Algunas páginas sobre relaciones culturales chileno-argentinas

Como un homenaje a las relaciones culturales existentes entre Chile y la República Argentina, los 'Anales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile', dan a la publicidad, por primera vez, los discursos pronunciados por el profesor don J. Raimundo del Río C., en su calidad de Presidente del Instituto Chileno-Argentino de Culturas, el uno, y de Ministro de Educación Pública y miembro de la Facultad, el otro.

Discurso pronunciado con motivo de la celebración del aniversario patrio argentino por el Instituto Chileno-Argentino de Culturas, en 1944

Señores :

Pasado largamente está ya el siglo en que un día de Mayo, en el recuerdo de los hijos de América luminoso y feliz, salió de los nobles arcadas del Cabildo de Buenos Aires un himno de libertad henchido de esperanzas.

Y cuentan viejas crónicas, que pocas semanas después galopaba por la pampa con el corazón y la mirada puestos de este lado de la montaña, quien había de ser el primero en la ininterrumpida línea de ilustres representantes con que la Argentina ha honrado a Chile desde la alborada de la Independencia hasta la propia hora que vivimos.

No traía don Gregorio de Gómez formales credenciales de un gobierno a otro gobierno, sino la palabra de estímulo y el contagio de fe de un grupo de idealistas argentinos a un grupo de idealistas chilenos, que consagraban así, aun a riesgo de sus vidas, la primera cooperación espiritual entre las dos naciones en promesa.

Voces más elocuentes que la mía destacarán en estos días la labor de esforzados capitanes, penetrantes diplomáticos y experimentados políticos en el acercamiento y la amistad de nuestros pueblos. En esta casa de Bello, y al hacer uso de la palabra en hombre del Instituto Chileno-Argentino de Cultura, séame permitido inaugurar la Semana de Mayo en homenaje a la Nación hermana, evocando algunos de los hombres de quienes con justicia podríamos llamar los precursores de nuestra unión intelectual.

Fueron destinatarios de la gestión de Gómez, dos otros señalados personajes: don Bernardo de Vera y Pintado y don Juan Martínez de Rosas.

Aparece por primera vez Vera , de gallarda figura y nobles ademanes, enseñando la Instituta entre 'los doctos y estirados miembros de la Real Universidad de San Felipe'. Mantenedor de la fe patriota en la tertulia del mayorazgo de Rojas y de don Juan Antonio Ovalle, concluyo encarcelado en Valparaíso, de cuyos castillos salió para reiniciar sus lecciones como el fraile de Salamanca más encendido en sus convencimientos y decidido a la acción.

Agente diplomático del Gobierno de Buenos Aires, en 1811, auditor del Ejercito de los Andes, diputado al Congreso Constituyente de 1824, y colaborador de Henríquez en la 'La Aurora', tomo, por fin, posesión del corazón de todos los chilenos cantando nuestras victorias y nuestras esperanzas en el primer himno nacional.

Destacase al lado de la de Vera, con singulares relieves, la figura de don Juan.

Legítimamente ambicioso de honores y de hombre empezó Martínez de Rosas pasando con singular talento y métodos novísimos la Filosofía en el Colegio de San Carlos de Buenos Aires. Secretario de la Academia de Practica Forense, opositor de las cátedras de Decretos y Prima de Leyes en nuestra Universidad, abogado de la Real Audiencia y Doctor en Cánones, entró posteriormente a asesorar a O'Higgins en el gobierno de Concepción, delineo la ciudad de Linares y, previa importante correspondencia con Belgrano y otros patriotas argentinos, fué llamado por elección unánime a integrar la Primera Junta Gubernativa y recibido en Santiago con salvias de artillería, repiques de campanas y vítores de la población. El discurso que dirigiera al Congreso con motivo de la disolución de la Junta es una de las piezas más notables de la revolución hispano-americana, y el haberlo pronunciado fue, en el sentir de sus biógrafos, el último servicio que presto a la causa de la libertad, inspiradora de su vida.

A indiscutido titulo y al lado de los dichos cabe sitial de honor a don Antonio Álvarez de Jonte . Encargado por la Junta de Buenos Aires de una misión en Chile, procuró establecer una alianza entre aquella y la Junta de Santiago, y es de publica notoriedad que a 'su tino, circunspección y prudencia', se debieron las felices relaciones mantenidas entre argentinos y chilenos durante los momentos supremos de la Revolución. Elegido regidor en Buenos Aires, en 1811, y desterrado cuatro años después, partió a Inglaterra de donde volvió a Chile en compañía de Lord Chocaren. Consejero de San Martín, que lo distinguió en forma especial, terminó con nobleza su vida fecundamente consagrada a la idea de un americanismo redentor.

Injusto fuera no destacar en este cuadro la figura de cuatro hombres de religión cuyo estado dignamente servido no fué obstáculo a la expresión de purísimas ideologías ciudadanas. Nos referimos a don Gavino Corvalán, don José García de Zúñiga, don Saturnino Segurola y Lezica y a Fray Justo de Santa Maria de Oro.

Correspondió Corvalán y García , ambos egresados de la Universidad de San Felipe, el primero con estudios de Medicina, y el segundo graduado en Cánones y Leyes, difundir entre sus conciudadanos el prestigio alcanzado por el primer plantel científico chileno y ser causa de numerosas solicitudes de postulantes al respetado y ya famoso claustro.

Segurola y Lezica , condiscípulo de los anteriores, graduado en teología, se destaco como historiador y persona especialmente versada en documentos y obras valiosas. Director de la Biblioteca Publica Argentina, en 1821, miembro de la sociedad lancasteriana de Londres, a Inspector General de Escuelas, recibió, en 1835, un asiento perpetuo en el Cabildo de Buenos Aires por sus 'servicios y virtudes'.

A parejas con su preparación intelectual anduvo su sentido humanitario y practico. Chile le debió la introducción de la vacuna, en 1805; y la Argentina, el cuidado de su primera case de expositor debidamente organizada, y la atención personal de diez mil niños en circunstancias en que la dictadura cerro las puertas de su Asilo.

Y, por fin, Fray Justo de Santa Maria de Oro , también universitario San Felipeño, teólogo, canonista y jurisconsulto, sirvió los nobles impulsos de su corazón mitad argentino y mitad chileno, como prior del Convento de Dominicos de Santiago y fundador del Colegio de Apoquindo, como representante de su provincia en el Congreso de Tucumán, donde defendió con brillo las ventajas de la Republica sobre la Monarquía, y como obispo diocesano de San Juan.

Incompleta sería esta mención si, pare terminarla, no incluyéramos en ella a don Felipe de Arana, que después de examinar se en Chile en las treinta y tres cuestiones teológicas, sirvió en la Argentina los importantes cargos de miembro de la Junta de Observación, diputado y canciller; a don Juan Agustín Maza, representante al Primer Congreso Nacional, Director del Colegio de Mendoza y Gobernador de la Provincia; a don Francisco Narciso de Laprida, que murió en defensa de las ideas unitarias profundamente arraigadas en su espíritu a través de larga estada en Chile; y a tantas otros como Acosta, Alvarado, Añasco, Ballesteros, Diez de Andino, Dorrego, Echagüe, Godoy, Moreno, Molino, Moyano, Pereira de Lucena, Porto y Marino, Rufino, Sosa; Vílez, Warnes y Zavala que, después de vivir sus años mozos y de estudiar entre nosotros, fueron a dar el fruto de probada madurez a su tierra de origen; creando entre ambos países el más sólido y noble lazo espiritual.

Los historiadores de las relaciones chileno-argentinas han destacado con justicia la figura de los hombres que nos dieran libertad, y han señalado también a la admiración de las generaciones futuras los brillantes intelectuales que, a partir de 1841, jalonaron con Sarmiento, Alberdi, López, Mitre y Gutiérrez, largas etapas de nuestra villa de cultura.

Sin embargo, perdidos en el tiempo, en los dos obscuros decenios que siguen al coloniaje, existen también, sino tan conocidos no menos meritorios, cien hombres como los que rápidamente hemos evocado, y a los cuales debemos gratitud.

Argentinos y chilenos, durante ciento treinta años hemos sabido dar al mundo el magnífico ejemplo de resolver nuestros problemas por las vías del derecho, única fuente fecunda, limpia promisora de paz humana y entendimiento colectivo; argentinos y chilenos hemos acatado sin un solo renuncio los pactos y la ley internacionales; argentinos y chilenos vivimos y viviremos en los sanos principios de democracia, de libertad y de respeto a los inalienables derechos del hombre; y, tan nobles conquistas las debemos no solo a los hombres que nos dieran la independencia, que dirigieran nuestras relaciones, o que recibieran la caricia de la fama en los campos de la cultura o del saber, sino también a esa numerosa y muchas veces modesta legión de frailes, poetas, pensadores y maestros que durante los años que siguieron a la Revolución nos dieron con su idealismo, con su enseñanza y con su ejemplo la base primera de nuestra confraternidad intelectual.

Discurso pronunciado con motivo de la recepción como Miembro Honorario de la Facultad, del Excmo. señor Embajador de la Republica Argentina, Dr. Carlos Guiraldes, en 1941.

Señores:

Un motiva honroso aunque personalmente nostálgico para los que no queremos empezar a recordar, ha hecho que la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales encomiende a uno de sus miembros más antiguos cumplir la grata misión de dar la bienvenida en estas aulas a su nuevo miembro honorario, el catedrático argentino Dr. Carlos Güiraldes.

Antiguas tradiciones, cuyo origen arranca de esa época maravillosa en que en el pórtico de la Academia y en los jardines del Liceo meditaba Aristóteles y enseñaba Platón, mandan que los centros intelectuales destaquen por voz amiga la personalidad de sus iniciados.

Fácil y hermosa labor fuera pintar en rasgo menudo rasgo no perder el noble detalle la figura de Güiraldes: sano retoño de vieja cepa española amorosamente arraigada en tierras de América; soñador de niño; esforzado estudiante de mozo; soldado en su hora; y abogado, político, legislador y diplomático después.

Los clásicos me perdonen si en homenaje a su modestia, condición primera de un maestro, le evito la relación circunstanciada de los méritos hechos a través de una vida fecunda y bienhechora; y todavía, si al aludir a su condición de universitario no la refiero especialmente a las destacadas situaciones que alcanzara como Profesor de Economía Política, Consejero y Vice-Decano de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

Servir honrosamente una cátedra durante cuatro lustros es título que no por ser común a los que puedan exhibirlo, cede en, valía a quien lo tiene.

La condición de profesor universitario en América ofrece peculiaridades que suelen escapar a las gentes.

Nuestros centros de altos estudios no nacieron como machos de los europeos de las suntuosas vanidades de un príncipe o de las esplendideces de un prelado. Los rudos capitanes que se aventuraron en las tierras de la Conquista no traían consigo más dinamismo espiritual que su ambición, ni otro símbolo que alguna vieja imagen recordatoria de la niñez o del terruño. Sus cronistas fueron gente de arenas más dada a la pasión que a las serenas abstracciones del intelecto; y sus consejeros inmediatos, obscuros bachilleres cuyas hazañas por ocultar en la Península solían exceder a los latines que pudieran exhibir en América.

Tales elementos poco o nada podían realizar en el campo de las ciencias y las letras en las nuevas tierras adquiridas para su poderoso señor el Rey de España.

Injusto fuera, sin embargo, no reconocer a la Colonia los primeros esfuerzos en favor de nuestro adelanto espiritual; y a pesar de que los afanes de riqueza, las demostraciones de poderío y los ejercicios de piedad no siempre fueron generosos en la merced de una tregua pare los prepotentes virreyes y los devotos oidores, más de un espíritu elegido se destacó en su anhelo de elevar el nivel intelectual de una mesa que, a fuera de sometida, resultaba pare machos preferible no ilustrar.

Es así como lanzan a la vide su llamado de esperanza la Universidad de Méjico, en 1553; la de San Marcos de Lima, émulo de aquella y la más concurrida, próspera y opulenta de la América del Sud, fundada por Real Cédula del Emperador Carlos V y su madre doña Juana, en 1555; el Seminario de la Imperial en Chile, obra del obispo de esa Diócesis Fray Antonio de San Miguel; la Universidad del Cuzco inmortal que abre sus puertas en 1598; nuestro Colegio de los Domínicos que una Bula de Paulo V, eleva, en 1617, a altísimo rango; los centros de San Gregorio Magno en Quito y de Santo Tomás de Bogotá; el Seminario Tridentino de Caracas, que en 1721 se convierte en Universidad Real y Pontificia; la de Cuba, fundada en 1728; el Colegio de Córdoba de Tucumán abierto para que los padres de la Compañía de Jesús leyesen latín, artes y teología; y el Colegio Convictorio de Buenos Aires, que desde 1779 irradia amplia y magnifica cultura en vastos y promisores territorios.

A pesar de la respetable herencia de las Universidades y Colegios coloniales, puede decirse que el verdadero papel social de esos centros solamente se inicia en América avanzada la Independencia, y que son los hombres de las cuatro o cinco últimas generaciones quienes en lucha no siempre fácil con prejuicios de todo orden, escasos de medios materiales, y sin otro estímulo que el de su propia ilusión realizan el milagro de las Universidades del Continente.

Pero, así como los productos más valiosos no son siempre el fruto de las tierras magnánimas, sino de las que el esfuerzo bendice, así de ese pasado universitario de sacrificio y de lucha patio el genuino maestro americano.

Ser profesor es haber instituído ese magnifico secreto de que hay mayor placer en dar que en recibir; es contentarse con poner su esfuerzo en enseñar lo que otros crean para hacerlo accesible a los más; es parecer a unos innovador peligroso de ideas que se desearan quietas, y a otros, inofensivo idealista con los ojos desmesuradamente abiertos a lo irreal; es decir, la oración de la lección cotidiana simplemente porque es dulce orar; es mirar sin enconos lo combatido de ayer como expresión del progreso de hoy y aguardar sin amarguras y temores que lo combatido de hoy sea la justicia de mañana.

En el aula la vida tiene un sentido no siempre compresible para quienes, creen que ésta termina en el mezquino, campo del éxito pecuniario, en las complejidades de la política, en la gloria del guerrero o en el embrujo del poder; y ese sentido es el de prolongarse en el tiempo a través de la idea más allá, mucho más allá de la consecuencia del hijo, en las inquietudes apasionadas del discípulo.

A tantos y tan hondos sentimientos comunes que por si solos darían a Güiraldes justo sitio en esta Casa, une el catedrático argentino valiosos antecedentes relacionados con su nacionalidad:

En efecto, numerosos hombres del otro lado de los Andes han compartido con nuestra Universidad y con la educación pública chilena en general, muchas de sus jornadas y labores.

En grata ocasión pasada realizamos un ensayo destinado a mostrar cómo y cuánto los argentinos que vinieron a Chile antes de 1820 cooperaron al intercambio intelectual entre las dos naciones.

En esta ocasión, no menos grata, queremos evocar aunque sólo lean los nombres de algunos maestros posteriores.

Mal pudiera iniciarse esta lista de honor sin la austera figura de Sarmiento, noble emigrado de cuyas alforjas de caminante cayeron al abrirse en lugar de enconos y tristezas, raudales de ilusiones y de ideas. Maestro de escuela en Los Andes, bodeguero en Pocuro, y dependiente de comercio en Valparaíso, se inicia a sus después en la política y el periodismo; funda nuestra Escuela Normal de Preceptores; sirve como miembro a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile; ilumina con su Facundo la lucha eterna entre la civilización y la barbarie; y lleno de energías aun vuelve a su patria para ocupar la Presidencia de la República dejando en Chile las huellas de una imborrable gratitud.

Sigue a Sarmiento, Alberdi, el de las nobles altiveces, que renuncia a doctorarse en jurisprudencia en Buenos Aires solamente por no prestar un juramento que repugna a su personalidad.

Y complementa esta primera trilogía, Mitre, ese patricio del pensamiento americano que, como miembro honorario de la Facultad de Humanidades y Académico de Bellas Artes prestigia con su nombre, pocos años después de nacida el claustro de nuestra Universidad.

Particular consideración por los vínculos que tuvo con esta Escuela, merece la figura de don José Gabriel Ocampo. Graduado en la Universidad de San Felipe, Secretario del Senado en 1824, congresal en diversos períodos y jurisconsulto destacado, jalona el camino de. su vida con trascendentes obras y actuaciones.

Encargado de redactar el Código de Comercio, después de trece años de labor, da cima a su trabajo que, como dice el mensaje con que el Supremo Gobierno lo propusiera al Congreso Nacional, significo un gran paso en el desenvolvimiento de nuestro derecho rnercantil. En 1563 toma la iniciativa de fundar el, primer Colegio de Abogados en garantía de la moralidad, el respeto y el prestigio que debe tener la abogacía como eficaz colaboradora de la justicia. Diez años más tarde libra con inflexible energía, no obstante la moderación de su carácter, la reñida batalla en favor de la docencia del Estado; y por fin, sirve abnegada y eficazmente el Decanato de esta Facultad durante largos años.

Fallecido el maestro, y como si los bienes espirituales que nos dejara fuesen pocos, su viuda, la respetable dama doña Constancia Pando, nos obsequia sus libros, acto que Letelier, el gran Rector, agradece así:

Señora: ' Imposible hacer el bien de manera más inteligente, porque con un solo acto Ud. ha dado el alimento al espíritu de innumerables generaciones futuras. Cuando los estudiantes y los profesores de la Escuela de Derecho vengan a la sala del Doctor Ocampo a inspirarse en las mismas obras que formaron el gran espíritu jurídico de su marido, unirán, sin duda alguna, de modo indisoluble el recuerdo del sabio jurisconsulto que las acopio con tanta perseverancia como talento y el de la dama noble y generosa que de manera tan patriótica y delicada ha hecho revivir la memoria del inolvidable compañero de su vida que fué a la vez eminente servidor de la República'.

En el carácter preciso de miembros honorarios de esta facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales cúmplenos destacar a Quezada, González y Figueroa Alcorta.

Ernesto Quezada que después de vivir sus años de juventud al amor de los libros en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, dió pruebas de las ponderaciones de su espíritu, en el campo de la diplomacia; y de sus inquietudes, en los del periodismo, la cátedra y la literatura.

Joaquín González, el ilustre fundador de la Universidad de La Plata, político y escritor, de cuya pluma ilustrada y fecunda nacieron obras tan variadas y distintas como sus románticas 'Montañas' y sus 'Cuentos'; su 'Hombres e Ideas', de profundo contenido filosófico; y sus estudios constitucionales y jurídicos, expresivos de un alto valor técnico.

Y el Presidente don José Figueroa Alcorta, que los adolescentes del año del Centenario vimos cruzar las calles de Santiago, escoltado por sus apuestos granaderos, al son de aires marciales, bajo cien arcos de luces y miles de banderas enlazadas.

No podemos terminar este bosquejo sin destacar junto a los universitarios a un grupo selecto de argentinos cuyo probado espíritu de maestros supo del afán de enseñar en los campos de la educación primaria y media.

Figuran entre ellos don Martín y don Manuel Zapata, fundadores en Santiago de un Colegio de. segunda enseñanza; don Juan Godoy Cruz, Director de la Escuela Normal de Profesores en la primera mitad del siglo pasado; don Juan Eloy Pérez, preceptor de la primera escuela creada por la Municipalidad de Valparaíso, en 1835; don José Dolores Bustos, incorporado al primer curso de la Normal; el presbítero don Saturnino Narváez, Rector del Liceo de San Felipe, en 1842; don José Antonio Ortiz, profesor del Liceo Santiago, fundado por Sarmiento; y don Hilarión María Moreno, preceptor de escuela municipal en esta ciudad.

Y al hacer surgir sus nombres de las obscuras sombras del pasado, quiero rendir un homenaje de admiración y de respeto a la legión de abnegados y anónimos apóstoles de la primera y segunda enseñanza a cuyo cargo está la difícil tarea de establecer los primeros contactos entre el niño y la vida, base primera de noble adaptación social.

Tales antecedentes de los vuestros, como son los exhibidos, y tales sentimientos de universitarios de América, como son los que compartimos, constituyen la razón que os abren, señor profesor, las puertas de esta Casa cuyos pesados goznes no giran a la voz de otro amo que el mérito verdadero.

Vuestra es desde hoy la bendición de nuestras aulas; vuestra la noble compañía y el cariño de sus maestros; y vuestro ese maravilloso espejo de nuestra juventud que al mirarnos en él nos devuelve las imágenes como purificadas y mejores.

Y, si tales bienes os ofrece esta Facultad es porque os siente uno de los suyos. Sus señores, señores del ideal, no pueden pacer honor mayor a un hombre.

He dicho.