Actos Académicos y Oficiales

  • Homenaje del Instituto de Ciencias Políticas y Administrativas a José Ortega y Gasset

Resumen

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Abstract

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" El pensamiento social de Ortega y Gasset", masas y minorías ejemplares en el proceso histórico

                          I.‑La Filosofía del yo y la cirscunstancia y el hombre- masa Del conjunto de la obra del ilustre pensador español se deduce su filosofía esencial, que empezara a bosquejar en sus 'Meditaciones del Quijote', y que más tarde, en 1943, en el prólogo a la edición de sus obras completas, hecha por Espasa Calpe, expusiera en apretada sín­tesis.

Yo soy yo y mis circunstancias expresa Ortega. Vivir es haber caído prisionero de un contorno inexorable, de un conjunto de hechos y de elementos que constituyen el medio en el cual el hombre se mueve, medio que le ofrece determinadas posibilidades de acción y de selec­ción. La libertad consiste en elegir el camino que se ha de seguir dentro de esas posibilidades que el contorno inexorable proporciona a cada hombre. Ortega eligió el camino del pensamiento y su vocación de filósofo se encontró con el hecho esencial de nuestro tiempo, con el fenómeno del hombre‑masa. Y de ahí nació la necesidad de interpretar a este hombre, de establecer sus orígenes, sus características, su rol en la historia. Ortega no podía eludir la meditación y la dilucidación filosófica del problema, porque como él mismo escribió 'quien no entienda esta curiosa situación moral de las masas, no puede explicarse 'nada de lo que hoy comienza a acontecer en el mundo' (1191)(1). Ya había dicho en su Ensayo sobre 'La Muerte de Roma' que los genios no son la potencia decisiva en la historia, sino por el contrario el factor decisivo es el tipo medio de los individuos. Y como nuestra época es una época de masas, el factor decisivo es el hombre‑masa.

Fiel a su vocación de pensador, Ortega empezó lo que él llamara la disección del hombre‑masa. Su pensamiento sobre la materia se encuentra disperso en el conjunto de su obra, pero el núcleo fundamen­tal de su concepción es su famosa 'Rebelión de las masas'. Existen, sin embargo, valiosos elementos para establecer su teoría del hombre‑masa en 'España invertebrada', en su corto pero enjundioso artículo sobre la 'Socialización del hombre', en su meditación sobre 'La Muerte de Roma', en su brillante ensayo sobre 'Mirabeau o el político' y aún también en 'Ensimismamiento y Alteración, meditación sobre la técni­ca', y en el 'Ocaso de las Revoluciones', apéndice de, su obra titulada 'El tema de nuestro tiempo'.

Lo que sorprende más al estudiar la obra de Ortega es la ebullición magnífica de sus ideas que afloran incesantemente, entremezcladas unas con otras a través de disgresiones intercaladas en el tema central, que muchas veces desorientan al lector. Pareciera como si el pensador español hubiera sentido la angustia de las circunstancias en que él vivía, el apremio de su contorno inexorable, para expresar la totalidad de su pensamiento, y que, como un paliativo a este apremio usara de la disgresión constante para no olvidar y no perder las ideas que brotaban de su cerebro como de un surtidor inagotable.

Por eso nuestro esfuerzo será antes que todo el ensayo de una sis­tematización y de una síntesis de sus teorías sobre el hombre- masa, de la cual esperamos que surja en toda su profundidad y alcance la médu­la de su aporte al pensamiento social.

II. Los Puntos Fundamentales de su concepción del hombre – masa

De acuerdo con el plan trazado, abordaremos la exposición del pen­samiento orteguiano a través de los siguientes puntos fundamentales: 1°) Origen del hombre‑masa; 2') concepto y caracteres del hombre­‑masa; 3°) los. pueblos‑masas; 4°) masas y minorías directoras en el proceso histórico; 5°) el fenómeno de la ejemplaridad y de la docilidad en la relación de las minorías directoras con las masas; 6') en qué consiste la rebelión de las masas; la invertebración y la hiperdemocracia corno consecuencias; 7°) posibilidades de reacción del hombre-masa.

Por, último, después de haber expuesto la teoría orteguiana, estableceremos las profundas analogías que ella presenta, a nuestro juicio, con el pensamiento de Toynbee y de Bergson y señalaremos, igualmente, cómo dicha teoría es capaz de iluminar nuestro pasado histórico, nuestro presente y nuestro futuro como nación.

1.‑Origen del hombre-masa.

En el origen del hombre-masa, hay que señalar un fenómeno de orden demográfico, un dato estadístico, 'el dato es el siguiente: desde que en el siglo VI comienza la histeria europea hasta el año 1800 ‑por tanto en toda la longitud de 12 siglos‑ Europa no consigue llegar a otra cifra de población que la de 180 millones de habitantes. Pues bien de 1800 a 1914 ‑por tanto, en poco más de un siglo‑ la población europea asciende de 180 a 460 millones. En tres generaciones la última centuria ha producido gigantescamente pasta humana, que, lanzada como un torrente sobre el área histórica, la ha innundado. Bastaría este dato para comprender el triunfo de las masas y cuanto en él se refleja y se anuncia (1207) .

Intimamente vinculado con el crecimiento demográfico se encuen­tra el hecho de las aglomeraciones. Ortega lo denomina 'la aglomera­ción del lleno. 'Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viaje­ros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio' (1184) . Cabría señalar que con pos­terioridad a esta afirmación de Ortega, su concepción del lleno fue transpuesta incluso al plano nacional e internacional e inspiró toda una política bélica, nos referimos a la teoría del espacio vital enunciada por la Alemania de Hitler. El crecimiento demográfico y el hecho de las aglomeraciones hu­manas ha producido lo que Ortega llamó magníficamente la 'sociali­zación del hombre'. Entiéndase bien, del hombre, no de la propiedad ni de las cosas. Es decir, la socialización de la vida. Las circunstancias económicas y sociales de la vida moderna han hecho cambiar radical­mente el tono mismo de la vida. Para demostrarlo bastaría señalar que el solo fenómeno del empleo doméstico ha hecho en algunos países, como en Estados Unidos, cambiar totalmente la vida del hogar, ha hecho que el hombre y la mujer vivan cada vez menos en la intimidad del hogar y en la comunidad del hogar; para hacerlos actuar cada vez más en el exterior, en la calle, en los centros de trabajo, en los centros de recreo o esparcimiento. El hombre ha perdido así su soledad y su intimidad, y por esta via ha sido lanzado en forma paulatina y creciente a incor­porarse a fenómenos o modos de vida de tipo colectivo, en los cuales sus reacciones, sus actitudes, su pensamiento, se va desprendiendo de todo lo personal, de todo lo íntimo y secreto, para responder cada vez más a actitudes, a ideas, que podríamos llamar, empleando la termi­nología industrial, standardizadas. 'Acaso la estructura de vida de nues­tra época impide superlativamente que el hombre pueda vivir como persona' (1174).

Junto a este fenómeno del crecimiento demográfico y de la socia­lización de la vida, se ha operado también, lo que Ortega llama la 'subida del nivel histórico'. Ortega entiende que la 'subida del nivel histórico' consiste en que las masas ejercitan y disfrutan hoy de un nivel material y espiritual de vida que en otros tiempos parecía exclu­sivamente reservado a las minorías directoras. Este fenómeno se ex­presa, desde el punto de vista material, en el hecho de que las masas, gozan de los placeres, usan utensilios, sienten apetitos y necesidades y manejan técnicas que antes constituían el patrimonio de muy pocos y que eran calificadas de refinamiento. Según las memorias de la con­desa de Boigne, en 1820 no había en París sino 10 cuartos de baño en casas particulares. Este hecho trivial basta para demostrar hasta qué punto se ha modificado desde esa época hasta la fecha el sistema de vida del hombre medio.

La subida del nivel histórico se manifiesta desde el punto de vista espiritual y moral en el hecho de que el hombre medio maneja actual­mente las técnicas jurídicas y sociales que en el siglo XVIII enuncia­ron ciertas minorías. 'Según ellas todo individuo humano por el mero hecho de nacer y sin necesidad de cumplir con ningún requisito, po­seía ciertos derechos políticos fundamentales, los llamados derechos del hombre y dei ciudadano. Todo otro derecho afecto a dotes espe­ciales quedaba condenado corno privilegio. Fue esto, primero, un puro teorema e idea de unos pocos; luego, esos pocos comenzaron a usar prácticamente de esa idea, a imponerla y reclamarla: fueron las mi­norías directoras. Sin embargo, durante todo el siglo XIX, la masa que iba entusiasmándose con la idea de esos derechos como con un ideal, no los sentía en sí, no los ejercitaba ni hacía valer, sino que de hecho, bajo las legislaciones democráticas seguía viviendo, seguía sintiéndose a sí misma como en el antiguo régimen. El pueblo sabía ya que era soberano, pero no lo creía. Hoy aquel ideal se ha convertido en una realidad en el corazón de todo individuo, cualesquiera que sean sus ideas, inclusive cuando sus ideas son reaccionarias. La soberanía del individuo no cualificado, del individuo humano que es él y corno tal, ha pasado de idea o de ideal jurídico que era a ser un estado psicoló­gico constitutivo del hombre medio. Y cuando algo que fue ideal se hace ingrediente de la realidad, inexorablemente deja de ser ideal. El prestigio y la magia, que son atributos del ideal, que son su efecto so­bre el hombre, se volatilizan. Los derechos niveladores de la generosa inspiración democrática se han convertido, de aspiraciones ideales, en apetitos y supuestos inconscientes'.

'Ahora bien; el sentido de aquellos derechos no era otro que sacar las almas humanas de su interna servidumbre y proclamar dentro de ellas una cierta conciencia de señoría y dignidad ¿no era esto lo que se quería?, ¿que el hombre medio se sintiese amo, dueño, señor, señor de sí mismo y de su vida? Ya está logrado'.

La subida del nivel histórico desde el punto de vista espiritual se manifiesta igualmente en 'el crecimiento de la vida en su dimensión de potencialidad. El hombre medio cuenta con un ámbito de posibili­dades fabulosamente mayor que nunca. En el orden intelectual, en­cuentra más caminos, más datos, más problemas, más ciencias, más puntos de vista' (1202). En el orden del trabajo, los oficios o carre­ras que en la vida primitiva se enumeran casi con los dedos de una mano ‑pastor, candor, guerrero, mago‑ hoy día se han hecho in­numerables, se han convertido en infinidad de oficios y profesiones que aumentan cada día más con el fenómeno tan conocido de la división del trabajo. En el orden científico, la potencialidad vital también se ha manifestado, y así venos que en el campo deportivo se han superado todos los records y performances de las épocas anteriores 'convenciéndonos de que el organismo humano posee en nuestro tiempo capacidades superiores a las que nunca ha tenido''. En el orden científico, bastaría con citar el hecho de qua la física de Einstein se mueve en espacios tan vastos, que la antigua física de Newton ocupa en ellos sólo una buhardilla, y cabría agregar que la era atómica, abierta mu­cho después de que Ortega escribiera sobre su teoría del hombre‑masa, ha ensanchado en tal forma la capacidad productiva, científica y bélica del hombre que todo otro progreso del pasado parece vacío de significación ante la revelación de la potencia del átomo.

Por último, según Ortega, contribuye también de manera fun­damental a la generación del hombre‑masa, la creación caracterís­tica del siglo XX: el colectivismo. El liberalismo individualista per­tenece a la flora del siglo XVIII y del siglo XIX; inspira, en parte, la legislación de la revolución francesa, pero muere con ella; pero en toda la teoría individualista está en germen ya el colectivismo y, así podríamos señalar, siguiendo el pensamiento orteguiano, que de la teo­ría del valor de David Ricardo surge la teoría del valor de Carlos Marx; que, de la negación de la existencia de grupos intermedios entre el individuo y el estado, se coloca al individuo atado de pies y manos frente a la omnipotencia del Estado, preparando el advenimiento del Estado totalitario.

El crecimiento demográfico, la socialización de la vida, la subida del nivel histórico, el crecimiento de la vida y el fenómeno del colec­tivismo, son los hechos generadores del hombre‑masa.

Veamos ahora en qué consiste dicho hombre, cuáles son sus ca­racterísticas.

2.‑Concepto y caracteres del hombre‑masa

“Masa es el hombre medio. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas' (1185) . En rigor la masa puede defi­nirse como hecho psicológico, sin necesidad de esperar que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona, pode­mos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo ‑en bien o en mal‑ por razones especiales, sino que se siente como todo el mundo y sin embargo no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás (1186). Hombre‑masa es el que no se  exige nada especial; para él, vivir es ser en cada instante lo que ya es, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismo. La noción de hombre‑masa corresponde, en consecuencia, a una actitud ante la vida, a un comportamiento vital de la persona, a una manera de afrontar los problemas, a una forma de comportamiento. Nada tiene que ver, por tanto, la noción de hombre‑masa con la no­ción de proletariado, y Ortega se encarga de precisar que la división del grupo humano en hombres‑masas y minorías directoras, no es una división en clases sociales, sino en clases de hombre, y no puede coin­cidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores. 'Claro está agrega, que en las superiores, cuando llegan a serlo y mientras lo fue­ran de verdad, hay más verosimilitud de hallar hombres que adoptan el 'gran vehículo', mientras las inferiores están normalmente consti­tuidas por individuos sin calidad. Pero en rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica . . . Es característico del tiempo el predominio, aún en los grupos cuya tradición sea selectiva, de la masa y del vulgo. Así, en la vida intelectual, que por su misma esen­cia requiere y supone la cualificación, se advierte el progresivo triun­fo de los pseudo‑intelectuales incualificados, incalificables y descalifi­cados por su propia contextura. Lo mismo en los grupos supervivientes de la 'nobleza' masculina y femenina. En cambio, no es raro encon­trar hoy entre los obreros, que antes podían valer como el ejemplo más puro de esto que llamamos masa, almas egregiamente disciplina­das' (1186).

Insistamos, pues, que el concepto de hombre‑masa nada tiene que ver con el concepto de una clase social determinada y existen hombres-masas, como Ortega se encarga expresamente de señalarlo, tanto en la aristocracia de la sangre, como en la, clase media y como en el pueblo.

Ahondemos más en el concepto de hombre‑masa señalando sus caracteres propios. Masa es el hombre vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y por lo mismo dócil a todas las disciplinas in­ternacionales, por la simple razón de que el pasado nacional y la tradición nacional no han entrado dentro de su patrimonio espiritual, no pesan, en consecuencia, en sus decisiones. Mas que un hombre es solo una caparazón de hombre, carece de un yo que no se puede revo­car. Está vacío de destino propio, de intimidad, de secreto personal. La conciencia de señorío a la cual nos referíamos al hablar sobre la subida‑del nivel histórico, y que consiste en el sentimiento de ser amo, dueño y señor de si mismo y de su vida es quizás el rasgo clave para entender su psicología. La brusca subida del nivel histórico, la súbita incorporación a su patrimonio espiritual de esta conciencia de seño­río ha provocado en él sólo apetitos, 'cree que tiene sólo derecho y no cree que tiene obligaciones'. El hombre‑masa ha dado libre ex­presión a sus deseos vitales, sin someter dichos deseos, limitarlos o sub­ordinarlos a instancias superiores. El hombre‑masa sólo tiene interés en su propio bienestar. Se le ha dicho e insistido en su dignidad, y de ello ha deducido que esta dignidad consiste sólo en derechos, olvidán­dose de los deberes. Al negar las instancias superiores que puedan ser­vir de norma a su acción, ha proclamado el derecho a la vulgaridad y al mismo tiempo el desprecio hacia la ley. Porque el respeto a la ley obliga a sostener en sí mismo una. disciplina difícil (1187 ), que consiste en el acatamiento a un orden determinado que hace posible la con­vivencia de todos. Pero el hombre‑masa actúa directamente, por me­dio de presiones materiales, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Ignora que la ley, encauzadora de la convivencia y que las virtudes de hombres ejemplares que han influído con sus gestos y con sus actos a forjar una nación, son los que le han hecho posible el nivel material y espiritual de que hoy goza. Ortega señala con marcada insistencia que esta radical ingratitud hacia el pasado es uno de los rasgos que componen de una manera más acentuada la psicología de la masa. 'Heredero de un pasado larguísimo y genial ‑genial de inspiraciones y de esfuerzos- el nuevo vulgo ha sido mimado por el vulgo en torno. Mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado. La criatura sometida a este régimen no tiene la experiencia de sus propios conflictos. A fuerza de evitarle toda presión en derredor, todo choque con otro ser, llega a creer efectivamente que solo él existe, y se acostumbra a no contar con los demás, sobre todo a no contar con nadie como superior a él. 'Nin­gún ser humano agradece a otro el aire que respira, porque el aire no ha sido fabricado por nadie: pertenece al conjunto de lo que 'está ahí', de lo que decimos 'es natural', porque no falta. Estas masas mimadas son lo bastante poco inteligentes para creer que esa organi­zación material y social, puesta a su disposición como el aire, es de su mismo origen ya que tampoco falla, al parecer, y es casi tan per­fecta como la natural' (1213).

Desconociendo las raíces de su propia vida, la masa tiende siem­pre, por afán de vivir, a destruir las causas de su vida misma.

Aplicando al hombre‑masa la filosofía orteguiana del yo y de las circunstancias podríamos decir que el hombre‑masa es el hombre des­provisto de raíces de pasado, que al moverse y vivir en una circunstancia que se caracteriza por un modo socializado de vida, se despoja de su yo y queda entregado totalmente a la circunstancia del mundo, fluc­túa en ella, se mueve en ella sin determinarla, sin influir en ella. En la dualidad yo y circunstancia que caracteriza el drama humano, el hom­bre‑masa ha destruído uno de los elementos de esta dualidad, el yo, y ha dejado vigente sólo la circunstancia. Vigente sólo la circunstancia y destruída la capacidad del hombre ‑del yo‑ ante ella, el hombre-masa no le interesa su libertad, no le interesa disponer de ella porque la afirmación del yo consiste en poder elegir entre las posibilidades que plantea la circunstancia, y como el hombre‑masa ha abdicado de su yo, carece de posibilidades de elección. De ahí su desprecio hacia la liber­tad y su ningún enfado en hacer dejación de ella cuando le parece oportuno, cuando algún caudillo, demagogo, programa, partido o mís­tica le ofrece la plena satisfacción de sus aspiraciones instintivas y de sus gustos.

El hombre‑masa no elige, en consecuencia, entre las posibilidades que sus circunstancias le plantean, ha abdicado de su propio yo en favor de las circunstancias que es la acción en masa, y esta acción en masa está dirigida por sus reacciones instintivas ante las circunstan­cias. Como dice Ortega, cree la masa que tiene derecho a imponer y a dar vigor de ley a sus tópicos de café (1187) .

La psicología del hombre‑masa, como decíamos hace un momento, no es propia de una clase social determinada sino de una clase o modo de ser de hombre que se da hoy en todas las clases sociales, que por lo mismo representa a nuestro tiempo sobre el cual predomina e impera.

El impacto histórico del conjunto de factores que hemos señalado como origen y fuente generadora del hombre‑masa, ha sido de tal magnitud que incluso ha alcanzado a aquellas capas sociales que por su formación intelectual pudiera creerse que escaparían a su influjo. Ha alcanzado al hombre de ciencia y al profesional, al ingeniero, al médico, al economista, al profesor. 'El siglo XIX inicia sus destinos bajo la dirección de criaturas que viven enciclopédicamente, aunque su producción tenga ya un carácter de espacialismo. En la generación subsiguiente, la ecuación se ha desplazado, y la especialidad empieza a desalojar, dentro de cada hombre de ciencia a la cultura integral. Cuando en 1890  una  tercera  generación toma el mando intelectual de Europa nos encontramos con un tipo de científicos sin ejemplo en la historia. Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aún de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador. Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje especialmente cultivado, y lla­ma diletantismo a la curiosidad por el conjunto del saber. Habremos de decir, expresa Ortega con extraordinaria agudeza, que es un sabio ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor qué se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un igno­rante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio' (1246) . 'Y en efecto, este es el comportamiento del espe­cialista. En política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias; tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia, sin admitir -y esto es lo paradógico- especia­listas de esas cosas. Al especializado, la civilización le ha hecho her­mético y satisfecho dentro de su limitación; pero esta misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad. De donde resulta que aún en este caso, que representa un máximo de hombre cualificado ‑especialisrno‑ y por tanto lo más opuesto al hombre‑masa, el resultado es que se comportará sin cualificación y como hombre‑masa en casi todas las esferas de la vida. Y Ortega señalará con rigor inusitado: 'La advertencia no es vaga. Quien quiera puede observar la estupidez con que piensan, hurgan y actúan hoy en política, en arte, en religión y en los problemas genera­les de la vida y el mundo los 'hombres de ciencia', y claro es, tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores, etc. Esa condición de 'no escuchar', de no someterse a instancias superiores, que reiterada­mente he presentado como características del hombre‑masa, llega al colmo, precisamente, en estos hombres parcialmente cualificados. Ellos simbolizan y en gran parte constituyen el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa más inmediata de la desmoralización euro­pea' (1248).

Hemos dicho que una, quizás la más importante característica del hombre‑masa, es la negación de instancias superiores que emanan o pueden emanar de la ley, del conocimiento o de la religión. El hom­bre‑masa ha reemplazado el conjunto de esas normas por la política, pero no por una alta política, sino por una política exhorbitada, fre­nética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la 'sagesse', en fin, a las únicas cosas que por su substancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana. El politi­cismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo' (1173) .

3.Los pueblos‑masas

El fenómeno del hombre‑masa ha irrumpido con tal fuerza en la historia moderna que no sólo ha circunscrito su manifestación al plano de la persona, sino que también ha alcanzado al comportamiento de las naciones mismas.

Y era natural que así sucediera porque si el hombre‑masa predo­mina dentro de cada pueblo, llega a determinar en una u otra forma el comportamiento de las naciones en sus relaciones recíprocas. Tam­bién hay, relativamente, pueblos‑masas resueltos a rebelarse contra los grandes pueblos creadores, minorías de estirpes humanas que han organizado la historia. Es deplorable ‑escribe Ortega‑ el frívolo es­pectáculo que los pueblos menores ofrecen. En vista de que según se dice, Europa decae, y por tanto deja de mandar, cada nación y na­cioncita brinca, gesticula, se pone cabeza abajo o se engalla y estira, dándose aires de persona mayor que rige sus propios destinos. De aquí el bibriónico panorama de 'nacionalismos' que se nos ofrece por todas partes, Es verdaderamente cómico contemplar cómo esta o la otra republiquita desde su perdido rincón se pone sobre la punta de los pies a increpar a Europa y declara su cesantía en la historia univer­sal (1260).

Nuestra propia experiencia de pequeña nación nos demuestra cuán verdadera es la concepción de Ortega sobre los pueblos‑masas, porque gran parte de la prédica que constantemente se oye entre nos­otros sobre los imperialismos de uno u otro color no es en el fondo sino la reacción del pueblo‑masa ante las naciones que dotadas de un des­tino superior señalan los rumbos del proceso histórico. Como escri­bía Gabriela Mistral, con frecuencia, en el fondo de las declaraciones en contra del imperialismo norteamericano, no hay otra cosa sino la reacción de nuestra propia inferioridad que se niega a reconocer la instancia de un pueblo que, cualesquiera que sean sus limitaciones y defectos, ha tenido un papel superior en el proceso histórico, papel que es tanto más significativo por la asombroso de su rapidez.

4. Masas y minorías directoras en el proceso histórico

En el polo opuesto de las masas se encuentran en el proceso his­tórico las minorías directoras. 'Lo primero que el historiador debiera hacer para definir el carácter de una nación o de una época es fijar la ecuación peculiar en que las relaciones de sus masas con las mino­rías selectas o directoras se desarrollan dentro de ella. La fórmula que descubra será una clave secreta para sorprender las más recónditas palpitaciones de aquel cuerpo histórico' (811) .

Hay razas ‑según Ortega‑ que se han caracterizado por una abundancia casi monstruosa de personalidades ejemplares, tras de las cuales sólo había una masa exigua, insuficiente e indócil. Este fue el caso de Grecia, y éste el origen de su inestabilidad histórica. Llegó un momento en que la nación helénica vino a ser como una industria don­de todo se elaboraba en modelos, en vez de contentarse con crear unos cuantos standard y fabricar conforme a ellos abundante mercancía humana. Genial como cultura, fue Grecia inconsistente como cuerpo so­cial y como Estado”. 'Un caso inverso es el que ofrecen Rusia y España, los dos extre­mos de la gran diagonal europea. Muy diferentes en otra porción de calidades, coinciden Rusia y España en ser las dos razas pueblos, esto es, en padecer una evidente y perdurable escasez de individuos emi­nentes. La nación eslava es una enorme masa popular sobre la cual tiembla una cabeza minúscula. Ha habido siempre, es cierto una ex­quisita minoría que actuaba sobre la vida rusa; pero de dimensiones tan exiguas en comparación con la vastedad de la raza, que no ha podido nunca saturar de su influjo organizador el gigantesco plasma popular. De aquí el aspecto protoplasmático, amorfo, persistentemen­te primitivo que la existencia rusa ofrece.' (812). En cuanto a España . . . es extraño que desde nuestra larga his­toria no se haya esfumado cien veces el rasgo más característico que es, a la vez el más evidente y a la mano, la desproporción casi incesan­te entre el valor de nuestro vulgo y el de nuestras minorías selectas. La personalidad autónoma, que adopta ante la vida una actitud indivi­dual y consciente, ha sido rarísima en nuestro país. Aquí lo ha hecho todo el pueblo, lo que el pueblo no ha podido hacer se ha quedado sin hacer. Ahora bien: el pueblo sólo puede ejercer funciones elementales de vida; no puede hacer ciencia, ni arte superior, ni crear una civilización pertrechada de complejas técnicas ni organizar un estado de prolongada consistencia, ni destilar de las emociones mágicas una ele­vada religión' (812) . 'Compárese el conjunto de la historia de Ingla­terra o de Francia con nuestra historia nacional y saltará a la vista el el carácter anónimo de nuestro pasado frente a la pululación de per­sonalidades sobre el escenario de aquellas naciones. Mientras la histo­ria de Francia o de Inglaterra es una historia hecha principalmente por minorías, todo lo ha hecho aquí la masa, directamente o por medio de su condensación virtual en el poder público, político o eclesiástico. (812).

De la dualidad entre masas y minorías selectas o directoras, Or­tega construirá la base fundamental de su pensamiento social. La mé­dula de su concepción radica en la idea de que una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos. Cualquiera que sea nuestro credo político, expresa Ortega, nos es forzoso reconocer esta verdad que se refiere a un estrato de la realidad histórica mucho más profundo que aquel donde se agitan los problemas políticos. La forma jurídica que adopte una sociedad na­cional podrá ser todo lo democrática y aún comunista que quepa imaginar; no obstante, su constitución viva, transjurídica consistirá siem­pre en la acción dinámica de una minoría sobre una masa (799) .

Las diferentes modalidades que puedan existir en las relaciones de las masas con las minorías selectas son determinantes en el pensa­miento orteguiano del estado de integración o de desintegración de una nación. Estas relaciones se regulan según el principio de la ejem­plaridad y de la docilidad que vamos a analizar.

5. El fenómeno de la ejemplaridad y de la docilidad en la relación de las minorías directoras con las masas

En el análisis del fenómeno ejemplaridad‑docilidad, surge nueva­mente ante nosotros la médula de la filosofía orteguiana del yo y de las circunstancias. Porque así como en la vida de cada hombre el yo individual debe elegir entre las determinadas posibilidades que le plan­tean las circunstancias, así también en la vida colectiva, en el horizonte de posibilidades que se ofrece en la vida de un pueblo, es necesario adoptar una resolución que elija y decida el modo efectivo de existen­cia colectiva. Esta resolución emana del carácter que la sociedad tenga, de la forma cómo se desarrolle en ésa determinada sociedad el fenó­meno de la ejemplaridad y de la docilidad. Partiendo de su observación histórica esencial de que una nación es una masa humana organizada por una minoría de individuos selec­tos, Ortega desenvuelve su concepción del fenómeno ejemplaridad­-docilidad. Corresponde a las minorías selectas o directoras señalar las grandes líneas de la existencia colectiva, fijar las tareas esenciales que ha de desarrollar una nación, y con sus actos, con la limpieza de su vida pública y privada, con la agudeza de su genio en las creaciones artísticas, científicas, religiosas, establecer los ejemplos que han de ser­vir de cauce a la vida colectiva.

En el proceso histórico de una nación dichos actos, gestos, virtu­des y modalidades de vida, forman una estructura de ejemplos, de caminos vitales que van moldeando la manera de ser de una colectivi­dad: Así la ejemplaridad de unos pocos, en el orden político, social, estético, científico, religioso, se va 'articulando en la docilidad de mu­chos'. 'El resultado es que el ejemplo cunde y que los inferiores se perfeccionan en el sentido de lo mejor'. Son las horas de historia as­cendente, de apasionada instauración nacional de un pueblo. Las ma­sas se sienten masas, colectividad anónima, que amando su propia uni­dad, la simboliza y representa en ciertas personas elegidas, sobre las cuales decanta el tesoro de su entusiasmo vital. Entonces, se dice, 'que hay hombres'. En las horas decadentes, cuando una nación se desmo­rona, las masas no quieren ser masas, cada miembro de ellas se siente personalidad directora, y revolviéndose contra todo el que sobresale descarga sobre él su odio, su necedad y su envidia. Entonces, para justificar su inepcia y acallar un íntimo remordimiento, la masa dice que 'no hay hombres'.

Ambos elementos de la dualidad masa‑minoría directora, tienen, en consecuencia, sus funciones propias. A las minorías directoras co­rresponde señalar los ejemplos, su ejemplaridad es su sola razón de existencia, pues así como la concepción de masa nada tiene que ver con la estructura de las clases sociales, así tampoco la concepción de minorías directoras o de minorías selectas ninguna relación tiene tam­poco con la de aristocracia o clases superiores. Las minorías direc­toras pueden surgir de cualquier estrato social, lo importante y lo úni­co esencial es que su comportamiento en la vida de la nación en cual­quiera de los planos que pueden constituir dicha vida, político, econó­mico, estético, científico, religioso, sea constitutivo de ejemplaridad. Cuando una nación tiene una minoría directora que cumple con esta función histórica y el hombre‑masa es dócil a tales ejemplos y acepta el papel rector de la minoría directora, esta nación, usando la termi­nología orteguiana, está organizada, está vertebrada, porque existe una vértebra central, la de los ejemplos de la minoría selecta, que sostiene todo el esqueleto social, que mantiene el cuerpo de la nación y permite que él realice los movimientos que le son propios. El estado de vertebración de una nacionalidad depende, en consecuencia, de factores morales, de la existencia de una minoría selecta que posea virtudes, es decir, fuerza social suficiente desde el punto de vista moral, para poder encauzar la acción de las masas. El poder y el mando para que sean fecundos, sólo pueden ser un simple sub‑producto de los ejem­plos de los hombres que lo ejercen. Porque las masas son dóciles a los ejemplos y de esta docilidad surge su obediencia. Es evidente que el poder ejercido sin límites puede producir externamente la obediencia, pero tal obediencia derivará de un mandato que se cumpla y no de un ejemplo que se siga.

Pero cuando tales minorías selectas dejan de cumplir su papel histórico, cuando se limitan a ejercer el poder por medio de mandatos y no de ejemplos, empiezan a desertar de su función propia que es la de fundamentar el mando en el ejemplo. Por eso dirá Ortega, 'la deserción de las minorías directoras se halla siempre en el reverso de la rebelión de las masas' (1205) .                               6. En qué consiste la rebelión de las masas. La invertebración                                              y la hiperdemocracia como sus consecuencias

El conjunto de factores históricos, sociológicos, culturales, psico­lógicos que constituyen el hombre‑masa hacen especialmente difícil que el fenómeno de la ejemplaridad y de la docilidad se desenvuelva en forma normal en el presente. Las características del hombre‑masa exigen corno nunca la existencia de minorías ejemplares, selectas o di­rectoras. Los ejemplos que de ella surjan, su actitud de ejemplaridad, deberá ser de tal magnitud y fuerza que puedan provocar la docilidad de las masas.

Desgraciadamente en nuestra época la escasez o la deserción de las minorías directoras junto al fenómeno de la existencia de un hom­bre‑masa de por si indisciplinado, con una conciencia de señorío des­orbitada, ha provocado el fenómeno de la rebelión de las masas. Por primera vez se ha producido el hecho de que la historia ha quedado entregada, en forma general, a la decisión del hombre vulgar como tal, o dicho en otra forma, el hombre‑masa, dócil antes al ejemplo de las minorías ejemplares, ha resuelto gobernar el mundo. Esta reso­lución de adelantarse al primer plano social se ha producido en él, automáticamente apenas llegó a madurar el nuevo tipo de hombre que él representa. Si atendiendo a los efectos de vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre‑masa, se en­cuentra lo siguiente: 1°) una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones drásticas; por tanto, cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que, 2°) le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento continuo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio. Ac­tuará, pues, como si sólo él y sus congéneres existieran en el mundo; por tanto, 3°) intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión, sin miramientos, contemplaciones, trámites ni reservas, es decir, según un régimen de acción directa (1236) .

En nuestro tiempo, domina, pues, el hombre‑masa; es él quien decide, no se diga que esto era lo que acontecía desde que se instauró la democracia y el sufragio universal como forma general de gobierno en el mundo. En el sufragio universal, en sus primeros tiempos, no deciden las masas, sino que su papel consistió en adherir a la decisión de una u otra minoría. Estas presentaban su programa, programas de vida colectiva. En ellos se invitaba a la masa a aceptar un proyecto de decisión, decisión que era aún el patrimonio de la minoría direc­tora (1206).

El órgano esencial de una democracia, el partido político, ha caído bajo el dominio del hombre‑masa. Hoy, aún en los partidos po­líticos de la extrema derecha, no son los jefes quienes dirigen a sus masas, sino éstas quienes empujan violentamente a sus jefes para que adopten tal o cual actitud (801) . Las masas de los distintos grupos sociales -un día la burguesía; otro, el ejército; otro, el proletariado- ensayan vanas panacea de buen gobierno, que en su simplicidad men­tal imaginan poseer (803) .

Las masas dominan el gobierno como nunca lo hicieran en la his­toria (1206) . Si se observa la vida pública de los países donde el triun­fo de las masas ha avanzado más, sorprende notar que en ellos se vive políticamente al día. El poder público se halla en manos de un repre­sentante de masas. Estas son tan poderosas, que han aniquilado toda posible oposición, no tanto en un sentido político, como en un sentido más profundo, un sentido social. Las masas son dueñas del poder pú­blico en forma tan incontrastable y superlativa, que sería difícil encon­trar en la historia situaciones de gobierno tan prepotentes como ésta. Y, sin embargo, el poder público, el gobierno vive al día; no se pre­senta como un porvenir franco, no significa un anuncio claro del futu­ro, no aparece como comienzo de algo cuyo desarrollo o evolución resulta imaginable. En suma, vive sin programa de vida, sin proyecto. No sabe dónde va, porque en rigor no va, no tiene camino prefijado, trayectoria anticipada, cuando ese poder público intenta justificarse no alude para nada al futuro, sino al contrario se recluye en el presen­te y dice con perfecta sinceridad: 'soy un modo anormal de gobierno que es impuesto por las circunstancias'. Es decir, por la urgencia del presente, no por cálculos del futuro. De aquí que su actuación se re­duzca a esquivar el conflicto de cada hora, no a resolverlo, sino a es­capar de él pronto, empleando los medios que sean aún a costa de acumular con su empleo mayores conflictos sobre la hora próxima. Así ha sido siempre el poder público cuando lo ejercieron directamen­te las masas: omnipotente y efímero. El hombre‑masa es el hombre cuya vida carece de proyecto, porque se ha entregado al flujo y re­flujo de las circunstancias y va a la deriva. Por eso no construye nada, aunque sus posibilidades, sus poderes, sean enormes (1207) .

El resultado de la rebelión de las masas se aprecia tanto desde un punto de vista sociológico e histórico como. también desde el punto de vista político. Desde el punto de vista histórico y sociológico las épocas de rebelión de las masas son épocas en que las minorías direc­toras han perdido sus cualidades de excelencia, aquellas precisamente que ocasionaron su elevación. Contra esa minoría directora ineficaz o corrompida se rebela la masa justamente, pero confundiendo las cosas, generaliza las objeciones que aquella determinada minoría inspira, y en vez de sustituirla con otra más virtuosa tiende a eliminar todo intento de existencia de una minoría ejemplar. Se llega a creer que es posible la existencia sin minoría excelente; más aun se construyen teorías políticas e históricas que presentan como ideal una sociedad exenta de minorías directoras. Como eso es positivamente imposible, desde el punto de vista histórico y social, la nación prosigue aceleradamente su trayectoria de decadencia. Se produce la invertebración nacional, desaparece la vértebra que mantenía en pie, derecho y en movimiento el cuerpo social y la nación se diluye y semeja lo que profundamente ha llegado a ser: una gran masa amorfa. Tal fue el fenómeno que con rectitud intelectual y con valentía moral, que seguramente le costó muchos sinsabores, Ortega denunció en su propio país, en su famoso ensayo sobre 'España invertebrada'.

Desde el punto de vista político, el efecto de la rebelión de las masas se manifiesta en lo que Ortega llama una hiperdemocracia. La vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de respeto a las minorías directoras y de entusiasmo por la ley. Al servir a estos principios el individuo se obligaba a sostener en sí mismo una disciplina difícil. Democracia y ley, convivencia legal eran sinónimos. Hoy asistimos, escribe Ortega, al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en la actualidad. Por eso hablo de hiperdemocracia (1187). Porque la masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. Y claro está que ese 'todo el mundo' no es un 'todo el mundo'. 'Todo el mundo' era normalmente la unidad compleja de masas y minorías excelentes, discrepantes, especiales. Ahora todo el mundo es sólo la masa (1188) .

7.‑Posibilidades de reacción del hombre‑masa

El estudio de las posibilidades de reacción del hombre-masa en el pensamiento orteguiano puede ser abordado, a nuestro juicio, desde dos puntos de vista: 1°) el filósofo o cultural ; y 2°) el histórico y político.

Desde el primer punto de vista el problema de la rebelión de las masas nos lleva a interrogarnos sobre cuáles son las deficiencias radicales que padece la cultura moderna para haber hecho posible este tras trocamiento de la relación normal entre masas y minorías directoras. Para Ortega la cultura moderna se ha quedado sin moral, no en el sentido de que el hombre‑masa menosprecie una moral anticuada, en beneficio de una nueva moral, 'sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna' (1294) . Para Ortega es evidente que en última ins­tancia, de este problema de orden moral proviene el dominio del hom­bre‑masa en la historia moderna. ¿Cómo el mundo moderno puede hacer frente a este gran problema? La pregunta queda sin respuesta en el pensamiento orteguiano. Como él mismo lo dice esa gran cuestión obligaría a desarrollar con plenitud la doctrina sobre la vida hu­mana que, como un contrapunto, queda entrelazada, insinuada, mu­sitada en su teoría del hombre‑masa. Con este suspenso termina el filósofo su estudio sobre la rebelión de las masas, pero en otras partes de esta misma obra ya había seña­lado que la misión del pensamiento europeo consiste en proporcionar una nueva claridad sobre el problema de la subversión del hombre-masa contra las minorías directoras, y al mismo tiempo de la insufi­ciencia de tales minorías para asumir la plenitud de su papel histórico e inducir por medio de su ejemplaridad a la docilidad de las masas. Para Ortega, sólo del pensamiento europeo podría esperarse, con al­guna vaga probabilidad la solución del tremendo problema que las cosas actuales plantean (1173) .

Desde el punto de vista histórico y político, el análisis de las posi­bilidades de reacción del hombre‑masa es menos pesimista, pues Or­tega expresa que el hombre‑masa, si bien es cierto que no atiende a razones, aprende en cambio en su propia carne (1228) . Y en este sentido, es posible esperar una reacción, y esta reacción sólo puede venir cuando la masa sienta en sí misma y aprenda las lecciones del sufrimiento provocado en el gobierno del mundo y en la sociedad entera, por su afán de salir de su propio rol y asumir el rol de las mi­norías directoras. Sobre este punto encontramos en España inverte­brada un pasaje de la obra de Ortega que a nuestro juicio da la clave de su pensamiento. Refiriéndose al fracaso de las masas en su afán de imponer fórmulas improvisadas de gobierno, Ortega escribe: 'Al fin, el fracaso de sí mismas, experimentado al actuar, alumbra en sus ca­bezas, como un descubrimiento, la sospecha de que las cosas son más complicadas de lo que ellas suponían, y, consecuentemente, que no son ellas las llamadas a regirlas. Paralelamente a este fracaso político pa­decen en su vida privada los resultados de la desorganización. La segu­ridad pública peligra; la economía privada se debilita; todo se vuelve angustioso y desesperante; no hay donde tornar la mirada que busca socorro. Cuando la sensibilidad colectiva llega a esta sazón, suele ini­ciarse una nueva época histórica. El dolor y el fracaso crean en las masas una nueva actitud de sincera humildad, que les hace volver la espalda a todas aquellas ilusiones y teorías antiaristocráticas. Cesa el rencor contra la minoría eminente. Se reconoce la necesidad de su intervención específica en la convivencia social. De esta suerte, aquel ciclo histórico se cierra y vuelve a abrirse otro (803) .

Este pasaje revela la concepción dinámica de Ortega, sobre las relaciones entre las masas y las minorías directoras, pues nos muestra que a un ciclo de rebelión de las masas, como es el que hoy vivimos, puede suceder un ciclo de decadencia definitiva en caso de que la subversión persista, y el estado de invertebración nacional se manten­ga, o bien un ciclo de recuperación en que el fenómeno de la ejem­plaridad‑docilidad recobre su ritmo normal, en que surjan nuevas mi­norías directoras capaces de encauzar la acción de las masas por me­dio de acciones ejemplares. La vida de un pueblo estaría, pues, some­tida a este flujo y reflujo de la rebelión de las masas, y su superviven­cia dependería de la capacidad de la nación para producir minorías ejemplares que dieran a las exigencias nuevas, una respuesta adecuada.

8. Analogías de la concepción orteguiana con la de Toynbee y Bergson.

En este punto no podemos dejar de señalar las profundas cone­xiones de la concepción histórica de Ortega con las ideas del gran historiador inglés Arnold Toynbee.

Para Toynbee las civilizaciones se desarrollan por la acción de minorías creadoras. Genios, místicos, sabios, grandes políticos, hom­bres ejemplares, obran como levadura en la masa de la humanidad ordinaria. Esta humanidad común sigue a las minorías creadoras por un proceso de mimesis. La mimesis se provoca por la sugestión, el en­canto, la adhesión espontánea de la mucredumbre a los actos, gestos, cauces vitales señalados por las minorías creadoras. ¿ La mimesis de Toynbee no es acaso 'la docilidad de Ortega'? ¿Las minorías crea­doras de aquél no corresponden acaso a las minorías selectas, direc­toras, ejemplares del ilustre español?

Es apasionante comprobar que esta misma idea se encuentra en Bergson. En su obra 'Las dos fuentes de la moral y de la religión' el gran filósofo francés expresa: 'Una sociedad puede llamarse civiliza­ción tan pronto como se encuentran reunidos estos actos de iniciativa y esta actitud de docilidad.' Como es natural, la segunda condición es más difícil de lograr que la primera. El factor indispensable que no ha estado en manos de las sociedades incivilizadas no es, según toda probabilidad, la personalidad superior. Es más probable que el factor que falta haya sido la oportunidad, para los individuos de este carácter, de desplegar su superioridad y la disposición en los demás individuos para seguirlos'(2).

Hemos visto que en Ortega la concepción dinámica de la historia consiste en que al ciclo de rebelión de las masas, puede suceder el ciclo de decadencia definitiva producido por la persistencia del fenómeno de rebelión, o el ciclo de recuperación nacional motivada por la apa­rición de nuevas minorías ejemplares que logran generar otra vez el fenómeno de docilidad de las masas. Para Toynbee la naturaleza del colapso de las civilizaciones puede resumirse en tres puntos: 1°) una pérdida del poder creador en la minoría; 2°) un retiro como respuesta de la mímesis por parte de la mayoría, y 3°) una pérdida consiguiente de la unidad social en la sociedad como un todo(3). Ortega y Toynbee vuelven a encontrarse. Sus concepciones con­sideradas en sus líneas esenciales, pues la de Toynbee es mucho más extensa, calzan perfectamente. La pérdida del poder creador en la minoría de Toynbee equivale a la deserción de la minoría directora de Ortega; el retiro de la mímesis de la mayoría corresponde a la pérdida de la docilidad en las masas; y la pérdida consiguiente de la unidad social en el organismo social de Toynbee se asemeja mucho al fenómeno de invertebración de Ortega(4).

III.‑La aplicación del pensamiento Histórico Social de Ortega y Gasset a nuestra realidad nacional

1‑Al estudiar el pensamiento orteguiano sobre las masas y las minorías directoras en el proceso histórico dijimos que para el ilustre pensador español “definir el carácter de una nación es fijar la ecuación peculiar en que las relaciones de sus masas con las minorías selectas o directoras se desarrollan dentro de ella. La fórmula que se descubra será una clave secreta para sorprender las más recónditas palpitaciones de aquel cuerpo histórico.

Al meditar sobre la aplicación del pensamiento histórico‑social de Ortega a nuestra realidad nacional, no hemos podido menos que asombrarnos ante el profundo acierto de esta idea. Porque mirada nuestra historia bajo el ángulo orteguiano aparecen con notable cla­ridad sus rasgos propios frente a la historia del resto de los países de América latina, y, al mismo tiempo, surge en toda su significación histórica y política la concepción genial de algunos de nuestros hombres para intuir y comprender nuestro destino nacional.  

Si comparamos la historia de nuestro país con la del resto de los países latino‑americanos aparece a nuestra observación un hecho que constituye ya un lugar común en el pensamiento de nuestros historia­dores. El hecho es que al surgir nuestro país a la vida independiente, se organiza como nación, constituye un gobierno estable bajo cuya égida directora se forma la nacionalidad, se desarrolla el cuerpo social y surgen en innumerables planos las manifestaciones claras de una nación orgánicamente establecida. En cambio, en el resto de los países latino‑americanos la historia nos ofrece el cuadro de regímenes de fuerza o de caudillos circunstanciales que se suceden con mayor o me­nor rapidez en las historias particulares de cada una de estas naciones(5).

Mientras en Chile se organiza un estado en forma, como lo seña­lara con tanto acierto Alberto Edwards en su Fronda Aristocrática, y más tarde Encina, en otros países de Latinoamérica la vida nacional presenta un panorama de anarquía y desorganización.

La raíz de tal fenómeno responde plenamente, a nuestro juicio, a la teoría orteguiana, sobre la relación entre masas y minorías direc­toras.

Porque si Chile pudo desde su tradición colonial surgir como un estado en forma, ello se debió a que contó con una minoría directora, con una minoría ejemplar capaz de responder a las exigencias del mo­mento y engendrar en las masas desorientadas y amorfas el fenómeno de la docilidad a que se refiere Ortega. Minorías ejemplares y docili­dad de las masas crearon en Chile un estado en forma y cabría señalar aún más, que la propia concepción del estado en forma, señalada por nuestros historiadores, no es sino la nación vertebrada de que nos. habla Ortega.

En cambio, en el resto de los países latino‑americanos, la ausencia de minorías directoras o su insuficiencia para dar respuesta a las exi­gencias históricas, provocó el cuadro de anarquía y desorganización a que nos hemos referido.

2.‑La genialidad de Portales estuvo en intuir esta profunda ley del desarrollo histórico, esta ley del crecimiento nacional en torno a una vértebra de minorías ejemplares que ejercieran el poder en forma impersonal, mirando sólo los intereses generales, 'un poder muy fuerte que, como él lo dijo, no estuviese vinculado a nadie y mucho menos que a nadie a él mismo'. Su concepción consistió en instaurar un go­bierno impersonal, serio, estable, regularmente elegido y que la masa del país obedeciera y respetara(6), porque había captado el fenómeno de la docilidad de las masas descrito por Ortega ante la ejemplaridad de un gobierno impersonal, la mímesis de la mayoría de Toynbee ante una auténtica minoría creadora que ejerce el gobierno. En una de sus cartas diagnostica esta psicología, comprobando 'la tendencia general de la masa del país a la obediencia pasiva y al reposo'.

Pero su concepción contenía aún otros elementos. Comprendía que la masa evolucionaría en el sentido de la cultura y de la educación, modificando su actitud psicológica y logrando nuevas formas de com­portamiento que hicieran posible su 'docilidad', su 'mímeis' ante las minorías ejemplares en un gobierno, no autocrático como el que era necesario en su época, sino democrático. Por eso, como lo señalara Encina con su habitual agudeza y profundidad, la médula del pensa­miento político de Portales está en su creencia en la capacitación gra­dual de las masas para gobernarse democráticamente.

3.‑Sería difícil señalar en qué instante, en qué momento, en qué conjunto de circunstancias de nuestra vida nacional irrumpieron las masas en nuestro país para asumir el rol de las minorías ejemplares. Sería difícil señalar en qué momento dichas minorías dejaron de res­ponder a las exigencias que los tiempos requerían, desertando así de su papel y permitiendo el fenómeno de la rebelión de las masas. Porque es indudable que nuestro país vive en la actualidad este fenómeno, y no hemos podido menos de asombrarnos nuevamente al señalar cuáles son las características de la rebelión de las masas en el pensamiento orteguiano, y comprobar que todas ellas concurrían plenamente en nuestra hora presente.

4.‑Pero la concepción dinámica de Ortega nos advierte que este no es un ciclo fatal, que en cualquier momento puede surgir una mino­ría ejemplar de este estado de invertebración en que vivimos, pero para ello será necesario si aplicamos en toda su integridad el pensa­miento orteguiano, que el hombre masa sufra en carne propia las consecuencias de su rebelión.

Es indudable que el cuadro de la política nacional en los últimos tiempos no ha sido en realidad un cuadro de minorías ejemplares. Las virtudes que crearon nuestra nacionalidad, la austeridad del gober­nante como norma de vida que nos señalaran O'Higgins, Portales, Montt, su desprecio del poder como medio de enriquecimiento econó­mico; la consideración de la política y del gobierno como fenómenos de decisión y de drama personal que expresaran O'Higgins con su abdi­cación, Portales con su inmolación, Balmaceda con su suicidio; el res­peto a la norma jurídica encarnado en Montt; la audacia creadora en las gestas bélicas simbolizada magníficamente en. Cochrane; la iniciativa, el esfuerzo, el genio económico representados en la pléyade de hombres que a fines del siglo XIX y comienzos, del XX empezaron la acumulación de capitales, todas estas virtudes se han debilitado o des­aparecido. Será necesario que el sinnúmero de actos, gestos, actitudes que tuvieron las minorías ejemplares en todos los órdenes de nuestra vida nacional, renazca en nuevas minorías ejemplares, independientemente de los estratos sociales de que provengan los hombres que las encarnan.

En el subsuelo de la política, que en el decir de Ortega es sólo el cutis o periferia de lo social, deberá producirse el fenómeno de res­puesta de hombres ejemplares a las nuevas exigencias históricas, a las nuevas incitaciones planteadas a la persona por el medio nacional, y sólo en ese momento, tan sólo entonces, nuestro país saldrá de su estado de invertebración para asumir nuevamente la función de nación rectora que le cupo en el pasado. 

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1

Las cifras entre paréntesis indican la página de la edición de las obras completas de Ortega y Gasset hecha por Espasa Calpe en 1943. volver

2   

Heinri Bergson, ' Les deux source de la morale et de la religión', pág. 181. volver

3

Toynbee, ' Estudio de la historia'( compendio), pág. 257. volver

Cabe señalar que la 'Rebelión de las masas', de Ortega, empezó a publicarse en 1926 y ' España Invertebrada' apareció en 1922; la primera edición inglesa del promer tomo de Toynbee es de 1933; Bergson publica ' Las dos fuentes de la moral y la religión', en 1932. volver

5

Solamente Brasil, que continúa su vida independiente en el siglo XIX en la estructura monárquica, escapa a este fenómeno. volver

6

Alberto Edward, ' La Fronda Aristocrática', pág 52. volver

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Presentación

El insituto de Ciencias Políticas y Administrativas rindió un homenaje a José Ortega y Gasset el día 22 de noviembre de 1955 en el Salón de Conferencias de la Casa Central de la Universidad de Chile.

En dicho homenaje el profesor don Gustavo Lagos Matus dictó la conferencia que a continuación publicamos.