explicaste el punto -me respondió- y lo han entendido al revés». «No, quise aparecer como un majadero ante, los Ministros». Referí el chasco al señor Urrutia, y él me dijo: «Oiga este consejo de mi experiencia y de las de mis colegas de Tribunal: nunca dejé, de alegar en debidas condiciones todo lo que haya que decir; no le importe que lo califiquen de larguero o pesado; hay jueces competentes que conocen muy bien el Derecho; pero existen también algunos que saben menos y convienen que éstos sean instruidos por el abobado. Además tenga, presente que los argumentos pesan de muy distintas manera según los criterios: lo que hace fuerza decisiva para unos es desestimado por otros; jueces hay que aceptan hasta un mal raciocinio y no saben apreciar el que es realmente de fondo. Todos estos argumentos, buenos o mediocres y aún dudosos, con tal que sean acuñados por otros más sólidos, conviene exponerlos: cada juez toma el que le parece fuerte y decisivo».

Conversábamos otra vez sobre las distintas maneras de alegar de los abogados de nota y le pregunté: «¿Se ha fijado en que don Fulano de Tal, cada vez que mira sus apuntes, hace con la mano un movimiento como para espantar alguna mosca que le molesta?» «Sí, espanta -me contestó- al enemigo malo y esté enemigo malo es el pensamiento inoportuno que pasa -por su mente; lo desecha para darlo a conocer cuando le llegue el turno; no quiere adelantar ideas que son importantes, pero que no tienen atingencia con el punto que está aleando y lo harían desviarse. y perderse en una disgresión perjudicial a la claridad y eficacia del alegato y perturban también al Tribunal que oye alegaciones desarticuladas o incoherentes».

Tal fue el catedrático en los rasgos sobresalientes de su enseñanza y de su actitud con sus alumnos. Su nombradía era tanta que de continuo había en el aula una concurrencia mucho mayor que la de sus numerosos discípulos inscritos: iban allá estudiantes de otras clases o de otras Universidades, Bachilleres en Leyes y Licenciados, y aún Abogados.

Se explica, pues, con cuánta complacencia fue recibida su exaltación al Decanato de la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas por dos periodos consecutivos; y con que desagrado se le vio excluido de un tercer periodo por uno de esos acuerdos de mayoría que obedecen a intereses políticos o de otro género, a los cuales era absolutamente ajeno el señor Urrutia.

Cumplí con el deber de alumno, amigo y colega suyo, de hacer su defensa en la reunión de la Facultad, debelando lo que silenciosamente se había concertado. Mera satisfacción de conciencia. Los dados estaban ya tirados.

Anuncié al señor Urrutia la actitud que adoptaría por mi parte. «No haga nada -me dijo- no vale la pena. Designarán a otro que tal vez será más competente que yo»...

Prosiguió sus clases como antes, sin demostrar nunca el menor resentimiento por lo ocurrido. En cuanto a mi, escuché las recriminaciones que se me dirigieron en un centro político por elementos ideológicamente afines con los de aquella mayoría; renuncié al Centro; en algunos periódicos comentaron el asunto, ya para atacarme, ya para defenderme; y fue todo. El señor Urrutia quedó eliminado del Decanato de la Facultad.

Se retiró de su cátedra en 1926, después de cerca de 40 años de uno de los profesorados más brillantes que ha tenido la Facultad Leyes.

Años más tarde la Facultad lo eligió miembro académico y lo hizo objeto de otros significativos homenajes, así como también el Consejo de Instrucción Pública, al cual perteneció en varias oportunidades por designación del Supremo Gobierno o por derecho propio como Decano de aquélla.

III

El catedrático y el magistrado se completaban y realzaban mutuamente en el señor Urrutia. La probidad y la plena conciencia de lo que se dice y se hace, que constituían su fondo moral, son o deben ser, por su naturaleza, cualidades comunes a una y a otra de éstas actividades públicas independiente­mente consideradas. Pero además el estudio desinteresado del derecho, que es propio de la Cátedra, allega cada día un nuevo contingente de conocimientos técnicos al juez que debe aplicarlos en los casos concretos que se ventilan en los Tribunales, y son para los litigantes una garantía siempre creciente de ciencia en quién debe resolver sus controversias. Y a su turno la Cátedra se ve diariamente enriquecida e ilustrada con la referencia útil y oportuna a las sentencias en los tribunales. En la Corte fallaba un maestro consumado del Derecho; en la Universidad enseñaba un juez de dilatada experiencia y envidiable prestigio en el más alto Tribunal de la República.

Ha solido, sin embargo, antes como ahora, criticarse esta dualidad de funciones, temiéndose que las opiniones que sostiene el profesor, en su cátedra sean un obstáculo de amor propio para que, en cuanto juez, se retracte de ellas, aunque se le convenza de error en los tribunales; y también porque esas opiniones pudieran dar margen a una recusación. Pero no encuentro fundadas estas objeciones. También los jueces emiten cada día opiniones legales en las sentencias que se producen sin que sea procedente, por sólo eso, una recusación en otro pleito distinto; y en cuánto a la insistencia irrazonable, por simple amor propio, en una opinión cuyo error ha sido patentizado, no pasará de ser una excepción en magistrados concientes, y en todo evento, existen otros jueces sobre ellos o junto a ellos en los Tribunales de alzada o de casación que pueden poner las cosas en su lugar.

Por otra parte, aceptando aquél raciocinio, habría de llegarse igualmente a prohibir a los jueces que escriban obras de Derecho, lo que nunca se ha pensado ni en Chile, ni en otros países de mayor experiencia jurídica que el nuestro, como por ejemplo, en Francia, en donde cabría citar a Mr. C. Aubry y a MR C. Rau, Consejeros ambos de la Corte de Casación y autores de la reputada obra: «Cours de Droit Civil Français»; a MR Ambrosio Colin, Consejero también de esa Corte, profesor en la Facultad de Derecho de París y autor, en colaboración con MR Capitant, de un «Cours elementaire de Droit Civil Français», etc. Cabría, en fin, señalar el hecho de que jamás se supo de tales inconvenientes, ni en el caso del señor Urrutia, ni en el de otros magistrados de la Corte Suprema o de la de Apelaciones, como los señores José María Barceló, Agustín Rodríguez y Galvarino Gallardo, que eran, a la vez, profesores en la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas; ni nada tampoco, respecto de don José Alfonso, otro eminente magistrado de la Corte Suprema, autor de un comentario del Título Primero del Código de Comercio.

No existe, pues, la incompatibilidad moral que algunos querrían ver entre las funciones judiciales y las de profesor o autor de obras de Derecho; al contrario, parece a todas luces una ventaja el reunirlas.

No pienso lo mismo de la integración de los Tribunales con abogados en ejercicio activo de la profesión, porque en este caso existe siempre, fuera de motivos de orden personal, el temor o la suspicacia de que el abogado pueda tener litis en que sostenga la tesis contraria a alguna de las partes en cuya causa es llamado a intervenir, sin que sea posible la recusación por ignorarse el hecho. Pocas veces, tal vez, habrá fundamento efectivo, pero basta el temor para que los litigantes o sus defensores prefieran inferir un agravio injustificado al Integrante, pidiendo su exclusión sin expresar motivo o buscando algún otro procedimiento que los liberte de su intervención. Son contados los que se arriesgan a una incertidumbre susceptible de traducirse en un perjuicio positivo. Por eso fue sabia la disposición de la Ley de Organización de los Tribunales al prohibir el ejercicio de la abogacía a los jueces, a fin de alejar de ellos toda sombra de duda respecto de su imparcialidad. En materia de administración de justicia, puede tener aplicación el concepto que envolvía la respuesta que, según Plutarco, dió César ante el Tribunal cuando se le preguntó por que había repudiado a su mujer si la creía Honrada: «Porque de mi esposa -dijo- no debe siquiera sospecharse». Son razonamientos de carácter permanente que me han impulsado a declinar el Honor de concurrir como abogado integrante a la Corte de Apelaciones de Santiago y a la Corte Suprema, cuando he sido nombrado. Innecesario me parece añadir que está muy lejos de mi pensamiento ofender a los colegas del foro que desempeñan esas funciones. Bien sé que los criterios humanos son muy diferentes. Yo nunca he recusado a un abogado integrante, aunque en ocasiones no me habrían faltado motivos reales para hacerlo; dos veces hube de arrepentirme de mi confianza o magnanimidad; no modifiqué, sin embargo, mi criterio; pero comprendo y respeto el sentir de los demás.

Las sentencias del señor Urrutia se distinguían por su estilo correcto, sencillo y sobrio, y su precisión para plantear, y su lógica para resolver las cuestiones controvertidas. No figuró en el número de los jueces que fallan sin resolver en realidad con fundamentos legales y concretos la cuestión que se discute y que se contentan, aún en los recursos de casación en el fondo con afirmar o exponer dogmáticamente su opinión, dejando a los litigantes y sus abogados en la duda o en la obscuridad en cuanto al precepto o al principio de Derecho en que se basa esa opinión o aserto. Tales jueces fallan casi porque sí y no cumplen con el deber de que los litigantes sepan inequívocamente por que se les ha dado o por que se les ha negado la razón en su pleito.

Tampoco las sentencias del señor Urrutia adolecían del vicio que suele observarse de tocar o resolver en los considerandos, puntos o cuestiones legales, que no son materia del pleito o que ninguna relación tienen con él, adelantando sin necesidad doctrinas o interpretaciones legales que pueden colocar más tarde al Tribunal en situaciones desairadas. Casos conozco en que el Tribunal Supremo ha debido retractarse de opiniones inútilmente consignadas en considerandos de fallos  que versaban sobre asuntos enteramente ajenos.

A sus dotes naturales de facilidad de expresión, perfeccionadas con su amplia cultura humanista, él sumaba su larga práctica, en la judicatura: iniciado como juez letrado en 1876, ascendió escalón por escalón hasta llegar a la Corte Suprema en 1892, de donde se retiró jubilado en 1911, después de haber sido siempre un severo cultor de aquella virtud que Ulpiano definió como «la perpetua y constante voluntad de atribuir a cada uno su derecho», sin la cual nadie puede ser un verdadero juez.

IV

Su aptitud como jurista, es decir, como persona capaz de hacer leyes o de crear derecho, se demostró en numerosas oportunidades. A petición del presidente señor don José Manuel Balmaceda, que lo distinguió con su confianza, redactó un Proyecto de Ley sobre erección de 30 juzgados de letras departamentales y sobre reforma de la Corte Suprema y del escalafón judicial. Sancionadas sus disposiciones como leyes, determinaron importantes innovaciones en la magistratura: en virtud de ellas entraron al servicio de justicia los secretarios de juzgados y relatores de Cortes, asimilándoseles según los años de servicio y categorías; se establecieron categorías de jueces de departamento, de asientos de capitales de provincias y de Corte, que antes no existían. También redactó, por encargo del mismo Presidente, señor Balmaceda, un reglamento sobre reuniones públicas, y presentó un extenso estudio sobre las Canongías de Merced de los Cabildos Eclesiásticos y otros trabajos.

Formó parte de las comisiones revisoras y redactoras del nuevo proyecto de ley de Organización y Atribuciones de los Tribunales y de los Proyectos de Código de Procedimiento Civil y de Código de Procedimiento Penal, y de un proyecto del nuevo Código de Minería, presentado por don José Antonio Lira, y de un Código Rural.

Del trabajo de algunas de estas Comisiones no han quedado actas, o, por lo menos, no son conocidas; pero las hay del Código de Procedimiento Civil, posterior al proyecto de 1893, en el cual comenzó la actuación del señor Urrutia, y también del Código de Procedimiento Penal. Sin entrar en demasiados detalles, basta recorrer a la ligera las actas del último proyecto de Procedimiento Civil para apreciar la intensa y eficiente colaboración aportada por el señor Urrutia. Instituciones trascendentales, como, por ejemplo, las relativas a la cosa juzgada de las sentencias absolutorias de la acusación o que ordenen el sobreseimiento definitivo (art. 202), y el Título XX del Libro III, relativo a la acción de desposeimiento contra terceros poseedores de la finca hipotecada o acensuada, son suyos o casi enteramente suyos, aunque la Comisión no aceptara por unanimidad algunas de sus ideas. En el artículo 202, N.° 1, él mismo nos llamó la atención en clase a un error de redacción consistente en decir: «No existencia del delito o cuasi-delito» en vez del hecho.

Concurrió, en fin, a la Comisión Mixta de Senadores y Diputados, presidida por el Excmo. señor Riesco, a dar las explicaciones necesarias a propósito del debate que allí se abrió sobre el proyecto de Código de Procedimiento Civil.

En el mismo orden de ideas, es preciso anotar que fue consultor jurídico no solamente del Presidente Balmaceda, sino además de los Presidentes señores Errázuriz Echáurren y Barros Luco. Este último lo comisionó para que, de acuerdo con los ingenieros señores A. Calvo Mackenna y Brockman, fijara los derechos de agua de Santiago y la cantidad que la ciudad necesitaba para sus alcantarillados.

V

Desde años antes de su retiro de la Corte Suprema, comenzó a recibir insinuaciones y peticiones de personas o instituciones de importancia para que dejara el Tribunal, en el cual percibía una pobre remuneración, y se dedicara al ejercicio libre de la abogacía en la seguridad de que tendría ancho campo abierto, dadas su preparación y demás condiciones personales y el prestigió de que gozaba ante la opinión pública.

Jubilado de aquel alto cargo, comenzó para él una nueva era de trabajo en que efectivamente alcanzó desde el primer momento una situación espectable, con una clientela, numerosa y solvente.

Contó éxitos de resonancia, pero también, naturalmente, algunos contrastes de los cuales ningún abogado puede estar exento.

Su ciencia tuvo oportunidades de gran lucimiento como defensor y como consejero.

Mas, a pesar de su gran respetabilidad, no escapó a las artes de aquellos profesionales que sólo ambicionan ganar un pleito por cualesquier medio, poniendo acechanzas a los que no van a las lides caballerosas del Derecho sino con las armas de la ley y de su competencia. Desde las intrigas para excluir jueces o formar tribunales ad hoc, o suspender o hacer sorpresivamente una causa, hasta las misteriosas pérdidas o extravíos de expedientes o documentos y otros actos vituperables y hasta punibles suelen emplearse por la mala fe para alcanzar un éxito que limpiamente no habría obtenido. Casos conocí en que el señor Urrutia fue víctima de algunos de éstos manejos y se le arrebató un triunfo que le correspondía.

Los abogados que han sido o son profesores de derecho, suelen ser acusados de querer tratar a los, jueces como a estudiantes a quienes es preciso poner la cartilla en la mano, y magistrados hay que se sienten humillados e irritados por esto que estiman una ofensa, máxime si el abogado ha sido juez también y colega en los Tribunales. Esta manera de actuar de tales abogados obedece en parte al hábito adquirido en las aulas, y en parte al temor de un fracaso por no haber sido lo suficiente explícitos en las cuestiones netamente legales. Es lo cierto que en Chile no podría ser muy frecuente la manera de alegar, por ejemplo, que se vé en las Cortes francesas, en que el abogado, por lo común, no hace sino aludir a las disposiciones de la ley, sin detenerse a explayarlas y a citar las opiniones de los comentaristas y la jurisprudencia, limitándose a decir: «Los señores magistrados que me escuchan, conocen mejor que yo la ley que rige esta materia y la jurisprudencia producida», y se detienen especialmente a examinar los hechos, guiados por el presidente del Tribunal, quién les señala, de vez en cuando, los puntos que lo invitan a dilucidar y determinar los cuando lo estiman suficiente, para pasar a otros. En Chile sería esto peligroso y la experiencia aconseja lo que el señor Urrutia me recomendaba cierta vez a mí. Pero de tiempo en tiempo oía yo comentarios sobre los resquemores que había producido su presentación en los Estrados.

Otra observación que pude hacer, fue la de que, en algunos casos, se conducía más como jurisconsulto que como abogado. Solía apasionarse con las tesis legales debatidas en la especie y dejaba un poco de mano cuestiones de hecho que, muchas veces bien establecidas y explotadas, son susceptibles de dar por sí solas el éxito, prescindiendo de tesis jurídicas, siempre contravertibles.

Empero, modalidades y accidentes a un lado, el señor Urrutia congo abogado, especialmente alegando ante los tribunales, ocupó el sitio que le pertenecía por sus antecedentes de magistrado y profesor, no desmereciendo de esos príncipes de nuestro foro que se llamaron Enrique Cood, José Clemente Fábres, Cosme Campillo, Marcial Martínez, Luis Aldunate, Manuel Egidio Ballesteros, Enrique Mac Iver, Miguel A. Varas, Eliodoro Yáñez, etc., «sombras de alto ejemplo».

VI

Es por todo extremo lamentable que alguno de los más eminentes jurisconsultos o profesores de Derecho (me refiero a los civilistas), no hayan escrito ningún libro o texto que dejara a las generaciones posteriores un testimonio auténtico y completo de sus doctrinas y de sus métodos de estudio y de enseñanza. Así ocurrió, por ejemplo, en Francia con Mr. Bufnoir, tal vez el más afamado de los profesores de la Facultad de París, de reputación europea durante la segunda mitad del Siglo XIX, a cuyo anfiteatro no podía penetrarse ya desde media hora antes de empezar su conferencia. Nada habríamos conocido de su sabiduría, y de su admirable sistema de enseñanza si un grupo de sus más distinguidos alumnos, encabezados por Mr de Saleilles, no hubiera reunido, sus apuntes individuales de clase para redactarlos y dar a luz la obra, «Proprieté et Contrat». Y con el propio Saleilles ocurrió casi lo mismo, pues sólo dejó algunas monografías sobre la «Theorie générale de l'Obligation»; «La Declaration de Volonté», «la Possession», y otras no menos notables, escritas con motivo de la traducción al francés del Código Civil Alemán.

Algo análogo nos ha sucedido en Chile con jurisconsultos y profesores tan esclarecidos como don Enrique Cood y don José Clemente Fábres: Sólo tenemos algunas monografías de gran mérito histórico del primero y otras de no menor importancia jurídica del segundo, además de sus Institutos, que no son sino un resumen ordenado del Código.

Lo mismo don Leopoldo Urrutia: profesor de muchos años, solamente ha dejado -aparte de sus sentencias judiciales e informes- unas pocas monografías sobre ciertas materias de interés doctrinal, o sobre algunos puntos concretos dilucidados en pleitos en que actuó como defensor. Copio a continuación unas anotaciones estampadas de su puño y letra, en uno de sus opúsculos, destinadas a complementar unas noticias biográficas contenidas en el mismo. Urrutia ha escrito entre otras cosas: 1° Informe sobre la culpa aquiliana; 2° La mora (art. 1551), diversa de la del Código Napoleón; lex non interpelat; 3° Sobre aguas públicas y privadas (sentencia sobre aguas del río Colina); 4.° La lesión enorme no es efecto del contrato de compraventa, sino vicio del consentimiento; 5° Derechos hereditarios (un folleto); 6° Ventas a la cabida (precio alzado invariable es venta ad-corpus siempre, aunque se señale cabida); 7° Quiebra en Valparaíso de Cross y Cía., sobre reivindicación de documentos mezclados en cuentas en participación con el comisionado para vender; y otros, por ejemplo, un folleto sobre las promesas unilaterales de hacer contratos bilaterales, teniendo presente que él consentimiento de la promesa es siempre bilateral, como lo es en todo contrato, al paso que la obligación creada puede ser bilateral o unilateral; informes sobre el error communis facit jus, «lex Barbarius Philippus», respecto del Intendente de Valparaíso, Domingo Toro Herrera, que desempeñó la Comandancia General de Marina al regir la nueva ley de Régimen Interior por error común en 1885».

Habría que agregar a esta enumeración muy suscinta: su memoria de Licenciado que lleva el siguiente título: «¿Es embargable, según el Código Civil, el usufructo del marido sobre los bienes de su mujer?», Memoria inserta en los Anales de la Universidad de Chile y que puede consultarse en el Tomo II de la Recopilación de Memorias y Discursos Universitarios sobre el Código Civil del jurisconsulto don Enrique C. Latorre; un estudio publicado en la «Revista de Derecho y Jurisprudencia», año XXXI (1934) titulado: «Vulgarización sobre la Posesión ante el Código Civil Chilenos»; un informe que apareció en la misma Revista, año XXXIII (1936), bajo el titulo «De la Rescisión por lesión enorme de la venta de derechos hereditarios, y de la legislación que debe aplicarse en caso de haberse celebrado en el extranjero sobre bienes situados en Chile». El señor Urrutia fue también, dentro de las respectivas comisiones, según él nos expresó, el redactor de los informes pedidos por la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad de Chile sobre las memorias presentadas a esta Institución por el profesor don José Clemente Fábres; tituladas: «Derecho Internacional Privado» y «Examen Crítico y Jurídico sobre la Nulidad y la Rescición». De algunos de éstos trabajos nos hablaba en clase al discutirse las cuestiones pertinentes.

No entra en mi propósito hacer aquí un estudio de ellos, tanto porque algunos solamente me son conocidos por esas referencias, cuanto porque un análisis semejante me llevaría demasiado lejos; pero puedo expresar mi conformidad con casi todas las tesis desarrolladas por el señor Urrutia, especialmente en sus ideas generales sobre la posesión y en lo que concierne a la transferencia de derechos hereditarios en que van incluidos bienes inmuebles, la cual no requiere ser inscrita en el Registro Conservatorio de Bienes Raíces, tesis que fue sostenida por el infrascrito y aceptada en un recurso de casación en el fondo, y que el señor Urrutia defendió después en un informe presentado al Tribunal Supremo, con motivo de haberse producido un nuevo fallo en la Corte de Apelaciones de Santiago, en que rechazaba esta doctrina, que, a su turno, fue mantenida por la Corte Suprema. Lo mismo digo con relación a la validez de las promesas unilaterales de compraventa: fue también sostenida por el infrascrito en primera instancia en un juicio que defendió en 2.ª instancia y en casación el señor Urrutia y que dió origen al folleto aludido más arriba.

El dictamen acerca de la actuación extra legal del Intendente de Valparaíso, que atrajo la atención pública sobre el señor Urrutia, fue, según entiendo, un estudio sobre la validez de los actos ejecutados por una persona, que, careciendo de facultades para ello, obró por error de derecho en que él y los demás habían caído: es el caso de Barbarius Philippus de Officio praetorum resuelto por Ulpiano (D. I,14,3) con su profundo buen sentido, estableciendo el principio de que el error común hace derecho (error communis facit jus) o como habría de decirlo siglos más tarde el ingenio de Bonaparte: cuándo todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene razón. De este principio se encuentran huellas en varias disposiciones en nuestro Código Civil, v. gr., en las tutelas y curatelas y en las pruebas del estado civil, en los testamentos.

Grato hubiera sido para el infrascrito publicar, en su oportunidad, un compendio de las lecciones del señor Urrutia, utilizando los apuntes que, después de cada clase, escribía con la substancia y en lo posible con la forma misma de sus explicaciones; pero esos apuntes quedaron en manos de mis condiscípulos y nunca más los he vuelto a ver.

VII

El señor Urrutia era una inteligencia de múltiples y muy interesantes aspectos; no solamente se trataba de un jurisconsulto y de un magistrado: estaba además dotado de aptitudes notables para labores técnicas manuales de electricista, niquelador y mecánico. Si se hubiera dedicado a estas actividades, se habría destacado como un hábil ingeniero o maestro.

Obra suya era un ingenioso y completo juego de timbres y otras instalaciones eléctricas de su casa-habitación; sus llamadores, llaves, chapas, tornillos, etc., se veían primorosamente niquelados y bruñidos por él; y así otros varios trabajos para los cuales utilizaba un pequeño motor adquirido con sacrificio. Todo esto lo atraía no menos que el Código y le dedicaba entusiasmado cuantas horas tenía libres. A veces suspendía la clase muy temprano: era que había dejado pendiente alguno de aquellos trabajos y se sentía impaciente por terminarlo. Durante 12 años fue miembro del Consejo de Vigilancia de la Escuela de Artes y Oficios.

El mismo gusto y habilidad desplegaba en los cultivos agrícolas que personalmente hacía en las vacaciones en su quinta de Peñaflor: arreglaba y abonaba el suelo, abría regueros, plantaba, podaba, injertaba y ornamentaba por su propia mano: allí cada año se recobraba y rejuvenecía:

Estaba, además, dotado de una intensa vocación estética. Fue miembro de la Junta de Bellas Artes y del Jurado de la misma que discernía los premios del Salón de Bellas Artes.

A propósito de estas aficiones del señor Urrutia, ocurrió que una hermosa noche de luna, recién inaugurado el monumento de Montt-Varas, un grupo de sus alumnos de Código Civil, lo sorprendió en la plazuela a horas avanzadas, tomando fotografías de la escultura con los varios fondos que presentaba entonces ese paraje, no convertido aún en el peladero que es hoy. Cuando vió a los jóvenes los llamó y les hizo notar la belleza de los cuadros que ofrecía según el punto de vista desde el cual se enfocara el conjunto, y les dió explicaciones prolijas sobre el arte del pintor y de la fotografía artística, que admiraron a sus oyentes; pero les rogó que guardasen el secreto del inesperado encuentro: «Pueden creer, les dijo, que estoy loco».

En fin, el señor Urrutia, en otra esfera muy distinta, dió satisfacción a aquellos sentimientos humanitarios y cristianos que llevan a cooperar en las instituciones encargadas de aliviar el dolor ajeno: fué miembro de la Junta de Vigilancia de la Escuela de Ciego y Sordo-Mudos de Santiago.

VIII

¿Y la política? Nunca lo atrajo, a pesar de haberse hallado en situaciones y de haber cultivado relaciones de gran valimiento para abrirse fácil camino en ese orden de actividades.

Amigo personal del Presidente don José Manuel Balmaceda, no aceptó de él sino las comisiones de labor jurídica señaladas más arriba; y sólo conozco un servicio que le pidió: el nombramiento de don Eliodoro Yáñez para relator de la Corte de Apelaciones de Santiago, sin que siquiera lo supiese el señor Yáñez e impulsado únicamente por el deseo de llevar a ese Tribunal a un abogado cuya preparación y sobresaliente inteligencia había aquilatado al escucharlo en sus alegatos.

Pero sus relaciones amistosas con el señor Balmaceda no fueron óbice para que, al estallar el conflicto de 1891, le manifestara francamente que no podría acompañarlo, porque, a su juicio, se había colocado fuera de la Constitución.

Igualmente, fue amigo personal del Presidente don Federico Errázuriz Echáurren, quién lo nombró miembro de su Consejo de Estado, en representación de los Tribunales Superiores de Justicia. Desempeñó ese elevado cargo, el único que tuvo de carácter político, durante toda la administración de aquél Presidente; pero se dedicó a las funciones relativas a indultos de delincuentes y a las cuestiones de competencia del resorte de esa Institución. En calidad de Consejero; fué invitado por el Presidente al viaje que hizo a Punta Arenas a entrevistarse con el Presidente de la República Argentina, que se conoce con el nombre de «El abrazo del Estrecho».

En las notas biográficas a que he aludido en otro párrafo, se agrega textualmente: «El señor Errázuriz lo comisionó para que, como presidente de la Corte Suprema, formara parte de una combinación con el presidente de la Corte Suprema de Argentina para arreglar la cuestión de límites sobre la Puna de Atacama». Ignoro a que resultado llegó esta Comisión; pero, con motivo del fallecimiento del señor Urrutia, tuve de fuente fidedigna, dos datos interesantes para mi objeto. El primero es que, durante el viaje a Punta Arenas, el Presidente señor Errázuriz habría ofrecido al señor Urrutia la Vice-presidencia de la República, porque pensaba alejarse temporalmente del mando supremo para reponer su salud ya quebrantada. El señor Urrutia se habría excusado de aceptar el honor que se le ofrecía. El segundo dato es que el señor Urrutia no fué partidario de la solución que el Presidente Errázuriz propició para liquidar la cuestión de la Puna de Atacama, entregándola al arbitraje del Representante de Estados Unidos en Buenos Aires; sino que expresó, como Consejero de Estado, su disentimiento con la misma franqueza que había empleado para con el Presidente Balmaceda con motivo del conflicto de 1891. Bajo la administración del señor Barros Luco, el señor Urrutia fué requerido varias veces como consultor por el Gobierno. Entre los asuntos que se le sometieron, figuró el relativo a las propuestas públicas para la construcción del dique seco de Talcahuano. Este negocio que apasionó a la opinión, había tenido de inmediato una solución política que conocí muy de cerca; de ahí surgieron delicadas cuestiones de índole jurídica. Sobre ella se pidió su dictamen al señor Urrutia, y a su opinión se conformó la resolución definitiva del Gobierno. Por último, retirado el señor Urrutia de la Corte Suprema, el Partido Liberal le ofreció una candidatura de Senador. El me había expresado en una oportunidad que sus ideas eran liberales, pero rehusó la candidatura. «Mis orientaciones -dijo- y mi carácter no son para la política militante. Además carezco de fortuna y me es preciso dedicar mi tiempo a mis trabajos profesionales para atender a mis necesidades y a las de mi familia. Me sería además penoso abandonar mi clase de Código Civil».

En aquel entonces regía en toda su perniciosa amplitud la disposición constitucional, modificada sólo en 1925, que cerraba las puertas del Congreso a los profesores de la Universidad, causando tantos daños a aquél como a ésta.

Sin duda que el señor Urrutia, si hubiera aceptado ingresar a la política, habría ocupado desde luego en ella un lugar prominente, análogo al que tuvo en la magistratura y en la enseñanza; pero él no lo quiso; fueron como inspirados para él aquellos versos de Horacio tan hermosamente vertidos por Fray Luis de León:  «Huye la plaza y la soberbia puerta de la ambición esclava».

IX

Este cuadro de la personalidad del señor Urrutia quedaría incompleto si sólo abarcara su actuación pública y nada mostrara del señor Urrutia como hombre privado. Este aspecto es fácil de sintetizar en pocas palabras: su vida era tan honesta como la del magistrado y del profesor, sin ostentación, cumpliendo siempre sus deberes en el hogar y en la sociedad. Casado tres veces con esposas dignas de él, tuvo numerosos hijos a quienes consagró todos los afectos y desvelos del buen padre de familia.

No juntó riquezas; sólo disponía del fruto de su trabajo cotidiano y de sus pequeñas jubilaciones de magistrado y de profesor y, cuando la enfermedad lo inhabilitó al fin para sus tareas, el Congreso Nacional le mejoró esas jubilaciones en virtud de un Mensaje del Presidente, señor Alessandri.

¿Qué más?

La desgracia tiene en cada mortal un blanco cierto; el señor Urrutia no escapó a sus golpes, pero se estrellaron en su fortaleza sin abatir su espíritu.

También presentó combate con denuedo a las enfermedades hasta vencerlas mientras contó con la ayuda de su organismo, recio como aquellos robles de la selvas araucanas que desafían a las tempestades.

En la época que fui su discípulo, luchaba ya con una diabetes que estaba minando su salud; desilusionado de medicamentos, adoptó por sí mismo un régimen a que se sometió con precisión, y perseverancia inflexibles hasta triunfar por completo.

Sólo rindió su existencia, cuando el desgasté de sus elementos vitales se impuso por 87 años de batallar.

Acaso ahora se me pregunte: ¿Sólo se trata de elogiar? Y contesto: he tratado de presentar a don Leopoldo Urrutia tal cual lo ví y lo conocí desde el año 1896, durarte mucho tiempo, sin alterar los rasgos y recuerdos que de él conservo en una forma vívida; cualquiera puede deducir las conclusiones naturales de lo que he dicho. Pero debo agregar, si un esclarecimiento fuera necesario, que en ningún momento me he dejado llevar, ni por un deseo de adulación interesada que carecería de objeto y que siempre ha repugnado a mi conciencia, ni por sentimientos de afecto, amistad o gratitud, que nunca tampoco han logrado supeditar en mí a la justicia. Muchas veces, en la clase y fuera de ella, discutí algunas de sus doctrinas como las de otros expositores del Derecho, y especialmente en mi Memoria de Licenciado, hasta el punto de que en una ocasión él me reprochase públicamente en la clase: «Ud. no tiene ningún respeto por las autoridades»; lo que me obligó a contestarle que, en estas materias que son de raciocinio y convicción, nunca me había sometido al magister dixit, ni aún cuando era estudiante de humanidades y que él bien lo había observado en los años en que me había tenido como alumno. Critiqué también con mi firma algunos de sus fallos en las columnas de la «Revista de Derecho y Jurisprudencia».

Por lo demás, hay un sentimiento general que se va formando lenta, y calladamente en la conciencia pública respecto del mérito, o del demérito de las personas, en especial de las que actúan en el escenario público y a la luz meridiana. Este sentimiento, aunque se disimule o se mantenga oculto por mucho tiempo, no se equivoca sino en raras excepciones, y, cuándo llega el momento, se hace ostensible con una uniformidad que demuestra que la conciencia general aprecia con justicia a los hombres y les discierne en definitiva lo que a cada uno le corresponde. Así se exteriorizó esta conciencia colectiva respecto al señor Urrutia, no sólo cuando él desapareció, sino en el curso de muchos años de la vida de este ciudadano ilustre. Es, pues, una paradoja deleznable la del autor del Genio del Cristianismo cuando afirma que los elogios se prodigan, generalmente, a las mediocridades. Yo digo que los elogios se prodigan, generalmente, a quién los merece, así como la condenación la sufren también, generalmente, los que se han hecho acreedores a ella.

Don Leopoldo Urrutia no era una de tantas figuras de cartón-piedra que suelen exhibirse como auténticos mármoles de Carrara o de Paros: era una personalidad intelectual y moral superior, de las que honran a un país y están destinadas a servir de alto ejemplo a sus contemporáneos. y a las generaciones venideras.

Octubre de 1939. TOMÁS RAMÍREZ FRÍAS.