Actos Académicos y Oficiales

  • Homenaje al Profesor don Gabriel Amunátegui Jordan

Resumen

Abstract

Discurso de don Jorge Guzmán Dinator

Sobre la portadilla de su 'Manual de Derecho Constitucional', la letra nerviosa e incisiva del profesor Amunátegui escribió 'A Jorge Guzmán Dinator, amigo y colega, en recuerdo de treinta años de convivencia intelectual. Cordialmente', y trazó la firma, esa firma inconfundible, en que los rasgos audaces parecían marchar al asalto de alguna trinchera ideológica. Era la mañana de un frío 19 de julio de 1950, en el pasillo que hace las veces de antesala de la de Profesores, en nuestra Escuela de Derecho; al lado del libro de asistencia en que ningún nombre, día a día, se escribía antes que el de él, que, según su expresión, 'abría la Escuela todas las mañanas'. Su mano huesosa y firme me alargó el libro. Uno de los profesores de la tertulia mañanera que se formaba alrededor de él antes de la clase, comentó la dedicatoria: -Pero, Gabriel, no pueden ser treinta años . . . Fíjese . . . estamos en el 50 . . . 40 . . . 30 . . . 20 . . . Sería necesario que esa convivencia intelectual a que usted alude se hubiera iniciado en 1920 . . . 1920. . . Clara mañana de marzo... Los últimos alumnos del primer Año de Humanidades del Colegio Alemán nos agolpábamos nerviosos en la puerta de la sala de clases. Un momento después se abrió la oficina del Director y él vino a presentarnos al nuevo profesor de Historia. Era muy joven, apenas pasaba de los veinte años; delgado, inquieto, de lentes obscuros; vestía con cuidada elegancia: llevaba polainas, un flexible sombrero morado; aunque era liberal, no usaba bastón. Se inició la clase. Y desde ese momento hasta el término del año, estuvimos pendientes de sus palabras. Vagamos con él, recelosos, por la selva prehistórica; remontamos el Nilo pródigo en la nave faraónica; labrarnos el mármol pentélico en la cantera helénica inagotable; nos sentamos en la asamblea a discutir y resolver los negocios de la República; vimos pasar las legiones imperiales por las vías que aseguraban su dominio, y cuando, por virtud del programa, traspasamos épocas y hemisferio, nos embarcamos en las carabelas descubridoras y pisamos con él las puras arenas americanas. ¡Qué hermosa clase! Con colores vivos e impresionistas, daba siempre el toque preciso que caracterizaba el medio, que subrayaba el rasgo fundamental, que hacía resaltar la personalidad propia. Nada en esos cuadros era ambiguo o difuso. Cada cultura y cada individualidad se veían realzadas con sus propias luces. Y al término de cada materia, un resumen apretado y enjundioso nos entregaba su síntesis cabal. El profesor de Historia empezaba a usar ya esas tablas sinópticas que se harían famosas en su enseñanza universitaria. Su influencia fue, de seguro, determinante en mi afición a la historia, y cuando, seis años más tarde, ingresé en la Escuela de Leyes, y pude escoger entre nombres ilustres para seguir el curso de Derecho Constitucional: Alcibíades Roldán, Carlos Estévez, Roberto Espinoza, no tuve ninguna duda, y escribí en la papeleta de matrícula, frente a la clase: Derecho Constitucional, el nombre: Gabriel Amunátegui. Había iniciado su enseñanza el año anterior. La Constitución casi centenaria yacía sepultada por los acontecimientos políticos. Sólo unos meses antes, el 18 de septiembre, se había firmado la que debía reemplazarla, cuya vigencia oficial había comenzado el 18 de octubre. El curso de Derecho Constitucional de 1926 iba a ser, pues, el primero que se realizara totalmente bajo el imperio de la nueva Carta Fundamental. No era un curso numeroso.  Posiblemente no más de una veintena de alumnos formaba la matrícula del profesor Amunátegui. Las clases se realizaban en una sala de Química del 2° piso de la Casa Central. Una larga pizarra mural -destinada al terrible desarrollo de las fórmulas- cubría en casi toda su extensión uno de los muros. Un también largo mesón -para los experimentos- le servía de natural defensa. Bordeando este mesón, nos sentábamos los alumnos, y entre mesón y pizarra, estaba el dominio personal del profesor Amunátegui. Lo medía a rápidos pasos, en incontables viajes que no nos permitían distraernos. Unos tras otros, encendía cigarrillos con un gesto parabólico que algunos tratarían de imitar después; y la cajetilla vacía de los fósforos, trasladándose sobre el largo mesón, le servía de ambulante cenicero. ¡Qué hermosa clase! Cada tema era planteado en todas sus facetas. Su cultura histórica le permitía exhibir los antecedentes de cada institución, en ejemplar desarrollo. Una a una eran analizadas después, en su esencia y en cada detalle. Los 'casos' que se habían suscitado, la jurisprudencia judicial y la parlamentaria, le daban ocasión, no sólo para fijar su alcance contemporáneo y actual, sino para referir anécdotas chispeantes en que su ingenio incisivo retrataba a personajes históricos y políticos en magistrales agua-fuertes. Nunca el alumno olvidaría la anécdota, el personaje . . . ni la institución. Las clases del profesor Amunátegui, me parecieron entonces maravillosas. He tenido ocasión después de asistir a algunas de maestros eminentes, ya en nuestra Escuela, ya en otros institutos de enseñanza, tanto en nuestro país como en algunos centros de fama universal, y declaro que -si alguna pudo parecerme más docta- ninguna encontré en que, a la profundidad del pensamiento, se uniera mayor claridad de la exposición, mayor atracción y viveza en el estilo, mayor acopio de antecedentes sugerentes, mayor poder de evocación. Era difícil permanecer indiferente en su clase: si no era el fondo de la materia desarrollada el que movía a la reflexión, era la observación oportuna y breve; era el análisis esencial que dejaba en claro el espíritu de la institución, que hubiera podido escaparse del primer examen; era el comentario guiador, que los años fueron haciendo después más incisivo, sin que tradujera desaliento. Aquel curso fué un éxito para el profesor Amunátegui; los de los años sucesivos fueron haciendo cundir su prestigio entre los alumnos, que lo sentían amistoso y franco, inteligente y comprensivo. Su aula se fué llenando, y cuando nuestra Escuela abandonó el viejo local de la Casa Central para venir a este palacio, y a cada profesor se le asignó su sala, él ocupó, como por derecho propio, el Aula Andrés Bello, que él había llamado 'la Sala de los profesores consagrados' y que no debía abandonar jamás. Siguiendo su consejo 'a la cátedra debe entrarse por la puerta ancha del profesorado extraordinario', rendí mi examen de Profesor extraordinario de Derecho Constitucional, y lo hice ante su curso de alumnos. Después, la muerte de don Enrique Rodríguez Mac-Iver me trajo a esta casa como profesor titular. Desde entonces desempeñé la cátedra paralelamente a la de mi maestro, sin que jamás una desavenencia, de orden pedagógico o administrativo o de cualquiera otro, creara ni la sombra de una sombra en una actividad orientada por él hacia tan altas metas educadoras. La dedicatoria cariñosa que la mano del profesor Amunátegui trazó en la portadilla de su Manual de Derecho Constitucional en 1950: 'Treinta años de convivencia intelectual', fué benévola en la calificación (en la que diez años fueron de enseñanza y veinte de orientación, que siguió después de ese recuento y que no ha terminado con su muerte); pero, en cambio, había sido cronológicamente exacta. El 'Manual de Derecho Constitucional' tuvo una doble importancia. Excelente en su género, representó, por una parte, como él lo dijo, 'la síntesis de largos años consagrados a la respectiva Cátedra' (y el profesor Amunátegui escribía Cátedra con mayúscula, y tenía razón cuando se refería a la suya). Por otra parte, fué la portada del segundo ciclo de una producción literario-científica separado del primero por un largo intervalo. En efecto, una obra de extrema juventud había señalado en 1918 sus acontecimientos históricos: 'Justo y Domingo Arteaga Alemparte. Ensayo biográfico y juicio crítico'. La obra obtuvo el premio universitario Eleodoro Gormaz. ¿No ha de señalarse la inclinación -quizá todavía no precisa, pero ya latente- hacia el Derecho Constitucional, que lleva al joven historiador a escoger como tema de su investigación la personalidad de los Arteaga Alemparte, ellos mismos retratados en su versión de los 'Constituyentes de 1870'?. Desde esa obra, había venido el silencio. Apenas, un biógrafo anotaría, veinte años después, un recuerdo para su profesor de Derecho Constitucional: 'Alcibíades Roldán, constitucionalista e historiador' y una conferencia, dada en este mismo local, dentro de una serie en que los profesores de esta Escuela estudiaron en 1942 las nuevas orientaciones del Derecho: 'Doctrinas políticas neo-contemporáneas'. Nada más. El publicista había guardado silencio. Las exigencias de la vida -una vida agitada e inquieta- parecían haber acallado su voz escrita. Su' Manual de Derecho Constitucional' la hace oír de nuevo. Y de nuevo se oirá, desde entonces, repetidas veces, en el campo del Derecho Constitucional. El año siguiente, 1951, publica sus 'Regímenes políticos', que obtienen el premio municipal de 'Ensayos' en 1952, y ese año, sus 'Partidos Políticos'. Ambas obras son coronadas por el premio universitario 'Manuel Egidio Ballesteros' en 1953, y este año, da cima y publicación a un volumen en que, con mayor profundidad, se exponen los 'Principios Generales del Derecho Constitucional', que ha de considerarse como la culminación de su obra de publicista. Limitada la enseñanza del Derecho Constitucional en la Escuela de Derecho a la estrecha cabida de una cátedra anual, en que la amplitud de las materias rebalsa a numerosas clases extraordinarias sin lograr absorberla, la versación del profesor Amunátegui permite que se dé cabida transitoria en el 5° Año, dentro de los ramos de Derecho Comparado y profundizado, a algunas de sus materias, que van a ser objeto de un detenido estudio: 'Regímenes políticos' y 'Partidos políticos' serán su fruto escrito. Quedarán sin ser publicados y concretados en libros sus cursos sobre 'La emergencia constitucional' y sobre 'Regímenes electorales'. En la cátedra señalamos como fuente del Derecho Constitucional positivo a la 'opinión de los tratadistas' y, en calificada nómina, enunciamos los que el profesor Amunátegui señaló como la 'trilogía del Derecho Constitucional chileno': Lastarria, Huneeus, Roldán. En justicia, a esos tres nombres ilustres, este año hemos añadido el cuarto: Amunátegui. Uno de los temas del trabajo escrito del primer semestre ha sido en mi curso ése: 'Tratadistas de Derecho Constitucional Chileno'. ¡Con qué emoción he visto escrito su nombre por manos juveniles que no alcanzaron a estrechar la suya, fuerte y cordial! Y cuando, bajo el influjo del nombre del abuelo famoso algunos han escrito 'Miguel Luis' Amunátegui, el lápiz del profesor ha trazado una roja raya y ha corregido, también en rojos caracteres: 'Gabriel' Amunátegui. ¿No es ésta una forma de inmortalidad? ¿No es que los espíritus que dejaron una honda huella luminosa, siguen viviendo y son inmortales? Su mentalidad diáfanamente clara le permitía exponer con exquisita claridad. Nada era más opuesto a ella que lo retorcido, lo rebuscado, lo obscuro. Huía de las exposiciones complicadas y se complacía en la síntesis. Tenía un espíritu vivo, en tremenda inquietud, salpicado de permanente ingenio. Formado bajo la influencia cultural de Francia, su espíritu era fundamentalmente francés. Francés en la viveza, en el ingenio, en la síntesis, y francés también en el espíritu libertario, de avanzada. Había en el profesor Amunátegui algo que el alma del estudiante 'sentía' próximo a sí. No era sólo el ejemplo del profesor cumplidor -nunca ausente, nunca atrasado-; era una corriente simpática que fluía más íntimamente que la sola exposición irreprochable de materias; era que el alumno se sentía comprendido en su inquietud veinteañera; era que la posición ideológica del maestro, alto de miras, objetivo en la observación, pero apasionado en la prosecución de los ideales fundamentales, le pareció siempre indubitable y sincera; era que se creaba entre él y sus alumnos una corriente de la cual uno de ellos dijo con justeza, que penetraba en la sangre, 'que riega el cerebro directamente desde el corazón'. Los años fueron sedimentando en su espíritu lo que en su personalidad había de más valioso y desprendiéndola de lo banal y de lo accesorio. Difícilmente sus alumnos de ayer habrían reconocido en el joven profesor de Historia de hace treinta años, vestido con cuidada elegancia, al maestro de Derecho Constitucional que ellos conocieron, de aspecto desaliñado, con fácil corbata de rosa, bolsillos rebosantes de periódicos que lo mantenían siempre en actualidad, y eterno cigarrillo entre los dedos teñidos de nicotina. Pero, lejos de acallar su inquietud, los años fueron haciéndola más viva, y más perentorias sus admoniciones. Cuando el derecho, en oposición a las simples manifestaciones de fuerza, deleznables; cuando el gobierno democrático, en oposición a las dictaduras que se enmascaran bajo su nombre sobre la tierra americana; cuando la libertad, en oposición a las tiranías que la encadenan, cruzaban por el escenario de su clase de Derecho Constitucional, su cuerpo casi escuálido parecía consumirse en el fuego de sus ideas rectoras, y las grandes palabras de derecho, de libertad y de democracia quedaban espiritualmente vibrando en la sala y permanecían en el alma de sus alumnos, mucho después que la materialidad hubiera apagado sus últimos ecos. Dijo una vez: 'En mi modesta vida, que ya entra en su ocaso, no he sido sino un maestro. Quizás haya sido ésa también mi única y legítima ambición.' ¡Maestro! ¡ No conozco un título más alto! Y que esa única y legítima ambición fue lograda en manera amplísima, lo demuestra esta asamblea, en que el calor de un mismo sentimiento une alrededor de su nombre a alumnos, amigos y profesores. Pero, contra lo que él expresó, su vida no tuvo ocaso. Pasó sin transición de su cátedra, recién terminada en su desarrollo anual y lista para renovarse en el próximo, al eterno enigma, y del regazo en que una de sus 'niñitas' queridas reclinó su cabeza, súbitamente alcanzada por el destino, al gesto de bienvenida en que su padre -su santo laico, como él decía- debe haberlo acogido en el 'Más allá'. Y en este lado, lo mejor de él, su espíritu, que había entregado a generaciones, que lo comprendieron y lo amaron, siguió brillando, y brilla todavía . . .

Discurso de don Eugenio Pereira Salas

Tienen estas ceremonias un profundo sentido cívico, renuevan intensamente los lazos que nos unen con aquellos espíritus selectos empeñados en una labor universitaria que nos es común, y honran, al mismo tiempo, a esas personalidades que, al cumplir con nobleza su destino de maestros, dejaron prendido en el corazón de los hombres ese don precioso que es la amistad. A la manera de un rito superior de participación, nos reunimos los que fuimos los amigos de un hombre egregio, Gabriel Amunátegui Jordán, a incorporar su nombre a los nobilísimos objetivos de una Fundación, que preserva su nombre en el respeto colectivo y lo prolonga, en ejercicio filantrópico, en el agradecido corazón de los seres que estuvieron siempre presentes en sus leales afectos, los alumnos, sus discípulos de la Universidad de Chile, en especial, los de las cátedras que con singular maestría regentó en esta Escuela de Derecho, hogar de estudio, que centralizara su cotidiano y magnífico magisterio didáctico. Y en esta ceremonia, sencilla como las cosas perdurables, la Facultad de Filosofía y Educación viene a decir sus palabras cordiales que, en el íntimo y solemne recogimiento de esta sala, desbordan su deshilvanada estructura verbal, y subrayan cual estímulo la reacción presentida del unánime cariño. Quisiera expresar todo aquello que significó la presencia en las aulas del Instituto Pedagógico o en el seno de la Facultad -de la que fuera diligente secretario- del profesor don Gabriel Amunátegui Jordán. Enjuto de carnes, anguloso en su perfil humano, dominaba en la cátedra por el gesto y por la mirada que parecía contener todo su físico. Era un rostro animado por la luz propia, inconfundible en su expresión. ¿Cuál fué el aporte que define su personalidad activa en el seno de las escuelas de nuestra Facultad, y cuya ausencia sentimos todavía como pérdida desgarradora?

Gabriel Amunátegui supo unir en su clase de Educación Cívica los conceptos históricos y jurídicos, en una unidad conceptual de vital importancia preceptiva. Fué el maestro estimulante; no fueron sus lecciones una fría disertación memorizada, sabía animar las materias, colocando al alumno frente a la problemática del ramo, dentro de una rigurosa. jerarquía científica de valores. Supo emplear, como pocos, el lenguaje jurídico. Su frase salía tersa, académica y precisa de sus labios elocuentes, y llevaba lo pensado hasta el final, consecuente del proceso didáctico. Podríamos decir, utilizando la definición genérica de Gustavo Radbruch, que su elocuencia tenía esa 'mezcla peculiar de calor y frialdad, una frialdad que piensa en conceptos generales y un calor que infunde a esos conceptos una pasión de que, generalmente sólo se siente animada la individualidad palpitante y viva'. Era, además, el profesor Amunátegui profundamente actual; llevaba el rumor del mundo a su clase. Sabía aprisionar en una lectura exhaustiva y obsesionante de la prensa diaria, el correr dei tiempo, y aquilatar el minuto que pasa a la historia o al olvido; en que lo accidental se esfuma, en que lo trascendente se acusa con relieve de hecho único: Supo leer la historia y el futuro en los documentos del presente. Había en Gabriel Amunátegui una faceta representativa; su voz estaba cargada con una tradición universitaria superior, su lección prolongaba, dentro de la Universidad de Chile, la tarea nacional de los miembros de su familia. Pero, a la herencia social que lo impregnara con los fecundos principios del liberalismo del siglo XIX, agregó el profesor su propia decisión personal. Fué un apasionado defensor del concepto de libertad, entendido a la manera de Kant, como esa decisión voluntaria, individual o colectiva conforme al sentido y a la razón, o que presupone siempre una ley. Por eso, en la cátedra, en sus libros, charlas y conferencias, advertía en la estructura jurídica la única manera posible de condicionar esa libertad, fundamento de la verdadera democracia. Por eso, igualmente, en la militancia política de su vivir supo, sin claudicaciones, levantarse en la hora oportuna, la hora del peligro, en defensa de estos principios que eran la esencia de su espíritu y moldeaban su comportamiento cívico. No acudimos a este generoso llamado, con el propósito de hacer el elogio académico de la actividad intelectual de Gabriel Amunátegui Jordán. Su pensamiento está vivo, y a esas fuentes acuden los que quieren conocer la marcha constitucional de Chile y los factores que la han plasmado. De su ágil semblanza de los hermanos Arteaga Alemparte, Justo y Domingo, arrancan los lazos que lo unieron tan estrechamente con nuestra Facultad, por ser ella su memoria de prueba para optar al título de Profesor de Estado. Prolongación de su, cátedra, como él mismo lo ha afirmado, repitiendo a manera de epígrafe las sentencias de Adolfo Posada, son su Derecho Constitucional y sus monografías seneras de los Regímenes Políticos y Partidos Políticos; obras fundamentales, acuciosos análisis de los distintos sistemas de Gobierno, desde dentro y de fuera; desde la majestad de los principios y la realidad de su funcionamiento. Hoy día, acudimos contritos y afligidos a pagar una deuda personal de gratitud, al profesor eminente, al colega dilecto, al amigo generoso. La Facultad de Filosofía y Educación se asocia a este acto de homenaje de recordación de un hombre, vida en esperanza, cuyo tránsito en una época que recorremos todos en tensa situación de ansiedad, dejó la huella de la serenidad y del estoicismo, porque supo vivir en la calma regia de la doctrina, lo que expresaba en su cátedra, en sus libros, en la palabra hablada y escrita, reflejo fiel de su pensamiento constructivo y democrático, requerido también por las tremendas urgencias de lo cotidiano.

Discurso de don Joaquín Fontbona

Grata y honrosa es la tarea de recordar a un gran maestro, a un hombre que hizo de la enseñanza la razón fundamental de su vida y más grata es esta labor, cuando se tuvo la suerte de ser uno de sus alumnos. Mucho se podría expresar en esta oportunidad de don Gabriel, pero respetuosos de su modestia característica, de esa sencillez que es el signo que distingue a los hombres de valor, no diremos sino algo de lo que, los que fuimos sus alumnos, no podríamos callar. 'Yo me encargo de recibir a los que llegan y dejarlos con el título casi en la mano', nos decía cuando llegábamos al primer año. Estas palabras y otras reflejaban de inmediato su íntima satisfacción de ser un guía más, pero de incomparable bondad, de las generaciones jóvenes que por espacio de un cuarto de siglo habían tenido ocasión de ser sus discípulos. Comprendía, don Gabriel, como ha dicho admirablemente Rodó, que 'la obra mejor es la que se realiza sin la impaciencia del éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza  más allá del horizonte visible', y por ello su obra y su esfuerzo miraban siempre hacia el futuro que representaban los jóvenes que escuchaban su palabra sencilla y sabia; luchaba por el derecho enseñándonos a respetarlo y conocerlo; sabía que, de los que lo seguían en sus cursos, muchos serían los legisladores, los jueces y los gobernantes del mañana; comprendía que la tarea de la Universidad está no sólo en preparar profesionales más o menos técnicamente eficientes, sino que también, y en mayor medida, en transmitir la cultura, las ideas fundamentales que rigen una época. Apasionado de su apostolado, comprendiendo siempre a la juventud, su espíritu no envejecía nunca. Era justo: exigía a sus alumnos porque era él el primero en exigirse; constantemente preocupado de cualquier avance o idea en la disciplina que ejercía, su palabra y su opinión eran siempre de gran valía. Fué maestro porque brindó su saber sin esperar otra recompensa que el ver fructificada la semilla de sus ideales; fué maestro porque supo imprimir en quienes fuimos sus alumnos, no los conceptos fríos y rígidos que se expresan en una definición, sino aquel valer por sí del saber y la ciencia, aquella suficiencia que se hace imperecedera en la memoria y en el espíritu, aquello que llamamos simplemente cultura; fué maestro porque comprendió que la educación no sólo es el cultivo del espíritu de los hijos por la experiencia de los padres, sino también, el cultivo del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de los hijos. Hoy, en que recordamos la figura de don Gabriel Amunátegui Jordán, los que fuimos sus alumnos y los que seguiremos siéndolo, no podernos menos que decir que su recuerdo no se irá desvaneciendo con el transcurso de los años, sino que, por el contrario, permanecerá imborrable en nuestras mentes porque una parte de su ser ha quedado en nosotros, algo intangible materialmente, pero que ha hecho carne en nuestras conciencias vivirá como parte de nuestro acervo cultural y de nuestra educación: lo mucho que de él aprendimos.

Discurso de don Carlos Varas Olea

Hace ya ocho meses que la envoltura material de Gabriel Amunátegui nos abandonó, pero su espíritu sigue conviviendo con nosotros y su recuerdo, a cada momento, se nos presenta con realidades vívidas. Por eso, ahora al juntarnos, colegas, alumnos, familiares y amigos en acto recordatorio, que dará nacimiento a la Fundación Matrícula de Honor Gabriel Amunátegui, nos sentimos invadidos por una honda emoción, porque sabemos que nada podría halagar con mayor fuerza, a nuestro amigo desaparecido, que ver su nombre junto y patrocinando la educación de un alumno necesitado. Los hombres tienen en la vida múltiples facetas: así, con sus alumnos es el maestro, con los profesores, el colega, en su hogar, es el jefe de familia, y con sus amigos es él, tal como su naturaleza lo impulsa, sin miramientos, desprendiéndose de toda cobertura que pueda ocultar sus verdaderos sentimientos, y es por eso que en la verdadera amistad, se aprecia más a los hombres porque se les conoce más. Otros hablarán de Gabriel Amunátegui, como Maestro, como publicista, como intelectual: yo quiero decir dos palabras sobre el amigo. Los largos años que nos unieron, como consocios y amigos, tenían, como él siempre decía, caracteres ascentrales, pues era una amistad familiar, que arrancaba de nuestros abuelos y a ello se debió que ambos sorteáramos las diferencias de apreciaciones y marcháramos tanto tiempo sin alcanzar a conocer una dificultad. Amunátegui era un bohemio que hacía recordar a los del año 48. Para él el dinero no tenía valor, era un signo despreciable que servía para satisfacer las ambiciones del que vendía. La vida había que vivirla como el impulso natural le aconsejaba, y si para alargarla fuera necesario someterse a privaciones que le significaran sacrificio, prefirió vivir menos y más intenso. Como Maestro, sus alumnos formaban una gran familia, a quienes no abandonaba jamás, porque los seguía a través de los embates de la vida, y cuando alguno sobresalía en la política, en la profesión o por otro hecho, con cierta satisfacción decía: Ese fué alumno mío. Este sentimiento que él tenía por sus alumnos, era retribuído con creces, pues jamás dejé de observar cómo se acercaban a saludarlo, más que respetuosamente, con afecto, los que en alguna ocasión habían recibido de él sus sabias lecciones. En la política, de profundas convicciones liberales, su espíritu bohemio lo llevaba a campear en otras tiendas donde creía ver o encontrar mayor amparo al desvalido, pero cuando observaba que dentro de aquellos campos había tendencias dictatoriales o contrarias a lo que él entendía por verdadera democracia, con el mismo calor con que las había defendido, las atacaba, por considerarlas funestas para la marcha ordenada del país. Pero donde desbordaba la inmensa ternura que encerraba aquel cuerpo escueto, que daba cabida a un gran corazón era al tratarse de su hogar. Sus hijos fueron para él su gran preocupación y sus nietos, su gran consuelo. La última vez que estuvimos juntos, cuando ya el dedo del destino lo tenía señalado, como si hubiese presentido lo que habría de ocurrir dos horas más tarde, a modo de testamento me habló de toda su familia. Recordó a sus padres, que lo habían aventajado en la gran jornada, a sus hermanos, reconociéndoles sus méritos, a su esposa, por la paciente dulzura con que lo había acompañado, a sus hijas que mantenía en un altar y a sus nietos con quienes esperaba darse el mayor agrado, al llevarlos a la playa ese verano. No quiso el destino que se cumpliera ese deseo, y se llevó su envoltura material, dejando entre nosotros más vívido y más fuerte, su gran espíritu. Y quiero terminar, con el pensamiento de un gran poeta, que él consideraba como la esencia de la vida, y que están contenidos en estos cuatro versos:

Para los niños un anhelo, Para las mozas, un amor, Para los viejos un consuelo, Y para, los muertos, una flor.

Presentación

El día 11 de octubre de 1955 se realizó en el Aula Magna de la Escuela de Derecho un homenaje al profesor don Gabriel Amunátegui jordán patrocinado por las Facultades de Ciencias Jurídicas y Sociales y de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile. Al acto concurrieron profesores de ambas Facultades, abogados, familiares del profesor Amunátegui, alumnos y un numeroso público. En dicha oportunidad hicieron uso de la palabra el profesor de Derecho Constitucional do Jorge Guzmán Dinator, en representación de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales; el profesor don Eugenio Pereira Salas, Decano de la Facultad de Filosofía y Educación, en representación de dicha facultad; el Presidente del Centro de Estudiantes de Derecho don Joaquín Fontbona, en representación de los alumnos, y don Carlos Varas Olea y don Andrés Fernández  Coma, en representación de los amigos del profesor Amunátegui.

Publicamos a continuación los respectivos discursos.