Crónica de la Facultad, año 1967

  • Discurso pronunciado por el Prof. don Pedro Lira Urquieta en la Repartición de Premios de la Escuela de Derecho, U. Ch., el 28 de Octubre de 1940

Resumen

Abstract

Como toda obra grande, destinada a durar, la Univer­sidad de Chile tuvo comienzos difíciles.

La historia nos refiere que muy a menudo debió salir a su defensa su ilustre primer  Rector. Años hubo en que el Senado le negó los subsidios. Los unos la consideraban inútil; los otros le reprochaban su tardanza en constituirse. Porque la serena lentitud de Bello exasperaba a los inquietos, los temperamentos ardientes, fáciles para el entusiasmo como para el desaliento, que querían ver instaladas de golpe to­das las cátedras, elaborados todos los programas, florecidos todos los estudios.

Diverso era, empero, el sistema del venezolano genial: a fuer de clásico sabía que sin el silencioso madurar del tiem­po ningún fruto sazona: que los árboles que al primer calor abrieron sus flores las pierden luego, por no haber espera­do que cesasen los rigores del invierno. Escriben los antiguos que el almendro es tan temprano en el brotar y florecer que las más de las veces se halla burlado porque sobrevienen los hielos y lo queman.

Bello poseía, como nadie, el don soberano de la calma reflexiva. Con ella y con inteligencia y con ayuda de algu­nos escogidos iba creando las varias Facultades y los diferentes cursos, sin avanzar de prisa, esperando que el terre­no se limpiara de las malezas que de suyo dan la rusticidad  y la ignorancia.

Hubo que vencer, también, la indiferencia y la apatía. Era menester avivar el estímulo del interés. Y como medio certero de lograrlo esos hombres eminentes discurrieron establecer certámenes históricos, literarios y jurídicos que con­cluían en ceremonias públicas en las cuales se discernían los premios.

Primeramente en el Instituto Nacional y luego en la propia Universidad de Chile tuvieron lugar esas fiestas académicas que tanta influencia iban a tener en la cultura del país.

En un libro que debo a la gentileza de don Miguel Luis Amunátegui Reyes he podido leer la descripción de una de esas fiestas. Es un artículo de Bello publicado en el periódico 'El Araucano'. Reproduce el sobrio discurso del Ministro que la presidió, el gran Montt, y enaltece las palabras que pronunciara Lastarria. De este modo se daban a conocer los nuevos valores nacionales: se les abrían a esos jóvenes de par en par las puertas de la Administración Pública, y eso explica la extrema juventud de algunos altos y prestigiosos funcionarios de esos tiempos.

Los gobernantes entendían que al discernir esos lauros hacían también auténtica obra educacional, porque envuelve enseñanza perdurable y elocuente saber dar premio a  los que lo merecen y castigar con el olvido a los tibios y holga­zanes. Las  palabras de don Manuel Montt merecen ser re­cordadas. Perfilan al educador doblado del estadista. A los jóvenes premiados les dice: 'Continuad mereciendo en lo sucesivo iguales honores y manifestándoos dignos de los vo­tos de la acción y de la protección del Gobierno. Habéis en­trado ya en la senda de los adelantamientos: y en ella no es lícito descansar ni detenerse'.

Estas buenas prácticas, comenta el señor Amunátegui en su utilísimo libro, y no sin cierta melancolía, continuaron sin interrupción hasta hace poco tiempo. Pero esas líneas pro­vechosas las escribía al concluir el siglo pasado.

Continuaron, pues, esas fiestas académicas en los tiem­pos venturosos en que la República era severa y pobre, cuan­do no se había consumado aún el divorcio lamentable entre la tradición y el progreso; cuando las inteligencias no se habían nublado por las nieblas de las teorías; cuando los oropeles vistosos no engañaban los ojos expertos de los que conocían el oro del esfuerzo perseverante; cuando nuestra riqueza, en fin, se cifraba más que en la inmensidad de las pampas o en la opulencia de las minas o en los azares de la especulación, en el valor acendrado de los ciudadanos y en la probidad y competencia de los gobernantes.

Vinieron después años de esplendor.

Y de vida fácil. De vida que hizo perder las costumbres sobrias, las enseñanzas prudentes, las cautelas que otrora la­braron la grandeza nacional.

La Universidad no podía quedar indemne. Y si es justo reconoce que sitió su marcha luminosa, no es dable negar que el interés por lo criollo, el estudio de la historia parecie­ron quedar encerrados en los canceles de la erudición. El contagio de lo europeo pareció irresistible. Se olvidaba que el rompimiento con el pasado impide que brote un pensamiento original o una idea dominadora. Volver la espalda a la historia, escarnecer los valores nacionales es condenarse a una esterilidad que no logran cubrir ni las imitaciones fá­ciles ni los remedos pedantescos. Un pueblo nuevo, ha dicho Menéndez y Pelayo, puede improvisarlo todo, menos la cultura intelectual.

Cuando de nuestras tierras se retiraron las aguas de la abundancia; cuando a nuestros puertos no llegaron las naves de Ofir, comprendimos, con la agudeza que da el dolor, que aquella riqueza que nos enorgullecía era efímera y que la riqueza verdadera había que buscarla de nuevo en el tra­bajo fecundo. Que  más que en la fertilidad de su suelo o en los tesoros escondidos de sus montañas, Chile había de colmar sus esperanzas en la reciedumbre de sus hijos, en la cla­ridad de su pensamiento y en la firmeza de su voluntad. En frase de bronce lo habían dicho los latinos: Per ardus ad astra. No se sube a lo alto sin vencer asperezas.

Sonaron, entonces, a hueco los vocablos de ruido; causa­ron desencanto los sistemas exóticos; vacilaron y cayeron los que habían bebido quimeras en los filtros encantados de Eu­ropa, y vimos pasar, ante nuestros ojos atónitos, sus ilusio­nes, como pasan, melancólicos, los celajes en un atardecer de otoño. En la intimidad de nuestro espíritu nos dimos a cerner nuestra historia en el cedazo del recuerdo. Y descu­brimos que en años difíciles -que la distancia de un siglo separa- los claros varones de Chile supieron encontrar una forma noble de vivir, vaciada en moldes jurídicos propios que causaron la admiración de América.

¿Cómo silenciar el encomio que merecen las autoridades universitarias por haber vuelto a recorrer, desde hace algunos años, esta ruta gloriosa?

En los Seminarios se analizan, ahora, los valores nacio­nales; las tesis suelen orientarse hacia el estudio comparativo de las legislaciones americanas; en las clases no se des­deña lo vernáculo; tampoco se olvida, por cierto, lo eximio que se produce en el extranjero. Los maestros no se desinte­resan de los problemas nacionales y con elevación de miras procuran dilucidarlos. Más de una ley atinada y sabia ha na­cido de las deliberaciones doctas, más no exentas de com­prensiva generosidad, de nuestra Facultad de Derecho. No todo ha sido logrado aún. Pero, ¿será necesario agregar que este progreso innegable presupone una atmósfera de respeto, de tolerancia y de leal cooperación? ¿No es, por caso, un mo­tivo de júbilo ver la armonía que reina entre esta Escuela y las Escuelas hermanas, entre los profesores y los alumnos? Si no existieran otras razones de fe patriótica que ésta, bas­taría ella para infundirnos altivez, porque brota de las hon­duras de la raza; y en horas inevitables de desaliento nos ha­ría siempre esperar, porque nos resistimos a creer que sea un sueño candoroso de despiertos, como llamó Platón a la esperanza vana, la que hunde sus raíces en el fértil terreno universitario.

En las aulas de esta Escuela -salas amplias y lumino­sas como las quiso para sus Estudios el Rey Sabio- apare­cen grabados los nombres de los maestros insignes que nos precedieron en la ciencia sutil del Derecho. Cada día, al penetrar en ellas, recibimos, en lección muda, el estímulo del ejemplo. Evocación breve la de esos nombres que nos inci­tan a esforzarnos por adquirir ese algo imponderable que denominamos fama.

Esta fiesta nos recuerda, pues, un pasado espléndido, señores agraciados con los premios de la Universidad, Gabriel Ocampo y Marcial Martínez. Nos traslada a los días en que los fundadores de la Universidad echaban las bases recias de la futura grandeza de Chile. Hoy, como entonces, conviene señalar a la consideración pública los nombres de los favorecidos con los premios universitarios. Es por eso, señores Luis Claro Lagarrigue, Enrique Testa, Lorenzo Domínguez y Héctor Cáceres, que os designo para enaltecer vuestros merecimientos. Aunque con ello lastime vuestra mo­destia. Porque habéis sabido vencer los escollos que se opo­nen al hallazgo de la verdad: porque habéis experimentado en las vicisitudes de vuestros años y en los desvelos de vues­tros afanes el gozo inefable que produce la llegada de la luz. Sabéis ya que la oscuridad de la noche no logra detener el murmullo de la aurora. Se lean abierto, para vosotros, los siete sellos herméticos que cierran las ánforas que contie­nen el vino de la sabiduría; habéis alzado, siquiera en par­te, el velo misterioso que oculta el arca de la emoción pura.

Vuestras frentes pueden ornarse, ahora, con las coro­nas simbólicas del triunfo.

Por obligante designación del señor Decano, a quien tanta parte cabe en este renacimiento universitario, me ha correspondido daros las congratulaciones académicas. Sólo cabe lamentar que voces más autorizadas que la mía no ha­yan sido las que exalten vuestros méritos.

Con todo, esta fiesta ha de fortalecer vuestro amor a esta Casa y os ha de ligar para siempre a sus nobles tareas. Para que así, unidos los antiguos y los nuevos maestros, los egresados y los alumnos, pueda aplicarse a ella el elogio del poeta que cantó las glorias de la Hispana fecunda y que en versos armoniosos nos dijo:

“Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros “Y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora”.