Actos Académicos y Oficiales

  • Acto de homenaje al centenario de la promulgacion del Codigo Civil

Resumen

Abstract

Don Manuel Montt

La Facultad de Ciencias jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile inicia las festividades destinadas a conmemorar el primer centenario de nuestro Código Civil rindiendo homenaje a la memoria del Presidente que regía los destinos de la República en la época de su promulgación, don Manuel Montt, y me ha conferido el honor de efectuarlo en su representación. En el breve tiempo de que puedo hacer uso para realizar esta misión procuraré sólo esbozar a grandes rasgos figura tan eminente que no han logrado captar en toda su amplitud quienes lo han intentado hasta hoy. Existe acuerdo en reconocerle cualidades múltiples que en él se conjugaban armoniosamente entre las cuales se destacan nítidamente una inteligencia poderosa y un carácter de hierro cuando luchaba por el progreso del país sin conocer jamás claudicaciones ni renuncios. Se da a conocer, desde muy joven, como alumno, profesor y rector del Instituto Nacional, ejemplarizando a sus discípulos con una vida dedicada por entero al cumplimiento del deber. Como gobernante, ya sea en el cargo de ministro o después en la primera magistratura, desarrolla vigorosamente la enseñanza en sus tres ramas. Lleva a la realidad la fundación de nuestra más alta casa de estudios a cuya cabeza coloca a Bello, admirador de sus méritos sin oír a los que pretendían que sólo un miembro de la iglesia debía dirigir la educación superior. Impulsa, asimismo, la enseñanza técnica e industrial, en un período en que pocos eran los que entendían que ése era el camino que debía seguirse para preparar hombres eficientes que crearan la riqueza económica del porvenir. Al igual que Portales aspira a reformar la legislación española inadecuada a las nuevas modalidades. Como el gran ministro comprende que sólo un hombre puede emprender con éxito esa obra magna, y no obstante la oposición de los que negaban a Bello la preparación necesaria porque carecía del título de abogado, como si los diplomas fueran seguro índice de sólida cultura, lo alienta en su trabajo ya iniciado hasta que da término al cuerpo de leyes que hoy celebramos, de tan honda influencia en nuestra vida ciudadana y en la de otros países de este hemisferio que lo adoptaron íntegramente o con escasas modificaciones. No hay jurisconsulto europeo o americano que no le haya rendido tributo de su admiración por su redacción y sus creaciones que otros profesores de la Facultad, a continuación, destacarán. Nada escapa a la actividad del mandatario. Numerosas obras públicas: ferrocarriles, correos, telégrafos, puentes, caminos, edificios, se terminan o se dejan iniciados en un bien concebido plan que debía durar varios lustros. Sin buscar la gloria con su precipitada ejecución, acompasa su ritmo a las posibilidades del erario, dejando a sus sucesores continuarlas después. El campo económico se ve enriquecido con nuevas instituciones. La Caja de Crédito Hipotecario, el Banco Público, la Caja Nacional de Ahorros, abren sus puertas. Los impuestos se reforman y modernizan. Aumenta la marina mercante, continua la colonización del sur fundando nuevas ciudades y llevando a la práctica la concepción oportuna y prudente de la Carta de 1833 dicta dos leyes que desvinculan los mayorazgos iniciándose una evolución política, económica y social que aún no ha sido suficientemente destacada. Las relaciones exteriores se manejan con la prudencia y la energía que todo gobierno responsable debe poner en tan delicado asunto. El tratado de 1856 con Argentina contiene las bases necesarias para el conveniente arreglo de la cuestión de limites que desgraciadamente se olvidarán después. La administración de justicia, el régimen carcelario, la beneficencia, la salubridad, el ejército, la marina, la estadística y cuanta actividad tiene la administración estatal son objeto de profundas e interesantes innovaciones. Y volviendo al Código Civil que Bello terminara en 1852, el propio Presidente presidió la comisión revisora que celebró más de trescientas sesiones. Aprobado por el Congreso, se promulga el 14 de diciembre de 1855 y empieza a regir desde el 1 de enero de 1857. Montt encarga al mismo jurisconsulto la redacción del Código de Procedimiento Civil; a don Antonio García Reyes, el Código Penal, y el de Comercio a don Gabriel Ocampo. Bello y García Reyes no pudieron cumplir la comisión; el primero, ocupado en la revisión del Código Civil, y el segundo, por la grave dolencia al corazón que tronchara en flor su brillante carrera alcanzando a bosquejar su plan general y a redactar 75 artículos. No obstante el progreso indiscutible de esta administración sin paralelo en nuestra historia nacional a la cual hacen digno marco una brillante pléyade de escritores y de artistas, no faltaron los eternos inconformistas, los ilusos y teóricos de siempre que propician reformas en sociedades no aptas aún para recibirlas con éxito. Revoluciones y motines obligan al gobierno a hacer uso de sus prerrogativas constitucionales para impedir el derrumbe de la obra realizada, mantener el sólido prestigio exterior y apartar al país de la anarquía en que se debatían las otras naciones salidas del imperio español. El arzobispo de Santiago de grandes condiciones, pero intolerante y batallador, por una simple querella de sacristía, precipita la división definitiva del poderoso partido pelucón en medio de bullangueras manifestaciones porque el Presidente, respondiendo a su petición de amparo frente al requerimiento de la Corte Suprema, le responde que hará cumplir la Constitución y las leyes como si hubiera podido expresar otros conceptos la primera autoridad de la República, y tratándose de Montt, apodado el hombre ley por su respeto inmutable a la norma jurídica cuyo acatamiento sin reservas se le presentaba como la única base sólida en la cual se asentaba una labor fructífera y duradera. El Senado en el cual el gobierno ocasionalmente ha quedado en minoría, posterga la aprobación de la ley de presupuestos mientras el Presidente no modifique su gabinete, escándalo sin precedentes en el campo político de entonces y asomo ya positivo en el horizonte del futuro régimen parlamentario. Montt profundamente impresionado y que en la anterior administración había impedido algo semejante intentado por Lastarria; pero conocedor de que el alto cuerpo al hacer uso de esa arma peligrosa, obraba en la esfera de sus atribuciones, no intenta un instante resistir y redacta su renuncia antes que ir en contra de sus convicciones, ejemplo que desgraciadamente olvidará el mandatario que treinta años después pretendió desconocer las prerrogativas del Congreso habiendo sido su más ardiente defensor y precipitará al país a la más dolorosa catástrofe. Felizmente el buen sentido de los chilenos encontró la formula de arreglo conveniente y se solucionó el conflicto realizándose el acuerdo del Senado. El más activo y celoso de sus amigos, Antonio Varas, señalado por gran parte de la opinión como su genuino sucesor, despertaba resistencias. Sin negarle su preparación y sus grandes servicios se temía que su elección aumentara la oposición que el gobierno fuerte de Montt había levantado: Preferían un hombre tranquilo que no fuera un peligro para nadie. Varas da una alta demostración de civismo renunciando en aras de la paz interna a su candidatura presidencial en medio del estupor de sus adversarios que en un comienzo no lograron entender un acto semejante. Montt no fue un opositor cerrado a las reformas que reclamaban espíritus inquietos. En el mensaje que leyó al abrir el Congreso de 1860 fija claramente su pensamiento al respecto: 'He huído, dice, de las exageradas ideas de los que imaginan que puede con frutos impulsarse el adelanto de un pueblo sin tomar en cuenta su estado y los elementos que lo constituyen, así como de aquellos que desconociendo el movimiento del progreso a que todos los pueblos obedecen sólo ven los peligros de las innovaciones y sin buscar los medios de hacerlas efectivas dejan con indolente inercia que el curso del tiempo obre por medios violentos lo que debió ser el resultado natural de ese impulso de perfección dirigido con prudencia.' Buscó colaboradores en todos los campos, especialmente entre los jóvenes, sin reparar en su procedencia, exigiéndoles sólo talento y preparación por sobre toda otra consideración personal, principios que nunca debieran olvidar quienes dirigen las colectivades humanas. Al finalizar su período Chile ocupaba el primer lugar entre los países hispano-americanos. La prensa extranjera comentaba el progreso y el orden del pueblo chileno y el valor moral y político de su gobierno. 'Chile es la república modelo de la América española', decían los diarios franceses. 'Chile es el único país de América que ha obtenido ventajas de su revolución', opinaba la reina de España. 'Chile progresa con paso firme gracias al orden', añadía la prensa británica. En 1861 Montt entregaba la estrella de O'Higgins a su sucesor y se reintegraba a la presidencia de la Corte Suprema. Representa al país en el Congreso de Lima en vísperas del conflicto con España que trató de impedir y al cual fuimos arrastrados víctimas de un enfermizo americanismo, y al volver, afronta serenamente la acusación que la pasión política hiciera al alto Tribunal de haber infringido las leyes y que fué unánimemente rechazada por el Senado sirviendo sólo para desprestigiar a quienes la intentaron. El 21 de septiembre de 1880, cuando el pueblo exigía al siempre indeciso presidente Pinto la campaña de Lima, fallecía en la capital don Manuel Montt, víctima de un ataque cerebral, a los 71 años. El tiempo había aquietado las pasiones y hasta sus más enconados adversarios participaron en el homenaje de admiración y gratitud que le rindió el país. Comprenderéis, señores, después de oír este rápido bosquejo de su gobierno cuánta razón le ha asistido a nuestra Facultad para recordar a varón tan ilustre que fuera su miembro fundador y es para mí especialmente honroso haber sido el portavoz de este merecido aunque pálido homenaje.

Don Andrés Bello y el Código Civil

Ocioso me parece hacer una descripción de la vida y de la obra de don Andrés Bello delante de personas que tienen esa vida por modelo y esas obras por enseñanza de todos los días. Pero hoy, lo señalado de la ocasión al celebrarse el centenario del Código Civil, excusa algunas palabras de reconocimiento.

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El enfocar con exclusividad la persona de un hombre, por grande que éste sea, lleva a conferirle perfiles que la consideración de las obras humanas, casi siempre sociales, permite atenuar o desvanecer. No se trata en este caso de restarle perfección a la figura literalmente marmórea de don Andrés Bello. Pero sí queremos nosotros, hombres de Derecho que conocemos el valor y la realidad de la jerarquía, recalcar especialmente que para que exista una figura señera que la corone, es imprescindible que se escalonen otras figuras numerosas y no menos nobles. La idea codificadora en Chile se manifestó durante el decenio de 1820 a 1830 en todas las formas imaginables: desde el proyecto de 1822 que proponía 'adoptar los Cinco Códigos Célebres' (los napoleónicos)- para facilitar lo cual se pronunciaba un imperativo '¡Borrense!' a las leyes existentes- hasta el modestísimo y poco atractivo (no se llevó a cabo) de recopilar, en 1825, 'las disposiciones dadas desde el principio de nuestra gloriosa revolución'. Pero estas nociones y los artículos que la prensa dedicaba al problema, permitieron clarificar las ideas y dieron pruebas de la voluntad nacional de remediar una falta que se hacía sentir. En el concepto de ilustrados tratadistas, don Andrés Bello, llegado a Chile en 1829, fijó en 1831 de una vez para siempre el criterio a seguir en la forma y contenido de la codificación: se debía ir, según él, no a la compilación respetuosa y simplificadora de la legislación vigente, sino a su seria y urgente reforma; y, en seguida, esta obra magna debería ser consecuencia, según sus propias palabras, 'de la única idea original de su autor', del 'pensamiento creador' de un solo hombre, a quien se le darían, por supuesto, 'manos y talentos auxiliares' con el nombre de 'intérpretes de su espíritu' y 'archiveros de sus ideas' que se encargaran de lo material y formal de esta empresa. Pero en materia tan delicada y farragosa a la vez, ni el propio maestro jurista y filósofo sustentaba un solo criterio. En 1833, desdiciéndose de lo anterior, concibe la tarea de codificación, modestamente, como mera compilación y reducción de las leyes civiles a un cuerpo bien ordenado. ¿Se requería también ahora una sola mente soberana? El mismo ilustre articulista ha contestado que no: el trabajo puede aquí ser divisible entre muchos 'colaboradores' (el título es más igualitario) y cada uno puede encargarse separadamente de una parte. Pero ni uno ni otro de los expuestos eran caminos adecuados a las posibilidades y necesidades sociales; y el verdadero camino seguido no fue ni uno ni otro. ¿No es ésta la mejor prueba de que las obras mejores son siempre comunitarias? La superior capacidad y la ponderación de don Andrés Bello y las capacidades distinguidas de quienes directa o indirectamente intervinieron en la redacción y revisión de los sucesivos proyectos de Código Civil, permitieron que el 'pensamiento creador', aunque uno solo y armónico, no fuera como la nota de 1831 lo hacía prever, el reflejo de la 'única idea original de su autor', sino 'la obra de la nación chilena'. Y con palabras de Bello en la primera publicación del libro de la Sucesión por Causa de Muerte de 1841: 'deben concurrir a ella con sus luces, sus consejos, sus correcciones, y sobre todo su experiencia, los jurisconsultos, los magistrados y los hombres de estado chilenos'. ¿Y debe creerse que este noble propósito de Bello contuvo más de cortesía que de exactitud?

Las comisiones que redactaron y revisaron los Proyectos de Código Civil, las publicaciones de prensa y las cartas privadas que se conocen sólo en pequeña parte, impiden creer que la obra del maestro fué realizada en soledad y casi a despecho de sus contemporáneos, como se tiende a veces a simplificar, sino por el contrario, prueban que se construyó 'a pleno gusto' y con todas las luces, consejos y experiencias de que los hombres y las corporaciones disponían; y no serian pocas si el edificio que levantaron y alumbraron se mantiene en su sitio hasta el día de hoy.

Don Mariano Egaña y el Código Civil chileno

Peñalolén, en sus seculares pinos y encinas, en sus -hoy secas- cascadas y fuentes de piedra, en los vetustos muros y artesonados de la que fuera biblioteca de los Egaña, guarda un secreto que difícilmente podrá ser revelado en su integridad por otros testimonios: él de la íntima colaboración entre don Andrés Bello y don Mariano Egaña para la redacción del código cuyo centenario, regocijados y orgullosos, celebramos.

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Una historia externa y oficial, que nos viene -bajo redacción muy suscinta- desde la ya distante monografía de don Enrique Cood sobre la Historia del Código Civil y que los comentaristas posteriores se han limitado a reproducir más o menos extensamente, poco más dice que el señor Egaña y Fabres integró la Comisión Mixta de las dos Cámaras creada por la Ley de 10 de septiembre de 1840, con el título de 'Comisión de Legislación del Congreso Nacional'. Algo más significativo es don Valentín Letelier, en sus 'Sesiones de los Cuerpos Legislativos', al brindarnos el testimonio de la asidua concurrencia a las labores de dicha Comisión del entonces senador de la República y Decano de la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas. Que esa Comisión 'encargada de la formación de un Código Civil', le 'debe mucho' al principal autor de la Constitución de 1833, lo afirma el siempre bien documentado bibliógrafo y primer historiador del Derecho de nuestro país, don Ramón Briseño, en el discurso que pronunció al incorporarse como miembro de la Facultad de Humanidades en reemplazo del señor Egaña, fallecido ese mismo año de 1846. Sotomayor Valdés, en el tomo II de su Historia (1° ed., 1876, p. 282, nota al pie), es perfectamente explícito. Después de elogiar el notable aporte de don Mariano Egaña a la legislación patria, dice -cito casi a la letra- refiriéndose a su obra jurídica: 'Merece particular mención un proyecto de Código Civil que trabajó en sus últimos años y que dejó inconcluso, aunque bastante adelantado. Inferimos que la muerte no le permitió concluir este trabajo'. Luego, indica con precisión que el manuscrito correspondiente se encuentra en poder de los familiares de Egaña, y que él, Sotomayor Valdés, lo ha manejado con frecuencia. Por su parte, la familia del primogénito de don Juan Egaña da fe de la verdad de estos dichos en la colaboración prestada por don José Santiago Melo, abogado de profesión y yerno de don Mariano, a la obra 'Galería Nacional o Colección de Biografías y retratos de hombres célebres de Chile...', dirigida y publicada por Narciso Desmadryl(1). En ella declara: 'Sin duda habríamos tenido varias obras estimables del señor Egaña, si la tranquilidad y tiempo que ellas demandan hubieran sido compatibles con la multitud de ocupaciones a que numerosos empleos y comisiones le obligaban. Sin embargo, dejó escrita e inédita la Historia de Chile hasta el año 1808, un proyecto bastante avanzado de Código Civil, también inédito, otro sobre organización de tribunales y juzgados, y recopiladas y en arreglo sus muchas e importantes vistas fiscales'. Pero, hay más: el manuscrito aludido se encuentra bajo nuestra custodia y su portada reza literalmente: 'Proyecto no completo de un Código Civil para Chile escrito por el señor don Mariano Egaña'. La tinta, el papel y la escritura de ésta son de la época. Debemos recordar que sobre este manuscrito han trabajado únicamente don Rafael Moreno Echeverría y don Oscar Dávila. El primero aceptó la paternidad de don Mariano; el segundo, con ocasión de su ingreso académico a nuestra Facultad, la descarta, pero reconoce que nos encontramos en presencia del primer proyecto . . . de la redacción de don Andrés, de que habría dispuesto la Comisión de Legislación del año 1840, circunstancia ésta, acotamos, que por si sola debería atraer a los investigadores, máxime si se aprestan a realizar publicaciones exhaustivas con ocasión del Centenario del Código Civil Chileno'. Por nuestra parte, aceptamos, convencidos, que don Andrés dispuso del referido manuscrito, y creemos percibir su letra en no escasas enmiendas y nuevas redacciones, pero el grueso de la obra y el esquema de nuevos títulos desgraciadamente no elaborados -aquellos que, según el decir de Sotomayor Valdés, la muerte de Egaña no le permitió concluir- mantienen una individualidad separada, inmediatamente próxima, pero anterior, a la de los textos que iban a ver la luz pública en 'El Araucano' durante los años 1841 a 1845. Desde luego, tienen de común que tanto el llamado 'Proyecto Egaña' como el proyecto progresivamente publicado en el periódico que dirigió Bello, no poseen otras fuentes que las romanas, canónicas y españolas, en las cuales era experto como el que más el jurista chileno. Egaña, que había luchado ardorosamente en el Senado desde 1831, para que se diera a un jurisconsulto el cometido de la redacción del Código Civil Chileno; que, por encargo de Portales, había escrito sobre la necesidad y conveniencia de reformar los Códigos; que había cumplido importantísimas tareas legislativas con anterioridad a 1840, estamos ciertos no dejó a Bello en la prosecución solitaria de sus estudios y trabajos codificadores, como nos lo describe su biógrafo y panegirista, el profesor Pedro Lira Urquieta. Esta soledad iba a producirse a contar desde el año 1846, en cuyos inicios muere el entrañable amigo, confidente y colaborador de Bello. Desde 1846 hasta 1853 don Andrés se concentra en sí mismo, y en reemplazo de la información sólida y la crítica penetrante que otrora le proporcionaba Egaña, busca inspiración ahora en las fuentes legales y doctrinarias de Francia que hasta esos años se mantuvieron ajenas a las notas y comentarios del código en elaboración. La divulgación del Proyecto de don Andrés de 1853 y el funcionamiento de la Comisión Revisora dieron lugar a un intenso e importantísimo período de reelaboración colectiva del que iba a ser nuestro Código Civil a contar desde esta fecha, 14 de diciembre, ubicada un siglo atrás.

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Nada más distante de nuestro ánimo que el propósito de restar méritos a la insigne tarea cumplida por el humanista caraqueño; pero creemos, y en ello ponemos todo nuestro énfasis, que nada agrega a su gloria, el que se le haga objeto de un verdadero mito pseudo histórico al presentarle como un taumaturgo creador de códigos, y que, en cambio, mucho le honra y beneficia el haber sabido cultivar y captar los mejores valores humanos y científicos del país que, si no es su patria de origen, lo es de sus obras fundamentales. Al enaltecer a Egaña con la propia frase exclamativa debida, desde 1846, a la pluma de don Andrés: '¡Como legislador . . . cuan interesante su cooperación a los trabajos de la comisión del Congreso, encargada de la formación de un proyecto de Código Civil !', no hacemos sino justicia histórica en el Centenario de un monumento jurídico que debe ser llamado el Código Civil de Chile y no -como se colegiría de ciertos actos y juicios recordatorios- el Código Civil para Chile. He dicho.

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Nota

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El 'Proyecto Egaña' ha sido publicado en parte y comentado por don Aníbal Bascuñan V. en el Boletín del Seminario de Derecho Público de nuestra Facultad.‑N. de la R. volver

Don Gabriel Ocampo y el Código Civil

En la formación del Código Civil de Chile se pueden advertir cuatro etapas bien claramente marcadas: una primera de trabajos privados de Bello, auxiliado seguramente por don Mariano Engaña; una segunda que corre entre 1840 y 1849 en que ya oficializada la iniciativa, funcionan las comisiones de legislación y la primera revisora y en que además de Bello trabajan activamente Egaña, Manuel Montt, Juan Manuel Lobo, Ramón Luis Irarrázaval, Manuel Camilo Vial, el Dr. Palma y algunos otros; la tercera etapa se produce al dejar de funcionar las comisiones: Egaña ha muerto en 1846 y los otros miembros no mantienen el interés y la constancia en la labor: Bello queda sólo y da remate a un proyecto que está completo en 1852; la cuarta etapa es la de la comisión revisora definitiva, que trabaja desde junio de 1853 hasta fines de 1855, presidida por Montt e integrada por Bello, Ramón Luis Irarrázaval, Manuel José Cerda, José Alejo Valenzuela, Diego Arriarán, Antonio García Reyes, Manuel Antonio Tocornal, José Miguel Barriga y José Gabriel Ocampo. En esta última jornada en la redacción del Código se trabajó arduamente: más de trescientas sesiones y el texto fué retocado y modificado en prácticamente toda su extensión, tanto en el fondo como en el método. Se puede decir que una tan intensa y eficaz labor tuvo tres pilares básicos en las personas del presidente de la República don Manuel Montt, del redactor principal don Andrés Bello y de don José Gabriel Ocampo. De este último escribió en 1859 don José Bernardo Lira que en la comisión 'formó una parte principal', y recordaba años más tarde don José Eugenio Vergara 'que ejerció una influencia muy trascendental sobre las innúmeras reformas que en el proyecto se introdujeron y que a él se deben las modificaciones casi completas de varios títulos'. Bien merece en el centenario del Código Civil un recuerdo especial este notable jurisconsulto a quien debemos también la redacción de nuestro Código de Comercio. El doctor Ocampo es una de esas características personalidades nacidas dentro del período hispánico, vió la luz en la Rioja en 1.798, con respecto a las cuales tuvo especial vigor el uti possidetis de 1810 que debía regir a las personas en opuesto sentido a como lo hizo con los territorios, ya que en la América indiana no había fronteras que entorpecieran la actividad de los hombres de nuestro continente que en cualquier extremo de él se sentían nacionales y esto es característico de aquella generación, de que tanto abundan los ejemplos. En tres países actuó Ocampo en forma destacada, en Chile de la manera más perdurable e intensa. Hizo sus estudios en Córdoba, los secundarios en el Colegio de Montserrat y la carrera de leyes en la Universidad: allí obtuvo el grado de doctor en jurisprudencia en 1818. Al año siguiente se trasladó a Santiago y obtuvo su título de abogado chileno lo que le permitió abrir su bufete profesional en que empezó a hacerse conocido y respetado por su solidez de criterio y amplia preparación. Además del ejercicio de la abogacía desempeñó el cargo de auditor de guerra en el Ejército del Sur, que comandado por Freire terminaba la independencia de algunos rincones del territorio. También en esos años tuvo cierta actuación política desempeñándose como diputado en el Congreso Constituyente de 1823, secretario del Senado Conservador de 1824 y secretario de la asamblea de 1825. Fué profesor de jurisprudencia en el Instituto Nacional, pero por corto tiempo, ya que en 1826 hubo de renunciar la cátedra, pues la muerte de su padre lo obligó a irse a la Argentina. Allí se radicó en Buenos Aires y hasta 1838 ejerció la abogacía con éxito y cultivó el estudio del derecho en la Academia de Jurisprudencia de la que fué vicepresidente dos años y otros dos presidente. La tiranía de Rosas lo persiguió y se fué al Uruguay; estuvo allí poco más de un año, pero dejó honda huella de su permanencia, pues a él se debió una importante reorganización del poder judicial en aquel país. En 1841 se radica definitivamente en Chile, aquí ejerce de nuevo la abogacía con gran actividad y en 1843 es designado miembro fundador de la Facultad de Leyes de la Universidad de Chile. En 1858 el Congreso Nacional, por espontánea decisión, le otorga la nacionalidad por gracia. En 1863 funda un primer Colegio de Abogados en Santiago, para el prestigio y garantía de la profesión. En 1869 es elegido decano de nuestra Facultad y desempeña brillantemente el cargo durante trece años, hasta su muerte en 1882. Una buena parte de los escritos de Ocampo se mantienen inéditos, abundantes en el Archivo Nacional, algunos en el archivo del Colegio de Abogados y otros en el Instituto Histórico y Bibliográfico de Ciencias Jurídicas y Sociales y en poder de particulares; cuando se trabajen exhaustivamente esos papeles, seguramente se afianzará aún más la figura egregia de este colaborador del Código Civil que mereció a don Enrique Mac-Iver, en 1915, este lapidario juicio: es, dijo, 'el más sabio de los jurisconsultos que ha tenido el país'.

Presentación

El día 14 de diciembre de 1955 se reunió la Facultad de Ciencias jurídicas y Sociales en sesión académica presidida por el Decano Suplente don Darío Benavente G. y con asistencia de numerosos profesores y alumnos, con el objeto de rendir un homenaje al Código Civil en el primer centenario de su promulgación.

Durante este acto pronunciaron discurso: don Belisaro Prats sobre ' Don Manuel Montt y el Código Civil', don Armando Uribe sobre ' Don Andrés Bello y el Código Civil', don Aníbal Bascuñan sobre ' Don Mariano Egaña y el Código Civil' y don Alamiro de Avila sobre ' Don Gabriel Ocampo y el Código Civil'. Publicamos a continuación estos discursos.