Actos Académicos y Oficiales

  • Recepción a los alumnos del primer año de la Escuela de Derecho de Santiago

Resumen

Abstract

Presentación

El día 16 de abril de 1956 tuvo lugar en el Aula Magna de la Escuela de Derecho de Santiago el acto solemne de recepción de los alumnos del Primer año de los estudios.

 

La ceremonia fue presidida por el Decano don Darío Benavente Gorroño y a ella asistieron numerosos profesores, alumnos de todos los cursos y publico.

 

A nombre de la Dirección de la Escuela hablo el profesor de Introducción al Estudio de las Ciencias jurídicas y Sociales don Máximo Pacheco Gómez.

 

A nombre del Centro de Estudiantes de Derecho hizo use de la palabra su Presidente don Joaquín Fontbona.

 

Publicamos a continuación ambos discursos.

La Universidad y el hombre de Derecho

Como en las Universidades europeas, ya se ha formado la tradición en nuestras Escuelas de efectuar un acto solemne de recepción a los alumnos que ingresan al primer año de los estudios. Es esta una ceremonia de extraordinaria trascendencia, porque con ella se quiere simbolizar que, con cada grupo de jóvenes que cruza por primera vez estos umbrales, una nueva Escuela de Derecho y una nueva Universidad comienzan a convivir. Además, es la oportunidad que se nos brinda a los profesores para iniciar un dialogo con los alumnos acerca de nuestros problemas comunes, nuestras inquietudes y nuestras esperanzas. Yo quisiera, en esta mañana, centrar nuestra conversación en lo que constituye la misión de la Universidad y en la responsabilidad del hombre de Derecho.

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En su esencia, la Universidad es una comunidad espiritual. Ya en la Edad Media se decía que la Universidad es una corporación de los que enseñan y de los que aprenden, señalando con ello un rasgo permanente de esta institución, desde sus orígenes, en los primeros círculos de discípulos en torno a los maestros de Efeso o Mileto, hasta las grandes Universidades de Salamanca, Oxford, la Sorbonne o Harvard. Somos un poder espiritual que busca la realización de los más auténticos valores de la persona humana. Si el hombre es el gran asceta de la vida, aquello que nosotros representamos afirma mejor que nada el carácter humano, por cuanto buscamos desarrollar en plenitud la personalidad, desde el punto de vista espiritual, intelectual y físico. La misión primaria y fundamental de la Universidad es una finalidad cultural. El hombre tiene, como misión esencial a ineludible, el vivir en el mundo cultural. El proceso de creación o transformación de objetos culturales es la actividad propia del hombre, es su actividad; y el conocer este mundo de objetos creados o transformados, por lo menos en sus aspectos esenciales, es un imperativo que pesa sobre su existencia. El darle a conocer al hombre este mundo de objetos culturales y el despertar en el la pasión por la actividad creadora, es la misión propia de la Universidad, su misión primaria y central. La Universidad 'tiene el deber estricto de que sigan viviendo en el recuerdo de las generaciones las obras de Platón y de Aristóteles, de Santo Tomás, de Kant y de Pascal, de Pasteur y de Einstein, de Planiol, Chiovenda y Kelsen, y que continúen viviendo adentrados en el espíritu de los hombres, hechos carne de su carne; por ello, tiene la obligación de entregarlos no como erudición, sino como cultura, es decir, como sistema completo, integral y claramente estructurado. La Universidad tiene como tarea central la ilustración del hombre, la de descubrirle con claridad y precisión, el gigantesco mundo de la cultura. Pero, Además, tiene la misión de hacérselo amar, para que, amándolo lo comprenda y se entregue a el, y con fe y valor busque una efectiva intervención y participación en todo cuanto, en la naturaleza y en la historia, es esencial y no mera existencia y modalidad contingente. Y es esta la misión esencial y más trascendente de la Universidad la de formar hombres cultos. Y hombre culto es el que posee una estructura personal, un conjunto de esquemas ideales, una concepción total del mundo y de la vida; es aquel que ve directamente las cosas con una forma y en determinadas relaciones de sentido; aquel que es capaz de ordenar toda su experiencia en una totalidad cósmica. Y esta estructuración no afecta solo a la inteligencia y al pensamiento, sino también a la voluntad y al carácter. La cultura carece de toda finalidad externa; no es educación para algo, sino que su finalidad suprema es desarrollar el espíritu humano en beneficio del hombre perfecto. Por medio de la cultura el hombre amplifica y despliega el ser y la esencia de su personalidad espiritual; busca participar de la totalidad del Universo, al menos en los rasgos esenciales de su estructura; y se encuentra a si mismo y es cada diva más hombre.

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La Universidad persigue, además, una finalidad docente. Su objetivo directo es preparar profesionales y técnicos capaces de actuar eficientemente en las variadas esferas de la actividad social. A las Universidades esta confiada la formación profesional de los abogados, los médicos, los ingenieros, los agrónomos, etc. Cada Escuela universitaria debe enseñar, cuanto en los órdenes científico y técnico exijan el normal ejercicio de las profesiones a ellas correspondientes; y debe enseñarlo con claridad, precisión y con máximo de eficacia teórica y Práctica, vivificando la enseñanza con la Práctica de la vida. En esta actividad docente la Universidad debe centrarse de nuevo, como, en su hora autentica de la Edad Media, en el estudiante. Es preciso que la enseñanza superior se organice partiendo del alumno. Como dice Ortega y Gasset, 'la Universidad tiene que ser la proyección institucional del estudiante, cuy as dos dimensiones esenciales son: una lo que el es: escasez de su facultad adquisitiva de saber; otra, lo que el necesita saber para vivir.' Además, la enseñanza debe estar condicionada a la vida efectiva que el profesional debe realizar una vez que abandone la Universidad, y en íntima relación con ella. Por esto, la Universidad no sólo debe preocuparse de dar 'técnica profesional', sino auténtica 'formación profesional', lo que implica que debe informar a los estudiantes sobre la vida profesional, mostrándosela tal como ella es, a inculcando en sus espíritus los principios morales que deben orientar su acción. Por ello, también, el aula desde donde el maestro dicta 'lecciones magistrales' debe sustituirse por el 'taller de trabajo' en donde los alumnos y el. profesor, en comunidad fraterna, marchen tras la conquista de la verdad; el alumno como un militante, con anhelo permanente de analizarlo todo; el maestro como un conductor que, con espíritu avizor, orienta la actividad de aquel. Sólo así se formaran espíritus libres en perpetua inquietud, espíritus verdaderamente universitarios, que son los que se caracterizan por 'aquella capacidad de juicio personal, que es fruto de largo estudio y observación; aquel criterio que genera la critica metódica y rigurosa de los hechos y de las ideas; la facultad de dominar los problemas mas complicados y más delicados; en otros términos, el espíritu científico, la posibilidad-de saber por si mismos y no simplemente recibir de otros el conocimiento ya elaborado'. La enseñanza universitaria debe tender, principalmente, a transformar al estudiante, de inerte receptor del pensamiento ajeno, en apasionado conquistador del pensamiento propio. El primer elemento de la docencia esta constituido por los profesores universitarios. La docencia es una de las actividades más nobles a que puede ser llamado el individuo; pero, al mismo tiempo, una de las que exige mayores sacrificios. El profesor debe dar permanentemente, como hombre y como científico, testimonio de la verdad, y la grandeza de su misión radica en que en el, la facultad más noble del hombre, la inteligencia, se entrega en la edad más bella, la juventud, para que siembre y cultive en esta el germen de vida y de perfección que toda disciplina universitaria significa moralmente. El otro elemento de la docencia son los alumnos universitarios. La esencia del estudiante se puede expresar en la frase de Goethe: 'estudiante es el que realiza un esfuerzo constante'. El alumno universitario es aquel que ha aceptado, libremente, la obligación de trabajar para ser hombre culto y profesional eficiente. Para cumplir con dignidad su elevada misión, el debe esforzarse, en primer termino, por desarrollar sus facultades intelectuales, entregándose por entero al estudio, con el fin de adquirir conocimientos y de rectificar y afinar su espíritu, haciéndolo capaz de conocer y asimilar los saberes; y de asegurarse la Soberanía sobre si mismo, por la atención, el método y la precisión critica. Jóvenes alumnos: habéis ingresado por vez primera a una Universidad y yo deseo suponer que ello se ha debido a que habéis sentido, en la intimidad de vuestro ser, esa voz misteriosa que os llamaba a la actividad universitaria. Pero tened cuidado con las falsas ilusiones. Innumerables fracasos universitarios y profesionales se deben al desconocimiento de la profesión que se ha escogido, para la cual solo se tenia la ilusión de una vocación. En muchos jóvenes se produce el fenómeno del 'espejismo de la vocación'. Se sienten atraídos por el brillo o la facilidad de una profesión, por el buen nombre y la jerarquía social de que gozan los que a ella se dedican o por el dinero que ganan, y no analizan el esfuerzo que ella exige, los mil sinsabores y privaciones que impone, las responsabilidades, el hecho que la mayor parte de las acciones sean obscuras y desconocidas, y las incomprensiones de que son permanentemente victima sus cultores. Como dice Gregorio Marañón, 'el joven ve la luz del cohete que sube y no la armadura de palo abrasado que desciende en la noche a contar a la tierra la mentira del triunfo'. Vivimos hoy una crisis moral de honda a incalculable trascendencia. El perfeccionamiento espiritual a intelectual ha sido dejado de lado) y la mayor parto de los hombres viven una existencia angustiosa, sumidos en la acción y persiguiendo fines de orden utilitario. Y esta 'enfermedad' ha contaminado a la juventud y, también, a la que debió de haber permanecido inmune de tan grave contagio, como ninguna otra, a la. juventud universitaria. Presenciamos hoy una crisis de vocaciones. Son pocos los que hacen algo movidos por un llamado interior que los impele a ello; casi todos piensan antes en lo que obtendrán -lucro u honores- como resultado de su propia acción. Y esto es fruto de una errada concepción filosófica: la de creer que el hombre vale por el cargo que ocupa- en la sociedad y no por la forma como lo desempeña. A vosotros; que formáis la nueva Universidad, corresponde sobreponeros a esta grave crisis.

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La Universidad debe cumplir, también, una finalidad científica. Como dice Ortega y Gasset, 'en su propio y autentico sentido de ciencia es solo investigación; plantearse problemas, trabajar en resolverlos y llegar a una solución. En cuanto se ha arribado a esto, todo lo demás que con esa solución se, haga ya no es ciencia por eso no es ciencia aprender una ciencia ni enseñarla, como tampoco lo es usarla y aplicarla'. La ciencia es una de las cosas más altas que el hombre hace y produce, y es cosa tan elevada que excluye de si al hombre medio; -implica una vocación peculiarísima y poco frecuente. Creemos que Ciencia y Universidad deben estar estrechamente vinculadas, y que en esta debe hacerse labor científica, para lo cual debe contarse con un cuerpo de hombres que se dediquen a la investigación pura; y con Institutos, laboratorios y Bibliotecas suficientemente equipadas, que estén a su servicio. De otro modo, se resentirán grandemente la Universidad, la docencia y la vida profesional que en ella se nutren. Pares ello estamos en desacuerdo absoluto, tanto con aquellos que pretenden separarlas, como con los 'hombres prácticos' que, con carencia absoluta de visión, afirman que en países pobres, como el nuestro, no debe gastarse en hacer investigación pura. Si no hacemos ciencia en la Universidad, se detendrá nuestro progreso cultural y también el económico, porque no hay que olvidar que la ciencia pura y la aplicada están estrechamente vinculadas. Pasteur, los esposos Curie y Einstein no sólo hicieron progresar, la ciencia pura, sino que prestaron grandes servicios a la humanidad, los que, pares tranquilidad de los prácticos, han reportado, también, riquezas materiales.

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La finalidad social de la Universidad, se traduce en que ella no puede encerrarse en los muros de sus aulas; sino que su acción debe proyectarse hacia la sociedad, haciéndola participe del fruto de sus esfuerzos. La Universidad debe estar abierta a la sociedad a intervenir en la discusión. y solución de los grandes problemas, desde su punto de vista propio: cultural, científico o profesional. Debe ser una institución que; enclavada en medio de la vida, de sus urgencias, de sus presiones,,se imponga como un poder espiritual, que no solo haga escuchar su voz con respeto y consideración, sino que ilumine con sus saberes a todos aquellos que no han tenido la suerte de pertenecer a ella. La sociedad por su parte, no puede desentenderse de la Universidad y debe ser preocupación preferente de ella el proporcionarle los medios suficientes para que realice su misión en la forma más eficiente; como así también, debe dignificarla, creando en torno de ella, de los alumnos y profesores, ese ambiente de respeto y consideración que les es debido.

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Por último tenemos la finalidad internacional de la Universidad. Desde hace muchos años, el mundo es uno, en varias dimensiones y, desde luego, en la intelectual. La vida intelectual se ha hecho supranacional, por una exigencia intrínseca, y la ciencia se hace en colaboración por un imperativo ineludible. Todo ello exige una expresión adecuada, cuyo órgano normal deben ser las Universidades. La Universidad, debe ser, en la hora actual, el mejor vehículo de acercamiento entre los pueblos, la institución que haga realidad el diálogo culto internacional. Y ella debe cumplir, esta elevada finalidad fomentando el intercambio de profesores y alumnos, de material bibliográfico, de experiencias y de colaboraciones individuales.

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Hemos analizado, a grandes rasgos, la misión propia que le esta encomendada a la Universidad. Y este análisis nos ha hecho tomar conciencia de la importancia de la institución a la cual pertenecemos. La Universidad debe ser la corporación rectora de la vida culta de una sociedad; pero esto solamente será una realidad, si nosotros, sus integrantes, somos dignos de la misión que nos ha sido confiada. Es esta nuestra gran responsabilidad. Quien decide formar parte de una Universidad adquiere un nuevo estado; encamina su existencia por un rumbo definitivo; toma el camino abrupto y lleno de escollos que va desde la llanura hasta las más altas cumbres; decide, libremente; ponerse al servicio del espíritu y de la cultura, en vez de pretender señorearlos.

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En el caso especifico nuestro, hemos escogido la senda del Derecho. El hombre de Derecho, es una figura rectora de toda sociedad. Sin el no hay justicia; y sin la justicia, no hay paz; y sin paz, no hay Vida plena. Nuestro oficio no es solamente una profesión y un medio de Vida, sino por encima de todo, una cultura. Como dice Ciurati, 'dad a un hombre todos los dotes del espíritu y dadle todos los del carácter, haced que todo lo haya visto, que todo lo haya aprendido y retenido, que haya trabajado durante treinta años de Vida, que sea en conjunto un; literato, un critico, un, moralista, que tenga la experiencia de un viejo y la infalible memoria de un niño, y tal vez, con todo esto, formareis un hombre de Derecho completo'. La honradez, la veracidad, el desvelo por la justicia, la versación jurídica, la dialéctica clara y profunda, el arte de la síntesis ágil, la independencia insobornable, son las cualidades que debe formar, desde el comienzo de sus estudios, el hombre de Derecho que quiere estar a la altura de la trascendencia de la función pública que le esta encomendada. Suele sostenerse que la condición predominante del abogado es el ingenio, porque se presume que su misión es defender por igual el pro y el contra de los asuntos. Si esto fuera así -dice Angel Osorio y Gallardo en su magnifica obra 'El alma de la toga'-, 'no Habría menester que pudiese igualarlo en vileza. Incendiar, falsificar, robar y asesinar serian pecadillos veniales, si se le comparara con aquel encanallamiento; la prostitución pública resultaría sublimada en el parangón, pues al cabo la mujer que vende su cuerpo puede ampararse en la protesta de su alma, mientras que el Abogado vendería el alma para nutrir el cuerpo'. por fortuna, ocurre todo lo contrario y el cimiento sobre el que se alza la Abogacía es la rectitud de la conciencia. La misión del abogado no estriba en la venta de sus conocimientos jurídicos por un valor llamado 'honorario', sino en la lucha sin cuartel por la actuación de la justicia en las relaciones de los hombres. Esta misión no tiene equivalente pecuniario, y; por ello, la remuneración que se paga no es el precio de la justicia y la paz que se procura, sino el de las necesidades de la Vida de quien se consagra a tan nobilísimo oficio. El hombre de Derecho, en rigor, torna estado con la Justicia. Por eso, lejos de pasivos continuadores han de ser los hombres de: Derecho los más despiadados enemigos de las mil corruptelas que carcomen el edificio jurídico y social: coimas, influencias Políticas, preferencias nepotistas, injurias y juicios temerarios, explotación del obrero, usuras, monopolio, competencia desleal, gravámenes desproporcionados, intervenciones: sectarias, inasistencias, culpables, etc., etc. Para tener éxito en una labor como ésta, es necesario, tener una fuerza interior poderosa que garantice la rectitud y ecuanimidad de los juicios y opiniones: por ello el hombre de Derecho debe comprobar; minuto a minuto, si se encuentra asistido de esa fuerza, y, en cuanto le asalten dudas, debe cambiar de oficio. El debe sentir por su trabajo una pasión irresistible, que lo impulse, a la acción sin omitir sacrificios y sin esperar recompensas, sin buscar la fama ni el halago, sino el-imperio de la Paz por la justicia y la Caridad.

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Jóvenes alumnos: Vosotros que ingresáis por vez primera a nuestra Escuela, debéis tomar conciencia de la misión que se nos ha encomendado, porque de ello depende no solamente el porvenir de esta corporación, sino, lo que es más, el destino cultural de Chile. Y frente a esta responsabilidad, no estaría de más que todos nosotros, profesores y alumnos, recordáramos la vieja anécdota de los picapedreros. Un hombre caminaba por un sendero agreste y llego junto a una cantera. En ella encontró tres picapedreros laborando, y los interrogó, uno a uno, preguntándoles que hacían. El primero, sin levantar la vista de su trabajo, le contesto: 'estoy picando esta piedra'. El segundo, mirándole fijamente le replicó: 'me gano la vida, señor', Y el tercero levantando sus ojos al cielo, se le ilumino el rostro al responder: 'Señor, estoy construyendo una catedral'. Nosotros, también, démonos cuenta o no, hacemos más que impartir y recibir enseñanza. Con nuestro esfuerzo estamos construyendo la estructura cultural de nuestro país; estamos; alzando el edificio que expresará la fe del hombre en su capacidad de ser libre y que lo defenderá en el momento en que esta posibilidad le sea negada. He aquí la trascendencia de nuestra misión. He aquí la significación y grandeza de nuestra condición de hombres de Derecho.

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en esta solemne ocasión, yo traigo para ustedes el cordial saludo de la Dirección de la Escuela y del cuerpo de profesores. Arduo -es preciso no disimularlo- es el camino que deberemos recorrer juntos para conseguir la ansiada meta; pero nosotros los profesores tenemos confianza en la capacidad y en los ideales de justicia que, estamos ciertos, anidan en vuestros corazones. Por ello os invitamos a trabajar juntos, con unidad de sentimientos y de propósitos; porque entendida la misión del hombre de Derecho como una búsqueda y. amor de la justicia, la distancia entre maestros y discípulos desaparece, para dar lugar a una gran fraternidad de los espíritus.

Recepción a los alumnos del primer grado

Hace algunos días se han iniciado las clases de este año, que para algunos será el. último, para otros, el primero, y para la mayoría tan sólo un paso más. Como en otras cosas, también ahora los extremos tienen algo en común: para los que nos encontrarnos en el último curso, significara la despedida, la partida de esta Casa en la que hemos estudiado el Derecho; de esta casa de Estudios en la que habremos dejado algo de nosotros mismos y de la que habremos obtenido la preparación necesaria para tener un título, ser abogados; para los que llegan, la importancia no es menor: han tomado una decisión trascendente: han decidido elegir una profesión. Será, pues, para ambos una meta más en el camino; para unos el comienzo, para otros, la llegada casi. En este día, en que los que luego partiremos, recibimos a los que vienen a ocupar los bancos que también nosotros ocupáramos, parece oportuno que conversemos sobre lo que significa, que hoy ustedes y ayer nosotros, hayamos tenido el. privilegio de ingresar a la Universidad. Tal vez nada ha habido más perjudicial para la educación actual, que la extensión paulatina de dos prejuicios, más aun, de dos mitos: el. especialismo y la insostenible clasificación del conocimiento en útil e inútil. A pretexto del especialismo, ha surgido un grupo de 'universitarios' que son verdaderas 'incapacidades preparadas'; y como producto de esa pretensión de valorar a priori entre el conocimiento útil e inútil, se ha limitado cada vez más la posibilidad creadora del espíritu y se anquilosan y momifican las ideas, las ideas que deben constantemente nutrir el patrimonio del espíritu del Hombre real, que es la cultura. Hoy podemos anotar, empero, un vuelco interesante en uno de los países, cuyo especialismo, en todo orden de cosas, marca a nuestro entender, una cúspide en la parcelación de la cultura: Estados Unidos de Norteamérica. Así, por ejemplo, en la Medicina norteamericana, comienza a crecer día a día la idea de que el medico debe estar capacitado para sanar al Hombre, y no sólo al órgano enfermo, como lo entendía el especialismo. La antigua frase, de que hay 'enfermos y no enfermedades', ha venido a substituir la formula contraria, que ya no funciona porque la misma ciencia se ha encargado de mostrarlo y demostrarlo. En otro campo científico, podemos observar que la Psicología no pretende ya comprender por partes al sujeto humano, y las tendencias o escuelas modernas ríen ahora ante los llamados tests que pretendieron parcelar también el cerebro del hombre. Por lo que respecta a esa prevaloración dogmática del saber, a esa división en 'útil a inútil' es preciso anotar, que la maquinación de la sociedad del siglo XIX y XX ha brindado un ámbito propicio al predominio del tecnicismo y del utilitarismo sobre la cultura. Las universidades, como consecuencia, se han ido habituando, consciente o inconscientemente; a impartir cada día más nociones técnicas y conocimientos esencialmente útiles, como se dice, descuidando peligrosamente la transmisión de la cultura a las generaciones jóvenes. Si bien es cierto, que esa preocupación preferente por preparar, técnicamente bien a los profesionales, ha significado el perfeccionamiento, desde el ángulo material, de los muchos bienes que la civilización actual pone a disposición de los hombres para la satisfacción de sus necesidades, también materiales, no es menos verdadero que ese descuido del cultivo del espíritu, esa pobreza en la transmisión de la cultura genuina ha limitado escandalosamente el necesario perfeccionamiento del hombre en la comprensión de si y de sus semejantes, creando problemas frente a los cuales el avance técnico no es capaz, ni lo será, de resolverlo, sino por el contrario los agrava y fomenta. El utilitarismo desmedido, que del ámbito de los negocios llegó a las profesiones, ha hecho que estas se comercialicen en tal grado, que en muchas oportunidades, el profesional, en lugar de ofrecer: su preparación, eficacia y saber a la sociedad que le ha otorgado el privilegio de ser tal, no trepida en utilizar a ésta para vender sus servicios en un vil grado de expolio, haciendo predominar el lucro más allá de lo sanamente debido. Quienes combaten. El llamado 'conocimiento inútil' olvidan o no saben, que la ventaja más importante de ese saber llamado inútil es, como la ha dicho Bertrand Russel, que 'crea el habito mental de la contemplación'', del pensar, característica que distingue al hombre culto, no tan solo del hombre común; sino también de los animales. Es necesario, entonces, a una verdadera Universidad promover en la mente: de la savia joven que la vitaliza año a año, una educación integral, 'una educación racional, un perfecto cultivo de nuestra naturaleza que tome por punto de partida come la dijera admirablemente Rodó- la posibilidad de estimular en cada, uno de nosotros la, doble actividad que simboliza Cleanto, aquel esclavo que obligado a emplear la fuerza de sus brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la piedra de un molino, concedía a la meditación las treguas del quehacer miserable y trazaba, con encallecida mano sobre las piedras del camino, las máximas oídas de labios de Zenón': Y la Universidad, conjuntamente con satisfacer lo que anotamos debe ser entendida en su más trascendente concepto, también, come un agente efectivo de los cambios que cada época requiere. Universidad y progreso deben ir juntas en el desarrollo social; deben ir juntas en una sociedad en que sinceramente se busque la superación perenne, espiritual y material del ser humano. Orientada en este sentido, la finalidad dela Universidad moderna debe tender a satisfacer un doble aspecto: preparar para vivir integralmente y procurar una educación, que sea Además, el fundamento de una democracia genuina. Para la vide humana integral, debe transmitir, pues, la cultura, las ideas o filosofías fundamentales que rigen su época, satisfaciendo así las exigencias, del espíritu; y para llenar las necesidades materiales, debe preparar profesionales eficientes; conjugando cultura y profesión, sistema vital de ideas, con el ser abogado, medico, pedagogo o ingeniero, la Universidad, universalidad del saber, estará preparando para aquella profesión, también universal, que es la de ser hombre. Si la educación universitaria debe ser Además, Como hemos dicho, el fundamento de una genuina democracia, ha de comenzar por proporcionar, no solo un producto ya elaborado del saber sino las herramientas necesarias para reelaborar constantemente, apoyado en el pasado un saber que mire siempre hacia el futuro. La inventiva, la aportación y aprehensión activa de nuevos conocimientos deben conquistar la supremacía sobre la erudición fosilizada y el mero aprendizaje de memoria. En este orden de ideas compete, en nuestro sentir, a esta parte de la Universidad, a una Escuela de Derecho, no solo la necesidad de formar abogados, jueces y jurisconsultos, sino también para otra profesión de suma importancia: la de ser Gobernantes, gobernantes en el sentido político del concepto y Además, de ser los rectores de quienes no han llegado a ser universitarios; conductores en los cambios de la organización social, en las estructuras de la acción y en las preferencias de la sociedad. ¿Y cómo poder guiar esos cambios por las sendas más propicias al bienestar del hombre si no se tiene el poder que da la cultura- Por ello, el estudiar Derecho no puede ser substancialmente el aprender Códigos y leyes, sino que más que eso, debe ser el. comprender ese vales por sí de la justicia y la verdad, esa suficiencia que emana y trasciende mas allá de las leyes positivas, para lo cual es fundamental conocer profundamente y en mayor medida que en cualquiera otra profesión, las principios filosóficos y políticos que subyacen en toda norma positiva?. Permítasenos, por último, decir sencillamente: bienvenidos compañeros; más que con estas palabras y este acto, los recibimos con la emoción que nos trae el. recuerdo de aquel día, que se va alejando, en que nosotros ingresábamos también.