Crónicas

  • A la Comunidad Universitaria

Resumen

Abstract

A todos los miembros de la Facultad Al iniciarse con atraso desusado el segundo semestre del año 1971 -ultimo período académico de mi gestión de Decano-, he estimado indispensable dirigir un fervoroso llamado a la comunidad de nuestra Facultad para que, multiplicando los esfuerzos, logre superar serias deficiencias que aún perturban sus tareas y que redundan en bajo rendimiento de las actividades docentes. En el presente año hemos puesto en marcha todos los postulados del proceso de reforma. Para ello fue bastante con proseguir y ahondar, como estaba previsto, las trascendentales modificaciones que la Corporación había aprobado y ejecutado en 1965 y 1966, adelantándose así a lo que, en 1968, pasó a ser la plataforma de lucha del movimiento que entonces convulsionó a toda la Universidad de Chile. En efecto, con la democrática intervención de todos sus estamentos, se dio a la Facultad una nueva estructura sobre la base de nueve departamentos y tres carreras -de abogado, de asistente social y de administrador público- suprimiéndose las escuelas e institutos; se estableció en todos ellos el sistema de currículo flexible y créditos, suprimiéndose los exámenes; se reelaboraron los planes y programas de estudio; y se ha intentado planificar y fomentar la investigación científica. Con la buena voluntad de muchos se han ido afrontando y resolviendo los problemas inherentes a una metodología didáctica muy distinta, para la cual carecemos aún de experiencia y de los recursos humanos y materiales adecuados en calidad y cantidad y que reclama otra mentalidad en los jovenes alumnos. No obstante, estamos aún lejos de obtener resultados satisfactorios. Dos órdenes de obstáculos me mueven a hacer esta afirmación: en primer término, las dificultades anejas a la naturaleza misma de una reforma tan profunda, que exige largo período de adaptación para el dominio de situaciones y detalles imprevistos con que la realidad, siempre más rica que la imaginación humana, golpea cada día, nos impiden, por ahora, lograr todo el provecho que las nuevas estructuras y técnicas docentes deben producir. Enseguida, la secuela de vicios y corruptelas que, por desgracia y sin que nadie las busque, derivan de todo movimiento revolucionario y tumultuoso y de que todavia no logramos despojarnos. A ellos deseo referirme especialmente en esta oportunidad.

Durante los difíciles días de los trascendentales años 1968 y 1969 imperaron, como es explicable en etapas de esta índole, la indisciplina, el desorden y hasta la falta de respeto recíproco. Decantado ya el proceso y cuando la Universidad marcha por la ruta que le ha señalado el sentir mayoritario de sus miembros, subsisten, sin embargo, actitudes que configuran un ambiente extraño al que hacer académico, ajeno al espiritu universitario y negativo para el estudio y la investigación. Todavía se enseñorean en algunos sectores la irresponsabilidad y la displicencia que sustituyen, lamentablemente, al sentido del cumplimiento del deber, al esmero y cuidado que solo se originan en la vocación y en el amor por una tarea y por un destino. Y para ser justo, debo dejar constancia, por una parte, de que sólo escapa a esta dura apreciación, como cuerpo, el estamento de los funcionarios administrativos y de servicio; y por la otra, que ese cuadro es más agudo, paradójicamente, en la más tradicional de las carreras, la de Derecho. Muchos estudiantes han usado y abusado de su poder de facto y continúan desbordando la legítima participación que hoy tienen en la dirección universitaria, para caer en el plano inclinado de las decisiones unilaterales que produce sus primeras víctimas en ellos mismos. Las suspensiones de clases con cualquier pretexto fútil han alcanzado una frecuencia increíble y perniciosa, que se exterioriza desde luego en el atraso con que se ha puesto término al primer semestre; las postergaciones y prórrogas de pruebas y controles sin razón valedera, son el pan de cada día; los intentos por obtener ventajas y facilidades que supriman el esfuerzo y el trabajo aun a costa de la eficiencia de su propia formación, se han transformado muchas veces en equivocados objetivos políticos; el espíritu de sacrificio y de estudio y el deseo de servicio, parecieran estar minimizados. Para muestra, un botón: con motivo del terremoto del 8 de julio último, los alumnos pidieron la suspensión de clases para trabajar por los damnificados de Petorca, y en la carrera de abogado, que tiene mas de 1.200 estudiantes, sólo 12 fueron a Petorca y unos 25 más trabajaron en Santiago en la recopilación de auxilio. !Y para ello, se perdieron 18 dias de clases! Entre numerosos miembros docentes, amargo es reconocerlo, el panorama es todavía más sombrío porque, sin lugar a dudas, mayor trascendencia y gravedad reviste la falta del sentido del deber y de la responsabilidad en quienes están, precisamente, en la obligación moral y legal de enseñar y educar con el ejemplo de sus virtudes. Los de jornada completa y de media jornada acusan un alto ídice de inasistencias; con frecuencia trabajan muchas horas menos de las que les corresponde; las correcciones y evaluaciones de pruebas se atrasan a menudo por semanas y meses, con serio trastorno para el normal desenvolvimiento de las labores docentes; las comisiones de exámenes funcionan con abierta irregularidad; y las sesiones de los organismos colegiados, incluyendo al Consejo Normativo de la Facultad, fracasan continuamente debido a falta de quórum, impidiendo la resolución de asuntos urgentes y de importancia. Cuando inicié mi primer período como Decano, en 1965, la Facultad prácticamente carecía de académicos de jornada completa y media jornada. Hoy día tenemos, en los diversos niveles, 113 de jornada completa y 55 de media jornada y, sin embargo, no se aprecia el aumento y Progreso en la investigación científica que debiera derivar espontáneamente de cambio tan sustancial. Tengo perfecta conciencia de que este relajamiento de la vida universitaria depende de muchas y complejas razones y que está lejos de ser característica de nuestra Facultad. Por el contrario, bien sé que un panorama semejante se observa en general en la Universidad y que hay facultades en que una situación, parecida se da con caracteres más graves. Pero ello no puede ser motivo Para sentir conformidad ni tampoco razón Para cejar en la lucha por superar un estado de cosas a todas luces inconveniente y pernicioso. Por su misma complejidad y condición de problema de moral colectiva, parece claro que no bastan Para solucionarlo las medidas reglamentarias ni las disposiciones punitivas. A ellas he añadido, pues, desde hace tiempo, una tenaz campana de convencimiento y de concientización moral. Esta nota será el último eslabón en esa cadena de esfuerzos antes de dejar el Decanato y espero confiado una reacción favorable, que ya se ha vislumbrado en los últimos meses Pero sin la fuerza y permanencia que pudieran permitir un augurio de plena recuperación. Los estudiantes no sólo deben comprender sino que también tratar de grabar en sus mentes un concepto elemental y primario que suelen olvidar: en todas las épocas y en todos los regímenes polïticos y económicos, ha habido, hay y seguirá habiendo un solo camino Para aprender y llegar a constituirse en elemento socialmente útil: estudiando con dedicación, constancia y disciplina. Y en nuestros días, cuando Chile busca construir una sociedad más justa, esa premisa duplica su valor; Para construirla es indispensable una pléyade de científicos y técnicos de elevado nivel y de profesionales con auténtica formación y capacidad. No hay posibilidad seria de realizar cambios estructurales profundos y menos de mantenerlos y ahondarlos con resultados verdaderamente eficientes, sin médicos, abogados, ingenieros, economistas, administradores, agrónomos, asistentes sociales y toda la gama de profesionales, científicos y técnicos, de excelente preparación, de gran sentido social y con afán de servicio. La adquisición de conocimientos y la estructuración de una élite intelectual; el entrenamiento Para investigar, pensar y progresar por sí mismo más tarde; la autodisciplina; y el sentido de responsabilidad social, no se han logrado ni se lograrán jamás en la holganza, la comodidad y la blandura. Los docentes no pueden ignorar que el maestro verdadero enseña más con su ejemplo y sus actitudes que con su sabiduría; y que los discípulos miran a ellos en permanente actitud crítica y en la búsqueda de su propia inspiración. A todos ellos envío, pues, este llamado en la certeza de ser oído para el bien futuro de nuestra Facultad y, por ende, de nuestra participación en el engrandecimiento patrio.

Eugenio Velasco Letelier Decano