Trabajos Científicos

  • Algunas reflexiones sobre la juventud actual

Resumen

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Abstract

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Primera parte

Al quedar atrás la adolescencia, estaba ya iniciada mi larga carrera universitaria que, a través de más de seis lustros, se ha proyectado desde una modesta ayudantía ad-honorem hasta la dignidad de Decano. El estudiante de los últimos años de la década del treinta ejerce en forma simultánea funciones académicas menores en el curso inicial de la Escuela de Derecho, que se prolongan en ascenso y sin solución de continuidad después del egreso. Queda, así, atado por toda una vida a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile.

Cruzado el umbral del medio siglo puedo, pues, afirmar sin jactancia que sólo conozco la vida, el estudio y el trabajo en medio de la juventud y en función de la juventud.

Centenas de mis discípulos que me honran con su afecto y amistad, alcanzaron ya también la adultez, pero año a año nuevas legiones de retoños han seguido llenando mis aulas en continuada e interminable sucesión de reemplazo generacional y ofreciéndome la maravillosa sensación de ser testigo presencial de un milagro: a mi alrededor se ha detenido el transcurrir inexorable del tiempo. He adquirido una idea genérica e impersonal de 'mi alumno', de 'mi discípulo', vale decir, del adolescente que escucha mis lecciones y veo que, cambiando de nombre y de rostro, tiene siempre 20 o 22 años y es eternamente joven.

Esta atmósfera ha permitido a mi espíritu nutrirse cada mañana con todo lo que en esencia caracteriza a la juventud, haciéndose partícipe e intérprete de sus anhelos e inquietudes, comprensivo y permeable a sus cambiantes ajustes frente a cada nueva situación social o histórica, apto para llegar a concluir -con humildad- que ninguna generación ha logrado detener la marcha del mundo con el rechazo tenaz a todo lo que los jóvenes propugnan o desean, y que la madurez y la experiencia pierden prestigio y ocasión tanto cuando se visten de ceguera y dogmatismo como cuando se dejan dominar por débil contemporización o condenable pusilanimidad. ¡Y por sobre todo, he aprendido a amar a los jóvenes y a hacer de sus afanes la primera preocupación de los míos!

A nadie puede, en consecuencia, serle extraño que al recibir el honor de esta incorporación a la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile, haya elegido como tema de mi trabajo al que es permanente acicate de mis pensamientos y que haya deseado desarrollarlo desprovisto de toda pretensión, en forma de un razonamiento en alta voz. Por eso se ha llamado 'Algunas reflexiones sobre la juventud actual'.

Si hay problema de características universales que hoy preocupa, es el de la actitud, conducta y procedimientos que la gente joven ha adoptado en los últimos lustros y que se agudiza en los años recientes. En todos los países de la comunidad humana, sean ellos subdesarrollados o altamente industrializados, pertenezcan al área occidental, a los estados socialistas o al llamado 'tercer mundo', determinados factores demuestran una semejanza de inquietudes que no permiten pensar en simples coincidencias. Ha de haber, sin duda, causas comunes ya que por doquier se producen iguales efectos. En 1968 se registraron manifestaciones estudiantiles en más de 50 naciones y en el año pasado y -en lo corrido del presente, la cantidad tiende a aumentar: Sea en New York, Berkeley o Boston; Tokio, Pekín o Jakarta; Praga, Varsovia o Bucarest; París, Berlín o Roma; Buenos Aires, Lima o Caracas; o en las capitales de las nuevas repúblicas africanas, la agitación que se advierte, las posturas que se adoptan, las ideas que se agitan, denotan increíble similitud. Y Chile, por supuesto, está muy lejos de constituir una excepción.

Parece fuera de duda que ya no se trata de la permanente 'lucha generacional' o, mejor dicho, que estamos frente a una expresión de ella que ha quebrado los moldes tradicionales, para alcanzar, en su forma y en su fondo, caracteres desconocidos hasta hoy. La 'rebeldía juvenil', el 'poder estudiantil', el 'desafío juvenil', el 'poder joven' o como quiera llamársele, va más allá de lo que en todas las épocas ha significado el desajuste entre una y otra 'generación'.

Al decir de Ortega y Gasset, 'generación es una misma juventud que tiene ciertos caracteres comunes de humanidad' y que, por ello, 'es siempre una forma genérica de vida nueva' 1.

La multiplicidad de cerebros y corazones que la constituyen se abren a la vida, crecen y se desarrollan cuando imperan determinadas condiciones sociológicas y socioeconómicas comunes; cuando los principios morales, los hábitos sociales y aun los convencionalismos menores son, también, unos mismos; cuando estos o aquellos principios ideológicos interpretan a la mayoría y concitan iguales preocupaciones o anhelos; cuando el progreso cultural o científico o, en su caso, el estagnamiento o retroceso en estos campos, marcan una huella; cuando, por fin, tal o cual trascendental acontecimiento -una guerra, una revolución, por ejemplo conmueve o trastorna a una sociedad humana.

Una generación mira y entiende al mundo, pues, a través de un solo cristal.

Pero como se trata de un proceso histórico permanente, en eterna repetición, el mismo fenómeno se ha presentado antes con otra generación y volverá a darse más tarde respecto de la siguiente, siempre con matemática periodicidad. Resulta, así, que un lapso crítico -que también se repite con rigurosa precisión- existe cada vez que una generación ha alcanzado la plenitud e impuesto sus características, plasmadas receptivamente por los factores antes mencionados, y la que le sigue inicia su maduración y escala posiciones sociales y culturales.

Toda generación, en el devenir histórico, entra a lo menos en falta de entendimiento con la que le precedió y con la que le ha de continuar.

Surge, entonces, la pugna, la lucha generacional, que puede ser imperceptible o superficial, como honda o abismante; limitada a ciertos aspectos, como amplia y universal. Ello, según cómo se presenten y actúen los aludidos factores condicionantes.

Esta eterna polémica -a veces tranquila, a veces airada- es motor de la historia y, casi siempre, empuja al avance y al progreso a la par que morigera las intemperancias.

Pero ahora es otro el panorama. El referido marco tradicional aparece quebrado y sobrepasado. El período crítico que hoy vivimos tiene caracteres de ruptura profunda de la generación joven con la que, en razón de su edad, domina y ejerce influencia decisiva en todas las actividades del conglomerado mundial. Como una proyección muy clara de la velocidad y profundidad que todos los cambios han tomado en las colectividades humanas, impulsados por el fabuloso progreso científico y tecnológico, esta pugna generacional ha llegado también, con solapada rapidez, con hondura desconocida y con extraña agresividad.

Si echamos una mirada a cuanto la prensa informa en cualquier país del mundo y meditamos en lo que Chile nos muestra a este respecto, podemos comprobar actitudes y características generalizadas de la juventud de hoy que configuran ese cuadro nuevo y diferente.

Hay insatisfacción y malestar por las injusticias y errores del mundo en que vivimos, pero -y aquí surge lo típico, pues nadie deja de sentir esa insatisfacción y ese malestar- los jóvenes los exteriorizan en continuos gestos de 'rebeldía' y de 'protesta' antes que preocuparse de analizar los problemas, estudiarlos y proponer soluciones. La 'rebeldía' y la 'protesta' se muestran en movimientos masivos -con frecuencia violentos- pero el descuido o la extravagancia en el vestir y el olvido del arreglo y de la higiene personal son, en otras, vías útiles para expresarlas; la negligencia o la irresponsabilidad en el estudio o en el cumplimiento de las obligaciones hallan justificación en ellas, y aun en la actividad artística surgen las canciones de 'protesta'.

Existe una clara y consecuencial actitud de menosprecio -y aun de desprecio- por los adultos y gente madura.

Todo lo malo que cuenta en el inventario de la humanidad se estima a cargo de las generaciones precedentes.

Luego para superar esas injusticias y esos errores, nada puede esperarse de quienes contribuyeron, a lo menos con su pasividad e indolencia, a que unas y otras fuesen realidad. Sólo los jóvenes pueden y deben, desde ya, iniciar la construcción de un mundo nuevo.

Se observa proclividad a la violencia en todas sus formas, sea para exigir la aceptación de sus puntos de vista por la autoridad, sea para imponer sus posiciones ideológicas, sea para hacer oír su 'protesta' como por simple 'escape' de angustias y frustraciones.

Hay nebulosidad en las ideas y, sobre todo, en las metas. La juventud busca un 'mundo nuevo' o una 'nueva universidad' pero no expresa en qué consisten, cuáles serían sus características ni menos precisan cómo y por qué caminos debe llegarse a esa concreción. Y mal podrán expresarlo porque en verdad lo ignoran. Muchas citas textuales podría hacer para la comprobación de este aserto, pero estimo prudente, dada la naturaleza de este trabajo, limitarlas a extranjeras. Dos me permitirán ilustrar la afirmación en la certeza, además, de que evocarán de inmediato el lenguaje utilizado por alumnos y aun profesores universitarios en Chile durante los últimos tres años: uno de los líderes de la llamada Nueva Izquierda en el ambiente universitario estadounidense, Carl Olesby, explicó así, en un artículo de prensa, su pensamiento acerca del 'rumbo radical' (en el lenguaje norteamericano, sinónimo de extremista) asignado a su movimiento: 'Quizás él no tiene alternativa y es pura fatalidad; quizás no hay fatalidad y él es solamente voluntad pura. Su posición puede ser invencible, absurda, ambas cosas o ninguna. No importa. Pero está en la escena'. Daniel Cohn-Bendit, líder germano francés de la 'comuna estudiantil' de Mayo de 1968 en París, en un diálogo con Jean Paúl Sartre, que ha sido muy difundido, recibió esta observación: 'Lo que mucha gente no comprende, es que Uds.. no buscan elaborar un programa, ni dar una estructura al movimiento. Les reprochan querer 'destruirlo todo' sin saber -en todo caso, sin decir- lo que Uds.. quieren colocar en lugar de lo que derrumban'. Y contestó: '¡Claro! Todo el mundo se tranquilizaría -Pompidou.en primer lugar- si fundáramos un partido anunciando: 'Toda esta gente está con nosotros. Aquí están nuestros objetivos y el modo cómo pensamos lograrlos'. Se sabría a qué atenerse y por lo tanto la forma de anularnos. Ya no se estaría frente a la 'anarquía', el 'desorden', la 'efervescencia incontrolable'. La fuerza de nuestro movimiento reside precisamente en que se apoya en una espontaneidad 'incontrolable', que da el impulso sin pretender canalizar o sacar provecho de la acción que ha desencadenado. Para nosotros existen hoy dos soluciones evidentes. La primera consiste en reunir cinco personas de buena formación política y pedirles que redacten un programa, que formulen reivindicaciones inmediatas de aspecto sólido y digan: 'Esta es la posición del movimiento estudiantil, hagan según eso lo que quieren'. Es la mala solución. La segunda consiste en tratar de hacer comprender la situación, no a la totalidad de los estudiantes, ni siquiera a la totalidad de los manifestantes, sino a un número de entre ellos. Para eso, es preciso evitar la creación inmediata de una organización o definir un programa que sería inevitablemente paralizante. La única oportunidad del movimiento es justamente ese desorden que permite a la gente hablar libremente y que puede desembocar, por fin, en cierta forma de autoorganización'. Y añadió Cohn-Bendit: 'Sólo después podrá hablarse de programas o de estructuración. Si nos planteáramos desde el comienzo el tema: ¿Qué se hará con los exámenes- significaría asfixiar las posibilidades, sabotear el movimiento, interrumpir la dinámica. Los exámenes tendrán lugar y nosotros presentaremos propuestas, pero que nos den tiempo. Primero hay que hablar, reflexionar, buscar fórmulas nuevas. Las encontraremos. ¡Pero no hoy!' 2

En nuestro medio, el cuadro es el mismo. En ciertas manifestaciones callejeras plenas de violencias -en especial de estudiantes secundarios- muchos suelen ignorar en absoluto el objetivo de la manifestación, otros dan una versión antojadiza y falsa de los 'hechos' que les estimularían a actuar y sólo unos pocos conocen la justificación oficial esgrimida por los dirigentes. Sin duda que -repitiendo las palabras de Cohn-Bendit- no hay que hacer comprender la situación 'a la totalidad de los estudiantes, ni siquiera a la totalidad de los manifestantes'.

Pero esos estudiantes y esos manifestantes no informados actúan y proceden con gran decisión y energía tras de algo que desconocen.

Todo esto no es óbice, naturalmente, a la existencia de dirigentes capaces, cultos, maduros, con perfecta claridad de ideas.

Así esbozado el panorama general, asumo la pretensión de analizarlo y ponderarlo a través de algunas reflexiones simples y, si es posible, buscando extraer conclusiones, todo desde un punto de vista general, pero con referencias a la realidad chilena de la problemática e incursiones por los inevitables campos de la política. No podría ser de otro modo porque, con frecuencia, las actitudes de los jóvenes están condicionadas o influenciadas por determinadas ideologías, y además, porque hay también quienes exacerban o apoyan reacciones juveniles, sin compartirlas, con el solo propósito de aprovecharlas políticamente. Pero trataré de hacerlo con espíritu científico y por sobre toda contingencia nacional.

Comencemos por interrogarnos: ¿Qué se entiende por 'juventud'- Cuando se plantea alguna cuestión acerca del 'poder joven' o de la rebeldía juvenil', ¿a quiénes se alude?.

La mayoría de los autores limitan la 'juventud' entre los 14 y 25 años. En el 'Informe Preliminar sobre las Políticas y Programas a largo plazo relativos a la Juventud y al Desarrollo Nacional', preparado, a comienzos del año 1969, por la Comisión de Desarrollo Social en cumplimiento de resoluciones del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, se 'utiliza el término 'juventud' para indicar personas jóvenes en edades comprendidas entre los 12 y los 25 años', criterio que se justifica así: 'Este grupo de edades comprende a los que se encuentran en los últimos años de la niñez, a los adolescentes y a los jóvenes adultos e incluye jóvenes que asisten todavía a la escuela, así como los que están casados y tienen hijos. El concepto de juventud se interpreta desde un punto de vista cultural y varía en las distintas partes del mundo. Existen diferencias en los países en cuanto respecta a la edad del consentimiento, derecho de voto o la edad en que se puede conseguir permiso para conducir automóviles, o alistarse en el ejército o adquirir responsabilidad penal. Además, si han de tenerse presentes las necesidades de los subgrupos, no sólo han de considerarse las variaciones geográficas, culturales y fisiológicas que puedan presentarse, sino también las diferencias que a veces existen dentro de un país en lo que respecta a la edad de la enseñanza obligatoria, la edad mínima para el empleo, el principio de la pubertad y la edad para contraer matrimonio, así como la edad de la responsabilidad penal en comparación con la civil. Así, pues, la escala de los 12 a 25 años puede resultar ambigua, pero estas dificultades ocurren en la mayor parte de los demás grupos de edades y, adoptando este alcance ampliado, pueden examinarse debidamente a los fines del presente informe, las necesidades y problemas básicos'.

Por tratarse de un punto que es, en definitiva, de apreciación particular y que, por lo mismo, no permite arribar a conclusiones exactas como no sea por la vía convencional, me inclino por dar universalidad a la pauta de las Naciones Unidas con la mira de uniformar criterios. Pero hago mía, también, la observación del profesor Manuel Zamorano 3 en el sentido de que la etapa en análisis tiende a extenderse en razón de que, con alguna frecuencia, la vida estudiantil universitaria alcanza a edades ulteriores, especialmente entre los líderes; que este fenómeno influye a su vez, desde una perspectiva vivencial, en las organizaciones juveniles en general (políticas, sobre todo) que mantienen en sus cuadros directivos a hombres de más de 25 años, pero que se sienten, actúan y se comportan como juveniles.

Preguntémonos, a continuación, si los caracteres antes mencionados son todos válidos para todos los jóvenes que hoy tienen entre los 12 y 25 años o si algunos lo son sólo para ciertos segmentos o si tienen mayor vigencia respecto de unos que de otros. El punto es de gran interés porque reduce a sus justos términos factores cuantitativos de algo que, con superficialidad, se estima, de partida, como absolutamente genérico y, en consecuencia, altera de paso su visión cualitativa.

Como dijimos al comienzo, se habla siempre -y el hecho es mundial- de 'poder joven' o de 'rebeldía juvenil' como conceptos sinónimos de 'poder estudiantil' o 'desafío estudiantil'. Anotamos que se consideran como expresión elocuente del fenómeno, los 'movimientos estudiantiles' en gran número de naciones. El año 1968, el Centro Chileno del Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales organizó un ciclo de conferencias públicas sobre lo que llamó la 'rebelión juvenil' y los expositores analizaron el problema con muy repetidas referencias a los fenómenos ocurridos en las universidades chilenas y la actitud de los estudiantes en el proceso de reforma. Y en todas partes es igual. En Europa y en Estados Unidos, en Latinoamérica y en los países socialistas, en Asia y en los jóvenes estados africanos, las cuestiones de la juventud aparecen inseparables de los problemas universitarios o estudiantiles.

La razón no parece difícil de desentrañar: la tónica del problema generacional de hoy, con sus desusados caracteres, está dada por el sector de jóvenes que estudia en las universidades y en los últimos cursos de la enseñanza media. Es en ese subgrupo donde surgen con mayor propiedad los síntomas que antes señalamos.

En los otros segmentos de la juventud y adolescencia, todos o algunos se muestran disminuidos o atenuados.

Pero aquél está constituido por la elite de la nueva generación, por quienes forman su vanguardia intelectual, provienen generalmente de la burguesía y se saben destinados a ser los dirigentes del mañana en toda suerte de actividades. Por ello es que se tiende a confundir la cuestión juvenil con la estudiantil, aunque no siempre sean coincidentes.

Y ese subgrupo constituye una ínfima minoría dentro de su estamento demográfico, especialmente en los países subdesarrollados.

En Chile, de acuerdo con los datos del censo de 1960, (los del último no están aún disponibles) sobre una población de 7.375.200 habitantes, había 1.950.000, esto es, un 26.44 % que tenía entre 12 y 25 años, ambas edades comprendidas. La asistencia a establecimientos de enseñanza regular de cualquier tipo o naturaleza, alcanzaba a 1.434.682 estudiantes, de los cuales 1.123.044 cursaba instrucción primaria, 278.550 enseñanza media en sus diversas formas y 22.644 seguían estudios universitarios. Si consideramos, para los efectos de este trabajo, debido al hecho público y notorio en nuestro país de que sólo los alumnos de los últimos dos cursos de la enseñanza media y del 79 año de educación comercial (que suman sólo 42.825) y los jóvenes que asisten a las universidades, forman filas en los movimientos estudiantiles, tenemos un total de 65.825 estudiantes, vale decir, algo más del 3 % de la población que tenía, en 1960, entre 12 y 25 años de edad.

En el año que corre, se estima que Chile ha llegado a tener 9.565.628 habitantes. Han aumentado, pues, en un 29.7 % en estos diez años, pero en igual lapso, de acuerdo con la misma estimación de la Dirección de Estadística y Censos, habría 2.606.783 jóvenes entre 12 y 25 años de edad, con lo cual este grupo habría aumentado un 33.6 % , casi un 4 % más que el total del país.

Ahora bien, de acuerdo con antecedentes del Ministerio de Educación Pública, el total de 1.434.682 estudiantes de 1960 se elevó a 1.969.502 en 1965 y a 2.392.200 en el presente año. Vale decir, mientras la población total aumentó en 29.7% y el número de jóvenes de 12 a 25 años subió en un 33.6%, la cantidad de estudiantes ascendió en un 66.8 %. Considerado este aumento por niveles, corresponde un 60.5% de aumento a lo que antes llamábamos educación primaria y hoy educación prebásica, vocacional y los seis primeros cursos de educación básica; 78.5% a la enseñanza media en todas sus formas y un 153% a la educación superior. En este último caso, fundamentalmente por la creación, en provincias, de las llamadas carreras medias o técnicas que no corresponden estrictamente a formación universitaria o superior; pero esta observación carece de relevancia para las consideraciones que estamos formulando, puesto que estos estudiantes se sienten y consideran universitarios y se comportan solidariamente como tales.

Ponderando ahora las cifras respectivas; tenemos que los 42.825 alumnos medios del año 1960 que estimamos como integrantes de los movimientos estudiantiles, son ahora 76.442 que, sumados a los 66.600 de la educación superior, nos dan 143.042, o sea, tan sólo cerca del 5.5 % del grupo demográfico que cuenta entre 12 y 25 años de edad.

El porcentaje es, pues, muy bajo, a pesar de que Chile se halla por encima de casi todos los países subdesarrollados en tasa de alfabetismo y más cerca del nivel educacional de las naciones industrializadas. No puede, en consecuencia, caber duda alguna en orden a que en los países en desarrollo, la proporción de jóvenes que participan en las actitudes, hábitos y movimientos que caracterizan y dan la tónica a la 'rebeldía juvenil' no pasa del 2 o 3 % de la actual generación joven de esos países y que en las naciones altamente industrializadas es siempre inferior al 10%.

Pero no es esto todo: dentro de este grupo tan reducido de la actual generación joven, la gran mayoría de él permanece, o marginado de las actuaciones, movimientos y actitudes que dan las características enunciadas a la juventud de hoy, o participan de manera subalterna, a regañadientes, tan sólo en ciertas votaciones o haciendo de comparsa en algunas asambleas. Opiniones autorizadas y responsables (entre otras, Revista Time, Edición Latinoamericana de 18 de abril de 1968) sostienen que menos del 2% de los estudiantes universitarios de EE.UU. pertenecen a la New Left y sin embargo, es su actitud, con su tremenda fuerza y dinamismo, la que aparece dando la tónica de una nueva posición y conducta en el estudiantado norteamericano. En Chile carecemos de datos estadísticos, pero arriesgo a afirmar que no más de un 10 a 15 % del alumnado universitario reconoce disciplina política partidaria y que de este porcentaje, sólo un puñado de dirigentes marcan rumbos en las direcciones antes señaladas. La gran masa es ajena al proceso o desinteresada de él, participa sólo esporádicamente y movida también por factores circunstanciales, a los cuales tendremos ocasión de referirnos más adelante.

Lo mismo ocurre, en general, en las universidades latinoamericanas, al decir del distinguido sociólogo Aldo E. Solar, quien, como resultado de enjundiosas investigaciones sobre el particular, concluye que 'son muy pocos los estudiantes que participan activamente y su proporción parece disminuir' 4.

Es, como se ve, relevante el hecho objetivo de que una ínfima minoría del ya muy bajo porcentaje de la población juvenil total que configura a la juventud universitaria y a la de los últimos grados de la educación media, es la que asume una actitud y una conducta que autoriza a derivar de ellas las características más atrás mencionadas. De este modo el fenómeno pierde mucho de sus ribetes de generalidad con que se presenta a primera vista.

Pero nadie podría deducir de estos antecedentes la conclusión superficial y precipitada de que el resto de la generación, vale decir, la casi totalidad de ella, nada tiene en común con los hábitos, ideas, pensamientos y conducta de esa pequeña minoría dirigente y dinámica, lo que equivaldría a negar de partida la tesis de que la actual pugna generacional es aguda, profunda y distinta.

Parece evidente que dichos hábitos, ideas, pensamientos y conductas cubren a toda la generación, pero a la mayoría referida sólo en forma muy amortiguada y atemperada, con bastante menos arraigo y, fundamentalmente, como una consecuencia del espíritu de imitación -que siempre, en todas las épocas, ha sido muy fuerte en la juventud- de cierto sentido de solidaridad generacional y de subconsciente deseo de producir impacto en la generación madura.

Este encuadre de la problemática dentro de sus justos términos de cantidad y calidad, permite su enfoque sobre bases reales y facilita la búsqueda de las causas que la han provocado.

Largas meditaciones, múltiples lecturas, y en especial, la observación directa en mi diaria convivencia con jóvenes, me sugieren las observaciones que siguen acerca de las causas, advirtiendo que son complejas, recíprocamente influenciadas y muy vinculadas entre sí.

La tan manoseada 'explosión demográfica' de los últimos decenios merece desde luego ser citada. Para no abrumarlos con cifras, digamos sólo que ella ha producido, como es natural, un 'rejuvenecimiento' de la especie humana en términos de que la proporción de jóvenes ha aumentado a límites increíbles. Según las Naciones Unidas, Comisión de Desarrollo Social (informe ut supra) en 1965 las personas menores de 25 años habían llegado a 1.757.600.000 o sea, al 54 % de la población mundial. De esta suma, unos 500 millones tienen entre 12 y 25 años de edad y el resto menos de 12 años, y más de las tres cuartas partes de esta población joven vive en los países subdesarrollados: 59 millones en África, 322 millones en Asia y 44 millones en América Latina. Con la actual tasa de crecimiento esta población juvenil debe aumentar en 150 millones más antes de 1980.

Las repercusiones de estas cifras son tremendas. La opinión, las inquietudes, los hábitos de esta inmensa masa de ciudadanos ha comenzado a tener gran peso en la opinión mundial, no sólo por su número sino porque, además, se trata de un segmento ávido de cambios; asequible, por lo mismo, a toda idea nueva; inquieto; descontento y lleno de impaciencia.

Al mismo tiempo, este sector ha recibido y sigue recibiendo un rápido aumento en las tasas de alfabetización y, más que eso -en algunos países, a lo menos- una incorporación masiva a niveles de educación que antes no conoció. Repitamos que en Chile, por ejemplo, entre 1960 y 1970 la población creció en un 29.7 % la juventud entre los 12 y 25 años aumentó en un 3 3.6 % la cantidad de estudiantes medios ascendió en un 78.5% y los universitarios crecieron en un 153 %.

Es, entonces, inevitable que la influencia de los sectores juveniles aumente, que sus ideas pesen cada día más en la opinión pública y que sus actitudes, sentimientos y métodos adquieran una mayor trascendencia. Pero todo ello sería insignificante y no podría jamás habernos colocado frente a la actual problemática, si este factor no estuviere fuertemente condicionado por otros que le dan relevancia, lo hacen vivo y dinámico y dan a esa influencia importante significación. Sin ellos, con seguridad habría quedado en las sombras de un aumento demográfico o de un simple progreso cultural.

La formación general -intelectual y moral- así como la información sobre variadas áreas del conocimiento que han recibido y reciben los jóvenes de hoy -en las cuales hay claro predominio cientifista- presenta caracteres que son elementos motores de esas posturas y actitudes. Cualquier adolescente puede deducir de sus estudios en las humanidades, que el lento y largo progreso científico y técnico de siglos aparece desdibujado y arcaico frente a lo que ha ocurrido en los últimos decenios. El famoso físico norteamericano Robert Oppenheimer decía en 1966 algo que resulta abismante, pero que es irredargüible con relación al avance en esos campos: 'Para un hombre de cincuenta años, casi todo lo que es preciso saber ha sido descubierto desde el fin de sus estudios'; y agregaba: 'Piensen en todos los hombres que en el curso de la historia han aportado cosas nuevas en el campo de las ciencias y de los inventos. De todos ellos, el 93 % está actualmente vivo' 5.

Y junto con estudiar lo que muchos de sus mayores y familiares ignoran, o bien conocen superficialmente a través de las informaciones de prensa, tienen como cosas apenas novedosas, pero que sienten como muy suyas en cuanto son expresiones de lo que estiman 'su' época -sobre todo en oposición a la de sus padres- los aviones supersónicos, la televisión, las naves espaciales, los rayos láser, los satélites artificiales, los trasplantes de corazón y ahora, la visita a la luna. Cuando alguien comenta que hace 10 años Chile no tenía televisión, que la radiodifusión comercial nació hace apenas 40 y que 20 años atrás el viaje en avión a Estados Unidos tomaba cuatro o cinco días, el hombre maduro que hace el comentario siente reavivarse el impacto que viene recibiendo desde su mocedad en forma casi permanente con el progreso científico y tecnológico y con los inventos sorprendentes; y no puede olvidar que esos hechos que hoy aparecen anticuados, pocos lustros atrás o menos parecían increíbles y que la ciencia-ficción, que no pretende ser sino eso, muy pronto es alcanzada o superada por la realidad. Y entonces cavila y reflexiona con estupor y admiración, pero con la decantación y la cordura propias de la edad y de la experiencia. Pero el joven lo atribuye todo a 'su época', se siente de alguna manera involucrado en los éxitos, se ensoberbece y a menudo ignora que ninguno de la legión de sabios o investigadores que han contribuido a realizar tales maravillas, ha sido un afortunado adolescente sino que, a la inversa, todos han llegado a la madurez en el estudio, en la biblioteca, en el laboratorio; y que las magníficas concreciones del presente no habrían sido posibles sin los descubrimientos y avances de siglos.

La extrema rapidez del progreso tecnológico, que ya apenas se cuenta en años o meses, impulsa a esta reacción. Las generaciones anteriores hemos sabido en la adolescencia de progresos también fabulosos -la radio; el desarrollo de la aviación; los grandes transatlánticos, veloces palacios flotantes; el radar; el avance arrollador del automovilismo; los antibióticos; la creación de los plásticos. Pero nada de esto tuvo la rapidez increíble ni, por lo mismo, la espectacularidad de lo ocurrido en los últimos años.

Los jóvenes de hoy, pues, al estudiar y adquirir conocimientos científicos y técnicos reciben una carga emocional que jamás antes conoció otra generación. Y están mal preparados para ello. Cualquier padre medianamente culto puede comprobar que el adolescente de hoy tiene en general escasa preocupación por las disciplinas históricas, filosóficas, sociales, artísticas. Cumple con memorizar lo indispensable para ser aprobado y en cuanto a su afán por la lectura de grandes obras del pensamiento o de buena literatura, se reduce a las que le señalan como obligatorias, aparte de revistas ilustradas o de actualidad de muy dudoso valor educativo, cuando no perniciosas. Es muy probable que ese desinterés sea consecuencia del impacto producido por el avance espectacular de la ciencia y de la tecnología. Ante él, para las mentes juveniles pierde relevancia la vocación humanística. Y entonces se produce un extraño y dañino círculo vicioso: tal desinterés las transforma, a su vez, en campo propicio para que la referida carga emocional actúe como elemento distorsionador de su formación cultural y de su estabilidad individual y social, y no en factor educativo y humanizador.

Los sicólogos sostienen que el púber y el adolescente tienen normalmente 'personalidad inestable, impulsiva, sugestionable, imaginativa, apasionada, con fuertes reacciones de oposición, evasión y rebeldía -a veces generosa, a veces destructiva- como compensatoria de una maduración insuficiente' 6. En tales circunstancias, una buena orientación didáctica que morigere esas características a través del conocimiento y comprensión de los grandes fenómenos del devenir histórico; las fundamentales cuestiones de la filosofía; los grandes lineamientos morales y su evolución; el trasfondo de las limitaciones de la vida y del progreso en las sociedades humanas con sus problemas económicos y sociológicos, ayuda a esa maduración y da ponderación, criterio y equilibrio, protege contra reacciones inconsultas e interpretaciones superficiales que generan las actitudes a que antes me referí.

Hay jóvenes que, en esa línea equivocada, reflexionan sintiéndose partícipes del progreso inusitado en el campo científico y técnico, creen que el mundo de estos últimos años -su mundo- se propuso lograrlo y, pronto lo consiguió, y consecuencialmente, menosprecian a las generaciones anteriores. incapaces de lo mismo y que han mantenido una sociedad llena de injusticias. ¡Sólo nosotros podremos solucionarlas! es la clara pero ingenua conclusión.

Una información como la que menciono, les llevaría de inmediato y de manera espontánea, por ejemplo, a apreciar que la válida observación de Oppenheimer no podría ser realidad si tan increíble progreso no estuviese asentado en el estudio, la investigación y consiguiente avance de siglos en todos los planos del conocimiento humano. Ese 93 % de sabios vivos ha logrado la maduración de frutos sembrados y cultivados por innumerables generaciones anteriores que cubren muchas épocas.

Es cierto que esta formación tiene aspectos positivos y destierra muchas inhibiciones de antaño. La ausencia de temor reverencia) y aun de respeto por los adultos y sus ideas, la seguridad en sí mismos, con frecuencia injustificada, les hace comportarse con mayor espontaneidad y autenticidad. Muchos tabúes religiosos y morales han apresurado su caída por este rompimiento de prejuicios; y la libertad sexual de hoy -que no incluyo entre los caracteres propios de la actual generación, porque es un proceso diverso, aunque vinculado a él, que viene de mucho más atrás y que en países avanzados se plasmó hace decenios- ha encontrado en él, sin duda, fuerte apoyo para su expansión y divulgación.

Pero no es sólo esta extraña concepción del mundo. Hay un factor que se suma a éste y confundiéndose con él, se extiende a otros sectores de la juventud y de la sociedad con gran efecto de resonancia: el desarrollo extraordinario de los medios audiovisuales que permiten informarse y aprender con sólo oír y mirar, a gozar o sufrir una expresión artística -ambas cosas se dan- sin saber leer ni escribir, sin esfuerzo alguno, casi siempre en actitud de descanso o relajamiento y en el propio hogar, y últimamente, gracias a los transistores, mientras se camina o se viaja. Esta circunstancia ha promovido una verdadera revolución cultural -intelectual- social que no siempre se valora en su verdadera significación.

Ello significa impartir conocimiento e informar prácticamente a todos los miembros de la colectividad y hacer extensivos a muy amplios sectores, elementos de distracción y de tareas culturizadoras que hasta ayer estaban reservadas a grupos privilegiados. Factores éstos y cuyas innegables ventajas nadie puede poner en duda. Los conceptos de alfabetismo o analfabetismo en función de saber o no leer y escribir, han quedado obsoletos.

El sicólogo canadiense Marshall McLuhan, ahondando en la materia, explica que el mundo auditivo y visual pre-alfabético, ilimitado y primitivo, fue constreñido y ampliado simultáneamente, de manera paradójica, por la invención del libro, pero hoy, gracias a los modernos medios audiovisuales, hemos vuelto en cierto modo al pasado, pero con una amplitud desusada y moderna: podemos saber cuanto ocurre en el globo, aprender muchas cosas y conocer sensaciones artísticas, al margen de los libros, de los diarios y del estudio. Bastan la radio, la televisión, el cine y los discos.

Pero todo ello encierra peligrosos factores negativos: se aprende sin método ni sistema; se menosprecian, por innecesarios, el esfuerzo y la disciplina en el estudio; se adquiere una cultura 'a la violeta' y se la cree profunda; se oye y se ve acerca de lo que requiere una información básica, sin poseerla, con lo que se crea desconcierto y confusión de conceptos; se plebeyiza el sentido artístico al divulgarse, por razones comerciales, lo que gusta a la masa no educada en este campo, la cual se ve así sumida en pernicioso círculo vicioso; se estimula el natural afán de imitación por alcanzar y poseer lo que se da en países altamente industrializados, sin la conciencia de que ello sólo puede ser la meta natural del desarrollo, provocándose presiones económicas y sociales que se confabulan contra ese proceso.

Si sumamos esta causa a las anteriores, fácilmente configuramos el cuadro de una juventud, que a su natural falta de madurez, añade falta de solidez y claridad en sus concepciones fundamentales, sean de historia, de ciencias sociales, de filosofía, de los problemas del hombre y la sociedad, y de los caminos para su solución, y que subestima valores inmanentes en cualquier época y en todo sistema político, económico o social: esfuerzo, constancia, estudio, disciplina, trabajo.

Una conocida revista chilena publicó durante meses -bajo el epígrafe de 'poder joven'- foros, entrevistas y diálogos entre jóvenes de ambos sexos de distinta extracción social y cultural. Respetuosamente, aprecio que los obreros aparecen casi siempre sosteniendo puntos de vista claros, sencillos, que comprenden y sienten, mientras que muchos estudiantes secundarios, tratando de presentar a veces sus opiniones con citas o referencias 'culteranas', repiten superficiales lugares comunes, demuestran desorientación y a menudo, frustración.

Así reseñado este cuadro, llegamos fácilmente y sin forzar su búsqueda, a la explicación -que es, a su vez, causa fundamental de otras actitudes- del proceder juvenil frente a las injusticias de la sociedad, a la miseria, a la explotación, al imperialismo; y aparece también comprensible su permanente 'rebeldía' y 'protesta', vacías de ideas claras para una solución y exentas de todo esfuerzo racional para su abolición.

Vivimos una época en que la sociedad sigue siendo profundamente injusta; la mayoría de los habitantes del mundo viven en la pobreza y muchos millones en la miseria. Sólo en Latinoamérica hay un déficit superior a 20 millones de viviendas y tenemos 50 millones de adultos analfabetos; la mortalidad infantil es de las más altas del mundo; el régimen de tenencia de la tierra es casi feudal; el ingreso per capita es inferior al promedio mundial y en algunos países es veinte veces más bajo que en las naciones de alto standard de vida; dentro de ciertos países la distribución del ingreso es tan absurda, que hay grupos que reciben entradas veinte veces superior al promedio de los sectores más desamparados; hay estados poderosos que juegan, frente a la mayoría, el mismo rol que los ciudadanos ricos frente a la masa de desposeídos.

Y he dicho que la sociedad humana 'sigue siendo profundamente injusta'. Llamo la atención sobre esta frase, porque suele olvidarse que hasta donde la historia se remonta, siempre ha sido así y en términos mucho más agudos.

Al presente, y no obstante los datos que acabo de recordar, la humanidad vive la época de mayor abundancia. Hasta el siglo XVII, salvo escasos grupos de nobles privilegiados, el hombre medio del mundo civilizado oscilaba entre las pestes, las hambrunas, la guerra y cortos y escasos intervalos de relativa prosperidad. No existieron cambios violentos ni tampoco modificaciones más o menos permanentes, en ruta hacia el progreso. Sólo en el siglo XVIII algunos países europeos, por primera vez, revelan una mejoría constante y persistente en el standard de vida. Y estas afirmaciones no son mías. Estoy citando nada menos que al más famoso economista moderno, J. Maynard Keynes 7.

Tan larga y sostenida situación llevó a pensar que no podía ser de otra manera. Dice al respecto Kenneth Galbraith 8: 'Los economistas habrían tenido que ser indiferentes a la historia y al medio ambiente si no hubieran considerado como una cosa normal la privación y la desolación económica de las masas. En economía, la desgracia y el fracaso son normales. Era el éxito, al menos para alguien más que los pocos favorecidos, lo que tenía que ser explicado. El éxito duradero no estaba de acuerdo con la historia y no podía ser esperado. Tal era el legado de las circunstancias a las ideas'.

Pero hoy sabemos que la miseria puede ser erradicada y que los progresos científicos y tecnológicos abren insospechadas posibilidades de bienestar para todos. Como muestra de ello, la inmensa mayoría de los habitantes de no pocos países, disfrutan de niveles de vida que antes no pudieron imaginar siquiera las pequeñas minorías privilegiadas.

Y este hecho es conocido de la humanidad en todas sus latitudes. Los fabulosos medios de comunicación de masas de la hora presente, nos permiten saber en forma instantánea lo que ocurre en cualquier rincón del mundo. Aquí radica otro de los factores decisivos en la reacción ideológica de la juventud actual, revestida de marcada vehemencia y pasión. Y no podría ser de otro modo: la juventud es, por naturaleza, idealista y pura, con gran sentido de justicia y de solidaridad hacia los desposeídos. Al tener, pues conciencia de que la miseria puede ser erradicada y reemplazada por un bienestar físico y espiritual que alcance a todos y al observar, al mismo tiempo, que en los pueblos subdesarrollados esta meta posible se mantiene tanto o más alejada cada día y que las diferencias entre los países ricos y pobres tiende también a acentuarse, tales nobles sentimientos se exacerban y llevan a una aguda desesperación.

Si a esta circunstancia añadimos los elementos antes descritos y que sobre este particular se manifiestan en la equivocada visión de que las actuales injusticias y la pobreza son de especial responsabilidad de las generaciones anteriores a ellos, no es difícil comprender que vuelquen en su contra el menosprecio y aun el desprecio. Exasperación ante las injusticias y conciencia de que la generación hoy adulta tiene gran responsabilidad en ellas, se suman para originar la extraña y desconcertante actitud de 'rebeldía' y de 'protesta' frente al mundo que les rodea.

Todas las generaciones precedentes han tenido, como es natural, inquietud frente a la miseria, a la desigualdad, a la injusticia, y los jóvenes de acuerdo con sus propias convicciones ideológicas, reconocieron filas en el partido, movimiento o corriente doctrinaria que les interpretaba para luchar por la realización de sus ideales. Y lo hacían con plena conciencia de que ni Chile ni el mundo podían ser transformados en obras perfectas al final de su tarea y no por falta de fe ni optimismo, sino por una madura comprensión de que los fenómenos sociales, económicos, culturales y políticos dependen de una complicadísima gama de factores y circunstancias que no pueden removerse o alterarse sino a través de un proceso histórico más o menos largo.

El joven de hoy también se agrupa en partidos, en corrientes ideológicas y políticas. Pero por sobre las diferencias doctrinarias y como consecuencia de lo que dejamos anotado, flota el común negativo elemento de la 'rebeldía' y de la 'protesta' que no tiene norte orientador.

Porque nadie podrá poner en duda la legitimidad de las aspiraciones de quien se esfuerza porque su posición ideológica -cualquiera que ella sea- llegue a conquistar el poder para, desde allí, tratar de plasmar en realizaciones sus ideas y propósitos que buscan el destierro de las injusticias y la construcción de una sociedad mejor. Lo original y extraño radica en la actitud negativa y desconcertante de limitarse a expresar y repetir una 'rebeldía' que a nada conduce, que nada solucionará y que -por la inversa- de generalizarse no produciría otro efecto que el de agravar la situación que aparece como su causa. A lo cuál parece útil añadir que las, vías de expresión de esa 'rebeldía' pocas veces exigen sacrificios y a menudo resultan gratas y cómodas.

En la magnífica obra ya citada de Galbraith se destina un capítulo completo al análisis de lo que su autor llama con acierto la 'sabiduría convencional'. No resisto al deseo de citarlo en este trabajo. Aludiendo a los fenómenos económicos y sociales, dice Galbraith que la circunstancia de ser arcanos y susceptibles de escasas verificaciones, permiten al individuo el lujo de creer lo que quiere a su respecto dentro de limites muy anchos -lo que no es posible en los fenómenos físicos- 'y sostener sobre este mundo el punto de vista que más agradable le resulta o más de acuerdo esté con su propio gusto'. 'Por consiguiente -añade- en la interpretación de toda la vida social nos encontramos con una constante e inacabable pugna entre lo que es importante y real y lo que es agradable. En esta pugna, aunque la ventaja estratégica es para la realidad, lo agradable goza de todas las ventajas tácticas. Los públicos de todas las condiciones aplauden con más vigor lo que más les agrada. Y para la influencia del discurso social cuenta mucho más la prueba de la adhesión pública que la piedra de toque de la verdad. El orador o escritor que se dirige a su público con la explícita intención de tratar de hechos amargos y sorprendentes, acaba invariablemente por exponer lo que su público prefiere oír'.

'La verdad determina a la larga nuestra adhesión; lo agradable consigue lo mismo en menos tiempo. Las ideas vienen a organizarse en torno de lo que la comunidad en su conjunto o determinados públicos consideran aceptable porque les es agradable. Y así como el científico en su laboratorio se dedica a descubrir verdades científicas, del mismo modo el escritor a sueldo y el encargado de la publicidad se preocupan de identificar lo aceptable'. Y agrega más adelante: 'La aceptabilidad de las ideas viene dada por numerosos factores.

Asociamos en gran medida, naturalmente, la verdad con la conveniencia, con lo que se muestre más de acuerdo con el interés propio y el bienestar del individuo y ofrezca evitar más fácilmente un esfuerzo o una desagradable forma de vida'.

A estas ideas que son apreciadas por su aceptabilidad, las designa Galbraith como 'sabiduría convencional'. Y me parece claro que en la actitud de los jóvenes actuales frente a los escritos y textos de algunos pensadores hay un proceso de sicología colectiva similar al que con tanta agudeza nos describe Galbraith: al desencadenarse en el mundo los movimientos juveniles que han conmovido a muchas universidades y países en los últimos años, algunos dirigentes -se dice que primero en Alemania- leen a Marcuse, entre otros, y creen encontrar en él la justificación racional y filosófica de la 'rebeldía juvenil' que arde por todas partes.

Segunda parte

Herbert Marcuse, el filósofo nacido alemán y nacionalizado norteamericano, culmina una posición que ya había sugerido en obras anteriores, al publicar su divulgado libro 'El hombre unidimensional'. Hace allí un análisis acerbo, sombrío, negativo y pesimista de la sociedad industrial avanzada que, en nuestros días, ofrece para la mayoría de sus miembros el nivel de vida más alto que la humanidad jamás haya conocido. Es una obra densa, especulativa y, por lo mismo, difícil de resumir. Tal vez, para no caer en interpretaciones más o menos subjetivas, sea conveniente aludir a la médula de su planteamiento con citas textuales del autor. Dice Marcuse en la Introducción, con referencia al peligro de una catástrofe atómica: 'Si intentamos relacionar las causas del peligro con la manera en que la sociedad está organizada y organiza a sus miembros, nos vemos obligados a enfrentarnos inmediatamente con el hecho de que la sociedad avanzada es cada vez más rica, más grande y mejor conforme perpetúa el peligro. La estructura de defensa hace la vida más fácil para un mayor número de gente y extiende el dominio del hombre sobre la naturaleza. Bajo estas circunstancias, nuestros medios de comunicación de masas tienen pocas dificultades para vender los intereses particulares como si fueran los de todos los hombres sensibles. Las necesidades políticas de la sociedad se convierten en necesidades y aspiraciones individuales, su satisfacción promueve los negocios y el bienestar general, y la totalidad parece tener el aspecto mismo de la Razón'.

'Y sin embargo, esta sociedad es irracional como totalidad. Su productividad destruye el libre desarrollo de las necesidades y facultades humanas, su paz se mantiene mediante la constante amenaza de guerra, su crecimiento depende de la represión de las verdaderas posibilidades de pacificar la lucha por la existencia en el campo individual, nacional e internacional. Esta represión, tan diferente a la que caracterizó las etapas anteriores y menos desarrolladas de nuestra sociedad, funciona hoy no desde una posición de inmadurez natural y técnica, sino más bien desde una posición de fuerza. Las capacidades (intelectuales y materiales) de la sociedad contemporánea son inconmensurablemente mayores que nunca; lo que significa que la amplitud de la dominación de la sociedad sobre el individuo es inconmensurablemente mayor que nunca. Nuestra sociedad se caracteriza a sí misma por la conquista de las fuerzas sociales centrífugas mediante la tecnología antes que mediante el terror, sobre la doble base de una abrumadora eficacia y un nivel de vida cada vez más alto' 9.

Añade Marcuse que 'la producción y distribución en masa reclaman al individuo en su totalidad y ya hace mucho que la sicología industrial ha dejado de reducirse a la fábrica'; que 'el impacto del progreso convierte a la razón en sumisión a las realidades de la vida y a la capacidad dinámica de producir más y más grandes realidades de la misma especie de vida. La eficiencia del sistema embota al reconocimiento individual de que no contiene hechos que no comuniquen el poder represivo del todo. Si los individuos se encuentran a sí mismos en las cosas que dan forma a sus vidas, lo hacen no al dar, sino al aceptar la ley de las cosas; no las leyes de la física, sino las leyes de su sociedad'. Afirma que 'el concepto de alienación parece volverse dudoso cuando los individuos se identifican a sí mismos con la existencia que les es impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacción. Esta identificación no es ilusión sino realidad. Sin embargo, la realidad constituye una etapa más progresiva de la alienación. Esta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada. Hay una sola dimensión que está por todas partes y en todas las formas. Los logros del proceso desafían cualquier condenación ideológica tanto como cualquier identificación; ante su tribunal, la 'falsa conciencia' de su racionalidad se convierte en la verdadera conciencia'. Sigue Marcuse diciendo: 'Los medios de transporte y comunicación de masas, los bienes de vivienda, alimentación y vestuario, el irresistible rendimiento de la industria de las diversiones y de la información llevan consigo hábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales que atan más o menos agradablemente a consumidor y productor y, a través de éste, al todo. Los productos adoctrinan y manipulan; promueven una falsa conciencia inmune a su falsedad. Y a medida que estos productos benéficos son asequibles a más individuos en más clases sociales, la adoctrinación que llevan a cabo deja de ser publicidad; se convierte en modo de vida. Es un buen modo de vida -mucho mejor que antes- y como es un buen modo se opone al cambio cualitativo. De esta manera emerge una trama de pensamiento y conducta unidimensional en la cual ideas, aspiraciones y objetivos, que trascienden por su contenido el universo establecido de acción y comunicación, son rechazados o reducidos a los términos de este universo. Son definidos por la racionalidad del sistema dado y de su extensión cuantitativa' 10.

Los planteamientos de Marcuse no son absolutamente novedosos y originales. Acerca de la sociedad industrial o de la sociedad opulenta, economistas y sociólogos han emitido juicios semejantes. La diferencia sustancial se halla en la postura tajante, semideterminista, casi absoluta y, por añadidura, de negro pesimismo, en que Marcuse se coloca.

Mientras que Galbraith y Raymond Aron, por vía de ejemplo, describen tan contradictorias características de la sociedad contemporánea avanzada -que están muy lejos de ser las únicas y de desempeñar, por lo mismo, un papel decisorio e incontrarrestable- y las analizan previniendo en su contra en una actitud positiva, Marcuse deduce de sus explicaciones precedentes, que 'los antiguos antagonistas', la burguesía y el proletariado, se unen hoy 'en la preservación y el mejoramiento del statu quo institucional, en las zonas más avanzadas de la sociedad contemporánea'; que el aparato de producción se ha hecho totalitario; que esta tendencia se ha extendido a las sociedades menos desarrolladas 'creando similitudes en el desarrollo del capitalismo y el 'comunismo'; que estos rasgos represivos y coercitivos se dan también en sociedades de estructura disímil, como las socialistas; que la lucha por una solución ha sobrepasado todas las formas tradicionales y hoy son ineficaces los medios de protesta conocidos -de lo que Marcuse se complace porque ellos sólo 'preservan la ilusión de soberanía popular'- y que, como consecuencia de todo lo anterior, los únicos que tienen posibilidad de invertir este tan irracional orden actual, son los que se hallan al margen del proceso productivo: 'el sustrato de los proscritos y de los 'extraños', los explotados y los perseguidos de otras razas y de otros colores, los desempleados y los que no pueden ser empleados. Ellos existen fuera del proceso democrático; su vida es la necesidad más inmediata y la más real para poner fin a instituciones y condiciones intolerables. Así, su oposición es revolucionaria incluso si su conciencia no lo es. Su oposición golpea al sistema desde fuera y por tanto no es derrotada por el sistema; es una fuerza elemental que viola las reglas del juego y, al hacerlo, lo revela como una mala partida'.

En suma, la enfermedad que aqueja a la sociedad actual no tiene otra posibilidad de mejoría, y por ende, no hay otra esperanza de cambios favorables, que por la vía de la rebelión triunfadora del lumpen social, de quienes están desplazados y al margen del sistema, dentro del cual queda también comprendido el proletariado.

No es el momento del análisis crítico de tan discutida y polémica tesis. Me limito a decir que no la comparto en absoluto y que ha sido duramente calificada por figuras filosóficas de las más opuestas orientaciones. Pero interesa, sí, su influencia y significación en los movimientos universitarios, especialmente en Europa y en Estados Unidos. Dirigentes estudiantiles encuentran en las ideas de Marcuse la justificación de la rebelión juvenil.

Se sienten plenamente interpretados por él y ello de manera un tanto paradójica: los rebeldes juveniles están contra el orden actual pero no tienen ideas claras acerca de los caminos para hacerlo más justo y mejor ni están dispuestos a empeñarse en una tarea que ignoran cómo realizar. En consecuencia, los alienta que un filósofo argumente densa y profundamente para concluir que no hay salida para la 'irracional sociedad' industrializada sino mediante la revolución de los 'proscritos', afirmación que lleva implícita la misma posición de aquellos tendiente a reemplazar el orden actual violentamente por otro que se desconoce y que sólo habrá de elaborarse más adelante, después de tomado el poder. Porque parece obvio que el lumpen salvador no se ha preocupado hasta ahora ni estará en condiciones de hacerlo, de concebir ni menos construir esa nueva sociedad.

Para esos dirigentes juveniles, los planteamientos de Marcuse constituyen la 'sabiduría convencional' a que alude Galbraith. Y su aceptación les hace colocarse de inmediato como parte integrante de ese lumpen. Y Marcuse así lo confirma cuando contesta premonitoriamente a un periodista francés, días antes de la 'Revolución de Mayo' en París, que 'las oposiciones' en los países desarrollados tendrán éxito 'si las élites revolucionarias estudiantiles consiguen hacer alianzas con el proletariado pobre de sus naciones, y también con los explotados y perseguidos de otra raza y color'. Parece claro que este eufemismo -'proletariado pobre'- alude a los cesantes profesionales, a los delincuentes y a otros grupos que se han automarginado de la sociedad, puesto que con mucha reiteración insiste Marcuse en sus obras en la premisa categórica de que el proletariado ha sido cogido también por 'las fuerzas sociales centrífugas mediante la tecnología' y, por lo mismo, forma ya parte del 'orden irracional' y no en 'el sustrato de los proscritos'.

Pero en plena coincidencia con lo que antes he afirmado acerca de la proporción increíblemente pequeña de jóvenes que, de manera activa participan en estos movimientos, aunque producen un efecto reflejo y diluido en la masa, un mes más tarde declara Marcuse a otro periodista de igual nacionalidad que le interroga sobre el llamado 'poder estudiantil' y su analogía con el 'poder negro': 'Esa consigna me parece peligrosa. En todas partes, siempre la gran mayoría de los estudiantes es conservadora e incluso reaccionaria. Por consiguiente un 'poder estudiantil', si fuera democrático, sería conservador, es decir, reaccionario. 'El 'poder estudiantil' significa que la izquierda no se opone a la administración de la Universidad, sino a los propios estudiantes. De lo contrario, tendría que desbordar el proceso democrático. Hay ahí una contradicción fundamental'.

Y vamos a otra causa:

La violencia expresada en formas diversas, como agresividad, tendencia a la destrucción, instinto de combate, parece ser un extraño principio que rige la vida de la naturaleza terráquea y de la cual el hombre no ha logrado ser excepción. Más aún, a su respecto deben añadirse a los motivos puramente biológicos que operan para el resto del reino animal, otros factores originados en la vida social que es aneja a la especie humana. Pero la inteligencia y la razón, y las potencias espirituales que identifican al hombre y le diferencian de todo el resto de la escala zoológica, le señalan el camino de sublimar y trasmutar esas tendencias, instintos y reacciones agresivas en energía constructiva. El uso de la fuerza para imponer una idea, una actitud o una conducta, en sustitución del esfuerzo por hacer comprender y convencer, constituye, sin duda, la negación esencial de los valores y poderes que dan al hombre su característica de ser racional: esos valores y estos poderes le aseguran y comprueban que esa sustitución es repudiable.

Este es, sin lugar a dudas, un verdadero axioma.

No obstante, la violencia ha existido siempre en forma de guerras, de explotación de unos hombres por otros hombres o de unas naciones por otras, de delitos; y en los últimos años se esparce por el mundo entero denotando peculiaridades antes desusadas.

En los países africanos, en las repúblicas latinoamericanas, en el extremo oriente, en los países socialistas y aun en los más industrializados del mundo occidental, se utiliza la violencia cada día con mayor asiduidad y con caracteres y finalidades más diversas.

Cierto es que, con frecuencia, algunas de esas manifestaciones caen de lleno dentro de la fuerza legítima, esto es, de la que se emplea para repeler una anterior que es ilícita. Cierto es también que hay otra cantidad que podría situarse en la zona fronteriza de lo legítimo o de lo ilegítimo, según la apreciación subjetiva que alguien, de buena fe, pueda hacer de diversos y complejos factores. Pero nadie puede dudar de que la violencia propiamente tal -que excluye por lo mismo, toda posible legitimidad- ha alcanzado una extensión antes desconocida y de que la juventud ocupa lugar destacado en su empleo. Y es especialmente grave que además del elemento cuantitativo, se agregue la circunstancia de que, a veces en forma velada o indirecta, y en otras en términos abiertos, se la pretenda defender y justificar.

El análisis de la violencia en sí, desde ángulos filosóficos, éticos o sociológicos sólo se liga tangencialmente con estas reflexiones en cuanto ella aparece como una de las características más sobresalientes de la juventud de hoy. Por lo mismo, me limito a algunas observaciones que no pueden soslayarse por su íntima vinculación con el examen que nos preocupa.

La deficiencia antes aludida de una educación que no estimula conocimientos ni sentimientos adecuados para hacer prevalecer los impulsos altruistas sobre los egoístas que todo hombre lleva en potencia y que no conduce a un equilibrio cultural y humanista que morigere las impaciencias cientifistas o tecnocráticas, facilita la participación de factores que estimulan la violencia, en vez de actuar como su mejor paliativo.

Así como es de lento y difícil el proceso de imponer la racionalidad sobre la animalidad, de domeñar los instintos negativos y someterlos a los impulsos de valor social, es fácil y rápido el resultado cuando se excitan las fuerzas primitivas del homo sapiens.

El muchacho halla hoy en todas las latitudes estímulos para la violencia, para su innata agresividad. Desde aquellos que tras la sana apariencia de una diversión dan a la violencia caracteres de aventura o heroísmo, hasta la explicación seria y profunda del sociólogo, pasando por el impacto de figuras históricas cuyo magnetismo no es posible ocultar y por la explotación política circunstancial de esos instintos.

En efecto la radio, el cine, la T.V. muy especialmente estos dos últimos- sostienen en todas las latitudes una verdadera competencia en la apología indirecta y subrepticia de la violencia que, cerrando un extraño pero infernal círculo vicioso, aumenta el número de espectadores y televidentes y se transforma, en un excelente negocio que, a su vez, multiplica esa exacerbación. Los films llamados 'western' marchan a la cabeza de la popularidad, ya no sólo entre los jóvenes sino aun entre los adultos, y su veta inagotable de éxito es la violencia y la brutalidad llevada a extremos con frecuencia absurdos. No importa que, a veces, para aliviar su efecto pernicioso o para aplacar remordimientos, los 'buenos' vengan a los 'malos'. El resultado casi no interesa. Lo que se busca es la emoción de las riñas, los balazos, la sangre, las numerosas muertes y las escenas violentas. Este ambiente se generaliza y con la T.V. llega diariamente al seno mismo del hogar. Para los menos maduros, los jóvenes, su repetición en la vida real resulta, así, normal y, a veces se la busca. La violencia está ya muy lejos de ser repudiable para ellos. ¿Y cómo podría serlo si es la nota destacada en programas llamados 'educativos'.

El impacto de figuras heroicas que han utilizado la violencia como arma fundamental de sus luchas, es también un factor, sin duda, determinante en esta afición juvenil por la violencia. Y lo es en proporción al grado de admiración que esas figuras pueden despertar.

Para comprobarlo tomemos sólo un ejemplo, el más característico; 'Che' Guevara: el argentino que se transforma en líder de la revolución cubana y en símbolo de las guerrillas en Latinoamérica. No me corresponde analizar su ideología ni interesa para los efectos de este trabajo. Importa, sí, destacar su altísimo valor humano como individuo en que el idealismo, el desprendimiento y la entrega total a una causa, alcanzan ribetes pocas veces igualados en la historia de la humanidad. Deja su patria, su familia, su situación profesional y arriesga su vida cada mañana en Sierra Maestra. Al cabo de años de sacrificios llega la hora de la victoria y sabe lo que es el poder. Segundo hombre en el gobierno revolucionario de Cuba a pesar de ser extranjero, tiene por delante un camino de gloria cada día mayor como artífice de un nuevo sistema, pues se muestra también como un político visionario y hábil. Pero cuando cree que la revolución cubana está ya debidamente asentada, deja otra vez todo lo que posee, en lo material y en lo espiritual, para partir a organizar la guerrilla en otra patria que no es la suya y en la que, racionalmente, no le espera sino una lucha interminable e incierta y una vez más, la vida durísima, miserable, angustiada y expuesta cada instante a la muerte brutal, del guerrillero. Aquí escribe Guevara la página más elevada y hermosa de su vida: deja el poder --que suele atraer a los grandes hombres mucho más que el dinero- que le permitiría el camino pleno de la satisfacción de sus ideales, y hace un sublime renunciamiento para transformarse voluntariamente y por segunda vez, en paria, perseguido y al margen de la ley, porque así cree servir mejor a la causa que es la razón de su existencia. Y allí encuentra la muerte.

No hay, pues, que extrañarse de que aún en vida y con más fuerza después de su muerte, pase a ser símbolo, figura cumbre para las juventudes del mundo. Si la juventud es idealista, tiene que sentirse plenamente identificada con quien demuestra llevar el idealismo hasta los límites de la santidad laica.

Pero 'Che' Guevara hizo de la violencia su arma de lucha en Cuba y en Bolivia, y se le considera el guerrillero símbolo. Parece no haber dudas acerca de que empleó una 'violencia legítima': en Cuba en contra de un tirano cruel y en Bolivia contra un gobierno derivado de golpes militares. Sin embargo esta calificación no se comprende o no interesa a la juventud. Requiere cierta formación ideológica, madurez, claridad de conceptos. Y como no la hay, el brillo y el prestigio de Guevara se traspasa a la violencia que él utilizó.

Y esta misma falta de madurez, de formación humanística, de solidez conceptual, se presta como terreno abonado al cultivo de la violencia, desde otros aspectos no menos importantes:

Ciertos sociólogos suelen incurrir en una curiosa confusión que, a veces, parece una verdadera deformación profesional. En la búsqueda de las causas o motivaciones de los hechos sociales, se ensimisman y hacen planteamientos que importan dar a la explicación de un fenómeno el carácter de justificación aun moral del mismo. Y la conclusión es, en consecuencia, muchas veces demoledora o desmoralizadora. Se olvida que el hombre es un factor dinámico en la historia, que juega en ella un papel y que es capaz de alterar el rumbo de los acontecimientos movido por principios espirituales, por concepciones morales, por afanes económicos. Hay violencia, se dice, por ejemplo, debido a que hay desesperación por el actual orden social, y se concluye o se sugiere que, por lo mismo, no hay otra solución que dar por buena esa violencia. Las proyecciones que de una tal posición pueden derivar y derivan, son a todas luces perniciosas y destructivas. Importa, finalmente, dar a la humanidad el mismo tratamiento que a la jungla e identificar el hombre con los animales irracionales. Significa afirmar que todos los fenómenos sociales responden a factores ajenos a la inteligencia y al espíritu del hombre y que, frente a ellos, no queda otra actitud que la de esperar su ciego desarrollo, el correr inamovible de las fuerzas naturales.

De otro lado, la influencia que en ciertos medios -especialmente en la juventud- produce la poca honesta aunque frecuente conducta de justificar o defender aquello en que no se cree, sólo porque en un momento histórico dado pueden obtenerse buenos dividendos de esa justificación o defensa. Y así, los que tienen claras concepciones ideológicas acerca de los cambios de las estructuras sociales y económicas y creen en la vía democrática o bien estiman que la violencia y el terrorismo son 'infantilismos revolucionarios' que no pueden aceptarse, los condenan enérgicamente en privado, pero suelen justificarlos y aun aplaudirlos cuando les resulta útil a virtud de muy circunstanciales consideraciones de política contingente.

Ante la proclividad juvenil por la violencia, el complejo y delicado problema de la legitimidad de la violencia se oscurece y confunde así de manera que la cuestión pareciere no existir. Y no puede ser otra la consecuencia de lo que venimos de explicar.

En esta confusión -producto de tantos factores- se llega hasta a sostener con seriedad por quienes se auto definen como partidarios de la democracia, que la violencia revolucionaria es el resultado lógico de la convicción adquirida de que no hay otra manera de cambiar el sistema o si se trata de una sociedad industrializada en que el standard de vida es alto, con la frase de Marcuse, de que la violencia es la respuesta natural a la violencia que el sistema mismo ejerce sobre las personas. Esta explicación lleva implícita la justificación de la violencia y entonces surge de inmediato la cuestión que lleva, de nuevo, al meollo de su legitimidad o ilegitimidad: si se cree sinceramente en la democracia, vale decir, en el gobierno de la mayoría, y si esta mayoría en verdad lo ejerce y los revolucionarios son en consecuencia, minoría, es irracional pretender la licitud del planteamiento que, partiendo de la premisa de que no tienen posibilidad democrática de cambiar el sistema porque son minoría, justifica la vía violenta para el cambio. Habría así una posición política o social con derecho inalienable a mandar: por la vía democrática, si es mayoría, y mediante la revolución violenta, si es minoría.

Distinta es, filosófica, ética y sociológicamente, la violencia que es legítima porque los cauces democráticos están cerrados por la violencia institucional de una minoría usurpadora del poder. Pero lo dramático y pernicioso es que, por ignorancia de unos y mala fe de otros, se coloque en un solo saco a la 'violencia' en sí como a la salvadora de las limitaciones y miserias humanas.

Subrayemos que la violencia se utiliza por igual en los países en desarrollo en que reinan la pobreza y la miseria, se protesta en contra de este estado de cosas y se señala como objetivo el nivel de vida de las naciones altamente industrializadas; y en estas sociedades, para protestar contra las discriminaciones raciales, las guerras injustas y la 'alienación' que la industrialización y el desarrollo producen. No podemos, pues, aceptar racionalmente que ella sea sólo el producto del calor y entusiasmo con que tales o cuales posiciones se defienden, sino de los poderosos y desconcertantes motivos que hemos mencionado.

Estos factores desempeñan preponderante influencia en el prestigio que la violencia adquiere frente a una juventud inmadura. Las tolerancias amables a los aplausos de quienes aparecen como cientistas modernos o como huestes políticamente avanzadas, juega el ya explicado papel de 'sabiduría convencional' y se transforman en importantes estímulos de la violencia juvenil.

Por último, la conducta de muchos hombres y mujeres maduros frente a la 'rebeldía' y demás actitudes de los jóvenes, juega, aunque paradójicamente, el papel de causa que, a lo menos en cierta medida, agrava o contribuye a fomentar lo que tan acerbamente critican.

Dijimos al comenzar que 'la madurez y la experiencia pierden prestigio y ocasión tanto cuando se visten de ceguera y dogmatismo como cuando se dejan dominar por débil contemporización o condenable pusilanimidad'.

Les digo ahora que en ambos extremos encontramos a diario pecados de los adultos que impactan fuertemente a la juventud.

De una parte, quienes ahora como en todas las épocas han creído que el mundo que ellos conocieron y en el cual crecieron y se formaron, es expresión de moral, de buen juicio, de orden y que, por lo mismo, toda evolución o intento de alterarlo es equivocado, condenable e inmoral. Los años han causado el lamentable efecto de anquilosar las arterias y también el espíritu hasta el extremo de hacerles olvidar que, en su tiempo, ellos también fueron considerados por sus mayores, a lo menos como 'modernistas' y alocados por sus hábitos innovadores. ¡La marcha del mundo no podrán detenerla!.

Si antes los muchachos usaban siempre cuello y corbata, ahora es irrespetuoso que no lo hagan; si hace veinte años era elegante el pelo corto y la cara afeitada, resultan desagradables hoy y parecen revolucionarios, con el pelo largo y de barba; si las parejas no tienen inhibiciones para la caricia y el amor, se les califica de 'frescos' o indecentes; si la juventud expresa rechazo o indignación frente a las injusticias sociales y aspira a un mundo mejor, se le acusa de revolucionaria.

Quienes así se comportan contribuyen de manera decisiva a hacer más infranqueable el abismo entre una y otra generación. Y como su actitud es irracional, ilógica e imposible de justificar, el menosprecio de los jóvenes aparece explicable en este aspecto, y consecuencialmente, se hace grave e irreversible.

Por otra parte el egoísmo la afición desmedida a los bienes materiales, la indolencia frente al dolor y a la miseria, la falta de consecuencia ideológica y de honestidad política, la ausencia de sinceridad en que los adultos suelen incurrir, producen hoy día un efecto deprimente y desmoralizador más vasto que nunca porque la calidad y profusión de los medios de comunicación actúan como una inmensa caja de resonancia. ¡Difícilmente esas actitudes pueden quedar ahora en el terreno de lo confidencial o privado!.

¡Y qué decir de aquellos que no vacilan en exacerbar los errores, las pasiones, las conductas antisociales y aun la violencia juvenil, porque así conviene en un instante a la defensa de tal o cual posición política!.

Y en el otro extremo, aportan también su tributo a la ruptura generacional quienes con pequeñez, sin dignidad ni grandeza, con superficialidad y miopía, corren a actuar de jóvenes para parecer 'progresistas' y 'avanzados', pero lo hacen con mayor falta de madurez que los jóvenes verdaderos y causan penosa impresión. Ha dicho con certeza un profesor chileno aludiendo a este grupo: 'Hoy todos quieren ser jóvenes, pasar por jóvenes, usar los colores y vestimentas que los hagan parecer como tales, practicar deportes propios de esa edad, comportarse despreocupadamente y eliminar toda clase de inhibiciones. El individuo cronológicamente joven y el hombre maduro, como arquetipos del 'ser-masa' se asemejan por un sentido de la vida cuya preocupación esencial radica en los aspectos materiales; ambos presentan una sed de emociones y muy peculiares catarsis que, a veces, deslindan con el paroxismo y lo grotesco' 11.

Y quienes en mayor intensidad contribuyen inconsciente pero culpable y torpemente a estimular esas reacciones, son los adultos que ocupan puestos de responsabilidad que de alguna manera se relacionan con jóvenes o estudiantes y que por incapacidad, cobardía o pusilanimidad se muestran tolerantes y débiles, se dejan atropellar y prefieren ignorar lo que ocurre dejando campo abierto a los excesos, para en seguida tratar de convencer que su actitud corresponde a una íntima convicción de hombres 'avanzados', 'progresistas'.

Los adolescentes tienen reacciones semejantes a las de los niños. El infante que observa o intuye que su padre o su madre resulta incapaz de sobreponerse al cariño o a la ternura y deja, por ello, que la criatura dé rienda suelta a sus pequeñas manías, abusa de tal situación de inmediato. En la misma medida, frente a la severidad racional y justa, que comprende muy bien, demuestra ser capaz de reprimirlas y controlarlas.

El adolescente procede también así. Un estudiante respeta al maestro y a la autoridad que sabe imponer ese respeto y sobrepasa sin escrúpulos al timorato, al gazmoño que lejos de conquistar la simpatía que busca, concita, además, el desprecio.

Pero esos adultos originan hechos que exceden en sus efectos, con mucho, a cuanto de gravedad puede haber en su actitud; cuando las puertas se abren en un lugar para que el atropello, la indisciplina y la irracionalidad tomen carta de ciudadanía y se impongan en sí o como medios para apoyar la arbitrariedad o la injusticia, el ejemplo -multiplicado no sólo por el increíble afán de imitación de los jóvenes, sino especialmente hoy día por la resonancia fabulosa de los medios de comunicación- cobra una fuerza inusitada y se reproduce con mucha rapidez y gran penetración, aun más allá de las fronteras y en cualquier país del mundo. Ahora si se trata de acontecimientos que hayan alcanzado publicidad y expectación, su velocidad de propagación y su fuerza de convicción por llamarla de alguna manera- aumenta en proporción geométrica. Basta observar cómo en la década del sesenta se inicia la utilización de métodos de violencia y de presión hasta entonces jamás empleados ocupaciones y 'tomas' de locales, por ejemplo- que al cabo de pocos meses se reproducen en la mayoría de los países del mundo y especialmente en aquellos en que estas armas logran éxito en sus primeros usos, en los cuales pasan a ser tan habituales y rutinarias como eficaces para obtener lo que se desee de ciertas autoridades. Una 'solicitud' respaldada como una 'toma' es, en algunas latitudes, certeza absoluta del más feliz resultado.

Y de este modo, se estimulan y proliferan actitudes y conductas antisociales y negativas.

El concepto de 'alienación' en el sentido de fuerzas antagónicas y opresivas del 'yo' provenientes de las variadas creaciones o productos culturales del hombre que han terminado por rebelarse en contra de su propia esencia humana, es muy antiguo. Sin embargo, en los últimos tiempos ha cobrado fuerza desconocida. Y, sin duda, que con razón ya que los factores enajenantes han alcanzado también su clímax. En el vocabulario de la juventud estudiantil es término que no puede dejar de repetirse con frecuencia inusitada y muchos llegan a pensar que se originó en los procesos universitarios de fechas recientes.

No me toca analizar idea tan compleja, pero necesito aludirla en la medida en que estimo que en la actual lucha generacional han surgido factores enajenantes de las inteligencias jóvenes que tienen tanta o más gravedad que las propias fallas de la sociedad burguesa. Y ellos hallan su causa tanto en actitudes y reacciones de los propios jóvenes, como de los adultos.

Todos los vastos y entrelazados elementos que hemos examinado, actúan sobre la nueva generación como acicates de las diferencias con la anterior y provocan en ella cierta soberbia, un extraño amor propio frente a lo que ocurre y el deseo de estar 'contra' los mayores. Y, entonces, una característica negativa de la pugna -la falta de comunicación, por ejemplo, entre padres e hijos- pasa a transformarse en una especie de 'requisito' de la juventud. Es indispensable, así, 'sentir' esa incomunicación a todo trance o confesarla aunque no exista, porque suele ser mal antecedente de un joven en cuanto a tal, el vivir en sana comprensión con sus progenitores.

Si a esta actitud se agregan la convicción de que las graves injusticias y miserias de la sociedad no tienen solución dentro del 'establishment' y sólo cabe destruirla con violencia; la falta de metas claras y objetivos que alcanzar o la confusión conceptual a este respecto; la preocupación obsesiva por la 'alienación' que estimula, a su vez, y ahonda las circunstancias precedentes; y la incomprensión de los adultos, sus flaquezas y debilidades, el egoísmo y la insinceridad de muchos, su deshonesta explotación de los problemas juveniles, fácil es concluir que todos estos factores se confabulan para enajenarlos específicamente dentro de la alienación general, produciendo total desinterés o seria indolencia frente a la vida, falta de responsabilidad, ausencia de toda noble ambición, cuando no serias frustraciones y graves neurosis.

Estas últimas están llegando, entre los estudiantes universitarios, a niveles pavorosos y provocan un sinnúmero de suicidios antes desconocidos en las universidades chilenas.

Y no me cabe duda de que en este proceso radican también las causas profundas de la proliferación alarmante en la juventud del uso de marihuana y de drogas.

Al cabo de pocos años, los actuales jóvenes habrán alcanzado la madurez y una nueva generación ulterior a ellos comenzará a hacer valer sus sentimientos e ideas. Una nueva pugna generacional se agregará al eterno y pausado evolucionar de la comunidad humana. Quizás la 'lucha' de hoy sólo sea una curiosidad histórica; quizás otras iguales o peores la habrán hecho desaparecer y le habrán restado significación.

En todo caso, no parece posible que los términos de la actual se repitan. Los antecedentes y circunstancias que hemos analizado serán. sin duda, sustancialmente distintos. La sola diferencia entre una y otra generación joven -la de hace treinta años y la de hoy- es ya bastante para que el planteamiento no pueda ser el mismo. Cambiando los factores, el producto debe ser necesariamente otro.

No corresponde, en consecuencia, examinar la problemática de lo que podría o debería hacerse para desviar hacia un camino más positivo ciertas actitudes o conductas de los jóvenes de hoy. Estamos frente a un fenómeno social que, en razón de su propia naturaleza, es de duración precaria y está llamado a repetirse de manera permanente en cuanto a su existencia, pero siempre diverso en sus características.

La juventud no es una clase social, ni un gremio, ni una comunidad. Es sólo una etapa en la vida de todo ser viviente, y por lo mismo, junto con alcanzar su cima deviene en madurez.

Y como ocurre desde tiempos inmemoriales las luchas generacionales son y serán motor del progreso de la especie humana, y si la actual parece ser más tajante y más dura, confiemos en que su contribución a la marcha hacia días de mayor justicia y bienestar será el fruto dorado de tribulaciones y angustias muchas veces intensas. Podremos decir asi con Neruda:

Oh vida, copa clara, de pronto te llenas de agua sucia, de vino muerto, de agonía, de pérdidas, de sobrecogedoras telarañas, y muchos creen que ese color de infierno guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta, pasa un solo minuto y todo cambia.

Se llena de transparencia la copa de la vida.

El trabajo espacioso nos espera.

De un solo golpe nacen las palomas se establece la luz sobre la tierra.

Notas

1

Sobre las carreras. Primeras lecciones de un curso universitario publicado en 'La Nacion' de Buenos Aires, Septiembre-Octubre de 1934. Obras completas. Revista de Occidente. Madrid. 1964. 6º edicion. Tomo V. Pag. 182.

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2

La imaginacion al poder. Dialogo entre Jean Paul Sartre y Daniel Cohn-Bendit. Ediciones Insurrexit. Buenos Aires 1968. Pag. 40 y siguientes.

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3

La rebelion Juvenil. Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales. Centro Chileno. 1968

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4

Los movimientos estudiantiles universitarios en Latino America. Revista Mexicana de Sociologia, Oct. - Dic. 1967.

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5

L'ere scientifique, este-elle commencee-

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6

Dr. Juan Garafulic. Entrevista a 'El Mercurio'. Abril. 1969.

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7

Essays in Persuasion. Economic Possibilities for our grandchildren. London, 1931. Pag. 300.

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8

La sociedad opulenta. Ediciones Ariel. Barcelona, 1960. Pag. 39.

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9

El hombre unidimensional. Editorial Joaquin Mortiz. Mexico, 1968. Pag. 11.

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10

Ob. cit., pag. 32 y siguientes.

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11

Desafio Juvenil. Mito y Realidad. Recopilacion de las exposiciones de varios profesores. El trabajo aludido es de Hector Castillo y se denomina 'Juventud y Universidad'.

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