Crónica de la Facultad, año 1967

  • Discurso pronunciado por el Director de la Escuela de Derecho de Valparaíso don Victorio Pescio en los funerales del Profesor don Rafael Luis Barahona

Resumen

Abstract

Señores:

Un estremecimiento de profundo dolor sobrecogió aque­lla mañana a nuestros corazones: acababa de expirar el maestro.

Nos negábamos a creerlo; no queríamos creerlo. En nuestra casa, donde reina la ilusión y la esperanza, hacía largo tiempo que aguardábamos que amaneciera el día en que él volviera a llegar, el primero de todos, porque era como el sol de nuestra Escuela y ante la triste nueva, no era posible que nos resignáramos a no verlo nunca jamás.

Y en esa casa del bullicio y de la alegría, todos enmude­cieron: se helaron las sonrisas en los labios dibujándose el rictus del dolor y la amargura.

El terrible golpe acumuló en el rudo instante el panora­ma de la vida del maestro y que contemplamos con nuestros ojos nublados por las lágrimas.

Había muerto el maestro Rafael Luis Barahona, quien, por encima de todas sus múltiples y bienhechoras actividades, era y se sentía maestro de verdad, desde que en sus años mozos trocó el arma de acero por el arma del razonamiento y puso sus virtudes y sus inagotables energías-que sólo ha podido vencer la Invencible-al servicio de la enseñanza de la ciencia de lo Justo y de lo injusto, haciéndose él mismo la expresión viva de aquella constante preocupación de dar a cada uno lo que es suyo.

El enseñaba a pedir justicia: desde que se fundó nuestra Escuela de Derecho, asumió la grave responsabilidad de la enseñanza del Derecho Civil, de la disciplina que es la esencia del Derecho, de todas las nociones jurídicas en donde se han creado, desarrollado y perfeccionado los principios y las normas  fundamentales que organizan y amparan la tranquilidad y el progreso social:

Fue uno de los pilares más sólidos y robustos de nues­tra Escuela, que tanto aprovechó de su siempre creciente prestigio y de su generosa dedicación y que, por consiguien­te, guarda para él una inmensa deuda de gratitud.

A mediados de la penúltima década se apartó material­mente de ella, solicitado por deberes ciudadanos a cuyo imperioso llamado no podía sustraerse; pero, con la intención de realizar desde esas nuevas tareas, que tanto parecieron desilusionarle, una de sus aspiraciones más caras: empren­der con ese su esfuerzo tan constante, decidido y poderoso- ­que caracterizó siempre a todas sus empresas- algunas in­dispensables reformas a su Código Civil, que acertó a califi­car como verdadero monumento de la sabiduría humana y por el cual sentía un respeto y una admiración que sólo pue­den alentar espíritus tan esclarecidos y nobles como el de nuestro maestro.

Apenas le fue posible, se reintegró a la cátedra, que le recuperó alborozada, reanudando su fecunda labor con los mismos bríos, con la misma dedicación y entusiasmo de sus primeros años de maestro.

Nuevas generaciones de jóvenes bebieron en las fuentes inagotables de su saber; de nuevo se le veía llegar puntual, el primero de todos a hacer su gran clase, una clase viva e ilustrada en que moldeaba las conciencias jurídicas de sus jóvenes discípulos y en las que él grababa, como él solo sabía hacerlo, los principios que son la máxima expresión de la justicia de los hombres. De este modo, D. Rafael Luis Barahona conquistaba la inmortalidad porque cientos de cien­tos de jóvenes llevaban en sí el sello indeleble del catedrático excelente en la lección del Derecho y de la Vida.

Y esa llama pura, esa luz brillante, no sólo era guía y oriente de sus jóvenes discípulos que le respetaban y le amaban, sino que con su generosidad característica iluminaba a sus colegas y compañeros en la grave tarea didáctica. Su jui­cio sereno, su conocimiento acabado, su consejo ecuánime, su visión sagaz y penetrante, fueron poderosos estímulos y efi­caz colaborador y sostén en las arduas cuestiones que se van encadenando en la existencia de una Escuela Universitaria como la nuestra.

Cuán irreparable es la pérdida que acaba de sufrir nuestra H. Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales en cuyo nombre y en el de su H. Decano rindo este tributo postrero a la memoria de uno de sus miembros más esclarecidos.

Cuán dolorosa y grave es la pérdida que experimenta nuestra Escuela de Derecho a cuyos miembros docentes represento en estos instantes de profunda angustia y del más sincero pesar.

Cuán hondo es el sentimiento que embarga a nuestra ju­ventud estudiosa, a nuestros discípulos que ya no le volverán a ver más, nunca más.

Porque han enmudecido para siempre los labios del maestro, porque ya no le tendrán a él que escuchaba sus dudas, que aplacaba sus inquietudes y les señalaba con el con­sejo, con su ejemplo, con la norma, aún con su sola sonrisa placentera, la senda del bien y de la verdad.

Y no volveremos a ver, nunca jamás, su figura arrogan­te, su estampa erguida, con la del varón justo; ni a escuchar su voz clara y entera, ni su explicación tranquila y profun­da ni sentiremos más el bálsamo de su benevolencia inagotable y generosa.

El era como el sol de nuestras aulas; esas aulas que han entornado sus puertas, que están vacías, calladas y tristes.

Su gran anhelo era volver a su pupitre y tal vez en estos momentos se desliza entre nuestros pasillos de bancos, la som­bra plácida del maestro. Quizás si en esta tarde, tan angustio­sa para nuestros destinos, brilla ya en la estrella solitaria, en la estrella brillante como su inteligencia, solitaria como su alma pensativa.

Y no nos encontrará porque hemos abandonado momen­táneamente esas aulas en que hay un hálito de pesadumbre inconsolable, porque, así como en tantas mañanas gozosas y felices que pasaron, salíamos a acompañarle hasta las puer­tas de su Escuela tan querida nos hemos venido todos a de­jar sus despojos aquí donde comienza la blanca ruta del si­lencio, del reposo y del misterio.

Aquí, al borde de la eternidad, en el pórtico en donde se alzan las inconmovibles columnas de la mansión de la Muer­te, en nombre de la H. Facultad, del H. Decano, de la Direc­ción de la Escuela de Derecho de Valparaíso y de su Cuerpo Docente, antes de retornar a nuestras aulas a curar nuestra herida con el bálsamo de su recuerdo imperecedero, he de decir el adiós agradecido al egregio Maestro D. Rafael Luis Barahona.