Trabajos Científicos

  • Homenaje a Eugenio Velasco Letelier

Resumen

Abstract

Discurso del señor Máximo Pacheco G.

La comunidad de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile rinde homenaje al ex profesor y ex Decano don Eugenio Velasco Letelier, con motivo de cumplir próximamente 30 años de abogado y en testimonio de reconocimiento y gratitud por los valiosos servicios prestados a esta Casa de Estudios.

Al honrar a su ex Decano la Facultad se honra a sí misma y mantiene la noble tradición de hacer justicia a sus integrantes y destacar sus valores para proyectarlos al porvenir.

Eugenio Velasco, hijo de Guillermo Velasco y de Ana Letelier, nació en Santiago en 1918.

Después de haber cursado brillantes estudios primarios y secundarios, a los 17 años rindió, con el mas alto puntaje, Bachillerato en tres menciones: Histórico y Letras, Matemáticas y Física y Biología y Química a ingreso a la Escuela de Derecho de Santiago de la Universidad de Chile, donde se destaco como un excelente estudiante y fue nombrado Ayudante en diversas asignaturas.

En 1942 egresó de la Facultad. Su memoria de Prueba para optar al Grado de Licenciado versó sobre 'El objeto ante la Jurisprudencia' y fue calificada con distinción máxima. Igual calificación recibió en su examen de Licenciatura.

En reconocimiento de sus méritos obtuvo el Premio Eliodoro Gormaz al Licenciado más distinguido de la Facultad en el bienio 1940-1942 y el Premio al Mejor Alumno egresado en 1942.

A los 24 años obtuvo el titulo de Abogado.

Durante sus estudios desempeñó numerosos cargos directivos en las actividades estudiantiles y fue Presidente del Centro de Derecho en los años 1939 y 1940. Durante este período el Centro patrocinó una reforma de los planes de estudios; creo la Academia Jurídica, que presidió Patricio Aylwin y fundó la Revista Mástil, que dirigió Andrés Sabella.

Al año siguiente de recibir su titulo de Abogado Eugenio Velasco fue designado Profesor en la Escuela de Derecho de Santiago.

Recuerdo esa circunstancia con nítidos detalles. Fue una mañana de abril de 1943. Cursábamos Primer Año de Derecho Civil con el Profesor Guillermo Correa Fuenzalida, quien por razones particulares debió solicitar permiso. El entonces Decano don Arturo Alessandri Rodríguez designó en su reemplazo al Ayudante de su cátedra Eugenio Velasco y lo acompaño el primer día de clases a la sala 2, donde nos lo presento destacando sus condiciones personales y asegurándonos que, no obstante su juventud -24 años- estaba seguro de que llegaría a ser en el futuro un brillante maestro.

En esta forma comenzó la carrera docente Eugenio Velasco, la que se prolongó por espacio de 28 años, hasta 1971.

Como profesor -y puedo dar testimonio de ello por haber sido su alumno durante cuatro años- se distinguió por el fiel cumplimiento de sus obligaciones docentes, el brillo y la claridad de sus exposiciones, la seriedad y el sentido de responsabilidad intelectual y el rigor de sus calificaciones. Enseñaba con claridad, imponía respeto personal y despertaba afectos que se prolongaban en el tiempo.

En 1957, a los 38 años, fue designado por el Consejo Universitario Director de la Escuela de Derecho de Santiago, cargo que desempeñó hasta 1965, con general beneplácito y consideración.

En 1965 fue elegido Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, cargo que desempeñó durante seis años hasta el 30 de noviembre de 1971, fecha en que renunció y se acogió a jubilación.

En 1960 ocupó la Vice Rectoría de la Universidad de Chile.

Su decanato se desarrolló en un periodo extraordinariamente difícil de la vida universitaria en que una profunda crisis conmovió la Casa de Bello.

Durante este período la Comunidad de la Facultad bajo su presidencia, impulsó una importante Reforma de los Estudios que se tradujo en la revisión y adaptación de los planes, programas de estudios y métodos de enseñanza. Explicando el contenido de esta reforma el Decano Velasco expresó en el discurso que pronuncio en la Facultad en 1966: 'Nada hay en las reformas que signifique originalidad en las ideas. ¡Que difícil es encontrar hoy algo que no haya sido ya debidamente pensado y analizado! Mucho de lo que comenzamos a ejecutar, fue enseñado hace años por ilustres maestros y esta en vigencia en países mas adelantados que el nuestro. El mérito estriba tan sólo en la decisión de hacerlas realidad, de transformarlas ideas en actos, en la medida de nuestras posibilidades y con claro sentido de la realidad nacional.

Aquellas especialidades jurídicas que las nuevas formas socio-económicas han creado, así como las que por idénticas razones han logrado un auge y una importancia que antes no conocieron, tendrán en el nuevo plan el lugar que permita a los abogados del futuro no solo su conocimiento y dominio, sino también la capacidad necesaria para participar en su sistematización doctrinaria y en su perfeccionamiento y progreso. El interés de este aspecto resalta con solo repetir que nuestra legislación sobre el particular no ha sido siempre fruto del estudio paciente y metódico de los expertos, sino el resultado urgido de problemas que no admiten demoras en su solución. El Derecho administrativo, el derecho tributario, el derecho económico, la seguridad social, los planes habitacionales y de reformas urbanas, el cooperativismo, la tenencia de la tierra y las trascendentales cuestiones que plantea, el control del comercio exterior, las medidas antimonopólicas, adquirirán su adecuada dimensión en los estudios de derecho. Al mismo tiempo, las cátedras tradicionales verán remozados sus programas que serán despojados de aspectos arcaicos a imbuidos de modernos planteamientos, más acordes con el progreso doctrinario y los requerimientos de nuestra realidad.

En seguida, las reformas incluyen el aprendizaje, cultivo de la sociología, de la filosofía y de otras disciplinas teóricas inherentes a la sólida formación de un abogado. El derecho no rige para una sociedad abstracta a ideal, sino en un pueblo dado y en circunstancias sociales bien determinadas que constituyen el substrato que origina el ordenamiento jurídico. El hombre de derecho no puede, entonces, conocer solamente el contenido de la ley y de los principios informantes, sino que debe, además, tener plena conciencia y conocimiento de las causas profundas que, actuando en la sicología individual de los hombres o en las raíces de los hechos sociales, motivan, las instituciones legales a influyen en sus cambios. Debe, asimismo, serle habitual el lenguaje filosófico quo conduce a desentrañar las causas primeras de cualquier efecto.

Finalmente, es sustancial en la reforma la adopción definitiva e integral del método de enseñanza activa, en que el alumno deja de ser un repetidor de las explicaciones magistrales del profesor para transformarse en un investigador por si mismo, en un hombre pensante que vive el derecho a través de sus lecturas, seminarios, foros, diálogos y personales cavilaciones y experiencias. Solo de esta manera y entregando todos sus esfuerzos, preocupaciones a inquietudes a la tarea, lograra, a mas del conocimiento memorizado, la capacidad de pensar y de discernir para ser un abogado útil, familiarizado con todos los numerosos y vastos factores que juegan en los problemas sometidos a su consideración.

Con posterioridad la comunidad de la Facultad organizó una Convención de Reforma, donde se analizaron y revisaron dichas reformas, se introdujeron los curriculum flexibles y se llevó a cabo el proceso de departamentalización.

Estamos muy próximos a estas transformaciones y su sentido, alcance y proyecciones los estamos recién viviendo, por lo cual no podemos juzgarlas con justicia y ecuanimidad, pero si podemos afirmar que Eugenio Velasco, como Decano, defendió con entereza, personalidad y vigor sus concepciones universitarias y la autonomía académica de la Facultad.

Durante los años 1970 y 1971 Eugenio Velasco desempeño la presidencia de la Editorial Jurídica de Chile. Durante este periodo se estimularon las publicaciones científicas y las revistas de la Facultad y se adquirió una valiosa Multilith para editar el material complementario de la docencia.

En 1971 Eugenio Velasco fue elegido Miembro de la Academia de Ciencias Políticas, Sociales y Morales del Instituto de Chile de la cual es actualmente su secretario. Desde que se recibió de abogado hasta hoy Eugenio Velasco ha ejercido la profesión durante 30 años con singular brillo y éxito.

Desde 1967 se desempeña como Abogado Integrante de la Excma. Corte Suprema de Justicia.

Desde 1963 a 1965 representó al gobierno de Chile como embajador en Argelia y Túnez. No podríamos finalizar la breve semblanza de Eugenio Velasco sin referirnos a sus actividades deportivas. Durante su época estudiantil practico diversos deportes: fútbol, atletismo, básquetbol y box, alcanzando en este último el título de Campeón Universitario de la Categoría Pluma.

En 1950 hizo su debut en el automovilismo deportivo, donde en 1957 se clasificó campeón. Culminó su actuación como deportista activo cuando en 1961 los periodistas deportivos lo eligieron el Mejor Deportista del Año.

Paralelo con sus actuaciones deportivas ha ocupado diversos cargos directivos, destacando entre ellos el de Presidente del Club Deportivo de la Universidad de Chile, Presidente de la Asociación Central de Fútbol, Director del Automóvil Club de Chile y Vice Presidente de la Comisión organizadora de los Juegos Panamericanos de 1973.

Casado con Marta Brañes Ballesteros, es padre de 6 hijos.

Quien haya tenido el honor de conocer a Eugenio Velasco habrá podido apreciar en su rica y multifacética personalidad algunos rasgos característicos que explican la labor que ha cumplido y los éxitos que ha alcanzado en ella. Dotado de gran inteligencia ha sabido cultivarla con esfuerzo y perseverancia constante. Todo en la vida le ha atraído y a lo que se ha dedicado lo ha hecho con amor y con pasión. En su actuación el coraje, la firmeza y el valor personal han silo sus notas características.

La gran pasión de su vida ha sido la juventud. Por ello pudo afirmar con razón en su discurso de incorporación a la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales: 'Cruzando el umbral del medio siglo puedo afirmar sin jactancia que sólo conozco la vida, el estudio y el trabajo en medio de la juventud y en función de la juventud'.

En este homenaje que la comunidad de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales rinde a Eugenio Velasco en testimonio de afecto y gratitud por los valiosos servicios prestados a esta Casa de Estudios creo que debemos formular algunas consideraciones en torno a lo que ha significado su presencia en nuestra Facultad.

Para los estudiantes servirá el ejemplo de Eugenio Velasco como testimonio de que son compatibles el estudio, el desempeño de los cargos directivos estudiantiles y la practica del deporte. En todos ellos se puede alcanzar excelencia si existe voluntad firme, esfuerzo constante y disciplina metódica. La obligación de estudiar no puede justificar el desinterés por los problemas universitarios y las practicas deportivas. La actividad estudiantil y el deporte no pueden justificar el incumplimiento de las obligaciones docentes. El cumplimiento fiel de ambas es difícil tarea pero constituye un apasionante desafío.

La juventud debe esforzarse permanentemente por estudiar y aprender, por comprometerse con su mundo integralmente y por lograr que nada de lo que le suceda les sea indiferente.

Para los académicos la labor cumplida por Eugenio Velasco como profesor, Director y Decano servirá como un estimulo para esforzarnos en continuar y profundizar la reforma de la Facultad. Durante su decanato se inició un movimiento que propiciaba una reforma sustancial de la estructura tradicional de la Facultad. Pero todo movimiento de reforma tiene un sentido dinámico y debe proyectarse en el tiempo a través de sucesivas y ascendentes etapas.

Es labor nuestra confirmar dicha reforma y proyectarla con aquello que estaba en germen en ella, como la reforma del contenido de los planes y programas; el mayor desarrollo de la investigación científica; una política acertada de extensión, publicaciones y bibliotecas; la diversificación de los estudios para ser posible la especialización y el perfeccionamiento; un mayor desarrollo de los servicios administrativos y un sustancial incremento de los recursos económicos de que actualmente dispone la Facultad.

Partiendo de lo que existe debemos emplear todo nuestro esfuerzo para desarrollar la enseñanza, la investigación y la extensión de las ciencias jurídicas, políticas y administrativas; para procurar que la Facultad forme hombres capaces de investigar y analizar críticamente la realidad política, económica y jurídica actual y de crear nuevos modelos de solución; que los departamentos de la Facultad se constituyan realmente en centros de investigación de la realidad nacional y de creación de soluciones o sistemas jurídicos nuevos.

En esta etapa de singular transcendencia y significación histórica por la que atraviesa nuestro país el hombre de Derecho debe realizar un esfuerzo por constituirse en un agente que se esfuerce por comprender a impulsar el desarrollo social, político y jurídico de Chile y al mismo tiempo por garantizar que esta evolución se llevara a efecto respetando los derechos fundamentales de la persona humana y en beneficio del bien común de la sociedad chilena.

El mejor homenaje que podemos rendir a Eugenio Velasco es profundizar el surco removedor que él abrió con la, colaboración de toda la comunidad.

Después de los momentos críticos que vivió nuestra Casa de Estudios solo nos cabe reafirmar la voluntad de construir la Facultad de Ciencias Jurídicas, Políticas y Administrativas con capacidad creadora para proyectarla en el contexto de la nueva sociedad. Esta labor es hoy plenamente factible porque desde 1966 están construidos los basamentos, gracias a la obra que dirigió Eugenio Velasco.

Los académicos de la Facultad al adherir a este homenaje a Eugenio Velasco le testimoniamos nuestra profunda amistad y afecto y le hacemos llegar nuestros deseos que continúe vinculado a nuestras actividades para que su talento y experiencia sigan iluminando nuestra ruta.

Discurso del señor José Pérez V. (*)

Esta mañana, la comunidad universitaria de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, se ha reunido para brindar un merecido homenaje al profesor y ex Decano don Eugenio Velasco Letelier con motivo de su alejamiento de las labores de responsabilidad de los altos cargos que ha ocupado en esta.

Su extraordinaria capacidad organizativa, su espíritu critico y gran amplitud de criterio frente a las personas lo llevo a ocupar el cargo de Director de la Escuela de Derecho bajo el decanato de don Darío Benavente G., para después sucederle en el cargo. Esta misión la cumplió con una dedicación a toda prueba, llevandola a Cabo en forma eficaz, siguió haciendo clases, dedicandose a sus alumnos y a la docencia, que era su forma de querer a esta Escuela y sus funcionarios.

El trato con el personal, con nosotros que somos los soldados desconocidos detrás de cada abogado, que somos los que les ayudamos desde sus primeros pasos en esta Escuela, a nosotros el Decano Eugenio Velasco Letelier nos reconocido como tales, Como funcionarios y Como personas nos brindo ayuda y comprensión, nos hizo grata la existencia de funcionarios. Como deportista, actuó conjuntamente con nosotros para la creación del Club Deportivo de los Funcionarios de la Escuela de Derecho, club que lleva su nombre en homenaje al apoyo que a este le brindo.

Por eso, esta mañana, aquí en el Aula Magna, queremos rendir un homenaje, y agradecerle todo lo que hizo por la Facultad, sus alumnos y por su personal. Y queremos desearle que en sus nuevas actividades tenga el éxito que aquí tuvo, porque a decir verdad, don Eugenio se lo merece, y mucho mas.

Señoras y señores: en la vida hay dos tipos de personas. Aquellas que usan los medios para elevarse a las cumbres, y otras que usan los medios para elevar a otros a la cumbre. Estos últimos son los verdaderos maestros, y esta mañana estamos despidiendo al mas grande que conocimos, representado esta vez en la persona de don Eugenio Velasco Letelier.

 

(*) Discurso del señor José Pérez V., Presidente del Centro de Derecho de la Carrera de Abogado.

Discurso de agradecimiento de Eugenio Velasco Letelier

Este acto académico en mi honor rebasa cuanto pude merecer a imaginar y pone a prueba muy seriamente mi capacidad emocional de resistencia.

Una vida entera, una larga vida vinculada a la Facultad y a sus siempre valiosos elementos humanos, ata en forma sutil y despiadada, se adentra de tal modo en nuestros sentimientos y mentalidad, que llega hasta hacernos sentir una plena identificación en rumbos que no son los mismos. Piensen Uds. en que casi no hay acontecimiento en mi vida durante los últimos treinta y seis años, vale decir entre mi adolescencia y la madurez, que no haya ocurrido dentro de estas cuatro paredes y que no forme parte de la historia, grande o menuda, de esta Corporación. No es, pues, difícil entender mi turbación y mi consiguiente pobreza de ideas. Y el cerco de afectos que obnubila mi razonamiento se hace mas alto y estrecho con la bondadosa exageración, inspirada en motivos que al justificarla la embellecen, de los oradores que han interpretado a la comunidad de nuestra Casa de Estudios.

Y los dos son adecuados botones de muestra de cuanto pretendo expresar: José Pérez siguió la ruta señalada por su padre, antiguo y querido empleado de la Escuela de Derecho en mis tiempos de estudiante, y mientras me desempeñaba como Director tuve la satisfacción de firmar su primer nombramiento. Máximo Pacheco, mas que Secretario de Estudios, brillante hombre público, fue destacado estudiante de mi primer curso y siempre leal y buen amigo en las horas amargas y cariñoso y merecedor copartícipe de los instantes de triunfo, por esencia breves y fugaces.

Y si continúo tornando la vista alrededor de esta mesa, no puedo dejar de reparar que el Presidente de la I. Corte de Apelaciones de Santiago, Servando Jordán, se sentó también entre mis alumnos dilectos y que cuando al cursar cervando Jordán, se sentó también entre mis alumnos dilectos y que cuando al cursar cuarto año de Derecho debí imperiosamente trabajar para que el título no se escapara de mis manos, un puesto subalterno en la Corte Suprema me permitió laborar junto al entonces Relator don Enrique Urrutia, hoy flamante Presidente de nuestro más alto Tribunal y Jefe, por lo mismo, del Poder Judicial Chileno.

La Cátedra ejercida con amor imprime carácter y no puedo sustraerme al deseo de expresarles algunas reflexiones preñadas de gratitud y de afecto para todos, carentes de pretensión, de originalidad o de trascendencia, pero llenas de la serenidad que emerge de la perspectiva del tiempo y de un elemental buen juicio de Sancho, que la vida enseña a apreciar en grado creciente. Quizás todas han sido escuchadas mil veces, pero vivirlas y sentirse sumergido en ellas y tener conciencia de que es así, es ya una visión distinta y, en consecuencia, una profunda lección.

Se me quiere agradecer cuanto yo habría servido a la Facultad y a sus escuelas y creedme que aun cuando ello fuese verdadero, habría siempre un inmenso saldo de gratitud en contra mía que jamás será posible compensar. Porque más de siete lustros en estas aulas, en esta bullente colmena de vida, de inquietudes, de grandes capacidades y virtudes, de inevitables limitaciones humanas, constituye una lección maravillosa, una lección renovada cada día, abismante y contradictoria, estimulante a veces y en otras frustradora, pero por eso, vida, vida intensa, vida en comunidad de juventud y de hombres cultos en que la clase nunca concluye y en que todos, aun los mas inadvertidos, dejan su enseñanza.

De todos tuve la ocasión de aprender algo y si no lo alcanzó en más alta medida, es ello de mi exclusiva responsabilidad. ¡Mucho de los grandes maestros que me señalaron una ruta con su capacidad, su ilustración, su ejemplo sin mácula! La enumeración seria agotadora para ser completa y justa y la limito por eso a algunos nombres señeros de quienes no pueden ya enseñar en vida: Arturo Alessandri Rodríguez, Gabriel Amunátegui, Ricardo Montaner, Raimundo del Río, Gustavo Labatut, Juan Antonio Iribarren, Manuel Jara, Gabriel Palma, Raúl Varela.

¡Y cuánto debo a mis compañeros, hoy distinguidos profesionales, venerables profesores, destacados políticos o jueces, en su gran mayoría! ¡Con su simpatía y amistad, con su afán de emulación, alguna vez con la franqueza dura y cáustica propia de la edad, contribuyeron a moldear mi personalidad!

¡Y mis alumnos de tantas generaciones! Los mas destacados y capaces me estimularon y reconfortaron con sus éxitos y con frecuencia abrieron mis ojos a una idea nueva o motivaron la duda científica con un razonamiento hábil y precozmente maduro. Los mediocres que en todas las épocas buscan solo 'pasar', comprobaron y afincaron el concepto de que la autodisciplina, la propia estimación y una ambición noble y bien entendida, son inherentes al desempeño eficiente de cualquiera tarea social. Y los estudiantes con problemas, por negligencia, falta de capacidad o, mas a menudo de lo conveniente, por limitaciones de tiempo o de recursos económicos, agudizaron mi afán de explicar claro, de buscar la simplificación de los conceptos y -¡como olvidarlo!- multiplicaron mis preocupaciones a inquietudes por nuestras injusticias sociales y por la tragedia de miles de inteligencias de jóvenes chilenos que se pierden para la patria y para el progreso por nuestra miseria y atraso.

En cuanto al personal administrativo y de servicio, lo conocí y traté primero desde el ángulo a veces mordaz del alumno, mas tarde como profesor y finalmente como autoridad y jefe de ellos, y siempre encontré eficiencia, espíritu de sacrificio, deseos de servir, capacidad y, por sobre todo, lealtad y comprensión. Recuerdo ahora con especial orgullo y justificada satisfacción que jamás una dificultad, por nimia que fuese, enturbio nuestras relaciones, que conquisté entre ellos amistades que me honran y que aún en los días duros y tensos de la lucha política y a través de posiciones a veces antagónicas, reinó siempre el respeto y la cordialidad.

* * *

Cuando uno desciende en el estudio de la Historia alas preocupaciones a inquietudes de los ciudadanos, a sus discrepancias ideológicas y a las contiendas políticas, suele constatar que en todas las épocas se considera vivir un momento crucial y único en la vida de ese pueblo, se considera que esta en juego su propio destino. Lo mismo en las organizaciones humanas. Y en esto como en tantas otras cosas, 'nihil nobi sub sole', no hay nada nuevo bajo el sol.

Al iniciar mis estudios en la Escuela de Derecho, participe en gestiones para mejorar y cambiar los planes y programas. Cuando ejercí la presidencia del Centro de Alumnos, encabece movimientos que sinceramente creíamos originales y precursores, para lograr modificaciones que nos parecían vitales y que fueron entonces grandes conquistas, pero que hoy cubre el olvido porque hace años que fueron rebasadas. Los dirigentes actuales siguen pensando igual y están ciertos de que nadie antes obró de manera semejante. Es la vida, que por revolucionaria y novedosa que parezca, conserva siempre, a través de los siglos, la reiteración de conductas humanas, que son expresiones culturales y sociales, que encierran cuanto de positivo y negativo llevamos en aquello que nos distingue de los animales y que en esencia son, pues, las mismas. Pero este forcejeo, esta continua disconformidad, este eterno bregar por mejorar lo presente, es motor del hombre y de su progreso.

Falsa modestia a un lado, siento tranquila mi conciencia por la parte que en esta tarea me correspondió. Sin animo de abrir polémica y consciente de que la historia de la Universidad juzgara con imparcial perspectiva, recuerdo que en 1965 se modificó sustancialmente la estructura de la Corporación y se introdujeron transformaciones de fondo en los planes de estudio de Derecho y, muy en especial, en la metodología didáctica, con la adopción de sistemas de enseñanza activa. En 1966, la Escuela de Servicio Social, de simple escuela anexa fue elevada a la calidad de escuela universitaria y tanto en ella como en la Escuela de Ciencias Políticas y Administrativas se hicieron sustanciales reformas con la misma orientación. Siempre tuvimos claro que el proceso debía irse profundizando con toda la prudencia necesaria para no hacer de los alumnos verdaderos conejillos de Indias y constatamos que el viejo Estatuto Universitario resultaba a menudo una valla insalvable que no estaba en nuestras manos remover.

Puedo afirmar sin ser desmentido que todos los postulados que surgieron con ímpetu en el proceso revolucionario de 1968 -algunos con el falso sello de autenticas novedades- habían sido orientadores de las reformas de la Facultad tres años antes y que en las discusiones del Consejo Universitario acerca del proyecto de nuevo Estatuto, que entonces se estudiaba, defendí y propuse, como representante de la Corporación, la democratización académica de la Universidad mediante la apertura de las Facultades hacia las nuevas funciones docentes y de investigación que la realidad había creado y la participación estudiantil como a la sazón la deseaban los alumnos, ideas ambas sancionadas en 1967 por la mas alta autoridad universitaria, el Consejo Superior. En los últimos años, los hechos solamente nos llevaron a hacer más rápida la profundización prevista, con el establecimiento de los currículos flexibles que desde 1965 figuraban en nuestras inquietudes y metas, larga y sesudamente estudiadas en una Comisión que formaban ocho profesores y cinco estudiantes y en donde siempre buscamos el consenso que fluía naturalmente del debate abierto y respetuoso. Pero vino la avalancha. Quienes se disputaban el mérito de haber participado en la reforma de la Facultad, renegaron de ella. Los dirigentes estudiantiles que levantaban como banderas electorales el haber forzado a la autoridad a realizarla, descubrieron que era obsoleta y retardataria. La pasión política y la puja tensa por el poder, se sobrepusieron a todo. El temor de no ser considerado el centro de la corriente revolucionaria, demostró en muchos cómo suele ser de flaca y débil la naturaleza humana para humillar lo que hasta ayer adoró y para mancillar en un minuto lo que hasta la víspera defendió. Una dolorosa y en realidad nueva experiencia para mi, pero que abrevió en semanas la enseñanza de una vida y que templó mi espíritu sin agriarlo. La Universidad de Chile marcha ahora por senderos diversos. Anhelos que muchos aguardábamos y que todos hicieron suyos en 1968 y 1969, están ya incorporados a sus estructuras y en las normas del nuevo Estatuto. Sigo pensando que los condimentos políticos hicieron el parto innecesariamente, conflictivo, doloroso y largo. Y de ello se han derivado perjuicios y deterioros que perduraran aun anos, en lo académico y también en las relaciones humanas, perjuicios y deterioros que derivan inevitablemente de todo periodo convulsivo o revolucionario, especialmente en una labor como la universitaria, que requiere de paz espiritual y de concentración científica. Lo dije en un documento de septiembre del año pasado que, por desgracia, apareció escaso tiempo antes de las últimas tomas que interrumpieron la normalidad académica y pasó, así, casi inadvertido. Por ello lo repito ahora: 'Durante los difíciles días de los trascendentales años de 1968 y 1969 imperaron, como es explicable en etapas de esta índole, la indisciplina, el desorden y hasta la falta de respeto recíproco. Decantado ya el proceso y cuando la Universidad marcha por la ruta que le ha señalado el sentir mayoritario de sus miembros, subsisten, sin embargo, actitudes que configuran un ambiente extraño al quehacer académico, ajeno al espíritu universitario y negativo para el estudio y la investigación: Todavía se enseñorean en algunos sectores la irresponsabilidad y la displicencia que sustituyen, lamentablemente, al sentido del cumplimiento del deber, al esmero y cuidado que sólo se originan en la vocación y en el amor por una tarea y por un destino'. Y añadí que 'muchos estudiantes han usado y abusado de su poder de facto y continúan desbordando la legitima participación que hoy tienen en la dirección universitaria, para caer en el plano inclinado de las decisiones unilaterales que producen sus primeras víctimas en ellos mismos'; y me atreví a decir que 'entre numerosos docentes, amargo es reconocerlo, el panorama es todavía más sombrío porque, sin lugar a dudas, mayor trascendencia y gravedad reviste la falta de sentido del deber y de la responsabilidad en quienes están, precisamente, en la obligación legal y moral de enseñar y educar con el ejemplo de sus virtudes'. Parece que los signos de una reacción saludable están ya presentes, pero temo que la Universidad no alcance su más alto nivel académico mientras el nuevo Estatuto no sea sometido a las enmiendas y rectificaciones necesarias. Junto con acoger en su articulado los mas caros objetivos del proceso, consagró también en él los vicios que se practicaron en los primeros tiempos de la llamada 'legalidad reformista'. Las votaciones y elecciones en cantidad y calidad increíbles, el funcionamiento permanente de claustros, consejos normativos y comités directivos a todos los niveles, configuran un conjunto de actividades que posponen en el hecho la jerarquía de las que son propias de la tarea académica y les restan un tiempo precioso. Las horas dedicadas al estudio, a la docencia y a la investigación tienen hoy que compartirse -y soy optimista en el planteamiento- con las maquinaciones destinadas a discutir y proclamar candidaturas, con largos y complejos procesos eleccionarios y con la permanente preocupación por el debate pendiente en tal o cual organismo colegiado. Mantengo mi pensamiento, expresado en pleno periodo de reforma, de que la pasión política y la pugna por el poder trastrocaron el orden lógico: las estructuras universitarias deben ser instrumentos eficaces para que se desarrollen en excelencia las elevadas y nobles tareas de una Casa de Estudios Superiores y se alcancen, así, los propósitos que la comunidad nacional le ha asignado. Pero hemos hecho de las estructuras verdaderos fetiches, les hemos dado el carácter de fines y no de instrumentos, las hemos colocado en el lugar en que deben estar el estudio, la enseñanza, la investigación. En un comienzo, fue ello natural desahogo del ambiente ardoroso, pero al perpetuarlas en la ley se les ha dado para el futuro el carácter de estimulo del electoralismo exagerado, que deforma y hiere la misión de la Universidad. Confundimos la democratización de ella con el establecimiento de autoridades múltiples y multitudinarias y, por lo mismo, irresponsables, cuando Democracia y Responsabilidad son conceptos que no pueden separarse. Lo repetí mil veces, pero incurrí en el error imperdonable de expresarlo inoportunamente, al tratar de razonar y utilizar la experiencia en medio del caudal revolucionario. El proceso iniciado en 1968 ha tenido caracteres que no son exclusivos de Chile. En ese mismo ano, París conoció una nueva 'Comuna' en el Barrio Universitario; en Roma, los estudiantes lucharon con la policía; en Alemania Occidental, hubo graves incidentes y los estudiantes invadieron los talleres de algunos periódicos; en Nueva York, la Universidad de Columbia fue ocupada por los alumnos y la policía luchó tres horas para recuperarla; en Bruselas, Estocolmo, Tokio y otras capitales, los acontecimientos fueron similares. Es la tónica de nuestra época. Los jóvenes de hoy se rebelan -y con toda razón- contra una sociedad injusta que no les satisface y piensan que es esta una actitud precursora. Es útil recordar que en todos los tiempos fue igual. El idealismo y la rebeldía juveniles no son exclusivos del presente. Lo único novedoso es el estilo. Se empleó a menudo la violencia, se llega aun a glorificarla y se adoptan posturas expresivas de que todo lo malo a injusto es de responsabilidad de las generaciones pasadas y que debe prescindirse de ellas para construir un mundo nuevo ahora, ya, en semanas, en meses. No es fácil desentrañar las causas de este fenómeno mundial. Los sociólogos se devanan los sesos y avanzan conjeturas muy polémicas. Pero hay algunos antecedentes que parecen claros: la juventud se siente hoy participe del fabuloso progreso científico y tecnológico, piensa que los viajes espaciales son conquista de su generación, de los jóvenes y no de los viejos y que, por lo mismo, estos son dignos de menosprecio. Y arguyen que igual ha de ocurrir en el campo de las ciencias sociales y de las estructuras políticas. Y para una mayor rapidez en los cambios, hay que emplear la violencia. Pero pocos tienen tranquilidad para informarse de que en esas hazañas hay muchas lecciones que es necesario exhibir: la conquista del espacio solo se ha plasmado en nuestros días, pero es el resultado de descubrimientos y avances científicos que toman siglos, que se fueron sumando lentamente unos a otros y que todos tuvieron por autores a hombres que alcanzaron la madurez en la biblioteca, en el laboratorio, en el estudio.

La violencia sobre la faz de la tierra es tan antigua como esta y esta latente en la inexplicable agresividad a instinto de pelea que se enseñorea sobre todas las especies que pueblan el universo. Pero la inteligencia humana y las fuerzas espirituales del hombre nos dicen que debemos domeñar esos instintos negativos y sublimarlos en conductas constructivas y socialmente útiles. Pero la tarea es difícil en la misma medida en que es fácil excitar fructuosamente nuestras debilidades y limitaciones. Y hoy el muchacho halla el estímulo para la violencia, para su innata agresividad, en los llamados medios de difusión de masas, en la calle y en el hogar a donde aquellos penetran. ¡Y debiera ser precisa y exactamente lo contrario!

Las estructuras sociales podrán cambiar en cualquier sentido; esta o aquella filosofía política podrá imponerse; pero no olviden -mis queridos alumnos- que en todo sistema la juventud debe estudiar para aprender, que ningún elemento útil a la sociedad se formó en la holganza y la blandura, que la autodisciplina es inherente al progreso individual y la disciplina colectiva es supuesto del avance social.

Tengo plena fe en el futuro brillante de nuestra Casa de Estudios, brillante desde que Bello la fundara junto con nacer la Universidad. La Patria la necesita así porque alcanzar la justicia es meta de todo régimen o sistema político y porque la naturaleza de nuestras disciplinas nos coloca mas que a muchos otros en la senda, de su logro.

Debo terminar y no encuentro como agradecerles este acto, este afecto y esta fraternidad. En verdad, ¿cómo agradecer a todos Uds. Y a cada una de las autoridades judiciales y profesionales que han querido estar junto a nuestros jefes universitarios- Créanme que me siento incapaz porque el endurecimiento de una larga y tensa jornada no pudo cambiar mi naturaleza sensitiva. ; ¡Hay ausencia de palabras adecuadas! ni aun al preparar estas líneas pude hallar las que me interpretaran. Pero crean en mi emoción muy sincera y en el afecto imperecedero para cada uno de Uds., que solo me permiten decir, ¡gracias!, ¡mil gracias!

 

(*) Discurso pronunciado por el entonces Secretario de la Carrera de Abogado don Maximo Pacheco Gomez en el acto de homenaje al ex Decano de la Facultad don Eugenio Velasco L., el dia 22 de mayo de 1972.